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Jordi Soler: “Quiero poner en escena las situaciones en las que nadie reparará”

Foto: Pep Ávila | Alfaguara

El escritor mexicano afincado en Barcelona, Jordi Soler regresa a La Portuguesa, el cafetal en medio de la selva de Veracruz que su abuelo regentó tras exiliarse durante la Guerra Civil y en el que Soler creció. Usos rudimentarios de la selva (Alfaguara) es un libro de relatos y, al mismo tiempo, es un único gran relato construido a partir de distintos cuadros en los que el escritor nos describe un mundo acechado constantemente por la violencia, por las ansias de sobrevivir y por el silencio, interrumpido solamente por relatos donde lo real y lo imaginario se entremezclan.

¿Por qué, una década después, de publicar Los rojos de Ultramar, la primera novela de la trilogía La guerra perdida, regresa a La Portuguesa y a la selva de su infancia?

Tras terminar aquellos tres libros, que fueron escritos como novelas individuales, aunque después el editor, seguramente con razón, se inventó que conformaban una trilogía, tenía la sensación de que no había terminado de revisar toda esa época de mi vida. Regreso otra vez a La Portuguesa seguramente porque es el sitio donde nací. Estos cuentos tienen, de hecho, un gran componente autobiográfico y, por ello, mi gran amigo Sergi Pàmies dice que Usos rudimentarios de la selva es una autobiografía cuántica: distintos cuentos uno detrás de otros que construyen una nueva historia de La Portuguesa. Evidentemente, a nivel formal Usos rudimentarios de la selva es distinto a los anteriores trabajos; en este caso, he optado por construir un libro de relatos y no una novela puesto que creo que cada historia nace de una vocación distinta y las historias aquí reunidas tenían vocación de cuento.

Sin embargo, la voz narrativa hace que el lector, tras leer todos los relatos, tenga la impresión de haber leído una única historia.

Sí y precisamente por eso este libro ha hecho que quede una vez más abducido por La Portuguesa y que ahora esté trabajando en una nueva novela que tiene como escenario esta plantación. No sé exactamente por qué regreso a La Portuguesa, pero sí sé que no debía haber salido de ahí nunca. He hecho un periplo por distintas historias, siempre con personajes un poco excéntricos, sin embargo, ahora, creo que debía haber permanecido siempre en La Portuguesa, donde también hay personajes excéntricos, pero son mis personajes excéntricos. Yo vengo de allí y me siento particularmente cómodo cuando escribo sobre esa realidad que es la mía. Quizá he hecho todo este periplo justamente para darme cuenta de que debo concentrarme en La Portuguesa.

A través de sus novelas ha hecho un recorrido por la geografía, la historia y las problemáticas de México.

Me da gusto que lo notes. Poniéndonos en términos más arquetípicos, he tratado de narrar la batalla eterna entre el mundo tradicional -el pasado- y el mundo contemporáneo. Las historias que narro aquí podrían haber tenido lugar en el XIX y, sin embargo, son del XX. México es un país donde este contraste, entre tradición y contemporaneidad, se da mucho, pero ¿qué me cuentas de España?

Este contraste se acrecienta al situar la acción narrativa en la selva.

Al ser producto de esta selva, intento constantemente quitarme los ticks que me dejó el hecho de vivir allí. Para mis colegas mexicanos o mis colegas de aquí puedo ser un tipo cosmopolita, pero no es así: soy un tipo de pueblo y, más en concreto, de selva. Quizá, escribir estas cosas me ayuda a resolver el conflicto y así poder vivir en una ciudad europea o en una ciudad cosmopolita como lo es Ciudad de México sin olvidar que fui un niño que creció entre las vacas.

Los cuentos hunden sus raíces en la tradición oral, donde lo real y lo imaginario conviven sin que haya fisura alguna.

Efectivamente. El mundo que describo es un mundo que se va contando de manera verbal y yo he tratado de recuperar este espíritu oral en estas historias, donde el narrador recurre a lo que se cuenta, a lo que se dice. Además de recuperar la tradición oral de la cultura en la que crecí, quería mostrar la dureza de la naturaleza. Actualmente hay una tendencia a considerar la naturaleza en armonía perfecta con las personas, hay una tendencia a pensar en una naturaleza pulcra… todo esto es culpa de Thoreau, que nos engatusó con su Walden, si bien, en realidad, él vivía en un pueblo. Como te decía, hay una tendencia a idealizar la naturaleza y a pensar que si te adentras en el bosque vas a salir sano y feliz de ese periplo.

Jordi Soler: “Quiero poner en escena las situaciones que observo y en las que nadie reparara” 1

El más reciente título de Soler editado por Alfaguara. | Imagen vía Alfaguara.

Sin embargo, en sus relatos nos presenta una naturaleza agreste.

Exactamente. Como dicen algunos de mis personajes, en muchas ocasiones la naturaleza te quiere matar y, si te descuidas, te aniquila. Esta es la experiencia que yo tenía cuando era niño: si se acercaba una araña venenosa la matabas, porque sino ella te mataba a ti y lo mismo pasaba cuando te encontrabas con otras bestias entre la maleza. Por esto, el niño, cuando se adentra en la selva, va siempre con su perro, que, en esos territorios, tiene una función protectora, una función que no tiene nada que ver con la que tiene el perro que duerme todo el día en un piso de Sant Gervasi y que se pasea por el Turó Parc. Me parecía importante dar a través de mi libro una visión no amable de la naturaleza y me parecía importante darla sobre todo en estos días en los cuales, como comentaba antes, la naturaleza siempre se ve con una mirada ingenua.

La violencia, sin embargo, no solo viene de la naturaleza.  “No nos impresionaban los cadáveres” afirma el narrador, para quien la violencia entre las personas es algo connatural.

Se habla mucho de la violencia en México y muchas veces sorprende los altos índices de violencia que hay, sin embargo, a mí nunca me ha sorprendido porque yo he nacido ahí, en un lugar donde la violencia era cotidiana y que he convertido, además, en el lugar de mis historias. Allí todos se mataban por cualquier detalle, todas las reuniones en las cantinas acababan en sangre. La zona de La Portuguesa era muy violenta y sigue siendo muy violenta; de hecho, la selva es el territorio de Los Zetas, una banda criminal muy activa en México y que ya tiene tomadas varias partes del país. En Veracruz y en las distintas zonas donde se inscriben estas historias, Los Zetas han encontrado el territorio idóneo para actuar a sus anchas, pero no es algo nuevo, siempre ha sido así, solo que ahora el hampa se ha organizado. Lo paradójico es que los territorios vírgenes de Veracruz eran, al mismo tiempo, el refugio de los republicanos españoles que llegaban a México, era el sitio donde podían estar, puesto que podían hacerse con un terreno y montar un cafetal, eso sí, siempre rodeados de violencia: de la violencia de los guerrilleros, la violencia de los campesinos enfadados y la violencia de los pueblos circundantes que, de pronto, se veían invadidos por unos extranjeros.

La violencia, además, se envuelve de silencio.

Sí, cierto. Hay que tomar en cuenta que la familia del narrador es occidental, provenía de Europa y se ve absorbida por los usos rudimentarios de la selva. Es decir, la familia del narrador tiene que terminar por hacer lo mismo que los habitantes de aquellas tierras y que, en principio, eran los salvajes. El padre del narrador, que había nacido en Barcelona y tenía su cultura, acaba aprendiendo los usos rudimentarios de la selva porque necesita sobrevivir. Por esto hay mucho silencio y por esto también hay mucha culpa, que devora a todos. El narrador no puede con la culpa de no haber denunciado la presencia del forajido, pero su padre no puede con la culpa de haber resuelto como un salvaje la presencia del forajido. El silencio, por tanto, es un silencio culpable, pero también es necesario para sobrevivir. El México indígena se defiende a partir del silencio, que se convierte en estructural.

En una entrevista comentaba: “Estamos acostumbrados a los exiliados de primera, pero la mayoría era gente que ni siquiera tenía oficio y que había perdido la guerra y sus cosas”. Aquí, una vez más, relata ese otro exilio.

Es radicalmente desconocida la historia de los otros exiliados, porque, durante décadas, el exilio ha sido el de la gente célebre: León Felipe, Cernuda, Max Aub… los intelectuales que llegaron a México acapararon el relato sobre el exilio a la vez que influenciaron muy positivamente la cultura mexicana. Sin embargo, junto a ellos estaban los otros exiliados, como lo fue mi familia, que llegaban a México, pero no iban a la capital porque, con toda razón, imaginaban que allí sería mucho más difícil ganarse la vida así que optaban por construirse una vida en los pueblos. Este exilio de tercera, curiosamente, terminó siendo más exitoso que el de primera, porque el los intelectuales exiliados nunca llegaron a acomodarse del todo. Pere Calders es un ejemplo de ello: llegó a México se conectó con toda la intelectualidad mexicana, pero siempre aspiró a regresar a Barcelona y cuando lo consiguió se dio cuenta de que en Cataluña ya no era reconocido como lo había sido antes de su exilio. Si bien yo lo considero la semilla de la gran cuentística catalán, hoy en día Pere Calders es un autor que pasa bastante desapercibido.

Durante su infancia en la selva, ¿cómo entró en contacto con la literatura?

Mi familia iba a la capital, a Ciudad de México, y ahí compraban libros y discos de Serrat. Mi abuelo y mis padres trataban de preservar la cultura en la que se habían formado en Barcelona, no querían que mi hermano y yo nos convirtiéramos en unos salvajes. Siempre se preocuparon de proveernos de cultura y para ello mi abuelo encargaba libros a librerías de Barcelona, libros que nos llegaban por barco seis meses después medio comidos por las polillas. De no haber sido por este esfuerzo, hoy sería un campesino en Veracruz o hubiera muerto a los veinte años de un machetazo saliendo de una cantina.

Es decir, siempre tuvieron claro que el cafetal no podía ser el futuro de su hermano y el suyo.

Claro, yo crecí pensando que íbamos a regresar a Barcelona, si bien nunca había estado en Barcelona, pues había nacido en México. Sin embargo, la idea que nos inoculaban era precisamente la idea del regreso, Barcelona era el horizonte que teníamos delante. Ahora, tiempo después, me doy cuenta de que en mi vida siempre ha habido dos horizontes: en Barcelona no me siento de aquí, pero en Ciudad de México tampoco me siento del todo en casa, porque, en realidad, yo no soy de allá, soy de la selva, de ese otro México que nada tiene que ver con el de la las ciudades.

¿Su formación literaria, por tanto, estuvo marcada por la literatura en castellano?

No, seguramente por una cuestión de rechazo, aunque esto ya sería un tema a tratar en un diván, en mi formación literaria la literatura francesa la literatura en inglés jugaron un papel muy importante. De hecho, empecé a sistematizar las lecturas de autores mexicanos y españoles ya de adulto, cuando ya me dedicaba a escribir. Y si pienso en mi prosa, no creo que sea ni mexicana ni española; me gusta decir que es una prosa Atlántica, aunque hay que decir que los escritores solemos ser bastantes miopes con respecto a nuestra obra.

En una ocasión, refiriéndose a Javier Sicilia afirmó: “Ahora va a ser que un poeta va a acabar resolviendo esto que no han resuelto los políticos” ¿Escribe para denunciar, para conciencia o para resolver lo que no resuelven los políticos?

No sé si hablaría de denuncia, quizá es demasiado pretencioso para un libro de literatura, pero sí hay una voluntad de poner en escena las situaciones que observo y en las que nadie reparara. En este sentido, si los libros tienen alguna utilidad, ésta podría ser una de ellas. El caso de Sicilia es bastante más extremo que el mío: a él el hampa le había matado un hijo y a través de su quehacer poético logró atraer la atención sobre un asunto que había que resolver rápidamente y, como poeta, lo consiguió.

¿El actual mal de México es el narcotráfico?

Sí, es el gran mal. En el narcotráfico se ha condensado toda la maldad y la ha sistematizado. El narcotráfico es el peor de todos los males, opera automáticamente asesinado, secuestrando… El problema del narcotráfico es que es, al mismo tiempo, una fuente de dinero inagotable y, por tanto, es muy difícil de frenar. Además, hay que tener en cuenta que el narcotráfico funciona en México de una manera tan tersa porque en Estados Unidos funciona de la misma manera. ¿Por qué en México hay carteles que salen a la calle y matan a un gran número de personas, mientras que, en Estados Unidos, donde se consume realmente la droga, no existe esta violencia? ¿Por qué en Estados Unidos, donde se consume más, no se viven estas escenas violentas? Porque el gobierno norteamericano pacta con los narcotraficantes, pacta con Toni Soprano y le dice “New Jersey es para ti, pero como te metas en Brooklyn te machaco”. En Estados Unidos se pacta y el tráfico de droga es un gran negocio. ¿De qué va a servir construir un muro en la frontera si el negocio ya está hecho y no se puede desmontar porque si se viene abajo se vienen abajo las economías de Occidente?

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