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José Ovejero: “La novela nos cuenta cosas que no son verdad para acercarnos a una o más verdades”

Foto: Ana Galicia | Foto cedida por el autor

“Mi literatura es política en cuanto yo, como persona, no me puedo escapar de la política”, afirma José Ovejero, que presenta su nueva novela, Insurrección (Galaxia Gutenberg). Como él mismo reconoce, sus personajes no están “encerrados en una burbuja” sino inmersos en un contexto social y político y este contexto es el de un barrio, Lavapiés, pero podría ser cualquier otro de cualquier otra gran ciudad, convertido en producto para el turismo y para la especulación. Ahí vive Ana, en una casa okupa, tras haber abandonado la casa de su padre, Aitor, un locutor de radio que trata de sobrevivir acatando con cinismo las reglas de juego de un sistema en el que ha dejado de creer, pero al que no ve alternativa. Ana, por su parte, se enfrenta a ese sistema y a ese mundo heredado, un sistema y un mundo que destruye la vida de muchos a la vez que alimenta a tantos otros.

 

La ilustración de la portada -la inscripción “el turismo mata al barrio” en la que alguien ha tachado “mata” y ha escrito “alimenta”- refleja la dialéctica sobre la que se construye la novela:  el sistema que alimenta el individuo es el mismo que lo mata.

Sí, en la portada se hace referencia al turismo, pero podríamos sustituir la palabra “turismo” por “capitalismo” o por “sistema”, puesto que, evidentemente, el sistema produce riqueza y al mismo tiempo destruye las posibilidades de vivir de una parte de la población. Al final, se trata de la oposición entre aquel que se ve beneficiado por el sistema y aquel al que el sistema le ha jodido la vida. Toda la novela está planteada a partir de esta dialéctica que señalas y de esta tensión que yo no quiero resolver. Por lo que se refiere a la inscripción, me encontré con su fotografía por casualidad al buscar imágenes para la novela y en seguida me pareció perfecta: en una pared, alguien había escrito que el turismo mata el barrio y otro había tachado el verbo “mata” y lo había substituido por “alimenta”. Esta inscripción se hizo en una pared del barrio de Lavapiés, donde se desarrolla buena parte de la novela y condensa el núcleo del conflicto que se plantea en el libro.

El conflicto se plantea desde una perspectiva generacional: si la ruptura con este sistema que mata al individuo se asocia con la juventud, la aceptación del sistema está asociado con la madurez.

Al empezar a escribir la novela, no me plantee reflejar esta contradicción desde un punto de vista generacional, fue algo que surgió y que, sin darme yo cuenta, plantea una continuidad entre Insurrección y mi anterior novela, La seducción, que es muy distinta, pero donde también está presente el conflicto entre dos generaciones distintas: la representada por el escritor ya consagrado y el joven. En el caso de Insurrección, el conflicto generacional está inserto dentro de uno más amplio, un conflicto social y político: por un lado, tenemos a una generación que defiende el ser realistas, el asumir que el mundo es el que es, la necesidad de adaptarse y de hacer concesiones y, por tanto, que defiende su papel. Por otro lado, tenemos a una generación más joven que recrimina a los mayores su papel en la construcción de este mundo de mierda que ellos han recibido como herencia, un mundo del cual los mayores se enorgullecen, mientras que los jóvenes rechazan por no estar bien en él, por sentirlo hostil. Si piensas este conflicto desde la perspectiva española, te darás cuenta de que tiene mucho que ver con la gran controversia que existe en torno a la Transición: por un lado, tenemos a una generación que se siente muy orgullosa de la Transición democrática y, por el otro, a una generación que le recrimina a la anterior que le haya vendido una realidad que no es. En la novela están presentes todos estos conflictos y todas estas tensiones. Como escritor, intento siempre centrarme en algún conflicto social, íntimo, colectivo… y trabajar a partir de este punto de fractura.

Imagen vía Galaxia Gutemberg.

Ana le recrimina a su padre que en su programa de radio defienda el sistema, en el que él no cree, y ataque el movimiento okupa y los ideales que ella defiende. Aitor contesta diciendo que él no dice lo que cree sino lo que han escrito para él. ¿Hasta qué punto somos como Aitor, no creemos en el sistema, pero lo perpetuamos?

Efectivamente, el conflicto que vive Aitor es el conflicto que vivimos todos. De hecho, el conflicto está precisamente en ese relato que Aitor repite, en cómo lo perpetuamos y en cómo nos oponemos a él. Ayer discutía con alguien que me decía que Ana es injusta con su padre, que es un hombre que ha hecho todo lo que ha podido dentro de sus circunstancias. Y yo le contestaba que Ana no está enfadada por lo que ha hecho su padre, ella entiende que él se adapte, que él intente sobrevivir en la realidad en la que está inmerso; lo que ella le recrimina es que defienda su actitud, es que diga que lo correcto es aceptar y defender el sistema.

Lo que nos plantea Aitor es que, para sobrevivir al sistema, para adaptarse a él, no queda otra que caer en el cinismo, autoconvencerse de que no hay otra opción.

Al respecto, es muy ilustrativa la trilogía Los juegos del hambre, donde encontramos a unos chicos abandonados en un lugar donde para sobrevivir tienen que acabar los unos con los otros. Lo que ahí se plantea es el conflicto en el que vivimos desde hace ya varias décadas: para sobrevivir hay que ser el más fuerte, hay que enfrentarse al otro, hay que ser mejor que el otro. Y, en cierta medida, de esto hablo en la novela donde planteo el conflicto moral al que nos enfrentamos todos nosotros, sobre todo a partir de cierta edad, cuando nos preguntamos si nos hemos adaptado y/o vendido demasiado, si teníamos otras opciones que no hemos querido aprovechar o si hemos hecho lo único que podíamos hacer.

A estas preguntas se enfrenta Aitor cuando despiden a su compañera de radio embarazada.

Individualmente, él no tiene la culpa del despedido de su compañera, pero él se beneficia de ello. Individualmente, la mayoría de nosotros no somos culpables de vivir como vivimos. Sin embargo, como conjunto, sí tenemos una responsabilidad colectiva ante este sistema que alimentamos. Hoy en día, tenemos información casi inmediata de los males del mundo. Tú como individuo no puedes enfrentarte a todos ellos. Solamente puedes escoger hacer frente a una pequeña parcela de todos estos males. Sin embargo, escoger una parcela es ignorar todas las demás, pero ¿qué otra opción hay? ¿Te pones a luchar contra la quema de bosques, contra el cambio climático, contra el trato a los inmigrantes…? Siempre hay muchas cosas que no haces, siempre hay muchos males frente a los que no combates. Nos enfrentamos a una situación similar a la que se planteaba en Matrix: te peleas contra un mal y, cuando crees que lo has vencido, se reproduce. Yo entiendo esa sensación de impotencia que tienen algunos de mis personajes, es una sensación que yo tengo y que tienen muchos de mi generación y de las generaciones siguientes.

“La revolución nunca es indolora” dice Alfon, líder del grupo okupa en el que está Ana. La novela reflexiona sobre los límites a la hora de actuar contra el sistema, sobre la legitimidad de la violencia y sus límites.

El uso o no de la violencia es uno de los conflictos al que hace frente cualquier movimiento que quiera enfrentarse a un sistema poderoso. ¿Cómo me enfrento? ¿A través de la resistencia pasiva o de forma activa y violenta? Sin la Revolución Francesa no tendríamos las democracias occidentales de las que estamos tan orgullosos, pero no olvidemos que la Revolución Francesa fue sangrienta y violenta. Lo que aquí se plantea es un dilema moral que yo no trato de resolver, porque, la función de la literatura no es la de explicar la realidad sino la de mostrar su complejidad, la complejidad de los dilemas a los que nos enfrentamos y la de crear una ficción que nos obligue a enfrentarnos a nosotros mismos.

Insurrección es una novela coral en la que se nos muestra que, frente a dichos dilemas morales, no hay una única respuesta, sino varias.

De ahí que cada lector se relacione de manera distinta con cada personaje y lo haga desde la incomodidad, puesto que su identificación siempre será conflictiva. Y esto es lo que me interesa: situar al lector en una posición incómoda, puesto que desde la incomodidad se aprecian las contradicciones en las que estamos inmersos. Creo que una de las funciones de la literatura es la de acercarnos a ese Otro que nos resulta incómodo, a ese Otro que desconocemos. Durante el proceso de documentación de la novela, me di cuenta de que para mucha gente los okupas generan instantáneamente un rechazo visceral. A través de la empatía, la imaginación y las emociones que se generan en la novela, tú, lector, comienzas a mirar al Otro, en este caso los okupas, de una nueva manera, desprendiéndote de los prejuicios para tratar de comprenderlo. 

Foto: Ana Galicia | Cedida por el autor.

El movimiento okupa nos obliga a repensar nuestra relación conflictiva con la propiedad privada.

Ante todo, el movimiento okupa es muy incómodo porque nos enfrenta a la contraposición entre lo justo y lo legal. Todos somos conscientes de que hay muchos actos legales que son injustos y hay muchos actos ilegales que son justos, pero ¿cómo decidir quién puede romper la justicia? ¿Quién puede infringir la ley y con qué razones? Independientemente de esto, todos somos conscientes de que hay una legalidad que no es justa. Basta pensar en el tema de los desahucios, ante los cuales se han producido actos ilegales, pero sin duda más justos de aquellos que han promovido los desahucios. Asimismo, como tú decías, el movimiento okupa nos obliga a confrontarnos con nuestra relación con la propiedad privada: todos pensamos que hay una concentración excesiva de la propiedad, pero nosotros siempre nos ponemos por debajo del límite, considerando que nuestra propiedad es intocable.

En cuanto a la contraposición entre lo justo y lo legal, lo que se plantea, en último término, es la legitimidad de lo justo en oposición a lo legal.

Es decir, lo que está en juego es la legitimidad de transgredir la ley. Pensemos en el movimiento feminista: no hubiese crecido como ha crecido si no hubiera habido un cierto desafío a la ley en muchos momentos. Lo mismo podríamos decir con respecto a la lucha contra el apartheid. El éxito de ciertos movimientos sociales ha dependido, en parte, del quebrantamiento de determinadas leyes y no solo en contexto dictatoriales, sino también en democracias. Determinados avances en derechos y libertades se han obtenido quebrantando la ley; este es el caso de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos, por ejemplo.

Sin embargo, se nos educa para la no transgresión, para formar parte del sistema.

Sí, se nos educa para ser funcionales. De ahí que, actualmente, se esté produciendo una deshumanización de las humanidades, al no tener éstas una función determinada. Sin embargo, es bueno que las humanidades no tengan una función concreta, ellas valen por sí mismas, no por su funcionalidad. En los últimos años, me han preguntado muchas veces para qué sirve la literatura, pero ¿qué puedo decir? Solamente que a mí la literatura me sirve precisamente porque no sirve para nada, porque no se circunscribe a unas razones meramente utilitarias. Se ataca la inutilidad de las humanidades o, dicho de otra manera, se ataca a las humanidades porque su utilidad reside solamente en el placer y en el interés de entregarte a ellas.

Si aquí encontramos una reflexión sobre el desprestigio de las humanidades en las universidades, en La seducción planteabas el potencial transformador de la literatura.

Sí, en La seducción encontramos a un escritor mayor que le dice al joven que la literatura no cambia la realidad y que para cambiar la realidad es mejor hacerse director de banco. El propio escritor había adoptado una visión utilitaria de la creación, mientras que el joven quiere demostrarle que se equivoca, quiere demostrarle que la ficción y la imaginación sí pueden transformar lo real.

Si uno de los lemas del 68 era “La imaginación al poder”, aquí Alfon advierte a sus compañeros que es mejor no imaginar demasiado, pues lo importante es actuar.

En mi novela Los ángeles feroces, un personaje le dice a un joven: “Si alguien te habla de futuro, rómpele los dientes”. Lo que quiere decir con esta frase y lo que, en parte, quiere decir también Alfon es que, si imaginamos un futuro perfecto, utópico, si volvemos a las antiguas ideologías que nos invitaban a imaginar un mundo diferente, no alcanzaremos objetivo alguno, porque las utopías son siempre irrealizables. De ahí que sea necesario enfrentarse a los problemas concretos, reaccionar ante ellos independientemente de las grandes construcciones ideológicas. Como dice Ana, si te encuentras con una puerta, no pienses en lo que se puede hacer, simplemente pégale una patada. Esta nueva manera de comprender la protesta y la ruptura tiene que ver con el desprestigio de las grandes ideologías y con la necesidad de acciones inmediatas.

Volviendo al poder transformador de la literatura, para ti este reside precisamente en la naturaleza ficcional e imaginativa de la literatura.

La novela es una representación. Sabemos que todo lo que aquí se narra no es verdad, que los personajes no existen y que las acciones narradas son inventadas; sin embargo, todo esto nos remite a una verdad o a varias verdades, nos remite a nuestra realidad. Esta es la gran paradoja de la novela: nos cuenta cosas que no son verdad para acercarnos a una o más verdades. De ahí que no me obsesione con intentar reflejar las cosas de una manera naturalista o costumbrista. La tradición realista nunca me ha interesado particularmente; diría más bien que mi realismo es descreído. Utilizo técnicas del realismo, pero también recurro a la deformación expresionista y al esperpento, precisamente por mi convicción de que la novela nunca puede reflejar la realidad tal y como es.

Uno de los temas de la novela es la ciudad gentrificada y su abandono a la especulación inmobiliaria y turística.

Las ciudades se han convertido en un producto, las calles han dejado de pertenecer a la gente y se han convertido en terrazas en las que solo te puedes sentar a consumir y las plazas se han transformado en plazas duras en las que no puedes quedarte mucho tiempo. Toda la ciudad se ha convertido en un producto. Barrios como Lavapiés tenían hasta hace poco un valor muy reducido: las casas son viejas y son pequeñas, no hay en el barrio grandes monumentos ni atracciones. Sin embargo, por su cercanía al centro, han comenzado a traer a toda una serie de gente de clase media, entre las que me incluyo, que no quiere irse a vivir lejos del centro y que ha encontrado en estos barrios pequeñas zonas habitables. Lo que pasa es que esta gente hemos sido la avanzadilla de un ejército.

¿En qué sentido?

Pasa como con los sacerdotes en las misiones de antes: llegaban a los países con unos propósitos muy buenos, pero, una vez que se evangelizaba a la gente, llegaban los ejércitos de verdad y con ellos la explotación maderera, de minerales… Nosotros llegamos a barrios como Lavapiés con muy buenas intenciones, pero al asentarnos aquí revalorizamos el barrio, que comenzó a ser atractivo y, consecuentemente, empezaron a abrir un nuevo tipo de tiendas y a cerrar las de siempre, abrieron otro tipo de negocios y comenzó a llegar nueva gente que nada tenía que ver con el barrio. Yo he visto cómo todas estas transformaciones tenían y tienen una repercusión en la gente que vivía aquí desde siempre, pero también en la gente recién llegada. Me interesaba reflexionar sobre la tensión que se genera a partir de toda esta transformación del barrio y, en parte, también a partir de su destrucción.

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