Juan Jacinto Muñoz Rengel: «La mentira se encuentra en todos los aspectos y estadios de la civilización»
Foto: Isabel Wagemann

Cultura

Juan Jacinto Muñoz Rengel: «La mentira se encuentra en todos los aspectos y estadios de la civilización»

En 'Historia de la mentira', su último ensayo, el autor reflexiona sobre la naturaleza humana y social de la mentira. En The Objective hemos hablado con Muñoz Rengel sobre las connotaciones de la mentira, sus funciones y el recorrido filosófico de un concepto con mil caras distintas.

por Anna María Iglesia

El título Historia de la mentira (ed. Alianza) de Juan Jacinto Muñoz Rengel puede llevar a engaño: no estamos delante un texto de carácter historiográfico, sino de un ensayo en el que el escritor se pregunta sobre la naturaleza de la mentira observando, eso sí desde una perspectiva cronológica, de qué manera forma parte intrínseca de la naturaleza humana y de la estructura social.

La pregunta sobre la mentira lleva a Muñoz Rengel a reflexionar sobre el papel del engaño y del autoengaño, sobre la necesidad de creer en una verdad inexistente y sobre cómo la sociedad de la comunicación ha cambiado la percepción de la mentira, su difusión y sus consecuencias.

Leyendo tu ensayo observamos que la mentira adquiere distintas connotaciones y funciones: ¿la mentira es un engaño, es una ficción, es un mito, es una creencia…?

Todos ellos son conceptos emparentados. El error, la opinión, la conjetura… y, por supuesto, la ficción. Para abordar la problemática de la mentira en todos sus matices, decidí tratarla en su sentido más amplio. Considero que el ser humano es un animal puramente ficcional: desde el mismo momento en que empezamos a pensar ya se produce una sustitución de lo real por una imagen mental, una imagen que desde luego no es la realidad en sí misma. Por lo tanto, en ese primer salto simbólico, esencial a nuestra naturaleza, ya está agazapada la primera falsificación.

En efecto, observar que, al contrario de lo que podría pensarse, la mentira en tanto que engaño precede al lenguaje, forma parte de la naturaleza. Desde este punto de vista, ¿incluso biológicamente necesitamos del engaño?

Me temo que sí. La mentira está allá donde hay vida, como si estuviera programada en la secuencia de los distintos códigos genéticos. No es que solo puedan mentir los seres humanos o algunos mamíferos superiores mediante códigos lingüísticos, es que toda la naturaleza insiste en engañar. Es un mecanismo de selección natural. Mienten todos los animales que se hacen los muertos o permanecen inmóviles, simulando no estar donde están; también mienten con sus formas de camuflaje, con sus rayas y sus manchas, luego mienten las especies y no los individuos; e incluso mienten las plantas, que ni siquiera tienen sistema nervioso. Una orquídea que simula la forma de una abeja hembra con su labelo, e incluso emite determinadas feromonas, está engañando a los zánganos para lograr así ser polinizada.

Esto me lleva a preguntarte sobre lo positivo de la mentira, pues, como tú mismo señalas, es necesaria socialmente, para la cohesión social, para relacionarnos e, incluso, para sobrellevar nuestra vida y sus adversidades.

Como seres independientes y a la vez animales socialmente complejos, la mentira resulta de enorme utilidad. Necesitamos del relato para cohesionar el grupo, para proporcionarle un pasado y unas causas comunes, para narrar lo heroico y encontrar valor para enfrentarnos a los enemigos, en definitiva, para inventarle una identidad; la misma que con los siglos deviene en banderas y nacionalismos. La mentira se encuentra en cada uno de los aspectos y estadios de la civilización, la necesitamos para crear unas normas de educación, desde el civismo a las leyes y los marcos normativos, todos ellos meras convenciones, la necesitamos para crear todas nuestras capas y capas de cultura. Es más, la necesitamos también para crear nuestra propia identidad, para contarnos el relato de nuestra vida.

Analizar el concepto de mentira obliga también a preguntarse sobre el de verdad, es decir, a preguntarse si como decía Nietzsche la Verdad es la primera gran mentira.

Desde luego, la verdad, en especial esa Verdad con mayúsculas, es otra proyección humana, pura materia fantasmática. El ser humano no puede saber qué es la verdad, la cosa en sí está fuera de nuestro alcance, solo sabemos lo que nos dicen nuestros pobres y falibles sentidos. Lo demás es una construcción. Y la verdad es como un horizonte al que tendemos, pero siempre se nos escapa. Es útil, porque creo en la idea de progreso, pero ni la filosofía ni la ciencia están nunca en posesión de la verdad, sea eso lo que fuere.

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Foto: Alianza Editorial

Por tanto, ¿la búsqueda de la Verdad -la verdad platónica, el absoluto hegeliano, el Dios monoteísta…- son formas compensatorias para aferrarse a una realidad marcada por la incerteza o las falsas apariencias?

Necesitamos sentir cierta seguridad, dar sentido a nuestras vidas. Por eso también somos tan susceptibles a las supersticiones. Tratamos de llenar el vacío con todo tipo de creencias, que, con el tiempo necesario, acaban tomando forma, organizándose y dando lugar a las religiones. Y sí: el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, extrapolando sus cualidades y proyectando un ser fantástico mediante el uso de la imaginación.

Por tanto, ¿más que condenados, no nos queda otra que ser los hombres de la cueva de Platón? ¿Es imposible hablar de una Verdad más allá de las sombras?

El pasaje de la caverna platónica sigue siendo eficaz para hablar de la epistemología humana, de cómo pasamos de las percepciones sensibles y la opinión a las ideas y la ciencia. Pero Platón se equivocaba al pensar que podíamos salir de la cueva sin más, y convivir allí en condición de igualdad con las Ideas y la realidad en sí. Sea lo que sea la cosa en sí, el noúmeno queda fuera de nuestro alcance. Como supo ver Kant, todos nosotros nacemos con unas categorías y unas formas a priori de la sensibilidad, son nuestro marco mental, con ellas viviremos y también moriremos acompañados de esas mismas limitaciones.

Se habla del relativismo contemporáneo, sobre todo a partir de la llamada «muerte de los grandes relatos» o de la llamada «escuela de la sospecha» de Nietzsche, Freud y Marx. ¿Nos hemos dado cuenta de que estamos obligados a vivir en una suerte de farsa y/o de ficción, sin una verdad?

Sí, se podría decir que eso es lo que empieza a suceder entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, y no solo en el ámbito de la filosofía, la psicología o la economía con los tres maestros de la sospecha, sino que también ocurre en todas las demás disciplinas humanas, con Darwin, Einstein, Saussure, Lévi-Strauss… El individuo contemporáneo comienza a tomar conciencia de que se mueve entre ficciones, de que todo el entramado cultural no es más que una red para no caer al abismo, pero que nuestra manera de sobrevivir y avanzar a ciegas ha estado siempre suspendida en el aire, en frágil y precario equilibrio. Toda ficción es relativa y depende de otra. Y aun así, avanzamos.

Por tanto, el concepto de los años ochenta de Jean Baudrillard de la «sociedad del simulacro», ¿no deja de definir la sociedad desde sus inicios?

Cuando el hombre primitivo desarrolla los primeros rudimentarios conceptos, su capacidad de ilusión es todavía muy escasa. No es que tuviera un mayor contacto con la realidad, no nos engañemos, hoy son muchos los que idealizan ingenuamente la vuelta a la naturaleza: nuestras condiciones de vida eran atroces y despiadadas, y nuestra forma de estar en el mundo tan burda como triste. El ser humano está hecho para otra cosa, su esencia es ficcionar. Somos seres creativos y solo en esta proyección y en esta complejidad somos capaces de realizarnos. Ahora bien, cuantas más capas añadimos al constructo humano de la realidad, mayor es el simulacro y el artificio. Más grande la pirámide de aire sobre nuestras cabezas.

¿Lo que ha cambiado a lo largo de la historia y lo que define el presente no es tanto la mentira, sino su difusión?

En efecto. Lo único nuevo en nuestra sociedad actual es la cantidad de las mentiras y el alcance y la velocidad de su transmisión. Pero no hay ningún cambio cualitativo. No existe eso que llaman posverdad, cualquiera de sus definiciones puede encontrar referentes en la política de hace veinticinco siglos, o en la ingente falsificación de reliquias de la Edad Media, o las guerras de pasquines, o en las campañas de difamación internacionales previas incluso a la invención de la imprenta. Hoy en cambio tenemos más instrumentos que nunca para crear y propagar bulos, para manipular imágenes y falsificar noticias, y los tenemos al alcance de nuestra mano. Es un problema de cantidad. Y eso no quita que esta imparable cantidad de ruido esté a punto de llevarnos al colapso.

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Foto: Isabel Wagemann

Haces hincapié, por un lado, en cómo la «inmersión digital implica un deterioro de la autoestima, un aumento de la soledad y una dificultad para el desarrollo de las habilidades sociales tradicionales» y, por el otro, cómo determinados efectos de esta inmersión digital -la difusión de las llamadas fake news– no es nueva.

Los intentos de manipular a los demás estaban ya en las primeras manifestaciones del trueque, en cualquier estrategia militar, o tras el más mínimo deseo de poder. Luego crear una falsa información no puede ser ni es algo nuevo. Lo que es nuevo es que casi cada individuo a este lado de la brecha digital se vea por completo rodeado por el ruido. Lo que es nuevo es la dependencia de las redes sociales, la manipulación por algoritmos, la venta de nuestros datos, la sobreinformación, la exposición, los movimientos de bots orquestados, la falta de recursos para contener la desinformación.

Si antes te preguntaba sobre la necesidad de la mentira para la cohesión social, ahora déjame preguntarte: ¿el poder necesita de la mentira? Simmel sostiene que todo poder necesita del secreto, pero ¿el secreto es muchas veces una mentira?

El secreto, por supuesto, puede ser una forma de la mentira. Se puede mentir mucho ocultando una parte de la verdad, sobre todo cuando lo que no se dice cambia radicalmente el significado de lo que se dice. Quizá, de hecho, sea la forma de mentira política más extendida hoy. Y sí, el poder necesita de la mentira. Los totalitarismos, que ejercían o ejercen la fuerza para someter a sus súbditos, apenas necesitaban mentir; y aun así siempre contaban con una cohorte de intelectuales que fabricaran su verdad oficial y siempre han codiciado el control de la prensa. No obstante, los gobiernos democráticos necesitan más que nunca de la mentira, es su principal forma de coacción. Piensa que, para empezar, los Estados son los únicos que reservan para sí el monopolio de la violencia legítima, y este poder se fundamenta en marcos normativos inventados por el propio Estado. Pero, además, tan solo hay que escuchar el discurso de cualquier político actual, o estudiar sus formas de actuar, para entender cuánto necesitan en estos tiempos manipular al pueblo. Mienten para legitimar el poder y mienten para conservarlo.

Y, ¿hasta qué punto la sociedad, en determinadas cuestiones, prefiere la mentira en determinadas cuestiones? O, dicho de otra manera, ¿se puede hablar de una mentira negativa y de una positiva?

La gran cuestión es distinguir unas mentiras de otras, discriminar una mentira perniciosa de aquellas que son favorables, organizarlas, jerarquizarlas. Las más grandes civilizaciones son aquellas que tienen mayor capacidad de ordenar sus mentiras. En todo momento, a lo largo de la escritura de este ensayo he intentado hablar de la mentira en un sentido extramoral. Me interesaba más abordar la epistemología y la sociología de la mentira que escribir un tratado de ética, y, por otro lado, habría necesitado varios volúmenes para empezar a poner un poco de orden. Sin embargo, creo que todos sabemos distinguir entre una mentira orientada a causar un mal y una hipótesis científica, una norma provisoria o una novela.

Ahora que hablas de la novela, pensando en el binomio goethiano de poesía y verdad, ¿no es acaso injusto definir a la ficción como una mentira? Si la ficción es inventar mundos posibles, ¿dónde está la mentira?

No es injusto si nos desprendemos del prejuicio moral. Claro que un poema o una novela son una forma de la mentira. La mentira está por todas partes: desde el momento en que se produce el salto metafórico de lo real a lo mental, desde el momento en que reemplazamos lo que es por lo que no es, cuando inventamos ese mundo y decimos que un personaje que no es es, y que se llama de tal modo, mide y pesa tanto, tiene tal o cual conflicto ficticio. Y si nos adentramos, por ejemplo, en los terrenos de la autoficción, esto se vuelve aún más evidente. Hay una clara intención de confundir, de superponer datos reales y falsos, de crear un entramado de ilusión. Ahora bien, se trata de mentiras lúdicas y consentidas.

Por tanto, ¿la ficción una de las vías para aproximarse a esa verdad inasible?

Así es. Las hipótesis, filosóficas o científicas, son intentos de lanzar redes hacia adelante para apresar algo de valor. Aunque provisorias y a veces del todo erradas, son nuestra mejor herramienta de conocimiento. Y, entre todas nuestras formas de actividad, el arte es la disciplina que menos miente. Desde el momento en que el artista reconoce que no hace otra cosa que ficción, se convierte en el menos mentiroso de todos, en el más honesto embaucador. Hay un pacto tácito entre el receptor de la obra y el autor. Todo lector o espectador suspende su incredulidad de forma voluntaria, para dejarse llevar durante un rato por el espectáculo del relato creado. Y, por si fuese poco, hay lugares donde llega el poeta y no el científico.

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.