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Juan José Millás: "Si escribiera un libro perfecto, en ese momento me moriría"

El autor valenciano habla de su última novela, 'La vida a ratos', y de las constantes en su vida: la neurosis, la ansiedad y –por supuesto– la literatura

El entrevistado requiere pocas presentaciones y lo importante está líneas abajo. Juan José Millás nació en Valencia hace 73 años y vive en Madrid, es escritor y periodista. Tiene una casa en Asturias, donde pasa los veranos, y una nueva novela, La vida a ratos, que edita Alfaguara. Un libro –el diario de tres años de un Juan José Millás que es otro– que contiene las dosis –con distintas proporciones– que inocula a todos sus trabajos: una pizca de neurosis, una pizca de humor, una pizca de ansiedad. Al mismo tiempo es un libro que supera en peso a los anteriores –496 páginas– y que continúa la ambición sincera de Millás: superarse en cada columna y en cada novela, dejarlo todo en esa obsesión llamada literatura.

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Cubierta de ‘La vida a veces’, de Juan José Millás. | Fuente: Alfaguara

Esta novela es como entrar en una selva donde el peligro está en cada esquina y en cada árbol. ¿Cómo se escribe con ansiedad?

Desde la ansiedad se escribe mal, ¿eh? Te atropellas y luego tienes que repasar mucho qué has escrito. Para escribir, aunque estés ansioso, debes encontrar la fórmula para frenar un poco. No es un buen estado la ansiedad para vivir. A veces funciona para un artículo muy corto escribir desde la rabia, por ejemplo. Pero como norma es mejor que no estés muy ansioso y, además, creo que uno de los modos para combatir la ansiedad es la escritura.

Es decir, cuando te pones a escribir a lo mejor estás muy ansioso porque ponerse a escribir siempre produce cierto pánico, aunque lleves haciéndolo toda la vida. Pero cuando ya llevas un rato, te olvidas escribiendo. La escritura es un perfecto ansiolítico.

Pues consigues que se perciba esa ansiedad.

Que transmita eso es bueno, ¿no? Te va empujando. Mira, escribir con ansiedad no es bueno y leer con ansiedad está bien porque puedes releer. Hay muchos libros que tiran de mí con tal fuerza que hago una lectura un poco ansiosa. Pero después, cuando ya me lo he leído y digamos que me lo sé, me digo: “Ahora voy a disfrutarlo”. Yo siempre digo que leer, en cierto modo, es releer. Es una situación parecida a la siguiente: a mí me gusta mucho ver casas. Cuando yo veo una casa, a la primera vista que hago me hago una idea de lo general. Una pasillo aquí, una habitación allá. Y cuando ya la he visto y me la sé, comienzo a pensar que me apetece verla otra vez. Quiero ver los detalles. La casa no se puede ver una vez, hay que verla por lo menos dos veces. La primera es una mirada ansiosa, la segunda es para verla despacio.

Decía David Foster Wallace que la ansiedad es tan paralizante y tan extensiva a todo el cuerpo que acabas sintiéndola hasta en el culo.

[Ríe] La prueba está en Foster Wallace, que se paralizó del todo. Claro que la ansiedad es paralizante, igual que lo es cierto grado de autocrítica. Debes tener autocrítica, debes revisar el texto, pero también debes saber que llega un momento donde ya has llegado a tu límite porque no acabarías nunca. Fíjate en el pintor Antonio López, que tiene fama de que no termina nunca los cuadros. Pues hasta él los acaba. Siempre se puede mejorar el texto un poco más, pero debes saber que la autocrítica excesiva conduce a la parálisis.

Volviendo a las casas, ¿te cuesta tanto el ir de habitación en habitación hasta encontrar la construcción completa? Digámoslo narrativamente: ¿te cuesta cada vez menos escribir?

¡Esto es un misterio! En todos los oficios, con el oficio vas ganando facilidad. En este oficio, cada día es más difícil. A menos que uno aplique la plantilla, ¿no? Pero yo en cada libro y en cada artículo intento dar un salto mortal. Me niego a aplicar la plantilla. Entre otras cosas, porque me aburriría.

¿Y afectan a tu escritura los debates actuales sobre el lenguaje inclusivo?

Lógicamente. Escribo seis artículos periodísticos cada semana y cada día me encuentro con un genérico que no llega, que no alcanza, que se queda corto. Eso hace 20 años no pasaba. ¿Por qué? Porque la mujer se está manifestando en territorios que no se manifestaba, y ni siquiera nos preguntábamos por qué no estaba, y de repente el pacto ha cambiado y se produce este problema: con el genérico no llego. Hay un malestar en el lenguaje que tiene que ver con esto, que viene sobre todo del feminismo, que plantea cómo hacer que el lenguaje sea más inclusivo habida cuenta de que con el genérico muchas veces se excluye.

Si yo escribo un artículo, digamos El hombre de las cavernas, yo sé que el lector no va a pensar en una mujer. El lector va a ver un hombre –y, por cierto, el paso al Neolítico no se habría dado sin la actividad de las mujeres–. Te tienes que buscar la vida. “¿Cómo hago yo para hablar de los seres humanos de las cavernas, pero de manera que el lector pueda pensar que también había mujeres ahí?”.

La RAE participa en el debate, pero lo hace con condescendencia. 

Ahí está el problema. La RAE es condescendiente, cree que es un asunto de gente ignorante. Yo creo que la respuesta que está dando a este malestar es la que te daría un médico al que vas y le dices: “Oiga, me duele la cabeza”. Y él te dijera que no, que te lo imaginas, que te vayas a casa. Ellos creen que esto del lenguaje inclusivo y excluyente es una cosa imaginaria, un problema que no existe. Creo que es una respuesta equivocada. Dado que el malestar existe, su obligación es estudiarlo. Y pueden decir que no hay una solución, que no saben cómo arreglarlo. Pero no pueden negarlo o atribuirlo a la ignorancia de la gente.

Juan José Millás: "Si escribiera un libro perfecto, en ese momento me moriría"

“El motor del deseo es la insatisfacción”. | Foto: Penguin Random House

Por cierto, le comenté a Vila-Matas que me sorprende que el escritor se parezca tanto al corredor de fondo, que lo natural sería como Juan Rulfo: dos libros y hasta luego. 

Cada escritor es un mundo. Hay escritores que escriben novelas de 600 páginas… y yo soy más bien un corredor de media distancia. Mis novelas, excepto esta, tienen en torno a 200 folios. Esa es mi medida. Me muevo bien en el medio viento y en el corto. No soy corredor de fondo, soy incapaz de escribir una novela de mil páginas.

Cada escritor es un mundo. Hay escritores que escriben un libro y ya. Claro, si el libro es muy bueno…

Para qué más, ¿no?

Sí, pero a mí me pasa que siempre pienso que el bueno es el próximo. Ese es el motor de la escritura. Si yo llegara un momento en el que escribiera una obra y considerara que esa obra es perfecta, me moriría. Mi deseo, que está muy focalizado en la escritura, desaparecería. Un poco como le pasa a la mariposa-polilla, cuyo deseo es la llama de la vela. Va en torno a ella hasta que la alcanza y, cuando la alcanza, se muere. Si yo escribiera un libro perfecto, en ese momento me moriría.

¿No consideras que tengas una obra maestra o un párrafo perfecto?

No, qué va. Yo no tengo nada perfecto. Tengo alguna columna que creo que está muy bien y alguna novela que creo que es digna. De hecho, siempre que acabo un libro estoy pensando en el siguiente. No me recreo.

Entonces apenas tienes tiempo de sentir el vacío, ese y ahora, ¿qué?

Esto le pasa a los seres humanos en general. Cuando alcanzas algo muy deseado, junto a la alegría, aparece un pequeña depresión. Siempre. ¿Por qué esa pequeña depresión? Porque no era aquello. Ahí tienes el motor de la vida. Enseguida pones la mirada en otro sitio. Lacan decía que el deseo no tiene objeto. Y por eso, cuando alcanzamos algo que deseamos, nos deprimimos. Porque no era eso, sino lo que eso representaba. Si nos saciáramos, nos moriríamos. Como la mariposa-polilla. El motor del deseo es la insatisfacción.

Estamos condenados a aceptarnos a nosotros mismos, ¿verdad?

Lo único que nos sacia del todo es la muerte. Ahí ya desaparece el deseo.

Y es innegociable.

Es innegociable.

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