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Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres”

Foto: Diana Rangel | The Objective

Tengo 72 años y nací en Huesca. Llegué a Cataluña en 1978 y fui uno de los  cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC). Siempre he sido un obrero. Ser obrero significa trabajar con las manos. Más aún, pensar con las manos. Creo que la vida cotidiana está llena de poesía y mi reto es intentar plasmarlo en obras que surgen de lo que se tira, chatarra de hierro y aluminio, piedras inútiles de las canteras, maderas encontradas durante un paseo. Hasta una mísera seta seca que no sirve ni para hacer fuego sugiere algo si la realzas. Ahora creo arte con basura desde mi taller en Barcelona, e intercambio clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra civil para honrar su memoria.

 

¿Por qué dice que se siente usted un obrero curioso más que un artista?

Porque es lo que he sido toda mi vida. Pero cuando te jubilan te encuentras colgado, la sociedad te escupe, y yo aprendí a dibujar con grandes maestros, como Brunés y Miret.

Mi pasión son los objetos encontrados. Creo que la basura es arte y que el arte, además, debería ayudar a la gente. Encontrar, por ejemplo, tornillos en una vía abandonada o una seta seca de las que crecen en los árboles y darle forma o realzarla hasta que te identifiques con ella u otros lo hagan. Y es tan económico… Solo es cuestión de tener una idea y un poco de oficio. En realidad, todos podemos hacer arte y eso es lo que me parece más interesante.

Llevo tres años en este estudio a pie de calle y a veces entran vecinos y me dicen: “Pero si eso lo hago hasta yo”. Y contesto: “Efectivamente”, y les animo a que prueben.

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Belenguer en su estudio en Barcelona | Foto: Diana Rangel / The Objective

Así que hace pedagogía en la calle…

Animo a la gente a que lo intente. No pienso que necesites tener una idea previa para realizar una obra, puede surgir mientras trabajas. Es una suma de las experiencia de tus oficios, de lo que sientas en ese momento, de tus manos…

 

Manos de obrero.

Exacto. Y he tenido muchos oficios a lo largo de la vida: Trabajé en un taller de mecánica con torneros capaces de hacer una válvula de delicada precisión -¡ellos sí que eran artistas!-, luego en una imprenta, y congelando pescado en un frigorífico en el que se te helaban los huesos y no podías ni dormir por las noches, en una fundición de acero laminado, en una cadena de supermercados, en el metro de Barcelona y de mantenimiento de instalaciones eléctricas.

 

¿Cuál fue el más duro de todos?

Sin duda, la fundición. Ahí estuve trabajando pocos años, mediados de los setenta. Había muchos accidentes, muchísimos. Algunos mortales. Hace ya diez años, un paisano me dijo una vez que de los 350 obreros que trabajábamos en el tren de laminación solo quedaba vivo yo.

Recuerdo que cuando montamos la primera huelga por la libertad sindical, subido a un bidón para el llamamiento, los trabajadores tenían tanto miedo que ni jugaban a las cartas. La fábrica en silencio era terrorífica. Y ya se sabe que de todas las emociones la del miedo es la más fuerte. Se preguntaban: “¿Y esto para qué? ¿Qué estamos haciendo?”. Eso me impresionó. Hay que ser muy respetuoso cuando se moviliza a los compañeros. Una experiencia que enseña.

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Exterior del estudio de Julián López Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Y de sus experiencias políticas aprendió?

También. Empecé a militar en las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), en Huesca, a los 12 años. Me leí todo lo que había en aquella biblioteca. Hasta que un jesuita se apiadó de mi y me dejó descubrir a Chejov y a Gorki. Años después, cuando trabajaba congelando pescado, alguien me dijo que llegaría a encargado porque único que sabía leer y escribir en aquella empresa

Toda la vida he peleado por los derechos de la clase obrera, en la JOC, en Comisiones Obreras -que dejé cuando decidieron pasar de movimiento a sindicato-, y desde las asociaciones vecinales, en UGT y en el Partido Socialista Aragonés, de corta vida. También fui uno de los cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC), uno de cientos cuyos nombres no han pasado a la historia, pero sin los cuales no se habría creado. Ya ves, de militante activista pasas a militante estribo y ahora somos militante ‘bulto’. Y eso que hubo momentos muy tensos… Estuve dos veces en la comisaría de Sol, en Madrid. Uno entraba allí y no sabía cuándo saldría ni cómo.

En sus obras hay un gran mensaje social. ¿Arte y política están relacionados?

Deberían estarlo más. Hoy el arte no tiene el mismo contenido social que tenía en los años ochenta con el Equipo Crónica. La única muestra verdadera de crítica radical a los esquemas que rigen la sociedad la tiene el grafitti. En Cataluña, los últimos cinco años se ha optado por un tipo de arte que enaltece unos valores determinados, lo que un clásico llamaría valores burgueses, que no facilita la autocrítica y dificulta avanzar hacia opciones más realistas y positivas.  

Estamos en tiempos de fe, creencias y un liberalismo exacerbado que ha contagiado mucha podredumbre.

 

“España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos”.

 

Empecé a buscar los materiales de desecho para mis obras porque se me quedó grabada una conversación que tuve de joven con un grupo de compañeros. Hablábamos de la alienación de la clase obrera y el mejor ejemplo que nos contaron era la historia de un hombre que trabajaba en Renfe dándole martillazos a las ruedas cuando un tren llegaba a la estación. Se jubiló y le preguntaron en qué consistía su trabajo y no lo sabía. ¿Te imaginas? Tantos años haciendo lo mismo sin saber por qué. Para mí esa es la expresión más gráfica y más dolorosa de la alienación de los trabajadores y de muchísima gente.

Algunas de mis obras son chistosas, como una escultura que representa las tabas a las que jugábamos de niños los de mi generación: podías salir a tu calle con una espada de madera, un balón o una bici, pero todos jugábamos a tabas, en eso éramos iguales. Otras obras, en cambio, tratan de expresar la situación social que vivimos.

 

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Su obra “La bandera” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Me encanta su escultura ‘La bandera’. Y no porque me gusten las banderas, ¿eh?

Yo tampoco soy patriota. Las banderas se sustentan sobre cadáveres, al menos así lo veo, y eso quise expresar en esta obra. Realicé ‘La bandera’ utilizando un pedazo de madera de roble de los que ya no quedan, envejecida y herida por el tiempo, quizás doscientos años; un hueso que encontré y una piedra cogida de una cantera. La piedra es mi material favorito, porque es fría pero cuando la trabajas da calor.

 

“Hoy en día hay obreros, pero no clase obrera. Habrá que reinventarla”

 

También creé otra obra con chatarra que titulé ‘La silla Bankia’ y tiene un pincho en el asiento, ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando vas al banco y te sientas. Y la escultura ‘Resistiré’, que es un pino quemado decorado con pintura plástica, porque, como todo el mundo en este país, estamos quemados pero vamos a resistir.

 

Usted lo ha dicho, estamos quemados.

Lo que le pasa a los políticos hoy es que no tienen la experiencia en negociación colectiva que tuvimos nosotros y en lugar de enfrentarse a los propios compañeros si es necesario, se tiran al precipicio. Nosotros vivimos momentos políticos y laborales muy duros, no nos tocó otra. Pero, entre otras cosas, aprendes que cuando te sientas con la patronal no solo negocias la plataforma elaborada en tu asamblea, sino que negocias también la plataforma de la patronal. A veces solo la de la patronal.

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Belenguer junto a “La silla de Bankia” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Tal vez lo que nos falte ahora sea memoria histórica. Y la voluntad de buscar, como hace usted.

España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos. Cuando estuve en Japón, en 2006, vi todos los nombres de las víctimas de la explosión nuclear en El Monumento de la Paz de Hiroshima y me emocionó mucho. Había miles de niños visitándolo y por el tamaño de las fiambreras deducías si pertenecían a una clase u otra, pero los ancianos les explicaban a todos lo que pasó. Claro que tienen una connotación distinta a lo nuestro.

En España todavía hay muchas fosas sin abrir, incluso muchos archivos públicos, y todo sigue oculto. Aún tenemos que escuchar groserías y maldades. El tiempo de la guerra ya finalizó, es hora de que se haga memoria y justicia con todas las víctimas. Es urgente señalar dignamente todas las fosas comunes.

 

Intercambia clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra. Cuénteme eso.

Con mi mujer estuvimos dos años buscando pistas sobre el paradero de su abuelo, que desapareció durante la guerra en el pueblecito de Anya, en Lérida. Levantamos con la colaboración de los vecinos un memorial recordando a los dos desparecidos del pueblo. Lo hice con piedras del entorno. Creo que es digno. A la inauguración acudieron tres generaciones. Se demostró que es posible recordar, reparar y hacerlo en paz.

Luego creamos con otros compañeros un libro virtual donde vamos apuntando los nombres de todas las víctimas de la guerra y ya tenemos más 149.000. Si tuviéramos más colaboración llegaríamos a los 350.000 nombres.

Se me ocurrió impartir clases de pintura gratis a cambio de que las personas añadiesen nuevos nombres de víctimas al libro. Todo lo hacemos los otros compañeros y yo por la recuperación de la memoria de las víctimas y porque para mucha gente significa restañar heridas, concordia y justicia social. Si ni siquiera consta tu nombre en ningún sitio es como si te hubieran matado dos veces.

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Parte del taller de Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

 

¿También el nombre de los caídos del bando nacional?

Hubo un debate al respecto, sobre todo porque los olvidados son los vencidos, pero al final decidimos que serían todas las víctimas.

En Cataluña quedan aún más de 300 fosas comunes sin abrir, pero la Generalitat únicamente tiene programado abrir doce. Solo son soldados, dicen. O sea que con tan poca sensibilidad, nunca acabaremos. Sin ir más lejos, debajo del pueblo de Anya, a la orilla del río Segre, hay una fosa común de víctimas de los dos bandos y tuvo que ser un ‘masover’ el que colocase una piedra para señalarla.

 

¿Cree que es posible transformar la sociedad igual que hizo usted con ese pino quemado?

Transformar la sociedad suena grandilocuente, pero los de abajo tienen esa obligación si no quieren ser devorados o convertidos en un neoproletariado, que hoy en día ya es muy numeroso. Pero ocurre que algunas herramientas, sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda tienen las herramientas melladas.

Obreros hay, pero no hay clase obrera. Habrá que reiventarla, aunque solo sea para que la dialéctica, que es un motor, vuelva a funcionar.

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