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Katherine Dunn o por qué deberíamos sentirnos orgullosos de ser unos “freaks”

Envolvió chocolatinas, fue camarera de día y de noche, columnista de boxeo y la voz de los anuncios de la radio. A los 64 años noqueó a un ladrón en plena calle y su libro Amor de monstruo (Blackie Books), que cuenta las desventuras de una familia de circo deforme, se ha convertido en el manifiesto de los inadaptados. En el tiempo en que se tarda en peinar a Tim Burton, te cuento por qué ser un bicho raro y tener una familia horriblemente amorosa es de lo más “normal”. O eso dicen…

 

A Portland la llaman “la ciudad de las rosas” y de los “freaks”. En la rosaleda experimental del Parque Washington se cultivan más de 500 variedades de rosas, que es una forma bastante cursi de jugar con la genética. También tiene otras curiosidades: un parque público del tamaño de una maceta, la carrera de ciclistas desnudos más grande del mundo, un club de striptease para veganos y, como no, el honor de ser la ciudad en la que Katherine Dunn se inspiró para escribir Amor de monstruo, una novela deliciosamente cruel, tierna y malvada sobre una familia de circo ambulante, los Binewski, cuyos progenitores decidieron darle a sus hijos el “mejor futuro posible” convirtiéndolos en seres extraños y deformes, amén de todos los que se quedaron por el camino y que guardaban a buen recaudo en frascos con formol.

“Las personas han intentado durante siglos manipular los genes, pero la búsqueda de la perfección es muy aburrida, es más interesante ir en busca de su opuesto” —Katherine Dunn

Una historia sobre la sensación de sentirse “el Otro” –por otro lado, bastante común- y el autodesprecio que eso nos genera, narrada por Olympia, la hija jorobada, calva y albina de la familia, quien reconstruye los recuerdos de su infancia a la vez que teme que su hija la desprecie por su fealdad.

Pero Amor de monstruo es también una reflexión acerca de la herencia genética, de la familia y de los amores perversos, aunque amores al fin y al cabo, que nos invita a cuestionarnos la noción de “normalidad” y el poder que nos otorga abrazar nuestra propia rareza. Y que su autora pergeñó cierta noche de 1979 en que paseando por esa misma rosaleda experimental de Portland empezó a preguntarse cómo sería “diseñar” a un hijo más obediente del que tenía para darse cuenta de que la perfección no solo es imposible sino de lo más “plasta”.

“Las personas han intentado durante siglos manipular genes, mejorar ciertos rasgos y conseguir pureza racial, incluso en humanos. Y sí, pensé en los Nazis y en sus esfuerzos por alcanzar la grandeza aria; pero también que esta búsqueda de la perfección era aburrida y que sería más interesante ir en busca de su opuesto: monstruos y mutaciones que nadie desea. Así fue cómo empezó todo”, contaba la autora a Wired.

Diane Arbus’ “Jewish Giant” (1970).

Y la concluyó casi una década después, aunque, como Katherine Dunn admitiría, no fue nada sencillo. Sus amigos y conocidos no daban un duro por ella, no digamos la madre de la deforme criatura. “Fue una continua lucha con mi cobardía y mi miedo, pero no porque me importase realmente la opinión de los demás –dijo–. Simplemente me aterrorizaba enfrentarme a ello”. No obstante, acabó convirtiéndose en un libro de culto que enamoró a orgullosos inadaptados como Courtney Love y Kurt Cobain, Chuck Palahniuk, Terry Gilliam o Tim Burton, quien soñaba con llevarla al cine.

 

Así en la ficción como en la vida

He leído recientemente en un manual que no deberíamos saber nada de la vida de un autor antes de leer sus novelas. Pero Katherine Dunn no fue lo que se dice una persona de “manual” –quien escribe tampoco–. Su madre era artista –“si no creaba algo se sentía miserable y si se sentía miserable nos hacía sentir así al resto”, dijo–; su verdadero padre se marchó de casa cuando tenía dos años. Su padrastro era un mecánico que adoraba ver combates de boxeo en la tele y a ella verlos con él.

Se mudaron muchas veces de ciudad en el curso de su vida, casi como una familia de circo itinerante, y Katherine, alter ego de Oly, la albina jorabada y con peluca de Amor de monstruo, aprendió el arte de contar historias –“mis hermanos eran mucho mejores, yo pasaba horas intentando inventar la historia perfecta”–.

En el primer curso de la universidad comprendió que la belleza era relativa, o una pesadez –“escogí una asignatura de Estética porque pensaba que el arte eran mi carne, bebida y aire, pero no entendí un carajo de lo que decían y me cambié a Psicología”– y durante las vacaciones de invierno conoció a un chico y tuvo un hijo, vivieron un tiempo en España, en Grecia e Irlanda antes de que se mudase a Portland como llamada por la miel de la excentricidad. Había trabajado envolviendo chocolatinas y de camarera de día y de noche; también fue la voz de los anuncios de la radio y la televisión, columnista de boxeo y boxeadora amateur. A los 64 años, cuentan, noqueó a un joven ladrón que intentó robarle en plena calle. Sí, a Katherine le importaban poco los “manuales”, su vida no fue lo que se dice “normal”.

“Los monstruos somos como los búhos, un mito de fría e inhumana objetividad” – Katherine Dunn. Foto: Diane Arbus, ‘Circus fat lady and her dog’ (1964).

Solía conferir a los personajes de sus obras la dignidad de una persona real y les tomaba afecto –“cuando terminé Amor de monstruo fue triste y terrible. Amaba a esas personas y su mundo. Viví con ellos durante mucho tiempo y el final del libro destruyó cualquier posibilidad de regresar a él”. “Estuve varios años escribiendo una novela, pero luego la deseché; deberían crear un subsidio de desempleo para personajes de ficción”–.

Había publicado Attic, la historia de una chica en prisión –previo a Amor de monstruo– y también One Ring Circus, un libro sobre boxeo. Tardó casi tres décadas en escribir su esperadísima última obra y nunca llegó a acabarla, la enfermedad se la llevó en tanto los periodistas le preguntaban por esa larga sequía creativa y ella repetía “en breve la tendré”, “ya falta muy poco”.

Imagen de portada vía Blackie Books.

A Katherine Dunn le importó un pimiento lo que pensase el resto de ella, en su boca la palabra “weird” no era peyorativa, sino el cumplido que se regalan la gente de Portland, el antídoto contra la ilusión de que existe algo “normal”: personas normales, familias normales, vida soporíferamente convencionales. Cuando en realidad cada uno de nosotros oculta un pequeño “freak” que ama terroríficamente.

 

“Los normas dan por sentado que somos sabios. Hasta los mayores desvaríos de un histérico bufón enano se tomaban como muestras de su astucia. Los monstruos somos como los búhos, un mito de fría e inhumana objetividad. Nos consideran inmunes a la tentación y a la mezquindad. Incluso nuestro odio es grandioso para sus escasas luces. Y cuanto más deformes nos ven, mayor es nuestra supuesta santidad”.
Amor de monstruo, Katherine Dunn.

 

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