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Kazuo Ishiguro, el lento camino a la cumbre

Foto: TOBY MELVILLE | Reuters

Kazuo Ishiguro nació nueve años después de que un avión norteamericano bombardeara su ciudad, Nagasaki. Aquel acontecimiento cambió su vida, pero eso no lo supo hasta más adelante. “Mi madre estaba allí cuando cayó la bomba atómica”, dijo Ishiguro en una entrevista para The Paris Review. “Su casa tembló, y solo cuando llovió se dieron cuenta de la magnitud del daño. El techo comenzó a caer en pedazos, como si un tornado lo hubiera golpeado. Mi madre fue la única herida de su familia, con dos padres y cuatro hermanos, que resultó herida. Un pedazo de las malezas le alcanzó. Ella cuenta que la bomba no era lo que más le asustaba. Lo que realmente le asustaba era un refugio subterráneo situado en la fábrica donde trabajaba. Todos estaban hacinados en la oscuridad y las bombas caían sobre ellos. Pensaban que iban a morir”.

La familia Ishiguro abandonó Japón cuando el pequeño Kazuo tenía cinco años, y el escritor no regresó a sus orígenes hasta 29 años más tarde. Su japonés, como él mismo reconoce, es terrible. Su infancia comenzó a construirse en un pequeño pueblo al sur de Inglaterra, llamado Guilford, y descubrió su vocación literaria tras un curso de escritura creativa cuando era universitario. En aquel entonces su verdadera pasión era la música, y algo de aquello permanecía cuando se llevó las manos a la cabeza y saltó de alegría por la concesión del Nobel en 2016 a la leyenda Bob Dylan.

Ahora es él, que anteponía la guitarra a la pluma, quien recibe el honor y los nueve millones de coronas suecas. “Ha revelado, en novelas de una poderosa fuerza emocional, el abismo que hay bajo nuestro ilusorio sentimiento de confort en el mundo”, ha argumentado la secretaria vitalicia de la Academia Sueca, Sara Daniu, tras anunciar la decisión de los académicos. “Si mezclamos a Jane Austen con Kafka, tenemos como resultado a Kazuo Ishiguro”.

Las obras que marcan su lento camino a la cumbre tienen un punto de soledad y de amargura y de cierto alivio en la distopía. Los académicos señalan Los restos del día como su “obra maestra”, pero es improbable que hayan olvidado Nunca me abandones. Kazuo recuerda que cuando escribió Los restos del día su vida se convirtió en la ficción de la novela. “No hacía otra cosa que escribir desde las 9 de la mañana hasta las 10 y media de la noche, de lunes a sábado”, dijo en una entrevista. “Me tomaba una hora para comer y dos horas para cenar. No se trataba solamente de trabajar más, sino también de alcanzar un estado mental en el cual mi mundo ficcional se volviera para mí más real que el mundo actual“.

Quien confió en editarlo en España fue Jorge Herralde, editor de Anagrama, que conoce bien su obra y que apunta sin dudar a los compañeros de EFE que este reconocimiento es “tan inesperado como merecido”. “Es un autor magnífico, de trabajo lento”, dice. “Desde el anterior libro hasta El gigante enterrado (2015) han pasado siete años. Me recuerda al caso de Patrick Modiano, que siempre había publicado como en sordina libros excelentes y cuando le dieron el Nobel la secretaria que leyó el fallo dijo que ‘era el triunfo de la gran literatura’. En el caso de Ishiguro eso se redobla”.

Cuenta Herralde que el autor británico está “como al margen de la sociedad literaria”. “Me ha contado su agente que, cuando le han dicho que había ganado el Nobel, ha contestado: ‘¿Qué premio?’”. Su nombre estaba muy lejos de los primeros puestos de las casas de apuestas. “Ishiguro ni se lo imaginaba”. Entonces uno vuelve atrás y piensa en aquel curso de escritura: qué le enseñarían y cuánto existiría.

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