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Tan grande como la ficción: la crónica como tenue frontera entre el periodismo y la literatura

Foto: Ana Laya | The Objective

Martín Caparrós lo explicó en su obra Lacrónica (Círculo de Tiza): “En Estados Unidos lo habían definido como nuevo periodismo o periodismo narrativo; a mí me gustaba pensarlo como buen periodismo, el que me seducía. Pero la idea estaba más o menos clara: retomar ciertos procedimientos de otras formas de contar para contar sin ficcionar. Es la máquina que fueron afinando, desde finales de los cincuenta, en distintos lugares de América Latina, Rodolfo Walsh, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska; es lo que armaron en Estados Unidos, con mayor capacidad de etiquetarlo,  Truman Capote o Norman Mailer, Tom Wolfe o Gay Talese. Usaron, sobre todo, las formas de ciertos subgéneros americanos: la novela negra, la novela social de los años 30 con mucha acción, mucho diálogo, palabras corrientes, frases cortas, ambientes oscuros”.

En la sala Simón Bolívar de la Casa de América, en Madrid, se sientan tres cronistas en sus sillas blancas y miran al público. El acto está programado dentro del Festival Eñe. La sala es pequeña y apenas tiene habilitada la mitad de su capacidad. Martín Caparrós viste de negro hasta los zapatos, con las puntas manchadas de polvo; María Fernanda Ampuero viste de negro, salvo por sus zapatos grises sin tacón; Ander Izagirre respeta únicamente el negro por la camisa, con el último botón por abrochar. No hay guión y se miran entre sí, con cierta afinidad, durante unos segundos: “¿Y quién comienza ahora?”.

Dice Caparrós: “Lo bueno de las historias es que sirven para contar lo que te pasa por la cabeza”. Izagirre cuenta la anécdota del geólogo francés que visitó Groenlandia en 1934 para ampliar sus investigaciones. El geólogo había estudiado mucho sobre aquel país, pero nadie le habló del olor insoportable de sus habitantes: utilizaban la grasa de foca para todo. Cuando terminó su aventura, le regaló sus botas a un vecino y se sorprendió cuando el halagado no le correspondió con el tradicional beso inuit –el beso con la nariz–. Aquel hombre tuvo un arrebato de sinceridad y le confesó que el olor de los hombres blancos le resultaba insoportable.

Y este es un punto esencial: viajar para ver lo que uno quiere ver y verlo, pero estar abierto a la sorpresa que siempre llega cuando se insiste el tiempo necesario. “A mí no me gusta entrevistar a las personas”, dice Izagirre. “A mí me gusta acompañarlos cuando van a trabajar, cuando van a comprar…”. Como Truman Capote en su crónica de Mary Sánchez, la mujer que limpia su casa, a la que acompaña durante toda una jornada a los domicilios a los que quita el polvo.

A veces la misión no es sencilla. Lo cuenta Ampuero con cierta angustia y entornando los ojos. Viajó para hacer la ruta de los refugiados que vienen desde Siria e Irak hacia Europa y se encontró con tantísimas personas que no querían hablar con ella. “¿Tú estás viendo cómo estoy? ¿Qué puedes hacer por mí?“.

“Contar tu historia”, les decía.

A veces no basta con contar su historia. La anécdota fuerza una discusión en bucle que ocupa la mitad del tiempo –una hora– sobre el sentido de escribir crónicas. “Escribir sobre Venecia, insistir sobre Venecia… ¿todavía?”, se decía Rubén Darío a principios del XX, como recuerda Jorge Carrión en su magnífico Mejor que ficción (Anagrama). De algún modo, Caparrós zanja la discusión con un argumento que el resto comparte: “Me gusta escribir. Me siento mejor cuando escribo que cuando no lo hago. Y ya está”. Tan sencillo. Pensar en la resonancia de la crónica es darnos demasiada importancia, casi un ejercicio de vanidad, dice Caparrós.

“Debe haber algo que hace que la crónica se despegue del hecho, como la literatura

 

La Casa de América es un lugar lustroso: las pinturas celestiales, los detalles dorados en las paredes, los sillones tapizados. Ampuero habla con pausa y dice que la crónica le ha enseñado que cualquier tema es susceptible de ser interesante, incluso el ciclismo. Y pone como ejemplo aquel libro de Ander Izagirre, Plomo en los bolsillos (Libros del K.O.), que por sus buenas ventas –este es un caso aparte– sus editores lo rebautizaron como Lomo en los bolsillos. Luego Ampuero continúa y defiende que la crónica ha cobrado interés en los últimos años, y reivindica que ahora hay toda una generación famosa y comercialmente exitosa de cronistas hispanoamericanos. Se refiere a la argentina Leila Guerriero, al colombiano Alberto Salcedo Ramos, a la peruana Gabriela Wiener, al mexicano Juan Villoro

Caparrós responde con sorna: “¿Tan famosa que tienen que publicar en Libros del caos [sic]?”.

Tampoco parece preocuparle demasiado. Hace poco reeditó Larga distancia con Malpaso, un libro de crónicas que acaba de cumplir 25 años, y asume que su interés va más allá del tiempo. “Ya nos enteramos de que la Unión Soviética cayó, de que la China se convirtió en una sociedad consumista… Pero debe haber algo que hace que la crónica se despegue del hecho, como la literatura”.

Está el novelista Patricio Pron entre el público y Caparrós le señala con el dedo y luego a otro asistente y hace la broma de los dos primos desconocidos que se vieron en Madrid por primera vez. Dice que se parecen mucho, pero no se parecen tanto. En eso consiste la crónica: en observar otros detalles. ¿Saben que los latinoamericanos, cuando vienen a España, se sorprenden en los supermercados porque las patatas están limpias?

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