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‘La dulce ciencia’: Una molienda de la buena en muy pocos asaltos

Foto: Rocky Marciano (izq) y Joe Louis (der) en 1920 | Whaleoil.

Nombrado mejor libro de deportes de todos los tiempos, los escritos sobre boxeo de A.J Liebling recogidos en ‘La dulce ciencia’ (Capitán Swing, 2018) noquean desde el primer asalto. Con un estilo tan divertido como magistral, este maestro del periodismo literario nos describe lo que ocurría fuera y dentro de los cuadriláteros en la época dorada del boxeo. Y nos enseña una valiosa lección: A veces la vida también nos pone contra las cuerdas.

 

Empecé a boxear hará cuestión de unos meses porque había demasiada gente a la que quería tocarle la cara y golpear un saco me ayudaba a descargar toda esa rabia. Al principio perdía la coordinación porque al ponerle cara al saco me temblaban hasta las piernas, me despistaba y pegaba como si fuese zurda, haciendo los ‘jab cross’ y los ‘uppercuts’ como si estuviese en un concierto de ska, y me ponía las vendas tan apretadas que tal vez que por eso la ira seguía dentro y no la descargaba en el ring.
Creo que el boxeo es un deporte noble, el más noble de todos, de hecho. Es como bailar y hacer el amor al mismo tiempo, aunque nunca se lo he comentado a mi amigo Edgar, que es boxeador, porque los luchadores hacen la guerra y no el amor. Eso dice. También que la forma de reconocer a un boxeador profesional es mirarle las orejas, se les quedan abultadas de tantos puñetazos; las llaman ‘orejas de coliflor’. Me encanta escucharle hablar sobre combates, aunque siempre me desaliente porque las personas tan pequeñas como yo, con los brazos tan cortos, somos carne de ‘torrija’; tenemos que acercarnos mucho al contrincante para golpear y así recibimos solo palos. “Es una cuestión de tamaño”, me asegura. Yo le digo: “Pero Jackie Chan es un enano y mira cómo pega”. “Sí, ya, pero eso es una película·”. ¡Bah! Seguiré dándole derechazos al saco hasta que cruja simbólicamente a todos mis ‘pendientes’.

 

El boxeo es como la vida, a menudo nos pone contra las cuerdas y “es imposible pensar si no puedes dejar de esquivar los golpes” –A.J Liebling

 

Hace unos días llegó a mis manos ‘La dulce ciencia’, de A.J. Liebling (ed. Capitán Swing). “El mejor libro de deportes de todos los tiempos”, según la revista ‘Sport Illustrated’. Liebling trabajó para el New Yorker y era un apasionado del boxeo; escribió muchos artículos sobre el universo pugilístico de principios de los años 50 en Estados Unidos, la época dorada del pugilismo. Me siento bastante hermanada con Liebling, un periodista regordete, corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial, amante del buen comer, de las carreras de caballos y el boxeo, que tenía una prosa tan brillante que escribiendo sobre un combate, escribía también sobre la vida. Así en el ring como en las calles, sí señor.

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El mítico combate entre Marciano y Moore que marcó el final de un ciclo. Vía Deadspin.

 

Fue Pierce Egan, el Heródoto del boxeo, como lo llama Liebling, quien en el siglo XIX denominó el pugilismo ‘la dulce ciencia’, justamente porque no hay nada más amargo que un derechazo en la mandíbula y porque se necesita algo más que unos músculos de acero para convertir un combate en una obra de arte y no en una pelea de taberna, como asegura el periodista. En sus artículos a menudo cita fragmentos de ‘Boxiana’, (‘Las Mil y una noches’ de los cuadriláteros de Londres) la gran obra del inglés que llegó a inspirar al mismísimo Charles Dickens, aunque pocos lo sepan, y que eran posiblemente uno de los tipos más interesantes de lo que algunos editores estirados con los que trabajó Liebling, llamaron temas de ‘bajos fondos’. Además de supuesto timador y autor de operetas y gacetillas, Egan publicaba periódicamente cuanto ocurría en el cuadrilátero y fuera de él. Sus crónicas reflejaban ese mundo de obreros con guantes: carboneros, panaderos y carniceros que competían por dinero y acabaron convirtiéndose en grandes campeones. De hecho, cuenta el periodista, antes de que la televisión, el pleno empleo y la escolarización ‘lo fastidiasen todo’, había un boxeo realmente profesional, que fue decayendo cuando los combates se televisaron de manera gratuita y las agencias de publicidad con sus anuncios de cervezas hicieron su agosto con ellos.

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Pierce Egan fue el gran cronista de los cuadriláteros londinenses. Vía Appledore.

 

“Ver un combate en televisión siempre me ha parecido un pobre sustituto de vivirlo en directo”, escribió Liebling, cuyos escritos de 1951 a 1955 recogidos en ‘La dulce ciencia’ nos hablan tanto de la época dorada del boxeo como del final de un ciclo: esos años en que un púgil de Nueva Inglaterra, Rocky Marciano, que parecía “una estatua etrusca”, hizo que besasen el cuadrilátero al menos cuatro de los grandes campeones de los pesos pesados. Y, por supuesto, acabó besándolo él también bajo los puños de Archie Moore.

 

“Un púgil, al igual que un escritor, tiene que defenderse por sí mismo” – A.J Liebling

 

De hecho, hay tantas razones para leer este libro como asaltos tuvo el mítico combate entre Marciano y el gran campeón Joe Louis, narrado por Liebling con una prosa tan magistral como divertida, sembrada de conversaciones con taxista, limpiabotas, entusiastas espectadores, managers y boxeadores. Como también de metáforas y comparaciones tan absolutamente maravillosas como que Rocky Marciano era “el bovino rey de los tortazos de Brockton”, que tenía algo parecido a una “confianza desmentida, como un bulldog adormilado”, o que la cara de su rival, un peso gallo, era “como una moneda gastada”.

 

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Cuando Cassius Clay conoció a los Beatles. Vía Youtube.

 

El boxeo es como la vida, a menudo nos pone contra las cuerdas y “es imposible pensar, o imponer tus ideas, si no puedes dejar de esquivar los golpes”; otras, el combate está amañado –un ‘cruzado’- u optas por romper lo pactado y pelea con ganas –‘doble cruzado’. Y aprendes lecciones de legendarios como Moore, que sabía dosificar las calamidades; o te sientes tan poeta como púgil, como Cassius Clay (luego Mohamed Ali). Pero sobre todo, el boxeo te enseña, como dice A.J. Liebling, que el tiempo lo es todo, el mejor amigo de alguien que todavía es joven y le queda una tremenda ‘molienda’ por delante. No en vano Ernest Hemingway y Albert Camus también se sintieron llamados por el ring. Tiene algo poético, condenadamente noble, algo que empieza con el clonc-clonc-clonc de una campana y acaba igual; donde más vale maña que fuerza y las más de las veces todo se dirime en un asalto final.

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Nota para mis enemigos: No soy nada deportiva, me las resbala el ‘fairplay’; algún día os sacudiré de lo lindo. Os comeréis un ‘uppercut’ de derecha y varios rectos directos a vuestras mandíbulas y como sois idiotas los llamaréis ‘tortas como panes’. Porque, como dice A.J Liebling, “un púgil, al igual que un escritor, tiene que defenderse por sí mismo”. Aunque nosotros no son expresemos con los puños. ¿O sí?

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