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La guerra de las maras en Centroamérica: pagar, huir o morir

Estos grupos criminales que controlan numerosos lugares de Centroamérica, atemorizan a los ciudadanos, a quienes a menudo obligan a pagar una cuota mensual a través de extorsiones y amenazas

Foto: Txuca Pereira | CEAR

Cada noche, antes de volver a su casa, Lisa tenía que llamar a sus vecinos para ver si los mareros se habían ido y era seguro entrar. Llegaba a la una, las dos de la mañana, para poder dormir unas horas antes de volver a trabajar, siempre con el miedo de ser perseguida, amenazada, asesinada.

Ahora, un año y medio más tarde, cuenta esta historia a The Objective en Madrid, donde ha conseguido empezar una vida nueva, lejos del terror que infunden las maras en su país, El Salvador, donde, junto a Honduras y Guatemala, en 2018 se registraron 10.500 asesinatos, 29 al día, unas cifras similares a las de un conflicto armado.

Las maras son grupos criminales que controlan numerosos lugares de Centroamérica y atemorizan a los ciudadanos, a quienes a menudo obligan a pagar una cuota mensual a través de extorsiones y amenazas, muchas de las cuales se acaban traduciendo en asesinatos.

Lisa no tuvo más opción que huir de su país para escapar de esta violencia. Con las lágrimas asomando, nos lo cuenta en un pequeño cuarto de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas después de la presentación del corto Maras. Ver, oír, callar, de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) y Globomedia, que narra cuatro historias reales de personas que, como ella, no se plegaron a las órdenes de la mara y decidieron huir.

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El corto ‘Maras. Ver, oír, callar’ narra historias reales de personas que huyeron de la violencia de las maras. Foto: Txuca Pereira | Cedida por CEAR

Pagar o morir

Lisa, como muchos otros, vivió durante mucho tiempo bajo la amenaza de los mareros, que a menudo acudían a su casa para exigirle un pago muy superior a lo que su familia se podía permitir.

“Cuando llegaron a mi casa y me dijeron ‘quiero que me des de aquí al viernes 5.000 euros’, yo les digo, ¿de dónde quieres que te dé yo 5.000 euros?”, recuerda, con una mezcla de indignación y tristeza.“Sí, pero nosotros tenemos una orden y si no, mira, sabemos cuántos viven aquí y la primera a la que vamos es a ti”. Así de directa fue la amenaza, y así de directa fue ella también: “Les dije ‘miren, si a ustedes les place matarme, mátenme, pero yo dinero no tengo”.

Su marido, que se vino a España con ella y sus dos hijos, también fue víctima de amenazas de muerte en varias ocasiones. “A mi esposo lo esperaban en el parque, le hacían rueda los mareros” y le decían “ya tú sabes que o pagas, o se mueren todos”.

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Un miembro de la Mara MS-13 en una cárcel de El Salvador. | Foto: Luis Romero | AP

Si se quedaban en El Salvador, las opciones no eran muchas. Pagar no era posible porque, como explica Lisa, “el salario allá es de 250 euros y ellos a uno le piden 300 euros y nosotros, ¿cómo hacíamos?”.

Por eso, quedarse significaba enfrentarse a la muerte cara a cara. Y eso, para cualquiera, es inaguantable. “Yo le dije a mi esposo, aquí nos van a matar”. Vendieron su casa, “casi la regalamos con tal de que nos dieran lo de los pasajes”, su coche, “para poder medio sobrevivir aquí”, en España.

“Gracias a Dios logramos salir del país, pero ahora la situación está peor, están matando, están desapareciendo muchos jóvenes, los están secuestrando”, lamenta Lisa, que ahora agradece poder andar tranquila por la calle, sin el miedo a ser perseguida.

Unirse a las maras no es opcional

Igual que ocurre con las cuotas que exigen las maras, unirse a ellas no es opcional. Estos grupos criminales reclutan jóvenes a su antojo, con promesas de grandes riquezas o, si esto no funciona, con amenazas de muerte.

Cuando Lisa y su marido huyeron de El Salvador, su hijo ya lo había hecho antes. No le dejaron otra opción, “lo perseguían y lo perseguían”, porque lo querían reclutar. “Lo querían obligar a entrar, a ser un asesino”. “Donde vivíamos, los mismos niños que se criaron con ellos, se convirtieron en pandilleros y asesinos y llamaron a mi hijo”, recuerda Lisa.

Empezó en el colegio, lamenta la madre, que, aunque “trabajaba duro para pagarle un colegio privado”, no logró que evitara a las maras. Sus compañeros, hermanos pequeños de los líderes de estos grupos criminales, insistían en que se uniera a ellos. Ante la negativa, la insistencia se convirtió en amenaza: “Si tú no vas por las buenas, te van a matar”.

Cuando finalmente decidió salir de allí, su familia pensó que todo había acabado pero, por desgracia, estaban muy equivocados. “Nos quedamos y pensamos que no iba a seguir, pero no, luego llegan con una extorsión que nos ponen mensual”.

Por desgracia, no todos lo tienen tan claro y muchos jóvenes acaban cayendo en las redes de las maras, la mayoría tentados por las ofertas de dinero y de poder, otros por el simple miedo de que cumplan sus amenazas. “Con las extorsiones yo me daba cuenta, había gente que llevaba dinero y a ellos no les dan nada, ni para un refresco, solo los usan”, cuenta Lisa.

Tras ser reclutado, los jóvenes deben pasar peligrosas pruebas para ser aceptados por la mara. En ocasiones, esta especie de examen consiste en lograr soportar una paliza por parte de varios miembros del grupo. En otras ocasiones, la prueba pasa por matar a alguien, a veces incluso al azar.

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Una imagen del corto muestra las palizas de las maras. | Foto: Txuca Pereira | Cedida por CEAR

Todo para convertirse en un marero más, dominado por los líderes, muchos de ellos en prisión, sin opción de volver a tener una vida normal. “Son a ellos a los que van usando para matar y matar”, explica Lisa. “Desde que ellos entran, les queda el cementerio o un hospital, pero ya no pueden salir”.

Dejarlo todo para empezar de cero

Cuando llegó aquí con su familia, Lisa aún tenía miedo. “Uno viene con un trauma bien feo de una persecución de allá y viene acá y siente que quizá aquí es lo mismo”, explica.

Al principio, por ejemplo, se asustaba al ver grafitis en los edificios, porque “allá las maras tienen pintado todo lo que es de ellos, todo lo que ve pintado, allí hay mareros”. Ahora, un año y medio después, ya camina tranquila por la calle y siente que las cosas van mejor.

Sin embargo, sabe que, aunque le gustaría, no puede volver a El Salvador. “Yo eso quisiera, pero diría que no, porque nosotros vamos, se dan cuenta y nuestro país es tan chiquito que ellos tienen contactos por todos lados y lo encuentran a uno”.

Asegura que volver a su país “es una muerte segura, desde que se dan cuenta de que usted entró, porque ya está marcado por ellos, ya tenían orden de que hay que matarle”.

Por eso, lamenta que haya gente, aunque sea una minoría, que aún mira con desprecio a los inmigrantes. “Yo le digo a mi esposo, si ellos supieran nuestra historia, por qué estamos aquí, que yo no hubiera querido salir en ningún momento de mi país…”, dice pensativa.

A todos ellos les recuerda que “es duro salir a otro país a empezar de cero cuando usted ya tiene algo en su país”, pero agradece a todos aquellos que han hecho que ella y su familia se sientan acogidos y sabe que, aunque “va a costar, porque todo acoplamiento cuesta”, van a salir adelante.

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