La princesa Diana: el juguete de los medios que logró lo impensable
Foto: Tim Graham

Futuro

La princesa Diana: el juguete de los medios que logró lo impensable

La princesa Diana ha vuelto a morir. Fueron los medios quienes la crearon y también los que la persiguieron hasta su trágico final.

por Tal Levy

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Diana ha vuelto a morir. Fueron los medios quienes la crearon y también los que la persiguieron hasta su trágico final. “Un minuto no era nadie y al siguiente era la Princesa de Gales, madre, juguete de los medios, miembro de esta familia, lo que pueda imaginar. Fue simplemente demasiado para una persona”, se le escucha decir en el documental Princesa Diana: En primera persona, que National Geographic presenta este agosto y que recoge grabaciones inéditas. Esa misma prensa, que “estaba siendo insoportable siguiendo cada uno de mis pasos”, no la dejaría yacer en paz, atenta a cada nueva revelación, incluso después de 20 años de su partida. Ya lo decía Paul Auster en La invención de la soledad: “Memoria: el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez”.

Ni siquiera le ha servido haber sido enterrado en la isla del Lago Oval, en Althorp House, propiedad de su familia, los Spencer, lejos de la mirada curiosa de los flashes, para encontrar esa privacidad que le fue negada en vida.

Diana Spencer no tenía el cabello largo como la mayoría de las princesas de los cuentos de hadas y murió despojada de su título real, aunque como el entonces recién estrenado primer ministro británico, Tony Blair, acertaría: “Ella era la Princesa del Pueblo y así es como permanecerá en nuestros corazones y recuerdos para siempre”.

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29 de julio de 1981, la boda entre Carlos y Diana. | Imagen vía Getty Images

 

De noble familia aunque de padres separados, el 29 de julio de 1981 contrajo matrimonio a sus 20 años con el príncipe Carlos de Inglaterra, 12 años mayor que ella, en la que sería descrita como la boda del siglo, con esos 750 millones de telespectadores de todo el mundo que hicieron batir los récord de audiencia, pero que se quedarían cortos frente a las 2.500 millones de personas que sintonizarían su funeral.

¡Cómo no quedar cautivados al verla bajar de aquel carruaje de cristal, el mismo que condujo al rey Jorge V el día de su coronación, y entrar a la catedral de St. Paul con su romántico vestido de mangas de farol y su larguísima cola de unos 25 metros, diseñado por David y Elizabeth Emanuel!

Tras casarse con el heredero de la Corona británica, tampoco podría decirse aquello de “y vivieron felices para siempre”. Como ella misma confesaría en la impactante entrevista que concedió a BBC en 1995: “Éramos tres en el matrimonio y eso es multitud”. Así, aludió a ese fantasma siempre presente entre ella y Carlos: Camila Parker Bowles, con quien él sostuvo un romance previo a conocer a Diana y que mantendría en el tiempo hasta convertirla en 2005 en su actual esposa.

El supuesto sueño coronado acabaría en pesadilla. En esa misma conversación, Lady Di, como era llamada, reconocería también su romance con el capitán de caballería James Hewitt.

 

La Reina de los Corazones

Nacida el 1 de julio de 1961 en Norfolk, ella logró lo impensable al menos después de fallecer: que la mismísima reina Isabel II le hiciera una reverencia al ver pasar su féretro cubierto con el estandarte real, rompiendo antiguos y rígidos protocolos. No era poco que, por Diana, su Majestad hiciera la primera transmisión en directo por televisión en medio siglo.

La monarquía cedió ante el clamor de todo un pueblo que con alfombras de flores que superaban los 100 metros y desconsolado llanto reclamaba que se le diera un tratamiento como lo que seguía siendo para ellos: su eterna princesa y, hasta más, “la Reina de los Corazones”.

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Última imagen de Diana antes del accidente en París | Imagen vía Reuters

 

A sólo 24 horas del accidente de coche que a las 3 de la madrugada del 31 de agosto de 1997, en el túnel bajo el puente del Alma de París, acabó con su vida y la de su entonces pareja, Dodi al Fayed, ya unas 6.000 personas por hora le rendían sus respetos frente a los palacios reales, según el documental Diana: Siete días que estremecieron el mundo, de la BBC.

Frente a la conmoción general, que ponía en peligro la relación misma de la Corona con sus súbditos, en el Palacio de Buckingham se consintió transgredir una regla más y ondear la bandera a media asta.

La película La reina, protagonizada por Helen Mirren, narraría la crisis que supuso la muerte de Diana para la Casa Real británica y cómo fue gestionada con la ayuda de Tony Blair.

Paradójicamente, la Princesa de Gales lograría finalmente que la monarquía se acercara a la gente, a la vida real, tal cual ella hizo al encargarse personalmente de la educación de sus hijos y con esa empatía que la llevaba a visitar a un enfermo de VIH o a la madre Teresa de Calcuta, comprometiéndose con las más diversas causas como obras de caridad o la lucha contra las minas antipersona.

Para Dickie Arbiter, secretario de prensa del Palacio de Buckingham, ella era “una bocanada de aire fresco”. Esa misma frescura y su indiscutible carisma fueron testigos de cómo forjó grandes amistades entre celebridades, como sir Elton John, quien afirmaría que ella “te hacía sentir completamente a gusto, no había una rigidez o incomodidad, como la que existe a veces con otros miembros de la familia real”. Aunque de escurridiza mirada, Lady Di sabía cómo relacionarse.

 

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Flores en el funeral de Diana | Imagen vía Wikimedia

 

Fue el cantante británico quien imprimió emoción en las exequias en la Abadía de Westminster con la interpretación en honor a su amiga Diana de una nueva versión de su balada Candle in the Wind, compuesta originalmente para otra mujer que también a su singular manera marcó la historia: Marilyn Monroe.

“Adiós Rosa de Inglaterra, que crezcas siempre en nuestros corazones. Eras la gracia que aparecía donde vidas habían sido rasgadas, eras la voz de nuestro país y arrullabas a aquellos que sufren«, resonó para después convertirse en el sencillo más vendido.

Y emocionó hasta las lágrimas a sus hijos, Guillermo y Enrique, de 15 y 12 años, que hasta ese momento parecían imperturbables frente a la solemnidad protocolar y cuya máxima expresión había sido escrita: una tarjeta con una gran y sola palabra, Mummy, que el mundo entero advirtió encima del ataúd.

Las cámaras mostrarían al tenor Luciano Pavarotti con su típico pañuelo blanco secando, esta vez, su llanto. El tema tocó la fibra de muchos de los asistentes a la ceremonia funeraria, entre los que se encontraban Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Bill Clinton, Jacques Chirac, Tom Hanks, Nicole Kidman, Steven Spielberg, George Michael, Sting, Richard Attenborough, Giorgio Armani, Valentino y miembros de las casas reales europeas.

 

Reveladores secretos

Transcurridas dos décadas, sus hijos han decidido hablar y compartir sus más íntimos recuerdos con la audiencia en Diana, nuestra madre: su vida y su legado, documental de ITV y HBO, que también transmitirá TVE, en el que se recriminan lo poco que hablaron por teléfono con su mamá la noche que murió por darse prisa para continuar jugando con sus primos en el Castillo Balmoral, en Escocia.

“Esa llamada telefónica se me ha quedado grabada en la mente”, dice Guillermo, duque de Cambridge, ya a sus 35 años. «Lo único que recuerdo es lamentar por el resto de mi vida lo corta que fue la conversación», lo secunda un todavía no resignado Enrique, quien da un paso adelante al confesar que «siendo niño, nunca disfruté hablar con mis padres por teléfono”, porque era lo que más hacían, debido al divorcio y la retahíla de escándalos que le sucedieron.

Ambos la recuerdan con un formidable sentido del humor, riéndose a carcajada limpia, por lo que el príncipe Guillermo no tiene la menor duda de que, además de la mejor mamá, hubiese sido una “abuela encantadora” y así se lo repite a sus hijos.

Ellos, quienes divulgaron en las redes fotos nunca antes vistas de su archivo personal, lamentan el continuo asedio que sufrió su madre por parte de los paparazzi, que incluso siguieron el coche aquel día fatal en que falleció a sus escasos 36 años y todo por conseguir una imagen. “Si eres la Princesa de Gales y eres madre, no creo que sea apropiado que te persigan 30 hombres en moto que bloquean tu camino, que te escupen para hacer que reacciones y que quieren hacer que esta mujer llore en público para conseguir una fotografía”, expresa Guillermo.

Incluso luego de fallecida no dan tregua, por lo que la controversia en torno al papel y la ética de los medios se ha avivado en el mes del aniversario de su partida con el estreno en el Canal 4 británico de Diana: en sus propias palabras.

Su plato fuerte, quizá demasiado para sus hijos, lo constituyen las conversaciones informales de Diana con su entrenador de oratoria, Peter Settelen, grabadas entre 1992 y 1993, en las que ventila detalles y oscuros secretos como que recordaba su boda como “el peor día de mi vida” y que antes de casarse sólo había visto a su esposo en 13 oportunidades.

La noche anterior al matrimonio, de acuerdo con la biografía Príncipe Carlos: Las pasiones y paradojas de una vida improbable, de Sally Bedell Smith, el heredero al trono no paró de llorar. Después la historia sería conocida. En un titular del sensacionalista Daily Mail se ha llegado hasta leer: “Charles y Diana no tuvieron sexo por siete años”.

“Si pudiera escribir mi propio guión, haría que mi marido se fuera con su mujer y nunca volviera”, se escucha en el documental. Ciertos fragmentos de estos ejercicios de voz en los que habla cándida y abiertamente fueron vistos en Estados Unidos en 2004 en la cadena NBC, pero no habían sido transmitidos en Reino Unido hasta el pasado 6 de agosto.

De hecho, se intentó impedir su difusión. Para el abogado de Settelen, Diana sabía que su entrenador “no era su sacerdote, doctor, terapeuta o abogado”, por lo que entonces no habría secreto de confesión alguno. Pero lo cierto es que fueron grabadas para ayudarla a actuar en público y de ningún modo para aparecer públicamente y menos después de 20 años de muerta. El canal lo ha presentado como una contribución al registro histórico.

Lady Di confiesa que era rebelde y que no debía jugar con fuego pues podía quemarse. Débil y fuerte a un tiempo, su infelicidad matrimonial la llevó a la bulimia y a intentos de suicidio, como cuando movida por la depresión se dejó caer, embarazada de 4 meses, por las escaleras para llamar la atención de su marido, sin poder ni siquiera así lograrlo. Tampoco la reina Isabel II mostraba interés en torno a su sufrimiento. Era despachada bajo la etiqueta de inestable.

 

Entre el glamour y la pena

Cautiva de las principales portadas de diarios y revistas, la Princesa Diana se convirtió en todo un icono de la moda, desde sus primeros trajes más clásicos hasta los más atrevidos. Marcó estilo con una elegancia no desprovista de desparpajo.

Es frecuente recordarla con ese largo vestido de terciopelo azul con el que bailó en la Casa Blanca con John Travolta en 1985, del diseñador Víctor Edelstein, uno de sus favoritos, quien afirmaba que ella parecía muy vulnerable. Fue subastado tras su muerte por 240.000 libras esterlinas y este año exhibido en Diana: Her Fashion Story, una muestra en el Palacio Kensington en la que pueden admirarse otros como aquel traje blanco que utilizó en 1989 y que rememoraba a Elvis Presley.

 

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Imagen promocional de la exposición Diana: Her Fashion Story | Imagen vía Kensington Palace

 

Su imagen ha sido estampada en camisetas, como la que lució el año pasado Rihanna, quien se ha declarado obsesionada por quien considera la mejor; al igual que Lady Gaga, de quien se ha llegado a decir se ha sentido la reencarnación de Lady Di, a la que definió como la más icónica mártir de la fama y que sirvió de inspiración para Paparazzi.

A decir de sus trajes, “la Reina de los Corazones” llevaba una vida glamorosa, pero en el interior la pena estaba siempre presente. De niña se sabía diferente a los demás y sentía que algo importante le depararía el destino.

Pese a que la policía investigó la muerte y aseguró que no existe indicio de conspiración para asesinarle, Mohamed al Fayed, padre de Dodi al Fayed, ha insistido en que no se trató de un accidente y ha apuntado hacia el servicio de inteligencia británico como responsable debido a que no podía dejar que Diana formalizara su unión con un musulmán y menos aún si estaba embarazada, como se especulaba, por ser ella la madre de quien en algún momento se espera sea el futuro rey.

El conde Charles Spencer, también crítico, ha señalado: “Siempre creí que la prensa al final la mataría. Parecería que cada dueño y cada editor de cada publicación que ha pagado por fotos intrusivas que explotan su imagen, alentando a individuos avaros y despiadados que arriesgan todo para conseguir una fotografía de Diana, tienen hoy las manos manchadas de sangre”.

Ilusiones, romance, glamour, engaño, intentos de suicidio, depresión, bulimia y hasta denuncias de complot, ingredientes estos todos de una historia que, aunque real, roza la telenovela. La eterna Lady Di, tan amada por las cámaras, nunca logró ser feliz del todo y eso que tenía el mundo entero a sus pies.

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