La ruta del hachís: los tambores de Ketama en el Rif
Foto: Marcelo del Pozo

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La ruta del hachís: los tambores de Ketama en el Rif

El pasado mes de febrero, la Guardia Civil intervino casi dos toneladas de hachís prestas para entrar a España por la costa de Barbate. Los transportistas arriesgaron su vida en una lancha de goma de varios motores cruzando las turbulentas aguas del estrecho desde Marruecos hasta la playa de El Palmar, en Cádiz. Un par de meses después cayó el resto de banda, incluido su líder, conocido como Canela, un joven que se paseaba por las playas de Barbate con impunidad, en vehículos llamativos como un quad, todo ello sin que nadie le hubiese visto trabajar en cualquier cosa. Seguramente todos los que viven a su alrededor saben a qué se dedicaba.

por Juanma Rodríguez

El pasado mes de febrero, la Guardia Civil intervino casi dos toneladas de hachís prestas para entrar a España por la costa de Barbate. Los transportistas arriesgaron su vida en una lancha de goma de varios motores cruzando las turbulentas aguas del estrecho desde Marruecos hasta la playa de El Palmar, en Cádiz. Un par de meses después cayó el resto de banda, incluido su líder, conocido como Canela, un joven que se paseaba por las playas de Barbate con impunidad, en vehículos llamativos como un quad, todo ello sin que nadie le hubiese visto trabajar en cualquier cosa. Seguramente todos los que viven a su alrededor saben a qué se dedicaba.

El tráfico, ‘menudeo’ o ‘trapicheo’ de hachís es algo que en el sur de España resulta hasta común. El consumo de cannabis también está muy extendido, ya no solo en Andalucía, sino en todo el país. Según los datos del Observatorio Español sobre Drogas (OED) el pasado año 2016 el 30% de la población española de entre 15 y 64 años aseguró haber consumido cannabis alguna vez en su vida, de los cuales un 9% aseguró haber consumido en los últimos 12 meses, el 7% en los últimos 30 días y el 2% a diario. El terreno está bien abonado para que se abra un importante nicho de mercado para los narcotraficantes de hachís.

Unos 14 kilómetros de distancia separan las costas andaluzas de la cordillera del norte de África. El Rif es una cordillera montañosa que abarca una gran parte del norte de Marruecos, hasta la frontera con Argelia, donde también se encuentra Melilla. Es una región tradicionalmente desfavorecida y olvidada por la autoridades marroquíes, según denuncian diversas ONGs que trabajan en la zona. Allí conviven bereberes, amaziges y árabes. Es un lugar mágico, donde el tiempo parece no haber pasado en siglos, aunque con una pequeña diferencia: en sus valles hay miles de hectáreas verdes donde se alzan plantas de marihuana. Para los habitantes de esta región, que viven por debajo del umbral de pobreza, es fundamental para su sustento de vida el cultivo de esta planta para la elaboración del hachís que Europa espera consumir con los brazos abiertos.

 

¿Cómo se elabora esta sustancia?

Antonio Escohotado, profesor, filósofo y ensayista, centró gran parte de su trabajo en el estudio de las drogas y su historia. En el documental de Canal Sur (la televisión pública andaluza) La ruta del hachís, cuenta un pasaje de Herodoto en el que los escitas se colocaban con hachís, echando al fuego grandes trozos de esta sustancia y precintando la sala donde lo hacían. Hoy, la forma de consumir esta droga ha cambiado, y su producción también. En el Valle del Rif, el cultivo del cannabis está dentro de la ley, pero no la producción de esta sustancia, que puede acarrear penas de cárcel, aunque las autoridades hacen la vista gorda para mantener una paz social que no sería posible en esta zona tan limitada en recursos económicos.

 

 

En otoño se inicia la campaña de la recogida del cannabis para la elaboración del hachís, en la que participan todos los miembros de las familias. Una vez la recogen, la dejan secar en los tejados de las casas para extraer posteriormente el polen o resina con el que se elaborará el hachís. El ritual para producirlo es algo que se ha transmitido de generación en generación, de manera artesanal, en el interior de las casas de las familias que viven de ello. Sobre una palangana colocan una tela a modo de tamizador, sobre la que colocan los cogollos de marihuana para su ‘vareo’. Encima de la marihuana se coloca un plástico sobre el que se empezará a varear, para que el polen de la planta se filtre por la tela (generalmente de seda) y se obtenga el doble cero, una sustancia muy preciada por los consumidores de hachís. El vareo se repite varias veces más, hasta que acaban por agotar el polen de estos cogollos de los que se ha extraído el doble cero, disminuyendo en calidad y en cantidad. Este proceso es el que se conoce como ‘los tambores de Ketama’.

 

La calidad del producto y su valor en el mercado

Escohotado asegura que Marruecos no elabora hachís, “Marruecos elabora una porquería que no da lucidez, es más un somnífero o un tranquilizante”. Esto se debe a la forma de producción y al corte con el que elaboran la droga. Marruecos es el principal productor de esta sustancia, prácticamente el único mundial, según la agencia antidroga de la UE. Por este motivo, Escohotado asegura que la calidad del producto “es bastante mala” pero para ellos es indiferente, ya que la demanda mundial de hachís es tan elevada que ni produciendo todas las hectáreas destinadas al cultivo de cannabis se podría satisfacer toda la demanda. “Actualmente Marruecos elabora una sustancia que no tiene THC porque entre otras cosas secan las plantas al sol, que mata la sustancia del tetrahydrocannabinol (THC) y la transforma en cannabidiol (CBD), que actúa como somnífero”, asegura Escohotado.

 

La ruta del hachís: los tambores de Ketama en el Rif

Alrededor de un gramo de doble cero. | Foto: Nick Adams / Reuters

 

Para ampliar la cantidad de hachís producido, la sustancia se adultera con lo que vulgarmente se conoce como ‘cortes’, por ejemplo estiércol de burro, goma arábica, leche condensada, henna, arcilla… prácticamente a partes iguales. “Hachís hay poco”, asegura Escohotado, “pero incluso ese poco hachís que hay no tiene THC”. “La juventud española está más colgada de CBD que del THC”, expresa Escohotado en el documental, afirmando, incluso, que si le ofreces un porro de hachís afgano de gran calidad o de marihuana a un joven que esté bastante acostumbrado a fumar diariamente, desde por la mañana hasta por la noche, lo consideraría muy fuerte para su gusto.

 

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Marihuana secada al sol para la producción de hachís. | Foto: Rafael Marchante / Reuters

 

G. R. S es un consumidor habitual de hachís. No ha querido dar su nombre, ya que el prejuicio y el estigma social de consumo de cannabis sigue estando muy presente en España, a pesar de la apertura mundial y la legalización en varios países y estados de Norteamérica. Este joven de menos de 25 años asegura que no fuma marihuana “porque es muy fuerte, me deja tonto, no puedo llevar una vida que considero normal”. Su día comienza con un desayuno a base de zumo de naranja, café, un bollo y un ‘canuto’ pequeño de hachís, “para empezar el día con alegría”. Una vez concluye su turno de mañana en la cafetería donde trabaja, después de comer, se fuma otro porro “para dormir una siesta en condiciones”. Tras terminar la jornada laboral alrededor de las diez de la noche regresa a casa, se prepara la cena y se fuma el último porro del día, al que llama “buenas noches” ya que “si no fumo antes de dormir no puedo pegar ojo”. G. dice que paga el gramo de esta sustancia a unos 3,5 euros, precio que le hace un amigo cercano, por lo que a la semana invierte unos 30 euros en ‘chocolate’. G. es malagueño, y por lo que tiene entendido, cuando el hachís pasa Despeñaperros el precio sube a unos 5 euros el gramo, el precio estándar y, conforme más va subiendo, el producto se va encareciendo, hasta llegar a los 6 o 7 euros en gramo, que da para unos 4 o 5 ‘canutos’.

 

El menudeo y los clubes de fumadores

P. H. T. También es malagueño, aunque ahora vive en el extranjero. No ha tenido una buena experiencia con el hachís. Hace 6 o 7 años la Guardia Civil le sorprendió con un kilo y 900 gramos en el maletero del coche. “Yo empecé a trapichear de forma casi inconsciente, para poder fumar gratis, tenía poca idea de lo que hacía”. Poco a poco fue haciendo cada vez más dinero y aprendiendo a vender un producto que todos sus amigos querían probar. “Empecé vendiendo unos 50 gramos a la semana, hasta que llegué a los dos kilos”. Sus proveedores siempre eran los mismos, con los que ya había establecido un vínculo de confianza, hasta el punto en que le fiaban las cantidades de hachís que iba a vender. “De lo que siempre he estado orgulloso es que nunca le debí dinero a nadie, aunque pillase ‘fiado’ el material”. Cuando le detuvieron, pasó tres días en el calabozo, antes de pasar por un juicio rápido. “Un familiar, abogado, me ayudó con este asunto del que al final no salí mal parado, ya que alegué consumo propio”. P. no se arrepiente de nada de lo que ha hecho, pero “a mis hijos les diría por mi experiencia que el trapicheo no vale para nada, no merece la pena, es mejor un trabajo normal, una vida normal, que no perder el tiempo en vender, eso es para los ‘pringados’”.

 

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Paricipantes en una manifestación en Vacouver para la legalización. | Foto: Andy Clark / Reuters

 

Su problema con la ley se quedó al final en un mal expediente, pero no cumplió la condena de un año y 11 meses de cárcel que le pedía la fiscalía, ya que no tenía antecedentes, aunque “pasé dos años bajo investigación, por los que, si me pillaban por ejemplo conduciendo con una tasa de alcohol superior al límite, tendría que haberme tragado los meses de cárcel correspondientes más los del hachís”. También tuvo que pagar la multa correspondiente, alrededor de 6.000 euros, más el dinero que le debía al proveedor por el hachís incautado. En este mundo no hay seguros. “Era un niñato, y solo quería caprichos. Veía que los demás no podrían hacer lo que yo por el dinero que tenía, por lo que yo me sentía mejor, como un valor personal adicional”. Él pagaba el gramo a 1,80 céntimos, por lo que ha llegado a ganar en bruto entre 3.000 y 5.000 euros semanalmente. Él era una cara visible, como a los pequeños camellos a los que les vendía placas enteras de 100 gramos para poder quitarse de encima lo más rápido posible el hachís. “Por encima de mí están los traficantes que salen en las noticias, y ellos, a su vez, por encima tienen más gente”, asegura nuestro entrevistado.

Ahora, en este mundo de sobreinformación, ya se conocen los riesgos y los beneficios del consumo de esta droga, que cada vez se está desprendiendo de más prejuicios y va ganando terreno en su lucha por la legalidad. Ya no solo existen negocios de parafernalia del fumador. Barcelona y Madrid se están llenando de clubs de fumadores que actúan como los coffeshops holandeses, para los fumadores recreativos y los que sufren alguna enfermedad o están sometidos a tratamientos agresivos de quimioterapia. No obstante, el menudeo en los barrios y el consumo de hachís por parte de los jóvenes españoles y europeos sigue siendo frecuente. Las organizaciones que hay detrás saben que sacan mayor beneficio si tienen a todo un ejército de chavales rebeldes con el ánimo de meterse en un mundo complicado.