Las ‘kalendas’ de Aliste
Foto: Celia Márquez

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Las ‘kalendas’ de Aliste

En San Vicente de la Cabeza, un pueblo de la región de Aliste (Zamora), un grupo de jóvenes resucita su mascarada popular: El Atenazador. Recientemente, la Junta de Castilla y León ha iniciado los trámites para convertir esta fiesta –cuyos orígenes se remontan a las antiguas ‘kalendas’ romanas– en Bien de Interés Cultural

por Celia Márquez Coello

El antiguo corral de piedra está en penumbra. El aire es algo húmedo, huele a madera y a polvo. Fuera, la tarde está cayendo sobre las montañas de la región de Aliste, en la provincia de Zamora. 

Dentro del corral esperan cinco jóvenes. Junto a ellos, un pesado baúl metálico, abierto, en el que varias manos rebuscan entre objetos y prendas de ropa. «Ale, ¡aquí tienes las máscaras!». El que ha hablado es Adrián Blanco, joven de 29 años que muestra con orgullo una enorme pieza hecha de corcho, lana de oveja y pelo de jabalí.  

Es la máscara del Atenazador, el nombre del personaje que protagoniza la fiesta tradicional de San Vicente de la Cabeza. Atravesado por el río Aliste, este pueblo se encuentra en la región del mismo nombre, muy próxima a la zona portuguesa de Trás-os-Montes. Aquí, cada 11 de agosto –coincidiendo con las fiestas del pueblo en honor a San Lorenzo– los jóvenes se transforman en inquietantes figuras que recorren las calles asustando a los niños. «¿Cuántos personajes vas a querer para las fotos?», pregunta Adrián. Normalmente la fiesta consta de 13, aunque eso ya «se puede añadir según se quiera». 

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Adrián, Víctor, Miguel Ángel, e Iván posan con los disfraces tradicionales de El Atenazador. | Foto: Celia Márquez.

Son Adrián, Rocío, Iván, Víctor y Miguel Ángel, jóvenes que cada año consiguen que esta fiesta tradicional se siga celebrando en San Vicente. Algunos viven en ciudades próximas, como Zamora; el resto constituye la pequeña minoría que ha permanecido en el pueblo. 

Entonces comienzan a vestirse con las diferentes ropas y complementos que van sacando del baúl: un zurrón de cuero, una cola de zorro cosida junto con una ristra de cencerros a un viejo cinturón también de cuero, un chaleco de lana, unos retales de antiguos manteles bordados, un collar hecho de castañas y bullacas… Mientras, relatan en qué consiste una fiesta cuyos orígenes se remontan más de 2.000 años atrás.

La fiesta de Jano

La máscara de El Atenazador, negra y peluda, nos observa desde el otro lado de la vitrina. En el museo etnográfico de Castilla y León, en Zamora, reposan un sinfín de disfraces utilizados en las diferentes fiestas populares de la zona. Aquí se pueden ver las cintas de colores en el penacho del Zangarrón de Sanzoles, la demoníaca máscara bigotuda de color rojo del Tafarrón de Montamarta o las cintas de papel de los Carochos de Riofrío. 

Mariel Rodríguez, licenciada en historia del arte, ofrece visitas guiadas en el museo, que reabrió sus puertas el pasado mes de febrero tras varios meses cerrado por la pandemia. Lo sabe todo sobre mascaradas. Mientras conduce a un grupo de curiosos a través de la planta 0, explica cómo estas fiestas han pervivido a lo largo de los años, desde la Antigüedad hasta nuestros días.

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Disfraz del Zangarrón de Montamarta en el Museo Etnográfico de Castilla y León | MECyL.

Hace más de 2.000 años se extendían por toda Europa las llamadas Kalendae o Kalendas, un tipo de fiestas rituales en honor a la deidad romana Jano. Esta divinidad, que da nombre al mes de enero, se consideraba el dios de las transiciones y a él se atribuía la invención de la agricultura y del dinero. En su honor se celebraban grandes fiestas propiciatorias de la fertilidad y rituales de paso a la edad adulta protagonizados por los jóvenes varones de cada aldea. Antropólogos como James George Frazer o Julio Caro Baroja fueron los primeros en estudiar cómo estas festividades pervivieron en los pueblos y aldeas de toda Europa, dando lugar a lo que hoy se conoce como mascaradas. 

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Fiesta del Atenazador en el año 1984. Las máscaras estaban hechas de cartón, y los disfraces se improvisaban con lo que había. | Foto: Paulino Blanco. | Cedida.

«La gran mayoría de las mascaradas de Aliste tiene lugar durante los ‘12 días mágicos’, aquellos que van desde el día de navidad hasta la Epifanía», explica Rodríguez. Su celebración tiene que ver con el miedo al invierno, y suele ser una recreación del caos previo a la primavera. Igual que en los antiguos rituales romanos, en las mascaradas de Aliste «los jóvenes debían demostrar su hombría y capacidad de ser útiles a la comunidad».

Las máscaras que se usan recrean personajes, muchas veces siniestros, que recorren las calles portando cencerros, cascabeles y campanas, entrando en las casas y desordenando los graneros. A su paso arrojan ceniza a quienes no son generosos con el «aguinaldo» que se les pide, y que servirá para organizar una comida comunal al final de la jornada. Van, además, armados con palos y fustas. «Todas las mascaradas tienen en común el ocultamiento de la identidad a través de un disfraz», explica Rodríguez. Ya esté pelo, piel o plumas, quien la porta se vuelve invisible tras ella.

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La fiesta de El Atenazador se celebra cada verano en San Vicente de la Cabeza | Foto: Rafael Blanco | Cedida.

Anastasio e Irene tienen más de 90 años y siempre han vivido en San Vicente de la Cabeza. Recuerdan que, tradicionalmente durante El Atenazador, «los mozos subían a los prados y limpiaban las fuentes». Después las adornaban con ramos de flores, para indicar que ya se podían usar. «Así, cuando tocaba la siega, la gente podía beber». Esto explica por qué San Vicente es uno de los pocos lugares donde la mascarada se realiza en verano, para así coincidir con la época de la siega. Por otro lado, la limpieza de fuentes es hoy uno de los rasgos distintivos de la fiesta de El Atenazador, hasta el punto de ser precisamente lo único que se llevó a cabo el pasado verano, con el resto de la celebración suspendida por la pandemia.  

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San Vicente de la Cabeza | Foto: Rafael Blanco | Cedida.

Tierra de máscaras

El etnógrafo Oscar Julián González lleva más de 20 años investigando las mascaradas. Su libro Mascaradas de la Península Ibérica recorre innumerables aldeas España y Portugal dando cuenta de sus festejos tradicionales, a partir de lo que sus habitantes recuerdan. En su obra, González ha querido alejarse de las interpretaciones más simbólicas o religiosas. Para él, es difícil saber exactamente qué significado se atribuía a estas fiestas en la antigüedad, y prefiere centrarse en lo que sí se puede conocer. 

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Imagen del libro de Óscar J. González. | Foto: Celia Márquez.

«Hay todo un proceso de comedia en las mascaradas que es muy importante», explica el etnógrafo. «Todos los personajes son parodias, incluidos los más antiguos: la vieja, el ciego, los novios…». El componente de parodia y de grotesco es precisamente la clave de este tipo de celebraciones, aunque, lamenta, haya sido despreciado durante años por los intelectuales. «Igual que el tratado de Aristóteles sobre la risa en la novela El nombre de la Rosa», indica. Durante mucho tiempo, afirma, a los estudiosos como él se les ha catalogado «como folkloristas, sin el estatus de historiadores que deben tener».

González coincide en afirmar que esta zona, que engloba el área de Zamora y la portuguesa de Trás-os-Montes, es uno de los lugares de la península donde más mascaradas se han conservado. Esto se debe sobre todo a dos razones. Por un lado, no fueron áreas tan afectadas por el éxodo rural de los 60, que trajo consigo la extinción de buena parte de los festejos populares ibéricos. Por otro, sus parroquias pertenecían a diócesis alejadas, como a la de Santiago, lo que minimizó el control eclesiástico ejercido sobre la zona.  

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Fiesta de El Atenazador en Bragança (Portugal), 2020 | Foto: Rocío Fernández. | Cedida.

Pero esto no quita que muchas mascaradas estuvieran a punto de desaparecer del mapa para siempre. Para González esto es un hecho más reciente, relacionado con «nuestro estilo de vida, tan dependiente de internet» así como con el constante vaciamiento de los pueblos. Los vecinos de San Vicente recuerdan el último Atenazador de 1986, antes de que dejase de celebrarse durante 24 años. Las máscaras eran de cartón, y apenas había jóvenes dispuestos a ponerse el disfraz e interpretar a los personajes. 

Aunque hubo algún intento de retomarlo en la década de los 90, no fue hasta el año 2010 cuando un grupo de jóvenes comenzó a reunirse con la intención de volver a vestirse de atenazadores. Adrián Blanco, de 29 años, fue uno de los principales impulsores. Suya fue la iniciativa de fundar, en 2018, la asociación El Atenazador de San Vicente, con el objetivo de conseguir ayudas y de promocionar la tradición. Lo mismo ha sucedido en muchos pueblos, no solo de la zona sino de todo el país: una nueva generación de mascaradas está resurgiendo de sus cenizas gracias a la férrea voluntad de jóvenes como estos. 

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Fiesta del Atenazador en el año 1984 | Foto: Paulino Blanco | Cedida.

Nuevos tiempos, nuevas máscaras

«Todo el tiempo libre que tengo lo aprovecho para que no se pierda El Atenazador», cuenta Adrián Blanco. Adrián vive en Zamora, pero se crio en San Vicente. Junto a él, varios jóvenes del pueblo trabajan incansablemente para revitalizar su mascarada. Ahora los tiempos han cambiado y las reglas son distintas. En primer lugar, ya no es una cosa solo de «mozos». Silvia Vara, de 23 años, se convirtió en 2018 en la primera participante femenina en dar vida a uno de los personajes en San Vicente y otras jóvenes como Rocío, María, Maribel o Eugenia también han participado en múltiples desfiles y en fiestas. Tampoco es algo ya solo de jóvenes. «Participa gente veterana como mi padre o mis primos», explica Adrián. 

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Los disfraces de El atenazador. | Foto: Celia Márquez.

Una nueva generación de «kalendas» se abre paso a lo largo de toda la península. Lo hace en medio de un clima de creciente interés periodístico, académico y turístico por el folklore rural, que atrae a cada vez más curiosos de todo el mundo. En este contexto se realizan, desde hace años, desfiles de mascaradas organizados por la Red Ibérica de la Máscara, una plataforma creada en 2011 para aglutinar a todas las asociaciones de mascaradas de España y Portugal. Para este tipo de eventos, igual que para las fiestas populares, la pandemia ha sido un duro golpe. 

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Polainas antiguas de cuero recubren las piernas del Atenazador | Foto: Celia Márquez.

«Ahora mismo acabaríamos de estar en Lisboa, en el desfile en mayo», comenta Adrián con tristeza. Van a hacer dos años desde el último atenazador que se celebró en el pueblo, aunque en el verano de 2020 tres integrantes del grupo se disfrazaron y salieron a «dar una vuelta de reconocimiento» y a limpiar las fuentes. Con la campaña de vacunación cada vez más avanzada, sus esperanzas están puestas en este verano. «A ver si por lo menos nos dejan salir y representar la fiesta a tiempo completo».

La crisis sanitaria no ha impedido, sin embargo, que Castilla y León se prepare para convertir la mascarada en Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial. Una medida que, esperan, vaya a repercutir en más ayudas para su asociación. «Es un gran punto a favor que lo declaren de interés turístico, porque ahora nos van a dar a conocer. Antes, si esto desaparecía, a nadie le iba a importar», sentencia Adrián. 

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Fiesta de El Atenazador en Potes (Cantabria), 2019 | Foto: Rocío Fernández | Cedida.

Hasta ahora, el recorrido de estos jóvenes ha estado cargado de incertidumbre. Desde hace tiempo se quejan de la falta de apoyos. «Hemos ido a desfiles en los que pagamos nuestro gasoil, los peajes, muchas veces la propia comida…», cuenta Adrián. «Lo hacemos porque queremos, pero estaría bien poder tener ayuda». Ahora, aunque con las subvenciones paralizadas por la pandemia, los jóvenes de San Vicente aguardan la esperada respuesta del ayuntamiento, que parece que vendrá de la mano de la decisión de la Junta de revalorizar esta fiesta popular. Y, aunque no sobran los apoyos, tampoco faltan ideas: uno de los primeros proyectos de la asociación para cuando termine la pandemia será la organización de talleres para niños. «Antes les daba miedo, pero ahora lo que queremos es que el día de mañana quieran ser atenazadores», explica Adrián. De momento, y aunque ya no provoquen el mismo temor, los atenazadores de San Vicente seguirán apareciendo en el pueblo cada año, gracias a quienes han decidido mantenerlos con vida.

Celia Márquez Coello

Graduada en Periodismo y Humanidades.