Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix”
Foto: Clara Paolini

Cultura

Laura Mulvey: “Es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix”

Cine, feminismo y crítica. Tres palabras que caracterizan a la entrevistada y envuelven la conversación. Frente a nosotros, Laura Mulvey, teórica y cineasta británica, pionera del análisis fílmico feminista e incansable pensadora con una admirable habilidad.

por Clara Paolini

Cine, feminismo y crítica. Tres palabras que caracterizan a la entrevistada y envuelven la conversación. Frente a nosotros, Laura Mulvey, teórica y cineasta británica, pionera del análisis fílmico feminista e incansable pensadora con una admirable habilidad: su pensamiento crítico consigue despertar aletargadas neuronas pensantes en espectadores, lectores e interlocutores, invitándoles a profundizar en el significado que producen 24 fotogramas por segundo.

Corría 1975 cuando Mulvey puso por primera vez en palabras lo que muchas empezaban a sospechar. Con Visual Pleasure and Narrative Cinema la autora dio un instructivo puñetazo en la mesa al explicar el mecanismo con el que el cine clásico de Hollywood logra fascinar al espectador mediante el producto de una mirada falocéntrica que confina a la mujer en objeto pasivo. El miedo y el deseo conjugados mediante el psicoanálisis reducen a fetiche los personajes femeninos, y al presenciar su imagen en la gran pantalla como espectáculo, la audiencia experimenta placeres ligados al voyerismo, el sadismo y la construcción de un ego regido por parámetros patriarcales. El objetivo de Mulvey era argumentar para después derruir aquel orden simbólico. “Suele decirse que analizar el placer, o la belleza, lo destruye. Esta es la intención de este artículo”, aseguraba.

 

 

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La mirada masculina, en la cámara, en los personajes y en el espectador. | foto: The Hitchcock Zone

 

“Usé el cine para crear un discurso político”

Cuarenta años después de aquel incendiario texto, ella misma constata que nunca ha hecho una entrevista en la que no le preguntaran por el ensayo que concibió alejada de pretensiones académicas, sino como manifiesto y arma política: “Visual Pleasure estaba muy influenciado por el movimiento feminista de los 70 y tiene más que ver con ideas políticas que con los estudios fílmicos. Usé el cine para crear un discurso político, como instrumento para llevar mis argumentos más allá”.

Con una modestia sincera, la Mulvey de 2017 no se cansa de delimitar el valor de ese puñado de páginas mitificado como potente revulsivo ante el influjo de la sociedad patriarcal en la gran pantalla: “Es un texto que no podría haber sido escrito antes ni después. Por aquel entonces, la audiencia se sentaba en una sala oscura, miraba lo que ocurría en la pantalla y estaban subordinados al encanto de la película y su narrativa. Absorbían el espectáculo. Hoy en día el contexto es diferente y resulta peligroso generalizar fuera de ése ámbito. Ha perdido relevancia, aunque sí es cierto que sigue sirviendo como punto de partida para que la gente empiece a plantearse nuevas perspectivas. A fin de cuentas esa era la idea, hacer declaraciones chocantes que hicieran a la gente pensar”.

 

“El espectador posesivo se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo”

 

Si Mulvey considera anticuado el escrito que la hizo famosa, ¿qué considera relevante a día de hoy la autora? La respuesta se encuentra en Death 24x a Second, un libro en el que sostiene que la digitalización y el botón de pausa han revelado un profunda brecha en el centro de la ilusión del cine: “En él expongo dos tipos de espectador: el posesivo y el pensante. El espectador posesivo es aquel que se caracteriza por el deseo de aferrarse a la imagen de tal manera que la convierte en fetiche para disfrutarla al máximo. Mientras este tipo de espectador se aferra a la imagen, su perspectiva cambia para empezar a pensar sobre su propio proceso. Estas dos visiones acaban equilibrándose hacia lo que propuso Christian Metz al hablar de dos tipos de personas: a las que les gusta la tecnología del cine y las que disfrutan del cine desde una perspectiva exterior al mismo”.

 

“Hollywood es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares”

 

Con la mención de Metz y las teorías psicoanalíticas aplicadas al cine sobre la mesa, cabe preguntarse si el cine sigue mostrando el inconsciente colectivo. La respuesta de Mulvey difiere de la que hubiera dado allá por los 70: “Ahora el cine es otra cosa. En los viejos tiempos el cine era un sistema industrial que producía películas y nada más, y sí había una relación entre los productos que salían y el inconsciente colectivo, pero ahora se caracteriza por la falta de imaginación. Para mi Hollywood ha desparecido. Ya no es algo admirable ni maravilloso; es una máquina corrupta para hacer películas espectaculares. Se ha convertido en parte de los conglomerados del capitalismo internacional, donde el interés en el cine queda marginado por el aspecto de los beneficios. Se está convirtiendo en algo inimaginativo. Es una secuela tras otra, la misma cosa una y otra vez…”.

 

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La trampa de Hollywood | foto: Chrysallis / Flickr

 

En este contexto, donde las ideas quedan supeditadas al afán comercial, Mulvey ofrece una visión poco alentadora identificando la distribución y exhibición como agentes alienantes: “Las superproducciones de Hollywood colonizan los cines y aquellas distribuidoras que antes contaban con cierta libertad para dar a conocer buenas películas ahora han sido adquiridas por enormes conglomerados de distribución. Cada vez hay menos flexibilidad y el margen para seleccionar películas es cada vez más pequeño”.

 

“Ahora lo que se muestra tiene que ver con esa comercialización, olvidando la imaginación y las ideas”

 

Laura interrumpe su discurso para puntualizar con una sonrisa sus aseveraciones: “Tengo que confesar que me avergüenza un poco decir todo esto, porque no voy a ver este tipo de películas”. ¿Critica algo que no ha visto? “Bueno… Fui a ver la última película de Star Wars con mi nieta porque todo el mundo me dijo que iba a disfrutar del espectáculo y que encontraría fascinante los efectos especiales etc. No fue así. No me pareció fantástica ni quedé impresionada. Pensé que el espectáculo era demasiado disperso, no estaba lo suficiente esculpido ni controlado, que visualmente era incierto qué estaba haciendo el director. Por otro lado, a nivel narrativo había una fuerte metáfora política con los rebeldes contra el establishment y pensé que se trataba de algo bastante perverso”.

 

“Las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen”

 

¿Qué nos queda ante las superproducciones y la decepcionante cartelera de consumo masivo? Además de alabar el cine proveniente del semicírculo asiático, como el de Kiarostami o Apichatpong, Mulvey opina que “puede que la parte más interesante sea aquella área marginal, entre Hollywood y el cine independiente. Además es donde más mujeres están empezando a escribir guiones que salen a la luz, otras actrices están emergiendo y hay otra realidad que comentar”.

 

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Mujeres y cine, un largo camino por recorrer. | Foto: Mario Bellavite / Flickr

 

A pesar de la creciente presencia femenina en el ámbito cinematográfico la teórica observa que los avances son menores de los que hubiera augurado que ocurrirían en el momento que escribió su famoso ensayo: “Hay un mayor apoyo por parte de ciertas instituciones para facilitar el acceso a financiación, especialmente en países como Francia, pero por otro lado, en términos de distribución y exhibición, sigue siendo difícil. Uno de los aspectos que considero también relevantes es el problema de la crítica, porque las mujeres necesitan críticas que entiendan y apoyen las películas que lo merecen pero no siempre es así, ni resulta sencillo cambiarlo”.

 

“El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”

 

Mulvey asegura que a pesar de que el cine es cada día más accesible, el problema radica en que todos acabamos viendo lo mismo, dejando poco espacio para fortalecer el valor del cine como artefacto intelectual: “Ahora lo que se muestra tiene que ver con la comercialización, olvidando la imaginación y las ideas y la visión del público es cada vez más estrecha. Por ejemplo, encuentro que es siniestro que los algoritmos elijan lo que ves en Netflix, que su programación no esté creada por una elección humana. Sin embargo, existen otras plataformas de cine online como Mubi, que está programada con una cuidadosa selección bajo criterios cinéfilos pero gozan de una menor audiencia. El acceso online a las películas no es incompatible con una programación pensada, meditada y humana”.

A pesar de todo, el cine sigue siendo un arma política, y desde la perspectiva de la británica “lo es de muchas formas diferentes. Pueden ser como la última película de Ken Loach apoyando a Jeremy Corbyn, que despierta el interés crítico de una audiencia amplia como herramienta de propaganda política, o aquellas cuyo espectro es más restrictivo porque están basadas en la forma, porque usan técnicas de distanciamiento y desfamiliarización. Estas últimas se preguntan sobre el propio cine y los códigos cinematográficos, siguiendo quizá la tradición de lo que hicimos en los setenta. Ambas son políticas y son capaces de aportar valor al espectador”.

Como deducirá el lector, Laura Mulvey recomienda el segundo tipo pero acepta con resignación los nuevos tiempos sin perder un ápice de pasión por lo verdaderamente importante: el lenguaje cinematográfico y su efecto en el espectador. A fin de cuentas, concluye, “el cine es un pantano, qué le vamos a hacer”.

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