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Laura Restrepo: “Dividir entre mujeres buenas y hombres malos es una grandísima torpeza”

Foto: Ekkehard von Schwichow | Penguin Random House

El 4 de diciembre de 2016, Yuliana Samboní, una niña indígena de siete años y de origen humilde fue secuestrada, violada y asesinada por Rafael Uribe Noguera, un arquitecto perteneciente a una acaudalada familia de Bogotá.

Debido a la repercusión del crimen en los medios y la opinión pública, las instituciones colombianas se vieron en un desafío sin precedentes. Muchos creían que Rafael Uribe Noguera –un hombre soltero, profesional, guapo y de buena familia- podría esquivar su responsabilidad, como ya había sucedido en el pasado con tantos otros casos que involucraban a personas de clase alta bogotana.

La escritora Laura Restrepo se enteró del crimen ocurrido en Bogotá mientras estaba en el Hay Festival de Arequipa. Fue allí cuando detuvo otro proyecto narrativo y comenzó a investigar sobre el caso de Samboní. El resultado de las largas horas escribiendo fue Los Divinos (Alfaguara, 2018), una novela que narra la historia de Los Tutti Frutti, cinco hombres de la alta sociedad colombiana vinculados desde pequeños, que van configurando su perversa relación con el poder, el narcisismo y la impunidad asociada a la clase alta; un camino ideal para crear al monstruo y a los cómplices de la violación y asesinato de una niña.

“Yo que soy lenta, esta novela la hice rápido”, comenta Restrepo quien no puede dejar a un lado su molestia como madre y ciudadana respecto al caso y a una sociedad que no termina de ver los monstruos que habitan en ella, y las responsabilidades de cada quién para llegar a un consenso social, más allá del poder y la lucha de clases.

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Portada de “Los Divinos” | Imagen vía Alfaguara

 

En Los Divinos, Laura Restrepo no solo reconstruye el crimen de Samboní desde la ficción, sino que hace visibles las costuras y el espíritu machista de la sociedad donde sucede, estimulando un sinfín de preguntas y reflexiones para los lectores, sean colombianos u españoles.

¿Por qué decidiste contar a través de la ficción el caso de Yuliana Samboní?

Lo empecé a trabajar apenas sucedió. No podía no hacerlo, estaba trabajando en otra cosa que ya tenía bastante adelantada, pero fue un hecho que sacudió de una forma tan brutal a toda la sociedad colombiana que nadie podía hablar de otra cosa. Lo que había sucedido, aun en un país acostumbrado a la criminalidad como lo es Colombia donde ya nadie se mosquea, sacó a la gente a la calle.

A pesar de la democratización de la violencia que se ha instaurado en Latinoamérica, ¿por qué crees que la gente salió a las calles de Colombia a protestar por la violación y asesinato de una niña?

Yo creo que varios factores influyeron. La absoluta prepotencia de un victimario que todo lo tenía y la indefensión de una víctima, el hecho de que fuese una niña golpeó mucho; inconscientemente hay una división en la sociedad entre los buenos y los malos, donde los malos son los guerrilleros, los paramilitares, los del narcotráfico.

Un cliché de los malos…

Sí, solo pensar que esos son los que matan. Pero al final fue el más guapo, el más rico, el más destacado, el de una educación privilegiada, el profesional destacado es el que comete el crimen más brutal, más sádico, con una desproporción absoluta. El crimen se asemeja a la violación de La Manada, es un poco una radiografía de la sociedad, donde todo el mundo se siente interpelado, ese quiénes somos, y no quién es el enemigo o el asesino, sino quiénes somos nosotros, qué tipo de sociedad permite que esto suceda. Yo creo que detrás de todo sociópata hay una sociedad que alimenta y detrás de todo psicópata hay una psique colectiva que le sirve de caldo de cultivo. Ese fogonazo que ilumina una zona profunda del subconsciente nacional, ¿quiénes somos?

¿Elegiste el tema para sacar a la luz a los monstruos que conviven en nuestra sociedad? ¿Para aclarar quiénes son?

Yo puse como epígrafe esa frase de Michel Tournier “un monstruo viene de mostrar”. Yo tenía que aclararme a mí misma qué fue lo que sucedió y si el asesino, en el caso de la ficción, es el Muñeco entonces debo mostrarlo, hacer una novela sobre lo que no se ve, la apetencia, sus amigos, su familia.

Esa necesidad de mostrar es lo que llevó a estructurar el libro a través de los personajes cercanos al Muñeco y a la voz narradora de uno de ellos, el Hobbit. ¿Por qué escogiste a un narrador más cercano al victimario?

La escogencia del narrador fue importante porque necesitaba a alguien que perteneciera a ese grupo de presión que se auto denomina Los Tutti Frutti, tenía que ser uno de esos cinco amigos, pero de alguna manera debía de estar por fuera, porque debía tener una visión critica.

¿Una voz de la consciencia de los monstruos?

Sí, como la voz de la consciencia que, al mismo tiempo, participa del pensar de los otros. El Hobbit es raro, vive más encerrado, lee, es traductor, eso le da una visión distinta, es de otra clase social. Entonces el Hobbit me permitía mirar desde adentro, pero con cierto grado de distancia.

¿Cómo te planteaste lidiar con la cantidad de información que se produjo alrededor del caso? ¿Cómo reciclaste a favor de la ficción sin saturarte?

Recurrí a la ficción para dejar que los hechos fueran el punto de referencia, el crimen como detonante y a través de la novela recrear el mundo de estos muchachos a los que pertenece el asesino, cómo eran sus relaciones con las mujeres. El que asesina y el que viola es solo uno, pero todos los demás tienen una relación horrible con las mujeres, solo que tolerada socialmente. El clima de impunidad en que se mueven, por eso el título de la novela, Los Divinos, están por encima de la raza humana. Eso lo puedes ver en España con La Manada, el desparpajo con el que hablan, el desparpajo con el que se han movido, es el grupo de presión por estar ligado a las fuerzas armadas.

En España se ha criticado a las instituciones con respecto al caso de La Manada por una pena para muchos vergonzosa, en Colombia el victimario fue sentenciado a 58 años de cárcel. A pesar de que los victimarios pertenecen a grupos de poder, ya sea político o económico, ¿crees que en Colombia las instituciones funcionaron por la presión social?

En la vida real este hombre va a la cárcel por una presión social; yo creo que hubiese caído el presidente si este hombre no iba preso. En Colombia lo único que nos ha ido salvado es que una parte de la rama judicial es bien independiente, eso ha sido para nosotros un garante, pero de todas maneras como se corrió la voz de que el victimario era impune, porque a este tipo de gente nadie los toca, la sociedad entera puso los ojos sobre las autoridades preguntándose, ¿lo van a tocar o no lo van a tocar?, ¿será un crimen impune o no? Yo creo que se están preguntando lo mismo en España con el caso de La Manada, ¿los van a tocar o los van a dejar salirse con la suya? Porque era toda una estructura la que se cuestionaba. En Colombia era brutal la presión de la gente en la calle, la prensa, hasta los presos de la cárcel firmaron una carta diciendo: “este es hombre muerto en el momento que pise la cárcel”, un detalle que incluí en la ficción.

Has nombrado varias veces el caso de La Manada, ¿qué diferencias encuentras entre el machismo en Colombia y el machismo en España? ¿O es un problema general de la cultura?

En Los Divinos me interesó narrar ese aspecto muy universal de una cultura narcisista y hedonista que no es que no se dé en las mujeres, pero que tiene rasgos muy característicos de los hombres, muy ligados al consumo, que tiene que ver con que “lo que yo quiero lo obtengo inmediatamente, todas mis apetencias se cumplen, de no resistir a que mis deseos se hagan realidad”. A lo largo de la novela, aunque solo uno es el violador y el asesino, todos obtienen lo que quieren enseguida.

Inclusive entre los hombres de ese grupo no hay límites…

Sí, inclusive entre ellos, exacto, si yo quiero a la novia del otro, ahí está para mi también, no hay límites.

¿En la actualidad hay que ponerle límites al hedonismo, al narcisismo? ¿Hay que hacer una reflexión?

Sí, sobre en qué clase de cultura vivimos donde se hace un altar a sí mismo. En la novela en determinado momento el personaje de El Duque le dice al Hobbit, que él está en el centro del altar y alrededor está su madre, sus novias, su secretaria, un montón de mujeres que conforman el santoral de ese dios absoluto que es él. Eso tiene que ver con una modalidad de la economía y una concepción social en donde yo no resisto lo que no me dé gusto. No resisto la frustración de no poder llevar las cosas a mi antojo.

¿No sabemos manejar la frustración ni la falta de control?

Creo que tiene que ver con un narcisismo exacerbado, del individualismo por encima de todo, la falta de visión social. Cuando el ego se inflama de tal manera, los demás desaparecen.

En la novela, el narrador – el personaje del Hobbit- se pregunta cómo un individuo o varios pueden pasar de la frivolidad a lo atroz.

Yo pienso, y eso es algo que los colombianos que hemos vivido tanta guerra podemos deducir, que la frivolidad es la otra cara de la guerra, de lo atroz. Se complementan perfectamente. Entonces mientras yo estoy pendiente de ver qué me pongo, de no pesar más de lo que tengo que pesar, de cómo viajo a sitios maravillosos, por detrás hay toda una cadena de muerte y de horror que pasa desapercibida; pero lo uno necesita de lo otro, de toda esa criminalidad con las ganas de poseer, de apropiarse, de dominar.

¿Una característica patriarcal?

Sí, absolutamente, y las estructuras machistas están mucho más enraizadas de lo que sospechamos y no solamente tienen que ver con la relación con la mujer, todo lo atrapan. El sistema legal está empapado de una concepción machista, la estructura de la educación. Yo creo que la novela también se plantea qué pasa con la educación que educa a los hombres para manejar, para dominar.

Esa dominación sobre el resto está claramente reflejada en el violador y asesino, el personaje de El Muñeco.

Yo pensaba por qué el desparpajo con el que se mueve, por qué El Muñeco siente que no mata a nadie, que la niña no es nadie, no existe. Quién es una niña que a nadie le va a preocupar, una de las tantas niñas violadas en los barrios, una de tantas mujeres ultrajadas sin que eso transcienda, no es nadie. ¿Quién es esta niña ante los ojos de El Muñeco?, la puede matar sin preocuparse por las consecuencias, una demostración inconsciente de su propia inmunidad.

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Laura Restrepo | Foto por: Ekkehard von Schwichow vía Alfaguara / Penguin Random House

En las circunstancias actuales, en las que resurge el discurso feminista, si pensamos en Los Divinos, más que un crimen machista, ¿no es un crimen donde se evidencia una lucha de poderes y de clases, el oprimido vs. el opresor más allá de un hecho puntual de un hombre contra una mujer, en este caso contra una niña?

Sí, tiene que ver con un problema de dominio y en el maltrato a un inferior. Hay un problema de machismo absoluto, yo lo domino, lo maltrato, lo menosprecio. Si viene un inmigrante y lo maltrato sea mujer, hombre o niño, yo estoy ejerciendo mi poder sobre ellos, demostrándome a mí mismo que yo soy mejor, que yo controlo. También ese esquema muy universal de escoger a alguien marginal como víctima para poder cohesionar al grupo, que es lo que hacen los personajes de Los Tutti Frutti. Siempre, en este caso que se trata de feminicidio, hay una mujer a la que yo puedo dominar o someter, ya sea para que la fotografíen en mi hacienda y yo pido que se ponga tal bikini, porque es mi pertenencia y complementa el entorno, pero a la cama no me la llevo porque no me interesa. Es muy interesante la pregunta porque toda estructura de poder está íntimamente ligada a un problema de machismo, independientemente que se ejerza sobre la mujer o no. En el caso de La Manada, ellos se cohesionan como grupo en función de la chica violada, se demuestran a sí mismos que ellos son capaces de disponer del cuerpo y el alma de esa mujer, pero lo mismo pueden hacer en otro caso.

Al final no tiene que ver con el hecho de un hombre coaccionando a una mujer. Podríamos poner de ejemplo a una mujer poderosa que explota a sus empleadas a través de un discurso machista, ¿no?

Por eso me interesaba trabajar el personaje de El Muñeco en la ficción. Yo partí de la base del esquema recurrente de “son los hijos de papi”, un padre poderoso por detrás que suple todas sus necesidades y complementa todas las debilidades. Después cambié y pensé, estos no son hijos de papi, estos son hijos de mami. La madre ahora ya es la dueña de la empresa, económicamente la madre comienza a surgir y es todo poderosa. Entonces esa madre que ha llegado a adquirir poder, en el caso de la madre de El Muñeco, utiliza su propio poder para tapar todas las debilidades del hijo, que no se noten. El hijo se volvió un borrachín y la excusa es que toma los viernes porque está muy cansado; el hijo no trabaja, pero trabaja en mi empresa. La madre siempre tapando las debilidades del hijo con su propia fuerza, con su propia presencia hasta que crea un monstruo que además le salta a la yugular y la muerde. Así es como se alimenta ese esquema machista, hay una mujer por detrás.

Si entendemos que el concepto del poder sin limites daña tanto a hombres como a mujeres, sin tener que clasificar a mujeres buenas vs. hombres malos. ¿Cómo crees que el mensaje del libro puede llegar a los hombres y a las mujeres?

Dividir entre mujeres buenas y hombres malos es una grandísima torpeza, las mujeres debemos liderar y ser las principales impulsoras porque somos las principales víctimas, por eso la dedicatoria del libro y por eso escogí contarlo desde el punto de vista masculino.

Sí, esa voz tiene ese enganche para el público masculino…

Fue interesante ver en Colombia las reacciones de muchachos de esa generación, muchos leyeron el libro. Recuerdo un tuitero famoso, muy lindo él, muy pijo, y me dijo “estoy aterrado con este libro, porque somos iguales mis amigos y yo, inclusive me ha producido tales pesadillas que he llegado a pensar quién de nosotros será El Muñeco”. Pero esa era la idea, ese espejo, no solamente con ellos, con toda la sociedad en general. No basta con señalar y decir son ellos, este es el asesino, este es el monstruo, sino qué clase de monstruosidad hay en nosotros que convivimos en esta sociedad en la que estas cosas pasan.

¿Crees que la novela es una especie de catarsis para ti o un legado para la memoria histórica colombiana?

Cuando escribes una novela, en especial una de ficción, uno tiene en mente hacer lo mejor que uno pueda y ya lo que pase con el libro es más un problema del lector. Esta novela no me dejaba dormir, trabajaba de día y de noche, y lo que tenía en mente era hacerlo bien, lo mejor que pudiera, era un compromiso con la propia niña. A mí como madre me afectó muchísimo ese crimen, yo quería arropar a esta niña con palabras, que todas estas palabras fueran una cápsula que la protegiera, un deseo de que aquello no hubiese sucedido. Como la única herramienta que tengo son las palabras, pensé en cómo podía proteger a esa niña de la impunidad de unos agresores tan prepotentes, quizás eso generó mi urgencia al escribir.

 

***

 

En Los Divinos, Laura Restrepo desea que nos miremos en ese espejo, que aceptemos que señalar no es la solución, sino mirar hacia adentro, en ver los monstruos internos que puedan habitar en nuestras sociedades, de exorcizarlos y hacer que pierdan su poder, por el bien común, a través de una autocrítica y redefinición de esa cultura en la que priva el individualismo, y se pueda crear unos vínculos de respecto y solidaridad hacia los demás.

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