Laurent Binet: «Una novela que no incomode a nadie es muy poco interesante»
Foto: JF PAGA| Cedida por la editorial

Cultura

Laurent Binet: «Una novela que no incomode a nadie es muy poco interesante»

¿Qué hubiera pasado si los españoles no hubieran conquistado América y fueran los incas los conquistadores de España y parte de Europa?

por Anna Maria Iglesia

Son pocos los escritores que con tan solo tres novelas consiguen consolidarse, convirtiéndose en una de las firmas de mayor relevancia del propio país. Este es el caso de Laurent Binet que, después de sorprender a crítica y a público con su primera novela, HHhH, y de divertirnos con su inteligente y divertido segundo trabajo, La séptima función del lenguaje, nos presenta Civilizaciones (ed. Seix Barral).

Se trata de una ucronía en torno a la colonización. Binet se pregunta qué hubiera pasado si los españoles no hubiesen conquistado América y fueran los incas los conquistadores de España y parte de Europa. A partir de esta hipótesis inicial, Binet nos ofrece una interesante novela que nos obliga a reflexionar sobre las implicaciones de la colonización, sobre el papel de los países colonizadores y sobre las consecuencias que la colonización tuvo –y tiene– para las sociedades de hoy en día.

Sus tres novelas son una indagación en torno a la relación entre historia y narración.

Efectivamente. Es tal la indagación que he llevado a cabo que diría que mis tres novelas conforman una trilogía, en la que presto particular atención a la relación que se establece entre la historia y la ficción desde tres puntos de vista diferentes.

Sostienen los postulados postmodernos que la historiografía es ya de por sí una forma de ficción.

No estoy para nada de acuerdo con esta idea. Evidentemente, la historia y la ficción están relacionadas, pero hay una diferencia muy importante que separa ambos conceptos y es su relación con la realidad. Si me dices que los alemanes ganaron la batalla de Stalingrado es ficción, pero si me dices que dicha batalla la ganaron los rusos, me están explicando un acontecimiento histórico y, por tanto, un hecho real. La distinción entre historia y ficción es, por tanto, muy sencilla, incluso, banal, pero muy importante a la hora de concebir la escritura. De hecho, HHhH es una novela que me obligó a preguntarme, a lo largo de todo el proceso de composición, cómo contar la historia real a través de la novela, puesto que para mí era esencial que no hubiera duda alguna sobre la veracidad histórica de todos los acontecimientos que ahí narraba. Por el contrario, con La séptima función del lenguaje y con Civilizaciones, no quiero que nadie se crea que lo que ahí se narra sucedió realmente, al contrario, me interesa dejar claro que la invasión de Europa por parte de los Incas es totalmente ficción.

Y para ficcionalizar la historia recurre al género de la ucronía.

Lo interesante del género es que solo funciona porque somos plenamente capaces de discernir entre ficción y realidad histórica. Por tanto, como decía antes, esa distinción es fundamental. Cuando cuento que los Incas invadieron Europa resulta divertido al lector, precisamente porque éste sabe que sucedió exactamente lo contrario.

Le replanteo la pregunta: más allá de ficción y realidad, ¿acaso no hay tantas versiones de los hechos como narradores posibles? Es decir, ¿la clave está en quien cuenta la historia?

Sí, es cierto. Y precisamente por esto, decidí que el narrador de la novela fue alguien que acompaña a Atahualpa y que en ningún momento se identifica. No sabemos quién es, si bien doy los suficientes detalles para que el lector sepa que se trata de un inca o de un amigo de los incas. Es decir, lo único que se sabe es que el narrador es alguien que habla desde la perspectiva inca y no desde la europea. Él cuenta la conquista de Europa de la misma manera que los cronistas españoles narraron la conquista de América: la forma es la misma, cambia la perspectiva. Señalo esto, porque algunos me han recriminado el ser demasiado amable y complaciente con los incas, pero se olvidan de que no soy yo, sino es mi narrador el que habla.

Todavía hoy, muchas veces, se confunde autor con narrador.

Sí, solo que, mientras que a veces no hay problema en que se asocie el autor con el narrador, aquí dicha confusión no tiene razón de ser.

Al darle la vuelta a los hechos, al convertir a los españoles en conquistados, obliga a hacer un trabajo de autocrítica con respecto al papel que tuvo España como país conquistador.

No sé si mi novela llama a la autocrítica o no. Lo que sí puedo decir es que la ucronía y, por tanto, la descentración de los hechos nos obliga a mirarnos con ojos externos, ajenos a las evidencias y prejuicios asumidos. Me parece un trabajo interesante el tener que cambiar la perspectiva de nuestra mirada a través de la alteración de los hechos históricos. No hay que olvidar que en la conquista de América por parte de los españoles hubo agredidos y agresores y con esto no quiero decir que, a lo largo de la historia, los españoles siempre hayan sido agresores, porque no es así. Lo fueron, pero en otras circunstancias fueron los agredidos. Lo que quiero decir con esto y lo que quiero mostrar con la novela es que la condición de agresor y agredido cambia dependiendo de las circunstancias histórico-políticas que se dan en cada momento.

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Imagen vía Seix Barral.

Usted confronta la Europa del XVI con otro modelo de sociedad, la inca, que podríamos definir como protosocialista.

Es sorprendente ver este vanguardismo político de los incas, que tenían una economía muy centralizada. Se podría hablar de una sociedad protosoviética. Y con esto no quiero decir que fuera perfecta; tenía evidentemente sus inconvenientes. Pero esto no significa que no podamos pensar que el capitalismo es una fatalidad histórica y que, en otras circunstancias, el mundo hubiera podido vivir en un contexto económico completamente distinto si los hechos hubieran sido otros. Es importante tener presente esto a la hora de estar alerta ante los cauces que toma hoy en día el capitalismo.

Usted deja muy mal parado a Lutero. Decía, de hecho, Max Weber que había una asociación entre la idea capitalista del trabajo y la moral protestante.

Yo no comparto el análisis de Weber, en cuanto creo que la asociación entre capitalismo y luteranismo es una pura conjetura. El capitalismo, al menos en mi opinión, nació en Italia con los banqueros que vivían en las grandes ciudades del momento, como Génova o Florencia, para luego extenderse en Francia, Alemania y Países Bajos.

Italia y Países Bajos eran países comerciantes. ¿Es en el comercio marítimo donde debemos buscar los orígenes del capitalismo?

Efectivamente. Y, volviendo a Weber, no se puede decir que haya un nexo entre comercio y luteranismo. Si lo hay, por ejemplo, en el caso de los Países Bajos es puro azar de la historia. Para darse cuenta de que la tesis de Weber no se sostiene basta fijarse en quién domina hoy en día el mercado actual: los chinos. No se puede decir precisamente que China sea un país de tradición protestante, pero de lo que no hay dudas es que es la máxima expresión del neocapitalismo.

En su novela, frente a la libertad de credo por la que aboga Atahualpa está la España de la inquisición.

El cristianismo siempre fue muy proselitista y, de hecho, a lo largo de la historia e, incluso, actualmente, el fundamentalismo religioso lo encontramos principalmente en los países árabes y en Europa y no tanto en Asia o en América. En la novela, cuento que Atahualpa, a su llegada al Viejo Continente, busca aliados contra Carlos V y los encuentra entre los judíos, así como en el círculo de Francisco I. Los problemas los tiene con Lutero: en teoría, él debería ver cómo algo positivo el apoyar a alguien que combata contra Carlos V y, por tanto, contra el catolicismo, sin embargo, por sus férreas convicciones, él nunca apoyaría a alguien como Atahualpa, un pagano que adora, entre otros, al dios del sol.

Uno de los personajes históricos hacia el que menos simpatía siente es Cristóbal Colón.

Lo que no me agrada de Colón es su desinterés por las tierras que supuestamente acaba de descubrir. Un desinterés que, por ejemplo, no tenía Hernán Cortés, que, si bien en gran medida por intereses coloniales, quiso conocer y entender a la población inca. Es cierto que debemos esperar hasta más de un siglo para encontrarnos con un viajero que investigue antropológicamente la cultura inca, interesándose por las costumbres y los hábitos de vida de los indios, como también es cierto que no podemos definir el de Cortés como un trabajo antropológico. Sin embargo, dicho esto, no se puede negar que Cortés se interesó por los incas, aunque, como decía, fue sin duda por interés. De hecho, los masacró a todos, menos a una mujer, de la que se enamoró.

Hablamos de Malinche.

Fue mi modelo para casi todos los personajes femeninos de mi novela, incluso en el momento de describir a las mujeres europeas.

Malinche era la traductora de Cortés y su figura plantea una reflexión sobre lo que se pierde y/o se tergiversa cuando se traduce una cultura.

Siempre se pierde algo. Lo que sucede es que el caso de los incas es bastante paradójico, en cuanto sin los cronistas españoles no hubiera quedado ningún rastro de ellos, más allá de los restos arqueológicos. Casi todo lo que sabemos de los incas es gracias a estos cronistas, que describieron su cultura, su modo de vida, sus tradiciones… A la hora de escribir, me sirvió muchísimo el libro de Garcilaso de la Vega, Comentarios reales, que fue una fuente de información indispensable para mí. Garcilaso era mestizo, reivindicó su linaje, pero escribió el libro en castellano, que siempre fue su lengua.

Su novela puede leerse como una crítica del colonialismo.

Con este libro, mi intención no era presentar una reflexión sobre el fenómeno de la colonización. Civilizaciones es una narración, una novela. Y mi trabajo como escritor es el de narrar una historia, no ensayar unas ideas, aunque, evidentemente, esto no quite que, a partir del libro, el lector pueda reflexionar sobre cuestiones cómo el colonialismo, el de ayer, pero también el presente.

Pero, usted sabe que toda novela es política, es decir, contiene una postura ideológica.

Por supuesto.

De ahí mi comentario anterior. Su novela contiene una crítica política al colonialismo.

Absolutamente. No lo niego. Mi novela es política, cierto, pero no se sustenta sobre una tesis. Yo no quiero demostrar nada a través de la historia que cuento, lo único que quiero es desarrollar una trama a partir de una hipótesis inicial. Creo que una novela que ofrezca conclusiones nunca es buena. La novela debe ser siempre un objeto de interpretación. De todas maneras, volviendo a su pregunta, evidentemente toda obra literaria es política, en cuanto presenta una visión de las cosas. Y, precisamente, por ofrecer una determinada visión está sujeta a determinadas críticas. En Francia me han reprochado prestar demasiada atención a Europa, olvidándome de la sociedad Inca. En España, sin embargo, algunos me han criticado por ofrecer, en su opinión, una visión idealizada de los indios para poder criticar a los españoles y retomar la leyenda negra de España. Yo no me identifico con ninguna de las dos críticas, no creo que ni me haya olvidado de los incas ni que haya sido excesivamente duro con los españoles. De todas maneras, me parece que está muy bien que Civilizaciones provoque reacciones y, sobre todo, reacciones muy dispares.

En España, tenemos una derecha totalmente contraria a cuestionar el papel de España como país conquistador. 

En Francia pasa algo similar. Tenemos vuestros mismos problemas de identidad nacional.

De ahí ese sentimiento de ofensa ante el derribo de ciertas estatuas.

Independientemente del bando político al que pertenezca, creo que la gente se ofende demasiado fácilmente, sobre todo cuando se tocan temas religiosos. A mí, no me plantea ningún problema que se destruyan estatuas y creo que la vocación de la literatura remover las conciencias. No creo que los novelistas tengamos que disculparnos por ofender a la gente, al contrario, creo que hay determinadas ofensas que son necesarias. Si no ofendiéramos nunca a nadie, las mentalidades nunca cambiarían, ni en un sentido ni en el otro. El debate político implica ofender a quienes no comparten determinadas ideas, implica chocar con opiniones diferentes. Y, volviendo a la literatura, una novela que no incomode a nadie es, seguramente, muy poco interesante.

Y hablando de ofender, nos ofendemos cuando destruyen “nuestras” estatuas, pero aplaudimos cuando, por ejemplo, abatieron la de Saddam Hussein.

O la de Stalin, por ejemplo. Por esto, el otro día decía que, si en la Plaza Mayor de Madrid hubiera una estatua de Napoleón, a nadie le sorprendería que más de uno quisiera derribarla.

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.