La dinastía Le Pen: medio siglo de ultraderecha en Francia
Foto: Jean-Marie Le Pen, Marine Le Pen y Marion Maréchal

Política y conflictos

La dinastía Le Pen: medio siglo de ultraderecha en Francia

La evolución del Frente Nacional, la relación entre los Le Pen y el crecimiento la ultraderecha francesa, tres matices de una sola historia.

por Borja Bauzá

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Hace unas semanas el intelectual progresista Mark Lilla publicó un artículo en la revista New York Review of Books explicando el surgimiento de una nueva derecha francesa que nadie –decía– se está tomando demasiado en serio. Una nueva derecha que reivindica el cristianismo como elemento cultural unificador de Europa, que rechaza el neoliberalismo promovido por las élites y sus tecnócratas, que abraza el ecologismo y que ya ha conseguido encandilar a una joven promesa de la política francesa llamada Marion Maréchal.

El artículo fue leído con sumo interés y aplaudido por muchos académicos y periodistas. Pero también recogió voces críticas. La más notable fue, quizás, la de James McAuley, el corresponsal del Washington Post en París, que decidió escribir una carta respondiendo al artículo original. En su escrito McAuley explica que él sí está familiarizado con esa nueva derecha francesa y que por eso le ha sorprendido no leer en el análisis de Lilla nada sobre el racismo que subyace tras todas esas reivindicaciones cristianas y ecológicas. A fin de cuentas, y como bien había señalado Lilla en primer lugar, esa nueva derecha francesa ha logrado encandilar a la joven Marion Maréchal. ¿Qué más pruebas –insinúa McAuley– se necesitan?

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Es frecuente encontrar el 5 de octubre de 1972, día en que se fundó el Frente Nacional, como la fecha que da comienzo a las andanzas de Jean-Marie Le Pen. Pero en 1972 el líder ultraderechista tiene 44 años. Así que la pregunta surge sola: ¿y antes? ¿Qué hizo con 20 años? ¿Dónde estaba cuando cumplió los 30? ¿De dónde sale este hombre?

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Jean-Marie Le Pen hace memoria(s) y es récord de ventas en Amazon en 2018. | Foto: Charles Platiau | Reuters.

 

Situémonos en 1954. Le Pen, que lleva tiempo coqueteando con las pequeñas organizaciones ultraderechistas que surgen en Francia tras la Segunda Guerra Mundial, acaba de licenciarse en Derecho y decide que su siguiente paso tiene que ser una declaración de intenciones. Se alista en la Legión Extranjera. Su primer destino es Indochina, donde los franceses tratan a la desesperada de no perder territorios coloniales. Sin embargo, cuando Le Pen llega al lugar sus compatriotas ya han ondeado la bandera blanca en la decisiva batalla de Dien Bien Phu, que pondrá el punto y final a las posesiones francesas en la región. Dos años más tarde, en 1956, la Legión Extranjera es enviada a Oriente Medio para apoyar la invasión de Egipto por parte de Israel. El objetivo de Francia –y del Reino Unido– es utilizar la ofensiva israelí para retomar el control del Canal de Suez. Pero, una vez más, Le Pen se pierde la gresca; cuando llega al sitio las dos superpotencias del momento, Estados Unidos y la Unión Soviética, ya han intervenido obligando a los contendientes a firmar un alto el fuego. La frustración del joven combatiente es palpable; no ha conseguido participar de forma activa –ergo pegando tiros– en la defensa del imperio colonial francés pero es que, además, ha vivido su desmoronamiento en primera persona.

En paralelo a sus andanzas casi bélicas, Le Pen ha seguido con atención la evolución del movimiento poujadista. Fundado en 1953 por Pierre Poujade, un ex simpatizante del régimen de Vichy, el movimiento poujadista defiende a los campesinos y pequeños comerciantes frente al Estado y las grandes empresas, critica con ferocidad el sistema parlamentario francés y rechaza cualquier atisbo de política descolonizadora. A diferencia de la irrelevancia en la que chapotean otros grupúsculos ultraderechistas franceses de la época, su cruzada contra la modernidad logra seducir a mucha gente. Así, en 1956 el movimiento poujadista se presenta a las elecciones generales, consiguiendo 52 escaños en la Asamblea Nacional gracias a los dos millones y medio de votos que cosecha en las urnas. Uno de esos 52 escaños lo ocupa Le Pen.

Pero el idilio entre el movimiento poujadista y Le Pen no dura demasiado debido a desacuerdos entre este último y sus compañeros de filas (en unas declaraciones hechas poco antes de morir Pierre Poujade dijo que acoger a Le Pen era lo peor que había hecho en la vida) por lo que un año después, en 1957, nuestro todavía joven protagonista renuncia al escaño para reengancharse a la Legión Extranjera.

El nuevo periplo militar le lleva hasta Argelia, donde las tropas francesas y una parte de su ciudadanía, los famosos pied-noirs, llevan desde 1954 luchando contra el Frente Nacional de Liberación (FLN) que busca, como su propio nombre indica, la independencia de Argelia. El conflicto argelino se caracteriza por la guerra sucia y por el poco pudor con el que las autoridades francesas practican la tortura en su intento por derrotar al FLN. Un hecho reconocido por el propio Le Pen, que llegó al norte de África como oficial de inteligencia. (Le Pen ha sido acusado en repetidas ocasiones de haber torturado a prisioneros durante el conflicto; él siempre ha negado la acusación aunque sí ha dicho que sabía de estas prácticas.)

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Jean-Marie durante la campaña para las elecciones legislativas de 1973. | Foto: AFP Archivo.

La guerra de Argelia no es un conflicto colonial al uso. Argelia, para muchos franceses, forma parte de la metrópoli. No es un territorio conquistado que envía especias desde el fin del mundo. Es una provincia más. Peculiar, sí, vale, pero una provincia más. Por cercanía geográfica, por población –en 1950 más de un millón de argelinos son de origen europeo– y por ciertos vínculos culturales. Por eso cuando en 1961 las autoridades francesas, ya lideradas por el viejo general Charles de Gaulle, deciden que el conflicto está perdido y comienzan a plantearse una independencia pactada, una parte importante de la sociedad francesa reacciona con virulencia. Tanto es así que un grupo de militares decide formar la Organización del Ejército Secreto (OAS) con la intención de evitar como sea la claudicación en Argelia. Ese como sea se tradujo en atentados terroristas que dejaron centenares muertos y en el intento de asesinar al mismísimo De Gaulle.

Por algún motivo el rencor que genera la independencia de Argelia, con un millón de pied-noirs regresando a Francia con la sensación de haber sido traicionados por el establishment galo, no se convierte en votos para la extrema derecha. Un fracaso que golpea de lleno a Le Pen, ya que él es el encargado de diseñar y dirigir la campaña del ultraderechista Jean-Louis Tixier-Vignancour en las elecciones presidenciales de 1965; una campaña que pide el perdón nacional para los colaboracionistas nazis y que cuestiona la bravura del general De Gaulle pero que, con todo, no consigue más del 5% de las papeletas.

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Corren los primeros años 70 cuando Jean-Marie Le Pen decide juntar a un puñado de camaradas entre los que se cuentan nostálgicos del régimen de Vichy, tradicionalistas católicos asqueados por la ‘pérdida de valores’ escenificada en Mayo del 68 y veteranos de la guerra de Argelia que siguen sin haber digerido su independencia.

Así es como nace, el 5 de octubre de 1972, el Frente Nacional.

Los comienzos del partido transcurren con más pena que gloria pese a que Le Pen ha optado por la moderación. Es cierto que cada vez son más los inmigrantes que llegan a Francia procedentes de las viejas colonias asiáticas y africanas, pero de momento no son muchos. Además, visto lo visto en 1965 se decide rebajar el tono del discurso, restar importancia a los aspectos más controvertidos del programa y presentarse como una formación tradicional, anticomunista y –eso sí– muy a disgusto con lo ocurrido diez años antes en Argelia. Sin embargo, la estrategia hace aguas y en las elecciones presidenciales de 1974 el Frente Nacional se pega un batacazo monumental al no conseguir ni el 1% de los votos. ¿Por qué? Dicen los que saben que por culpa, precisamente, de la moderación. Al rebajar el tono lo que Le Pen consigue es alejar a los más extremistas, por un lado, y parecerse demasiado a los conservadores típicos de la época, por el otro. Así que ni los más extremistas le van a votar, por hablar como un conservador de toda la vida, ni los conservadores típicos le van a votar porque, a fin de cuentas, para eso ya tienen a los conservadores de toda la vida.

Los malos resultados electorales se prolongan durante el resto de la década y generan toda una serie de episodios internos –purgas, traiciones, deserciones– que vienen detallados en dos libros interesantes: Politics on the Fringe: The People, Policies, and Organization of the French National Front, de Edward G. DeClair, y The Extreme Right in France: From Pétain to Le Pen, de James Shields.

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Afiche de la Asamblea Nacional del FN de 1986. | Imagen vía Twitter: @AbelMestre

Con todo, en los años 80 la cosa cambia gracias a las crisis del petróleo de los años 70 y sus efectos en Francia; paro, deslocalización y unos partidos tradicionales –tanto conservadores como socialistas– que cada vez se parecen más entre sí. El hartazgo hace que muchos franceses busquen alternativas fuera del establishment, pero con el Partido Comunista en plena decadencia las opciones se reducen drásticamente. El Frente Nacional se cuela en el mapa electoral… y en las tertulias.

La primera victoria significativa llega en las elecciones europeas de 1984. Le Pen consigue el 11% de los votos y diez escaños. Semejante resultado atrae a muchos militantes que se habían alejado del partido en la década anterior y a nuevos adeptos procedentes de la derecha más convencional. Siguiente parada: las legislativas de 1986. Gracias a una ley electoral impulsada por el entonces presidente François Mitterrand, considerado por muchos como uno de los grandes estadistas de nuestro tiempo, el Frente Nacional consigue el 10% de los votos y 35 escaños en la Asamblea Nacional. Con su ley electoral Mitterrand quería evitar el descalabro de su Partido Socialista. Lo que consiguió, en cambio, fue consolidar a Le Pen como una de las figuras políticas más relevantes de Francia.

El éxito electoral devuelve a Le Pen a sus raíces. Deja de morderse la lengua. Así, en la primavera de 1987 dice públicamente que los enfermos de VIH deben ser aislados de la sociedad y encerrados en un “sidatorium”. Meses más tarde declara, también públicamente, que aunque no niega la existencia de las cámaras de gas en los campos de concentración sí le parecen un “detalle” dentro del contexto de la Segunda Guerra Mundial.

(Diez años más tarde Le Pen matizará sus declaraciones ante el periodista norteamericano Philip Gourevitch: “Mi comentario sobre las cámaras de gas no tiene nada que ver con ser antisemita. Nada que ver. Cuando digo que las cámaras de gas fueron un detalle en la historia de la Segunda Guerra Mundial estoy diciendo una obviedad. Es que es una obviedad. Si coges un libro de la Segunda Guerra Mundial de mil páginas vas a encontrar cuatro dedicadas a la deportación y, en esas cuatro páginas, seis líneas refiriéndose a las cámaras de gas”.)

Las salidas de tono de Le Pen aportan munición a los partidos tradicionales que, asustados por sus éxitos, buscan la manera de aislarle, de presentarle como una anomalía democrática con la que conviene poner distancia. Pero, como bien explica este artículo de El Orden Mundial, la estrategia no funciona porque los buenos resultados del Frente Nacional se deben, precisamente, a venderse como un partido que se encuentra al margen del sistema. Ahí están las elecciones presidenciales de 1988 para demostrarlo: un 14,4% de los ciudadanos –más de cuatro millones de votos– se decantan por el Frente Nacional.

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Jean-marie en el mitin del 1ero de Mayo de 2007. | Foto: Marie-Lan Nguyen vía Wikimedia Commons

 

La buena marcha registrada durante la década de los 80 se extiende a los 90. En las diferentes elecciones el partido de Le Pen consigue entre un 10% y un 15% de los votos y logra hacerse con algunos ayuntamientos del sur del país como el de Toulon, el de Orange y el de Marignane. Su entrada en los municipios conlleva una política de mano dura con la inmigración –como la retirada de subvenciones a asociaciones multiculturales, por ejemplo– y un intento por ayudar a lo que el Frente Nacional percibe como ‘cultura francesa’. Todo esto coincide con los primeros debates que se dan en la sociedad francesa sobre la inmigración procedente de los países árabes. Mucha gente comienza a preguntarse hasta qué punto el islam es compatible con los valores de la République y episodios como el de la fatua instando a la ejecución del escritor Salman Rushdie por publicar un libro supuestamente irreverente, Los versos satánicos (Debolsillo), no ayudan a calmar los ánimos. Por su parte, Le Pen sigue sin morderse la lengua y en 1997 acusa al entonces presidente Jacques Chirac de estar “a sueldo de organizaciones judías”.

Y llega el 2002. Elecciones presidenciales. Las continuas salidas de tono de Le Pen y la marcha de algunos militantes clave a finales de los 90 hacen pensar que el Frente Nacional va a estrenar el nuevo siglo cuesta abajo. Una suposición equivocada: Le Pen consigue colarse en la segunda ronda –la ronda final– de los comicios y competir con el mismísimo Chirac por la presidencia. Esto motiva a todos los demás candidatos, socialistas incluidos, a pedir el voto para este último. Chirac, por su parte, se niega a mantener el tradicional debate final con el líder del Frente Nacional. Todo con tal de no ver a Le Pen en el Elíseo. La ciudadanía hace caso y el 82,2% de los votos se decantan por el candidato del establishment.

La derrota del 2002 se vive con una cierta euforia en el Frente Nacional. Por primera vez en la historia reciente de Francia un candidato ultraderechista logra acercarse tanto al poder. Los años venideros prometen ser fructíferos. Sin embargo, las nuevas leyes electorales introducidas a nivel regional, entre otras cosas, agrian la fiesta. Empieza a ser cada vez más difícil conseguir representantes y con la caída del número de representantes decae, también, la influencia del partido. Los resultados de las presidenciales de 2007 confirman el declive: el Frente Nacional queda en cuarto lugar con un 11% de los votos. Las elecciones legislativas celebradas ese mismo año también invitan al pesimismo. El partido obtiene los peores resultados desde 1981 y sólo consigue plantar cara en Pas-de-Calais gracias a una candidata regional llamada Marine Le Pen.

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La carrera política de Marine Le Pen comienza con una explosión. Literalmente. Fue una noche de 1976; ella dormía profundamente junto a sus hermanas mayores, Yann y Marie-Caroline, cuando estallaron los 20 kilos de dinamita que alguien había colocado debajo de su casa. El explosivo tenía como objetivo acabar con la vida de quien cuatro años antes había fundado el Frente Nacional. Jean-Marie Le Pen. Su padre. Pese a la intensidad del bombazo la familia salió ilesa. Marine, que entonces tenía ocho años, asegura que aquel despertar tan brusco supuso, también, su despertar político.

El episodio viene recogido en unas memorias que Marine publicó en el año 2006 con el título de À contre flots. Un libro que buscaba varias cosas. La primera, por obvia, era venderse como una mujer acostumbrada a luchar contra las adversidades (el título del libro significa, en castellano, A contracorriente). La segunda, según dijo ella misma cuando lo estuvo presentando en sociedad, era fomentar el debate interno en el seno del Frente Nacional. El primer objetivo se consigue con creces; no cabe duda de la clase de adolescencia que tuvo que vivir la hija de alguien tan controvertido y odiado como Jean-Marie Le Pen. El segundo objetivo no está tan logrado –cuando revisa algunos de los episodios más polémicos protagonizados por su padre hay más relativismo que disculpas– pero sirve para poner cierta distancia entre ella y su padre. Una distancia que con el paso del tiempo se irá haciendo cada vez más grande.

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Aquellos años 80. Jean-Marie, su segunda esposa y sus hijas. | Foto vía sendflowers4.info

Marine se afilia al Frente Nacional al cumplir los 18. Estamos en 1986 y el partido de su padre ha empezado a cobrar, por fin, relevancia política. Dos años después sale elegida como diputada regional en Pas-de-Calais. La joven promete mucho pero ella prefiere volar bajo. De modo que, aunque poco a poco va adquiriendo más responsabilidades dentro del partido, hasta el año 2000 no se prodiga demasiado.

Con la llegada del nuevo siglo Marine da un paso al frente. Opina que el partido tiene que “desdemonizarse” –un término que la acompañará a partir de entonces– y se pone a ello; empieza a dirigir una asociación que busca presentar la cara más amable del Frente Nacional, asume el puesto de vicepresidenta y coge las riendas de la campaña de su padre de cara a las elecciones del 2007.

El batacazo electoral del 2007 viene acompañado por problemas económicos para la formación ultraderechista y Le Pen, visto lo visto, toma una decisión: en 2010 abandonará el timón del barco. Marine ve su oportunidad y anuncia que pretende suceder a su padre. La mayoría de los cargos del partido ve con buenos ojos su aspiración. Le Pen también. Y así, sin demasiadas dificultades y con casi el 70% de los votos, Marine alcanza en 2011 la presidencia del Frente Nacional.

Un segundo, un segundo. Vayamos más despacio porque conviene explicar algo que ocurrió antes de asumir la presidencia del partido, durante un mitin que Marine pronuncia en Lyon ante sus simpatizantes; en un momento dado, la hija de Le Pen compara el bloqueo puntual de algunas calles a causa de algunas celebraciones musulmanas con la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. El comentario prende como la pólvora; la prensa lo recoge y el aluvión de críticas no se hace esperar. Los portavoces de las comunidades musulmanas salen en tromba a exigir disculpas. Marine no sólo no pide perdón sino que acusa a los medios de comunicación y al establishment de manipular sus palabras para demonizarla. Incluso hay quien pone una denuncia acusando a la nueva cara de la ultraderecha de incitar al odio.

¿Qué consigue Marine con esto? Por un lado, dejar claro que la inmigración sigue en la lista de prioridades del Frente Nacional. Por el otro, criticar la ocupación alemana distanciándose, así, del pasado filonazi de su padre. Y, por último, seguir presentándose como la candidata que desea poner en jaque a un establishment plagado de tecnócratas y profundamente incompetente.

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Marine Le Pen, Jean-Marie Le Pen and Bruno Gollnisch. Juntos, pero no revueltos. | Foto: Marie-Lan Nguyen vía Wikimedia Commons.

 

El mitin de Lyon –en el que también dice sentir preocupación por aquellos gays que tienen que vivir en barrios de mayoría musulmana– y el primer discurso que pronuncia como presidenta del Frente Nacional –en el que dice que su prioridad es defender un Estado fuerte y proteccionista, preocupado por las clases medias, secular y que garantice las libertades– consiguen que algunos prominentes ultraderechistas galos critiquen a Marine por abandonar los postulados de su padre.

Pero eso es, precisamente, lo que ella busca: distanciarse de su padre.

El año 2012 trae la primera prueba de fuego para Marine: unas elecciones presidenciales en las que se enfrentará a Nicolas Sarkozy y François Hollande. Son muchos los analistas que señalan cómo ha cambiado el tono de la campaña del Frente Nacional; Marine no alude al pasado colonial ni a la Segunda Guerra Mundial y prefiere centrarse en los aspectos económicos y sociales más afectados por la globalización y el neoliberalismo antes que hablar de inmigrantes e inseguridad ciudadana. El cambio de estrategia da sus frutos y Marine consigue quedar en tercer lugar gracias a los seis millones y medio de franceses que han votado por ella. Un 17,9% de la población.

Es decir: en sus primeras elecciones presidenciales Marine logra más votos de los que jamás ha conseguido su padre.

En las elecciones legislativas de ese mismo año el Frente Nacional vuelve a obtener un resultado histórico consiguiendo meter en la Asamblea Nacional al representante político más joven de la historia de Francia: una muchacha de 22 años llamada Marion Maréchal. Un logro que también supone un orgullo para la familia ya que Marion Maréchal es sobrina de Marine y la nieta predilecta de Jean-Marie Le Pen.

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Los amigos de mis amigos… | Foto vía Diggit Magazine.

Dos años más tarde, en 2014, el Frente Nacional consigue quedar como la primera fuerza política de Francia en las elecciones europeas. Marine sueña con asaltar las instituciones de Bruselas y Estrasburgo que tanto ha criticado y se lanza a formar un grupo parlamentario con varios partidos aliados. A saber: la Lega Nord italiana, el Partido por la Libertad holandés, el Vlaams Belang flamenco, el Partido de la Libertad austriaco y los polacos del Congreso de la Nueva Derecha, además de una parlamentaria independiente británica procedente del UKIP. El establishment se pone muy nervioso.

Han pasado sólo tres años desde que Marine Le Pen asumiese el control del Frente Nacional pero ya son varias las publicaciones internacionales que la citan como una de las figuras políticas más relevantes del mundo. Ciertamente, su ascenso parece imparable.

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¿Qué tipo de relación mantienen Marine y su padre? Esta es una de las preguntas que uno no puede evitar hacerse cuando analiza la historia del Frente Nacional y termina, más por inercia que por vocación, explorando las dinámicas internas del clan Le Pen.

Se sabe que al principio esa relación fue buena, tal y como demuestra la condena pública de Marine hacia Pierrette Lalanne, su madre, cuando ésta decidió posar ligera de ropa para la revista Playboy a raíz de unos desacuerdos con Le Pen durante el proceso de divorcio que había iniciado Le Pen. Ocurrió en 1987. Marine declaró junto a sus dos hermanas que a raíz de esas fotos dejaba de considerar a Lalanne su madre y quiso, además, solidarizarse públicamente con su padre, a quien la despechada había acusado de ser antisemita.

Pero también se sabe que en algún momento esa relación se tuerce. ¿Cuándo? Quizás tras ceder la presidencia del Frente Nacional a su hija. Y es que Le Pen nunca ha estado demasiado contento con su gestión política pese a los buenos resultados electorales. No está de acuerdo con la simpatía que Marine parece sentir por la comunidad gay ni con su tolerancia hacia la práctica del aborto. Tampoco está de acuerdo con su visión crítica del pasado de Francia; un pasado del que se considera protagonista. Marine, por su parte, abraza la diplomacia, quitándole hierro al asunto y esquivando las preguntas de los periodistas con declaraciones cargadas de ambigüedad. Disculpando más que condenando, pero también dejando claro que no está del todo de acuerdo con su padre. Hasta que se cansa.

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Marine en la Asamblea Nacional del FN en enero de 2019. | Foto: Christian Hartmann | Reuters.

Abril del 2015. Le Pen acude a una emisora de radio para ser entrevistado. Sale, una vez más, el tema de las cámaras de gas. El patriarca no se muerde la lengua y repite lo que ha dicho mil veces: que son un detalle, una nimiedad. No contento con eso, al ser preguntado por Manuel Valls, entonces primer ministro de Francia, Le Pen contesta: “¿Cuál es su verdadero compromiso con Francia? ¿Ya se ha convertido el inmigrante?” Manuel Valls, como todo el mundo sabe, es natural de Barcelona.

Enfurecida, Marine empieza a mover hilos inmediatamente. Quiere que Le Pen abandone el Frente Nacional. Que se vaya con la música, su música antisemita y provocadora, a otra parte. Y aunque al principio el patriarca se resiste –“el partido sin mí no es nada”– al final no le queda otra que aceptar lo inevitable. Su expulsión.

Conviene señalar, llegados a este punto, lo que muchos observadores piensan: que Marine no se escandalizó tanto por lo que dijo su padre –era algo que llevaba diciendo toda la vida– como por la falta de respeto hacia el Frente Nacional que ella estaba tratando de presentar en sociedad. Es decir: según estos observadores, lo que molestó a Marine fue que su padre siguiese empeñado en boicotear su política de moderación, esa “desdemonización” que tan buenos resultados había dado en las urnas. No obstante, también hay quien sostiene que en aquel momento las relaciones entre el padre y la hija estaban atravesando un momento extremadamente delicado por un suceso ajeno a la política: al parecer, unos meses antes de la entrevista radiofónica uno de los perros de Le Pen había atacado y matado al gato de Marine durante un descuido.

Sea como fuere, con Le Pen purgado Marine vuelve a centrarse en conseguir el poder. Su objetivo, aprovechando la crisis de los refugiados y varios ataques terroristas a manos de islamistas radicales, es vencer al candidato centrista Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales del 2017. Macron es un tecnócrata que representa todo lo que el Frente Nacional aborrece. No obstante, es un candidato sin partido y por lo tanto sin herencia, legado o deudas. Un hueso durísimo de roer que termina imponiéndose ante una Marine Le Pen que al terminar estos comicios parece más cansada de lo habitual.

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Hasta hace muy poco tiempo Marion Maréchal era la joven promesa del Frente Nacional. La futura dirigente destinada a completar la saga familiar ocupando el Elíseo en nombre del partido que fundó su abuelo aquel 5 de octubre de 1972. Pero cuando todo parecía estar preparado para su llegada –el cansancio de su tía Marine Le Pen, la complicidad y el apoyo moral de su abuelo, una imagen pública inmejorable o todo lo inmejorable que pueda ser la imagen pública de una joven promesa del Frente Nacional– Marion Maréchal decidió plantarse. Primero renunció a sus cargos públicos (Marion fue diputada de la 3.ª circunscripción de Vaucluse de 2012 a 2017), luego eliminó “Le Pen” de su apellido (hasta el año pasado Marion Maréchal era Marion Maréchal-Le Pen) y posteriormente dijo que si bien no abandonaba sus ideas sí abandonaba la política activa.

¿Qué estará tramando Marion Maréchal?

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Retirada ma non troppo. Marion en el CPAC (Conservative Political Action Conference) en Maryland, EEUU | Febrero de 2018. | Foto: Gage Skidmore vía Wikimedia Commons.

 

De momento lo que está haciendo es dedicar su tiempo a tres actividades: pasar más tiempo con su hija, supervisar el arranque de una escuela de posgrado en Lyon que busca educar a las nuevas élites francesas en los valores de la nueva derecha sobre la que discutían hace unas semanas Mark Lilla y James McAuley en las páginas de la revista New York Review of Books, y, por último, dar conferencias en foros de prestigio.

La última de estas conferencias tuvo lugar hace unos días en una sociedad privada de debate de la ciudad de Oxford. Cuentan que al entrar en la sala Marion Maréchal se encontró la zona reservada para la prensa llena de compatriotas y cuentan que, cuando en un momento dado declaró que ya no estaba metida en política, la bancada de periodistas franceses soltó una carcajada.

Todos la esperan en las próximas elecciones presidenciales. La pregunta es: ¿bajo qué siglas aparecerá?