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Lea Vélez: “Convence más una buena historia retorcida que una realidad cotidiana y simplista”

Foto: Martina Álvarez

Hay algo de autobiográfico, aunque está bastante lejos de sus anteriores novelas; hay un crimen, pero no es una novela negra; hay un regreso al pasado, pero es algo más que una novela sobre la memoria; hay investigación sobre un caso criminal, pero no es solo un libro de estilo periodístico. La sonrisa de los pájaros, la nueva novela de Lea Vélez, contiene todos estos elementos, pero va más allá de todos ellos. ¿Cómo definir, entonces, la novela? Más allá de la trama, podría decirse que es una novela acerca de cómo construimos constantemente ficciones, ficciones que salvan y que condenan. Una novela sobre cómo las habladurías de un pueblo y los medios de comunicación pueden acusar a alguien independientemente de las pruebas que puedan haber; una novela sobre cómo hacemos de nuestro pasado una ficción en la que instalarnos para sentirnos más cómodos; sobre cómo nos relacionamos con los otros a partir de ficciones, convirtiendo los otros en aquello que nosotros queremos que sean y, en definitiva, una novela sobre cómo la ficción se convierte en refugio y vía de escape.

 

Tras El jardín de la memoria y Nuestra casa en el árbol, abandonas, en parte, la literatura explícitamente autobiográfica. ¿Podemos hablar de un giro en tu narrativa?

No creo, el personaje principal es un alter ego clarísimo, una periodista que escribe libros-realidad y por su boca dice todo aquello que yo quiero contar como autora sobre la verdad y la ficción, sobre la escritura, la literatura, la naturaleza y la ecología, sobre la investigación en el interior del propio corazón para hallar respuestas vitales. Creo que eso se nota al leer el libro, que el lector piensa: “esto tiene que estar basado en hechos reales, historias reales y dolores reales”, como de hecho es. O sea, que es realidad pura elevada a la categoría de ficción porque ese es el verdadero trabajo del escritor, tocar con su varita mágica la realidad y convertirla en literatura.

De lo que no cabe duda es que es una novela que no se inscribe en la literatura del yo.

El libro está basado en hechos reales y recubierto de anécdotas y recuerdos de infancia porque quiero enraizar una estructura de novela de suspense con lo que para mí es más literario: la nostalgia, la búsqueda del yo, la búsqueda de la felicidad o los sentimientos amorosos. Todo lo que se cuenta en este libro ha sucedido, pero nadie es verdad, son personajes que yo construyo como un pájaro construye su nido con ramitas de aquí y de allá o como un dios construye un paraíso. Las salidas del cetrero y sus cuadernos de campo, el crimen, que es real, las actas del juicio, reales, los relatos como el del autobús despeñado o el de Little Gem, la mujer de la tumba, o la caza de ballenas del Edén, son verdades extraordinarias que sucedieron e ilustran lo que quiero contar sobre nuestra relación con la naturaleza en un contexto que yo controlo, un micromundo literario.

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Imagen vía Editorial Destino.

En tu novela cuestionas el estatuto de “verdad” y el de “ficción”, conceptos que se entremezclan y de los que no se puede hablar en términos absolutos.

Vivimos en la ficción. Igual que respiramos sin notar el aire, no nos damos cuenta de que el noventa por ciento de nuestra vida es ficción. Creemos cosas que no son ciertas o creemos que algo es un absoluto cuando no es más que un punto de vista. Nos autoengañamos para soportar lo malo, para obedecer a un jefe, para luchar por nuestra parcela, para resignarnos, para,  incluso, no sentirnos culpables de que un hombre inocente acabe en prisión sin ninguna prueba física. Estas reflexiones son precisamente las de la autora del libro, que, en un ochenta por ciento, digamos, soy yo. La ficción que hago es como el chocolate negro que me gusta, tiene un 70 o un 80% por ciento de cacao-realidad. Más no, que igual amarga.

“¿Está la mentira en la boca del hombre o en el oído de quien cree al mentiroso por motivos personales, de prejuicios o de propio provecho?”, se pregunta uno de tus personajes. La imposibilidad de determinar la “verdad de los hechos”, la idea de que la realidad es una construcción de ficciones, ¿nos obliga a cuestionar también la idea clásica de “mentira”?

Claro. La verdad y la mentira son dos entelequias. No existen nunca en estado puro, que es el que les damos. Yo creo que es probable que mintamos siempre y que siempre digamos la verdad, igual que podemos ser felices siempre y llorar amargamente un día. Mi verdad puede ser perfectamente tu mentira. Esta es otra de las reflexiones que hace, de manera paradójica, el testigo clave del caso, que cuando el fiscal le dice: ¿Miente usted habitualmente? Él responde de forma no solo ingeniosa sino filosófica, asegurando que claro, que él es un delincuente que miente habitualmente por causa de su oficio, que ha cometido delitos y la naturaleza misma de su vida al margen de la ley, le obliga a vivir en la mentira, pero asegura que ahora no miente, que en el caso que nos ocupa, ante el jurado, afirma que dice la verdad porque no necesita mentir, no saca nada con mentir y se sintió impelido a ayudar a esa familia destrozada cuando el asesino le confesó lo que había hecho. ¿Pero de verdad se lo confesó? El tío nos crea una duda absoluta. ¿Cómo creer a un mentiroso habitual? Ya solo por esa aseveración, quizá todo su testimonio debería de no haber sido tenido en cuenta, porque existe la duda de que sea una persona deshonesta, pero este tipo, este delincuente, es el único testigo en contra del presunto asesino de una madre y su hijo. ¿Cómo no tomarlo en cuenta y tratar de dilucidar si es verdad o mentira lo que dice cuando está en juego que una familia inocente encuentre justicia y su asesino no salga en libertad y el estado les dé una indemnización para reparar algo del daño sufrido y todo lo que conlleva la justicia? Pero resulta que la mentira y la verdad son dos espejismos, son un cuadro de Escher y de esto va el libro, precisamente. De cuál es el espejismo y cuál es la realidad.

La protagonista investiga un antiguo asesinato sucedido en su pueblo de la infancia e investiga hasta qué punto el que fuera condenado es el verdadero culpable. En términos judiciales, que es lo que se aprecia en tu novela, el estatuto de verdad y de mentira tienen que ver con el encarcelamiento de un culpable o de un inocente. ¿La justicia, por tanto, necesita concebir la verdad y la mentira de forma acrítica?

La justicia no puede ser subjetiva, pero lo es. Es lo que te decía antes. Es imposible la imparcialidad, es otra entelequia necesaria para llegar a una verdad judicial, sobre todo cuando no hay pruebas físicas. En este caso sucede algo extraordinario, que es real, que ocurrió de verdad. Cuando investigaba para el libro, no pude evitar leer aquel testimonio con mis cinco sentidos, tratando de ponerme en la piel del jurado para adivinar si era verdad o no lo que decía aquel tipo. Yo llegué a mi conclusión, pero claro, no estaba inmersa en el contexto emocional del crimen, en el juicio mediático paralelo. La justicia, por más que quiera, no puede desembarazarse de todo esto y los medios, con su carnaza y sus ficciones, ponen un peso determinante de un lado de la balanza.

Parafraseando a tu personaje, ¿cómo confiar solamente en el oído de quien juzga desde prejuicios o desde un juicio previo?

Paradójicamente, para juzgar bien, no debemos juzgar. Solo recopilar información, leer, indagar y después, al final, llegar a una conclusión. Creo que debemos tener la mente abierta hasta el final del proceso. Juzgar bien es observar un hecho desde todos los puntos de vista. Por eso he querido que sea un libro tan coral. En realidad, el lector es un miembro del jurado, con esta novela, y tiene que llegar a la conclusión de si el francés es o no inocente, igual que la narradora. Por suerte para el lector, al final sabrá si juzgó bien o mal, porque el caso queda resuelto.

Lo pregunto por qué en la novela se plantea el problema de qué sucede cuándo se acusa a un inocente, pero, pensando en casos judiciales recientes, el más polémico el de La Manada, podríamos hacernos la pregunta al contrario: ¿qué sucede cuando el culpable queda impune o parcialmente impune?

Evidentemente, entramos ahora en la raíz moral del debate al que yo quiero llegar con este libro. Sucede lo mismo. A veces, hay una justicia ficticia con la que todo el mundo está de acuerdo -jueces, medios, sociedad- y se aplaude la entrada en prisión de un hombre sin pruebas porque es un heroinómano violento, un peligro público y nos da mucho miedo que quede libre y vuelva a matar, y otras veces, ocurre lo contrario. Puede suceder perfectamente que se libere a un culpable o se le imponga una pena menor de lo que parece justo por causa de una mala interpretación o percepción de la ley en la que entran los prejuicios y el machismo, por ejemplo. Las pruebas no son solo pruebas, desgraciadamente, las personas deben interpretarlas y si se interpretan bajo el prisma de que una mujer que no lucha contra su agresor para preservar su vida no está siendo violada, tenemos o bien una mala norma o bien una interpretación de la norma sesgada y machista.

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Foto: Martina Álvarez. | Cedida por la autora.

“La acusación me había convencido de que Miguel Belén era culpable sin una sola prueba física de que así fuera”, reconoce la protagonista. Sus palabras llevan a reflexionar de qué manera la construcción de un relato puede convertir una duda o una hipótesis en realidad.

Sí, es que es un tema que me fascina como escritora. Quiero ver cómo penetra la ficción en el alma para convencernos. Imaginamos una historia sobre alguien y ya esa historia siempre será su historia, como es el caso del hombre sin rostro de la novela. La ficción convence más que la realidad y esto lo saben fiscales, testigos y autoras literarias.

Cabe reflexionar también sobre los juicios mediáticos: ¿qué responsabilidad tienen los medios en esta justicia paralela resultado de la espectacularización de determinados casos de impacto social?

Pues muchísima. Elaboran ficciones así que tienen una responsabilidad aterradora. Al escribir y documentarme para este libro, comprendí por qué existe el secreto del sumario. Por ejemplo, recuerdo en el caso de Asunta, que salieron fotos de la niña vestida de cabaret en los medios. La niña salía despatarrada de cansancio en una silla de su casa, en unas fotos que le habían hecho los padres. Los medios les sacaron todo el jugo morboso que pudieron a esas imágenes, se sugirió pederastia o alguna perversión de los padres hacia ella y se dijo que parecía drogada. Pero para decir esto, el periodista o el comentarista de turno, tienen que construir una ficción. La elucubración morbosa es ficción, porque es imposible que ese tertuliano de turno conozca el contexto real de esa foto y qué había en las mentes de quienes la tomaron. Es una especulación sin ciencia ni información real. Así, en un caso tan mediático, se va tejiendo una narrativa paralela con cada fragmento de información y todo esto se va fijando en la conciencia colectiva. Sin todo el contexto que rodeaba a esas fotos, uno podía pensar que eran eso, perversiones, pederastia, quién sabe, cuando luego hemos sabido por trabajos periodísticos más exhaustivos, como el documental que hizo Bambú, que aquello era un disfraz del colegio, que lo llevaba toda la clase igual, que la niña llevaba horas bailando sin parar, que al llegar a su casa antes de desmaquillarse, sus padres -como hacemos todos los padres- le sacaron fotos y en unas salía más despatarrada y en otras menos y en todas estaba agotada. Esto es lo que sabemos que sucedió con esa foto en concreto. Luego, las intenciones perversas o no, pueden estar en cualquier mente, pero las mentes no se leen, no pueden nunca ser realidades. Esos juicios de valor basados en lo que alguien tiene o no tiene en la mente, son malignos, sesgados, fantasiosos pero por encima de todo, conllevan el poder mágico de la ficción. Convence más una buena historia retorcida que una realidad cotidiana y simplista.

Y, ¿qué responsabilidad tenemos nosotros como espectadores? ¿Es morbo? ¿Es el deseo de encontrar culpable?

Esta es otra de las grandes preguntas del libro. Mi intención es que todos profundicemos en ese porqué. ¿Por qué nos interesan tanto los crímenes? ¿Qué es el morbo? ¿Es puro deseo de entretenimiento? ¿De dónde sale esta fascinación por lo más terrible? La autora (ahora hablo del personaje, no de mi), se lo pregunta constantemente. ¿Es morbo lo que siente? Sí, lo es. ¿Pero es el morbo una cultura a la que nos han acostumbrado los medios y las películas de crímenes? Quizá, pero la escritora cree que la cosa va más allá, que los crímenes nos agarran por nuestro lado animal, por los instintos. ¿Somos responsables de nuestros instintos? Sí y no. Es un largo debate que me resulta interesante y del que deseo que participe el lector.

En un momento dado que la ficción salva, pero, ¿no condena al mismo tiempo?

Nos salva de la soledad, nos salva de la burocracia que demanda un relato, sea el que sea, nos salva del dolor. Pero se dice claramente que condena a los inocentes cuando uno emplea la ficción para buscarle tres pies al gato. Salva a mi protagonista. A los demás, vete tu a saber.

Y aquí vuelvo al inicio: a tu protagonista, novelista, le dicen que para escribir sobre el caso de Miguel Belén y sus víctimas deberá irremediablemente inventar. ¿Se puede hablar de una ética de la fabulación? Dicho de otra manera, ¿hay un límite cuando se inventa o fábula sobre vidas ajenas?

Este libro habla sobre vidas ajenas que vivieron hechos terribles y sin embargo no he querido decir el nombre de ninguno de sus protagonistas reales porque siento un respeto, un pudor. Por otra parte, viven en otro país, así que es muy posible que nunca sepan que este libro existe y si lo leen, no herirá su sensibilidad, yo creo. Mi límite es no usar el morbo mediático como reclamo. El límite, siempre, es la propia conciencia.

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