Led Zeppelin: el porqué de salvaguardar la leyenda sin tocarla
Foto: | Atlantic Records

Cultura

Led Zeppelin: el porqué de salvaguardar la leyenda sin tocarla

Se cumplen 40 años del testamento de Led Zeppelin: aquella banda cuyo ascenso a la cima estuvo marcado por los pecados mortales

por Eva Ocaña

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Cantaba el clásico Muddy Waters que «el blues tuvo un hijo al que llamaron rock n’ roll». Robert Johnson pactó con el diablo vender su alma en un cruce de caminos en Misisipi, Estados Unidos. La condición: convertirse en el mejor guitarrista del mundo. El hijo heredó la misma reputación que su padre. 

Historias esotéricas. Decían de ellos que celebraban misas negras en los camerinos, entre barbitúricos, orgías y excesos varios. Y unas escaleras al infierno —que no al cielo— dotaron a The New Yardbirds de un magnetismo embaucador en la cultura popular. Pero vender tu alma a Lucifer siempre tiene un precio

En 1980 —con la llegada de una nueva era, aquella del walkman— Led Zeppelin sintió la imperiosa necesidad de renovar su estilo musical. Los setenta ya eran agua pasada. El hard rock rociado de psicodelia no se llevaba. En la radio imperaban los sonidos punk —aunque hubiese nacido como contracultural— y del New Age. A la MTV le quedaba un año para nacer y mostrar aquel Video Killed the Radio Star hasta la saciedad.

En esa voluntad de grandeza, de energía y de atmósferas de misterio, el cuarteto no quería marchitarse. Y menos con el historial que se habían labrado a lo largo de aquellos doce años. Donde los pecados mortales catapultaron, de alguna manera, ese ascenso a la cima. A la interminable lista de excentricidades sexuales —entre los que se encuentra la leyenda del tiburón; las malas lenguas relatan cómo varios miembros del grupo estimularon a una groupie con una cría de depredador marino—, el atribuirse arreglos y melodías estaba a la orden del día en la prensa musical.

Con un disco horneado bajo la manga, In Through the Out Door, la formación británica buscó la forma de sobrevivir —musical y económicamente—. Una gira europea podía salvaguardar aquel terremoto estancado. Con 14 fechas entre junio y julio, la imagen de Led Zeppelin fue cambiada. Cortaron sus melenas de hippies para parecer yuppies. Del escenario fueron suprimidos solos de batería. Con un ambiente minimalista —muy estático, muy predecible— la gira fue conocida, de manera extraoficial, como «Cut The Waffle».

En ese Jardín de las delicias —donde la exploración de sonidos y lo prohibido se convertía en culto—, el final de un hito fue marcado el 7 de julio de 1980, en el fin de gira de un Berlín disgregado bajo «El muro de la vergüenza» . Los fragmentos de los setenta llevaron poco a poco al grupo por una corriente empapada de fatalidad. Era el turno de cobrarse aquel favor de demasiada gloria en demasiado poco tiempo. A la espiral de excesos y alcoholismo se unía el estado de angustia de Robert Plant. Con la pérdida de su primer hijo en 1977, el dirigible comenzó a caer en picado

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Jimmy Page, guitarrista de Led Zeppelin. | Foto: Veronica Farley | AP Photo

El vuelo turbulento del que Led Zeppelin no pudo resurgir

Deambulando por el barranco de la vida, el 25 de septiembre John Bonham falleció en la casa de Jimmy Page. Nadie supo calcular cuánto vodka ingirió. Bonzo murió con solo 32 años. Tras conjeturas varias por un reemplazo del batería, el trío superviviente se dio cuenta de que la formación original era irrepetible

El 4 de diciembre de 1980, cuando los días ingleses se hacían más cortos, Led Zeppelin firmó su testamento: «La pérdida de nuestro querido amigo y el profundo sentimiento de armonía que nosotros y nuestro mánager sentíamos nos han hecho decidir que no podemos continuar como antes».

Led Zeppelin intentó volar de nuevo. Para entonces, el mundo cultural que un día dominó ya no existía. En 1982 salió a la venta la obra póstuma, Coda, con rarezas no publicadas. Conscientes de que el mito se engrandecía a medida que pasaba el tiempo, desde Atlantic Records enfatizaron que aquel material de estudio contaba con el difunto Bonhan a los platillos. Todo por la pasta. Aún se podía estirar la fama con el recuerdo de tiempos mejores. O no. A veces es mejor no dejar a la música caer del pedestal en la que estaba situada.

La formación volvió a juntarse en cuatro ocasiones. La primera, la más esperada y en la que los más acérrimos quedaron decepcionados. Cuando el músico Bob Geldof organizó el Live Aid, los dos conciertos benéficos para ayudar a los afectados por la hambruna en Etiopía, la vuelta de Led Zeppelin generó muchas expectativas. Con Phil Collins a la batería, la performance resultó más bien agria. De las desentonaciones de Robert Plant a un Jimmy Page que no llegaba a las notas. Intentaron imitar lo inimitable. Hasta que se dieron cuenta que el corazón de Led Zeppelin murió con Bonham, atragantado con su propio vómito. Jugar con el diablo es lo que tiene.

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Robert Plan y Jimmy Page en el concierto Live Aid de 1985. | Foto: Amy Sancetta | AP Photo