Literatura de las Españas vacías a los extrarradios catalanes
Foto: Polina Raevskay| Unplash

Cultura

Literatura de las Españas vacías a los extrarradios catalanes

por Ariana Basciani

Si pensamos en estereotipos, España desde afuera se ve como en territorio único, castizo, degustador de patatas y jamón ibérico, altamente fanático del fútbol, del flamenco y los toros. Para cualquier persona externa, no española, la Guerra Civil sea posiblemente el punto de partida dentro de la historia moderna de España; quizás hasta ahí llegue el conocimiento de Wikipedia más allá de una fotografía de Robert Capa.

Sin embargo, cuando se mira de cerca con lupa de la curiosidad, rompiendo el estereotipo y llamando a la intersección cultural, se cae en cuenta de que España es muchas cosas, llenas y vacías; un compendio de centros y capitales, de ciudades de viejos muy vacías, de extrarradios muy pobres y llenos frente a una opulencia burguesa capitalina. No solo pasa en España, sino en el mundo y, quizás por esto, también a propósito de la efervescencia de los nacionalismos y las pugnas entre símbolos por apropiarse de un territorio y un discurso, que la literatura ha estado revisitando esas luces y sombras para recordar qué tantas cosas es la península ibérica.

Este año unos meses antes y durante el estado de alarma se publicaron las novelas de dos catalanes que invocaban su extrarradio natal: Albert Lladó y Hernán Migoya. Mientras, Daniel Gascón publicaba la vuelta del urbanita al pueblo, a esa España vacía ideada hace unos años por Sergio del Molino. Por su parte, Javier López Menacho, se movía de Andalucía a Cataluña analizando la migración interior y la “andaluzofobia” en Cataluña. Y por último, la ilustradora Ilu Ros desvelaba ese diálogo con lo antiguo, con el discurso que evocan los abuelos, quizás ese que perpetuó el estereotipo y el relato de la España castiza de flamenco, jamón y castañuela. 

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“Benvinguts a Barcelona”

La travesía de las anguilas (Galaxia Gutenberg, 2020) es la novela de Albert Lladó donde la Ciutat Meridiana es protagonista. Lladó se crió en un barrio que no había tenido interés para ningún autor y en su novela hace un paralelismo al visibilizar la Meridiana, ese espacio que corta a Barcelona y por el que se accede a ella; ese corte necesario para llenarla, para que sea capital de provincia. “Somos, pues, un preámbulo, un prólogo, la previa. Un barrio que más que periferia es cuneta. Rascacielos encargados, únicamente, de rascar lo que queda en los márgenes”, escribe Lladó. 

La travesía de las anguilas es una novela de iniciación donde el protagonista, quizás la voz misma del autor, vuelve al barrio para reencontrarse con los amigos de la infancia y recordar sin caer en una nostalgia cursi. Sus personajes exploran la juventud en el tardofranquismo, viven el nacimiento de la amistad y el deseo, el amor por la biblioteca del barrio. Eros recorre a los personajes como lo contestatario recorre la narración. Mujeres maltratadas por hombres que se dejaban la vida en el bar, mientras los adolescentes crecían alrededor de las consecuencias inmobiliarias de esa gran belleza llamada Barcelona 92 creada por Juan Antonio Samaranch

Lladó desvela al héroe y al acontecimiento que convierte al barrio de Ciudad Meridiana y a Barcelona en lo que es hoy en día: “Ciudad Desahucio” o un parque temático que se creó gracias a la especulación inmobiliaria que puede constatarse también hoy: Ciudad Meridiana es uno de los barrios con más desahucios en España.

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España también es un centro comercial de la memoria

Por otro lado, el conocido guionista de cómics y creador de su propio Pepe Carvalho, Hernán Migoya, se desparrama en su novela Baricentro (Reservoir Books, 2020). El centro comercial de Barberá del Vallés cobra vida en esta ficción autobiográfica a la que Migoya se refiere como una no novela de no ficción porque “todos sus crímenes pasados, tanto célebres como los que están por descubrir, han prescrito”.

Al igual que la novela de Lladó, el personaje de Baricentro vuelve de Perú al extrarradio catalán. La enfermedad de los padres rige la historia y une a los hermanos. “¿Cuántas veces nos hemos reunido así en los últimos veinte años? Ninguna, excepto para salir a comer a algún restaurante de Barcelona y volver pitando, como asustados todavía de la gran ciudad”; mientras, la familia se reúne entorno a los padres y los recuerdos de la infancia en el extrarradio afloran: “Los niños de Barberá éramos niños de Stephen King embarcados en el arca de Noé de la inmigración. Éramos sus niños de 1950 en la periferia española de 1970, porque todos los niños son siempre iguales”

Así como la cultura popular recorre la novela, la inmigración es otra de sus características identitarias, no solo desde el punto de vista de los padres sino también en el hijo, el hermano. A través del movimiento por el territorio, los viajes desde el Bierzo a Cataluña, de Sant Cugat a Barberá, de Barcelona a cualquier interior, se desvela el comportamiento de los padres con sus flaquezas emocionales o sus golpes de ternura, además de demostrar el heroísmo que conlleva pertenecer a un territorio a pesar de la movilidad, arraigarse al orgullo del origen: “cuando mi madre estaba en el séptimo mes de embarazo, mi padre la obligó a tomar un tren desde Barcelona a la provincia de León, para que yo naciera en tierra berciana. Y para que no naciera en tierra catalana, claro”.

Aunque Migoya rehuya de eso llamado no ficción, esta novela es una confesión, una abertura en canal que llega a ser nostálgica sin elemento peyorativo, un archivo de la infancia, una forma de entrar en la memoria desde el presente: “Y entonces nos vi a los cuatro, en aquellas mismas galerías del centro comercial de Baricentro, cuando Jean y yo éramos solamente unos niños y mis padres, Marcelino y Martina, parecían dichosos y eternos”.

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Hipsters frustrados en el pueblo

En la España vacía, bautizada por Sergio del Molino en su ensayo homónimo, se inspira Daniel Gascón para relatar Un hípster en la España vacía (Literatura Random House, 2020). Esta nueva novela narra la vida un hombre que deja la ruidosa ciudad por los beneficios del campo.

La novela es un híbrido: conjuga desde diarios hasta guiones de televisión, pasando por crónicas ficcionadas, jotas y canciones de Héroes del Silencio. No es un solo hipster, son varios a los que Gascón pasa por el filtro del sarcasmo porque ningún urbanita en el fondo quiere vivir en el campo por más que se autoconvenza porque sencillamente se aburre: “En el bar. Camaradería. Humor rudo, entrañable. Uno de los trabajadores de la serrería extiende la palma de la mano (solo tiene dos dedos) y dice: ‘Cinco cervezas para los de la serrería’. Todos nos reímos, aunque me suena que hizo el mismo chiste ayer y antes de ayer”.

Gascón usa la narración para crear un precedente político más que literario. El relato apuntala la imposibilidad de las políticas urbanas para llenar esos pueblos vacíos, a su vez que los habitantes de los pueblos también pueden no desear la visita ni las políticas de lo urbano: “La cosa se jodió cuando vino el forastero con las transformaciones y las nuevas masculinidades y hostias en vinagre. Empiezas con la transformación y luego qué”. La pregunta que deja abierta Gascón es, posiblemente, la misma que se hacen muchos en España.

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Charnegos, esos otros

Si Gascón citaba a Héroes del Silencio, Javier López Menacho cita al líder del grupo de rock para abrir su ensayo Yo, charnego (Libros de la catarata, 2020): “Ni patria ni bandera, ni raza ni condición, ni límites ni fronteras, extranjero soy”. La cita desvela lo que viene: un ensayo duro encauzado desde la autoreferencialidad del autor como charnego en Barcelona donde se explica el miedo a vivir en un territorio donde se señala al otro como inferior.

El charneguismo, como afirma el autor citando al diccionari.cat, se asocia al hijo de una persona catalana y otra no catalana; una persona de lengua castellana residente en Cataluña no adaptada lingüísticamente al país; y, como una tercera opción, es un perro, un sabueso, un gos. López Menacho a través del ensayo se convierte en ese perro que va marcando el territorio en el que habita para definir y defender su propia identidad, señalando el despropósito del estigma en el que viven esos otros, los tildados, los renombrados.

Para el autor, la palabra más que un símbolo de identificación territorial o de orgullo de la mezcla es un simple marcaje político del período democrático de Jordi Pujol, donde el charneguismo se convirtió en “un concepto etnicista, xenófobo y supremacista” con un notorio componente vertical, “los de arriba contra los de abajo, los privilegiados contra los menos favorecidos, pro también se ha dado un despreciativo por parte de los de abajo”. 

Al final, López Menacho termina explicando que el charneguismo implica la lucha de clases y territorio de toda la vida: “Los emigrantes eran pobres o casi pobres, pues venían a Cataluña a buscar trabajo. Los señoritos andaluces que llegaban a acuerdos con la burguesía catalana no eran percibidos como charnegos; los jornaleros u operarios de fábrica, sí”

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Al final todo se resume en hablar con las abuelas

Luego de tres novelas y un ensayo llegamos a un retrato ilustrado del diálogo entre las diferentes Españas: la vacía, la urbana, el centro con la periferia pero sobre todo llegamos a contrastar la España de la Guerra Civil con la España actual a través de los diálogos que la ilustradora Ilu Ros tuvo con su abuela en su libro Cosas nuestras (Lumen, 2020).

El libro es un retrato intimista donde la autora va relatando entre ilustraciones y no ficción cómo la nieta deja la ciudad para ir a visitar a la abuela al campo. Allí es la abuela quien le explica, a través de coplas, canciones y recetas, qué fue emigrar a Francia durante la guerra, qué era ser inmigrante y por qué la abuela no entiende que ahora se juzgue al que migra a España: “Dicen que estos no son honraos… pues los habrá que sí y los habrá que no, como en tos’ laos. Pero una cosa te digo, nieta: si se han venido aquí es porque están mejor aquí que allí. Nadie se va de su casa por gusto”.

Ilu Ros encuentra en Lola Flores y en Rocío Jurado a la Rosalía y la Nathy Peluso de su abuela. Nieta y abuela encuentran en sus diálogos los puntos de encuentro para intercambiar sus diferencias y sus semejanzas. Cosas nuestras es la conexión entre lo que se piensa de la España del pasado, esa de flamenquito, calor y gastronomía mediterránea, esa del souvenir que se llevaron Los Beatles con el libro Toros y toreros de Picasso y Luis Miguel Dominguín, la España profunda, del campo que conecta con la España urbana, moderna, posdestape y que muchas veces reniega de ese pasado que debe revisitar para entender su futuro.

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¿Acaso España, sin tintes ideológicos o políticos, no es muchas Españas? ¿Por qué se afianza un solo relato hegemónico sobre algo que es mucho más complejo? España de fascismo, racismo y xenofobia, de cicatrices mal curadas, de campo y ciudad de señoritos y, a la vez, de historias y relatos sobre ella que mezclan una sociedad rica, compleja y democrática.

Ariana Basciani

Caraqueña del 83. Tiene una doble vida: de día hace consultoría y estrategia de productos digitales y, de noche, transcribe entrevistas de gente interesante, lee libros y ve series. Tiene una web llamada Culturetas.