Literatura infantil y juvenil: ¿Infravalorada dentro del mundo editorial?

Cultura

Literatura infantil y juvenil: ¿Infravalorada dentro del mundo editorial?

Posiblemente con Charles Perrault cambió la historia de la literatura infantil y juvenil o comenzó su estigma. Hoy, varios expertos de la literatura infantil y juvenil proponen su visión del género entre luces y sombras

por Ariana Basciani

En 1658 se creaba el primer libro ilustrado para niños. Su autor: Amos Comenius. Posteriormente, Góngora y Lope de Vega escribirían los romancillos; esas narraciones dirigidas a los niños que terminaban siendo recitadas por algunos pequeños en las plazas. La literatura pasaba de adultos a niños, de niños declamando a adultos: una ecología en la transmisión de las experiencias a través de la palabra.

A Góngora y Lope de Vega les siguió Charles Perrault, quien a finales del siglo XVII publicaba sus famosos Contes de ma mère l’oie, mejor conocidos como Cuentos de Perrault, entre los que se incluían clásicos de la tradición oral como Barba Azul o Piel de asno, además de Pulgarcito, La bella durmiente, El gato con botas o La Cenicienta.

Posiblemente fue el siglo XIX donde se produjeron los grandes clásicos infantiles y juveniles que hoy siguen citándose como referencia de lecturas de autores consagrados. Desde Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, hasta Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. El siglo XX sería de Pippi Calzaslargas, de la escritora sueca Astrid Lindgren, seguida por Roald Dahl con su Charlie y la fábrica de chocolate, pasando por los Cuentos de la selva del argentino Horacio Quiroga, hasta llegar a la saga infantil y juvenil más comercial de finales del siglo XX: Harry Potter, de la inglesa -casi cancelada hoy en día- J. K. Rowling.

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Primeras ediciones de Contes de ma mère l’oie de Charles Perrault | Imagen vía Wikimedia Commons.

Posiblemente fue con Perrault que cambió la historia de la literatura infantil y juvenil o comenzó su estigma, ya que autores como él eran aceptados por otros escritores del mundo literario, a la vez que se les veía como personajes curiosos que narraban para niños. Este hecho, en conjunto con la irrupción de la burguesía como clase social en Europa durante el siglo XVII, supuso la necesidad de preservar la inocencia del niño lector al crear el concepto de infancia. Hoy, varios expertos de la literatura infantil y juvenil proponen su visión del género, sus luces y sombras.

¿Se llega a infravalorar un género literario?

El siglo XX produjo más clásicos y aumentó el mercado de la literatura infantil y juvenil, hoy conocida como LIJ. Sin embargo, para muchos autores especializados en el área, el género se ha infravalorado. La editora de A buen paso, Arianna Squilloni, se atreve a decir que “desde la mayor parte de la edición de literatura para adultos, que se define de calidad, ni se piensa en la existencia de una literatura para niños. Se sabe que existen libros para niños, pero se trata de artefacto de nula naturaleza literaria”.

De igual forma, esta opinión de Squilloni es secundada por la ganadora del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015, Ledicia Costas, quien cree que existe una superioridad moral que subyace en quienes escriben ficción para adultos: “Muchos autores y autoras nos miran por encima del hombro. Nos consideran principiantes o que hacemos algo de poca importancia, como si la literatura infantil y juvenil no requiriese horas de entrega y dedicación”.

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Una pequeña Frankenstein viene a cocinarte el Día de los Muertos | Imagen Anaya Infantil

Si acaso la infravaloración de la LIJ empezó con Perrault, en el siglo XX se afianzó. Esta tesis es promovida por la autora chilena Sara Bertrand, Premio New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017 con su libro La mujer de la guarda (Milenio, 2018), quien afirma que “el prejuicio que pueda tener la literatura infantil y juvenil, su vocación educativa y moralizante, está presente desde sus orígenes cuando se comenzó a hablar de libros para niñas, niños y jóvenes, más o menos, a mediados del siglo XX y varía según el tipo de cultura o sociedad en donde se producen esos libros”. Para la autora, la carga moral que tiene cada libro puede pasar por un malentendido y “pensar que niñas, niños o jóvenes son incapaces de exponerse a una obra artística, que no pueden elaborar por sí mismos pensamiento crítico”, lo que puede generar una visión complaciente “bien demarcada sobre las cosas cuando debiera ser justo lo contrario: motivar el diálogo, alejarlos de la zona de confort e, incluso, incomodarlos en la diferencia”.

Para Freddy Gonçalves, mediador infantil y juvenil, además de escritor de LIJ, el prejuicio de la infravaloración proviene “del adulto en general, pero más que nada del adulto ‘cultural’”. Este mediador imparte formas de acercarse a la literatura a través de clubes de lectura interactivos donde recibe comentarios por parte de jóvenes. La necesidad de buscar asidero en muchos de estos jóvenes es notado por Gonçalves, quien entiende que ellos no saben en qué categoría posicionarse según sus gustos y muchas veces se agotan en la lucha por tratar de definirse: “Recientemente un joven me hacía esa categorización para tratar de situarse en cuanto a sus propios gustos. No sabía si hablar de una serie que acababa de ver le daba la potestad de integrarse a una discusión cultural. Entonces, ante una lucha que ya le aburría, prefería el borde. De esa manera, decidió excluirse. A veces creo que ese universo en el que opera la literatura infantil y juvenil también decidió excluirse para poder operar desde sus propios espacios”.

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La mujer de la guarda narra el duelo infantil. «Una niña trata de entender cómo su mamá respira dentro de un ataúd» | Imagen vía Babelia Libros

La diferenciación es simplemente falta de visión y así lo creen los editores de Fulgencio Pimentel: Alberto García Marcos, Joana Carro y César Sánchez. Para ellos el prejuicio hacia la LIJ “desaparecería en buena medida si los adultos descubrieran que la lectura puede seguir siendo capaz de seducir a sus hijos como lo hizo con muchas generaciones en el pasado”. No solo se señala a los prescriptores padres, también al mundo de la LIJ, autores y editores que “necesitan abrir de una vez los ojos a una evidencia: los niños desean encontrar en la ficción lo mismo que los adultos”.

Aunque para la escritora chilena María José Ferrada, poeta especialista en LIJ y autora de la novela Kramp (Alianza, 2019), la percepción de la falta de valoración se debe a que no hay espacios de crítica en los medios tradicionales. Al igual que Gonçalves, la autora cree que “más que discriminación se debe a que es una literatura que corre por un carril propio”.

La importancia de la palabra ante el prejuicio

En general, los grandes reproches de la literatura infantil, como afirman varios de estos especialistas, es el menosprecio que se le asocia dentro de los sectores de la literatura de adultos. Se encasilla como pobre, por ser sencilla o básica. Sin embargo, y como puede pasar también en la literatura para adultos, la creación en general proviene de una pregunta que conlleva a una búsqueda del lenguaje y de las historias.

“Pocos asumen lo literario como militancia o resistencia, porque, finalmente, no se puede negar que un buen libro es una pregunta y una pregunta conduce a una búsqueda y que debiera ser ese afán, el estético y artístico, el que persiguieran, entregarse al ejercicio de la literatura a secas, sin “para”. Perseguir únicamente la utilidad es lo que mata cualquier proyecto literario”, afirma Sara Bertrand.

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He visto un pájaro carpintero o cómo ver la Segunda Guerra Mundial a través de los ojos de un niño | Imagen Fulgencio Pimentel

Ferrada apunta también en la misma dirección de Bertrand, ya que cree que esas grandes preguntas siempre están en la literatura, sea infantil o no, porque son una necesidad que nutre nuestra búsqueda de sentido en la vida, y “aunque haya mucho libro interesante respondiendo preguntas también hay libros malos, que no tienen en cuenta a sus lectores o los infantiliza innecesariamente. Los niños necesitan también esa compañía, pero construida a su medida”.

Gonçalves comenta que el término literatura sin adjetivos, instaurado por la autora argentina María Teresa Andruetto, habla precisamente de esta separación e infravaloración con respecto a las preguntas que se hace la literatura infantil y juvenil. “Cuando hay un buen libro, la literatura es la que te arrastra como lector sin importar la edad”, afirma; sin embargo, explica que la producción de una obra infantil o juvenil depende de unas herramientas en el desarrollo del lector infantil o juvenil, por lo tanto, ante “la aparente sencillez” de la obra “el adulto no lo considera dentro del espacio crítico y el editorial lo relega a una lista de ventas, a un rincón infantil, a un espacio periférico de la discusión”.

La necesidad de prescriptores adultos 

Aunque el mercado de la literatura infantil y juvenil es grande y no deja de ser un gran nicho comercial para las editoriales, si el padre, madre o mediador no cree en el libro que está leyendo posiblemente se rompa la posibilidad de llegar al lector infantil o adolescente. Es la mirada del adulto la que construye la mirada del lector más pequeño. Así como los sesgos algorítmicos de la tecnología pueden predisponer al usuario, sucede igual en los seres humanos.

“¿Cuántos adultos leen estos libros sin ese Pepe grillo diciendo ‘bueno, pero es solo un libro para niños’?”, comenta Freddy Gonçalves, quien cree que de la afirmación a esta pregunta nacen unas serie de prejuicios complejos del adulto que se transfieren al lector infantil o juvenil. Esta opinión es secundada por Squilloni, para quien “a diferencia de lo que acontece en novelas para adultos, no buscamos literatura sino mensajes. A menudo los libros se convierten en partes de un decálogo disfrazado de arte y literatura. No cuentan historias, indican cómo hay que portarse”, quizás definiendo lo que busca el prescriptor adulto ante lo que busca realmente el infante o el adolescente.

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456 hijos e hijas de republicanos embarcaron en el Mexique. Estaba previsto que permanecieran allí algunos meses, pero la derrota republicana y el inicio de la Segunda Guerra Mundial transformaron su exilio en definitivo. | Imagen vía Libros del Zorro Rojo.

Esos sesgos adultos también habitan en el lector infantil o joven “en el espacio cursi del recuerdo, en una edad de oro realmente inexplicable, o intenta protegerlo al máximo. Se anula como individuo al lector literario independiente. Entonces, un adulto, sea editor o público, debe hacer el ejercicio de empatía de entender los mecanismos de un lector infantil. De esa forma, quizás comprenda no sólo el hecho artístico y literario” que implica el libro, “sino todo el proceso transformador que se opera dentro de esa lectura”, según apunta Gonçalves.

Tratar de pensar que no existe ese vínculo y por lo tanto ese sesgo es inseparable, por eso el mercado editorial lo asume y aprovecha la etiqueta. Para los editores de Fulgencio Pimentel “hay que tener presente que la LIJ no tiene por qué interesar a los adultos, no son su público objetivo. Por eso es tan complicado que las obras que merecen la pena lleguen a los niños; ellos, por sí mismos, raramente disponen de las herramientas para seleccionar sus lecturas, cuando nadie como ellos mismos detecta lo que realmente les conmueve”.

Mediación, espacios y desestigmatización

La figura del mediador puede desaparecer los sesgos que puedan existir entre un adulto que no entiende o no conecta con la literatura infantil y juvenil, a su vez, que los espacios de exploración también pueden generar acercamientos de los niños y adolescentes a nuevas lecturas, a la vez que más medios para que los autores den a conocer su obra al consumidor: el adulto.

“Creo que debería haber más espacios, todos los espacios posibles. Sumar a los que ya hay espacios nuevos. Abrir canales para, por ejemplo, escuchar la voz de los niños. Que sean ellos los que hagan la crítica al género que fue pensado para ellos”, afirma Ferrada. Para la autora de Kramp como para Ledicia Costas hay una gran escasez de espacios en los medios de comunicación: “somos prácticamente invisibles”, afirma la autora gallega.

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¿Sabías que cuando le dices «Ciao» a alguien le estás diciendo que eres su esclavo? | Imagen vía A buen paso.

Aunque existen muchos medios especializados en literatura infantil y juvenil, los grandes medios de comunicación no acogen las novedades a menos que estén en listados del año, así lo explica Squilloni, quien cree que, como los suplementos literarios, “suelen dedicar a los libros para niños tan solo un micro-espacio en las fiestas consagradas; no hay ocasión para que se forme una crítica, una concienciación del valor literario y artístico de los libros para niños más allá del ámbito de expertos y apasionados”. En contraposición, los editores de Fulgencio Pimentel creen que “tal vez faltan más plataformas online dirigidas exclusivamente a los niños, no a los adultos que compran y seleccionan los libros”.

Por su parte, Gonçalves, como mediador y autor, abre más aún el melón entendiendo que el mayor problema radica en la libertad que se les da a los niños y jóvenes en la selección. “¿Nosotros realmente les enseñamos cómo elegir un libro? ¿Los dejamos ser realmente libres en su selección? Porque ellos pueden elegir un mal libro, obsesionarse con la purpurina o el muñeco que viene junto con el libro, y no pasa nada…”. Además, explica que los adultos están más ganados a lo que entienden, por lo que se premia una estética Disney ante “un tema complejo, incómodo, un libro difícil o con una estética distinta” ya que integrarlo en una conversación a partir de lo literario genera una incomodidad. Responder a las preguntas de los niños o adolescentes ha incomodado a muchos padres, por las mismas dudas que le generan a ellos mismos.

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Una historia sobre el duelo de los abuelos. | Imagen vía Planeta Lector.

Los espacios para crear sesgos o libertades son variados. En la escuela es “en donde se empodera a los planes lectores de las grandes plataformas, y cuya selección depende de un temario o de las herramientas que dicha casa editorial ofrece a cambio. Y los requisitos de las familias, que suelen ser bastante censoras en cuanto al tema que elijas”, afirma Gonçalves. Con respecto a las visiones familiares también ha podido percatarse de cómo generan censura inclusive con el humor, a la vez que entiende que en el ámbito del profesorado todo depende de varios factores, pero sobretodo la valentía para tomar decisiones en las lecturas que ofrecen a sus alumnos. “Después está la biblioteca, el más infravalorado, pero que ofrece o debería ofrecer el mayor número de variedad y allí entra en juego la mediación lectora, los profesionales del área, las librerías de barrio. Es un universo muy complejo. Porque a todo eso hay que sumarle internet y todas las plataformas de Amazon y las burbujas de opinión y las recomendaciones”. Sin embargo, Gonçalves es optimista y comenta que las burbujas algorítmicas de lo digital pueden ser vencidas por la curiosidad del adolescente por romper esa tendencia con lo que a él le gusta llamar “una falsa libertad a la hora de elegir” cuando las tendencias los llevan a nuevas lecturas y a crear sus propios temas de debate para traerlos a su propio universo.

Aunque Sara Bertrand no cree que deberían existir más espacios, sí cree que debería existir una ampliación y una tolerancia de opiniones, en esa “ecualización entre los sonidos de la infancia, juventud, adultez y vejez” para equilibrar el coro de voces “sin enfatizar ninguno en desmedro de otro, porque ese es el sonido de nuestra sociedad, la convivencia de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y no tanto, y viejos, todos conversan e interactúan con la sociedad que habitan y debieran escucharse. Imagino que esa y no otra es una sociedad paritaria, un espacio en donde pertenecer a un grupo no es sinónimo de mutismo o quedar fuera”.

Algunas recomendaciones para ampliar el espectro

Para Ledicia Costas, que cuenta con libros como Escarlatina, la cocinera cadáver; La balada de los unicornios (Anaya) o su novela Infamia (Destino, 2019), incluye entre sus recomendaciones a “Hematocrítico y sus geniales cuentos del bosque: Rapunzel con piojos, Feliz feroz, Excelentísima Caperucita”. También recomienda “la magnífica obra de Patricia García Rojo, que abarca desde poesía hasta literatura infantil y juvenil; al genial Diego Arboleda -Premio Nacional de LIJ 2014 por su increíble Prohibido leer a Lewis Carroll-; a Ana Campoy, una autora con mucho carisma, a “la gran” Sara Cano, a Begoña Oro y a Pedro Mañas”. De su obra escrita comenta que la que más alegrías le ha dado ha sido Escarlatina, la cocinera cadáver; “si no fuese por ese libro quizás no estuviese ahora contestando estas preguntas. Le debo mucho”.

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«El mar» de Patricia García Rojo, una de las recomendaciones de Ledicia Costas

Sara Bertrand ha escrito ficciones tan importantes como La mujer de la guarda o Álbum familiar (Seix Barral). Más que una recomendación nos da un consejo: “Como niñas y niños son lectores en formación; me parece que deberíamos ofrecerles una panorámica abierta que incluya géneros y épocas, por nombrar algunos criterios de selección. Me gusta recomendarles una mezcla entre clásicos y contemporáneos que les sugiera diferencias, puntos de contracción. También variar en extensiones, textos largos y cortos, y así ir construyendo un poole de lo mejor de la literatura”.

Arianna Squilloni recomienda la obra de Mar Benegas, quien “está haciendo una gran labor” si “hablamos de poesía y primeros lectores”. Además también recomienda a otra de las entrevistadas de este reportaje: María José Ferrada, de quien afirma que su obra se centra “en cada instante y respira rodeada de silencios”. También recomienda a Marta Comín por sus libros divertidos y coloridos llenos de pensamiento. Así como las ilustraciones del japonés Koichiro Kashima. Y de su obra nos cuenta que acaba de autopublicarse El libro de los saludos “que ha ilustrado la inmensa Olga Capdevila”.

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Suben y bajan de Marta Comín, uno de los libros coloridos recomendados por Ariana Squilloni.

María José Ferrada, autora de diferentes libros infantiles como El idioma de los animales (A buen paso), el poemario El idioma secreto (Faktoría K de Libros) o la novela Kramp (Alianza), recomienda a “dos poetas argentinos que escriben una poesía en donde no está esa intención que tantas veces resulta forzada de ‘escribir poesía para niños’: Roberta Iannamico y Juan Lima, dos poetas increíbles”, además de la poeta japonesa Kaneko Misuzu. De sus libros, sus preferidos “siguen siendo los libros de cartón que le hacía a mi hermano pequeño y que mi madre aún guarda”. Además recomienda el trabajo de las revistas especializadas en LIJ como Babar, Peonza, Faristol, Cuatrogatos, Anatarambana, Linternas y bosques y Troquel.

A Freddy Gonçalves, autor de las novelas para niños María Diluvio, Arañas de casa, Alternativas para el fin del mundo (Planeta) o el ensayo La nostalgia del vacío. La lectura como espacio de pertenencia en los adolescentes (Pantalia, 2018), le cuesta recomendar porque piensa que es una pregunta trampa; “si eres seleccionador, sabes que no todos los autores tienen una obra sostenida. Entonces si digo nombres, corro el riesgo de elegir uno de los libros mejores logrados de su carrera. Pero esa responsabilidad ya se la dejo al lector”, así que nombra autores como Shaun Tan, Tove Jansson, Aquiles Nazoa, “el inagotable” Roald Dahl, “el injustamente olvidado” Juan Farías, “los libros de filosofía” de las Wonder Ponder, Neal Shusterman, Manuel Marsol, Mónica Rodríguez, Ana Pessoa, Verónica Murguía, Ivar Da Coll, Liliana Bodoc, las ilustraciones de Juan Camilo Mayorga y Ben Brooks.

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«J+K» de John Pham publicado por Fulgencio Pimentel

Alberto García Marcos, Joana Carro y César Sánchez, recomiendan ir a los clásicos porque “son clásicos por algo”. Así que enlistan a Tomi Ungerer, Maurice Sendak, Marge, Paul Cox, William Steig o Tove Jansson. Como editores les encantaría tener a muchos de ellos en su catálogo, sin embargo, entre sus filas están grandes como Joann Sfar, Manuel Marsol, Antonio Ladrillo, John Pham, Madalena Matoso, ATAK, Olga Capdevila o María Ramos, “quienes creemos que se encuentran entre lo más granado de la producción de la LIJ contemporánea”.

Ariana Basciani

Caraqueña del 83. Tiene una doble vida: de día hace consultoría y estrategia de productos digitales y, de noche, transcribe entrevistas de gente interesante, lee libros y ve series. Tiene una web llamada Culturetas.