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La lluvia ácida es ‘chirimiri’: las falacias científicas que te desayunas cada día

Foto: Anton Rusetsky | Unsplash

Los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes y Erik Conway recogen en ‘Mercaderes de la duda’ (Capitán Swing) los ardides de “científicos” y tabacaleras por hacernos creer que cuestiones como la lluvia ácida, el calentamiento global o los daños que provoca el tabaco son “un chiste”.

 

Dudar es de sabios menos cuando hay suficientes evidencias científicas como para no hacerlo. Un pequeño grupo de científicos financiados por la industria tabacalera inventó en 1979 una estrategia para contrarrestar las alarmantes investigaciones sobre los efectos perjudiciales del tabaco en la salud de los ciudadanos utilizando la “ciencia” como excusa. Y tan bien les funcionó que siguieron empleando la misma fórmula para cuestionar el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, la lluvia ácida o las consecuencias del uso de pesticidas en los cultivos, amparados en otra gran máxima popular: “Miente que algo queda”. Así lo recogen los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes y Erik M. Conway en el libro ‘Mercaderes de la duda’ (Capitán Swing), que más tarde se convertiría en documental.

Más allá de las payasadas de Trump en Twitter, como que el calentamiento global hace falta para estar “más calentitos” en invierno, estos científicos con carné de partido y amantes del libre mercado consiguieron dársela con queso a periodistas, investigadores y, sobre todo, a los ciudadanos. Así lo hicieron…

La cortina de humo (del tabaco)

Adivina adivinanza: ¿Qué es verde por fuera y rojo por dentro? ¡Una sandía! Sí, y un ecologista también. Más o menos así los científicos Fred Seitz, Fred Singer, Bill Nierenberg y Robert Jastrow veían a quienes alertaban sobre los daños que la actividad humana causa al planeta y la salud, como la versión beta de un comunista. Todos ellos habían tenido un papel importante en la carrera armamentística estadounidense durante la Guerra Fría, eran respetados físicos y temían que los políticos impusiesen nuevas leyes que frenasen el libre mercado. Ocurrió en 1979, cuando un grupo de ejecutivos de la industria tabacalera se reunió a petición del presidente de R.J. Reynolds, una compañía famosa por sus campañas publicitarias sobre el tabaco –“Andarías una milla por un Camel”, ¿te acuerdas?- para hablar de un nuevo programa que no tenía otro objetivo que financiar investigaciones científicas que sirvieran como argumento de que no existía un vínculo “claro” entre el tabaco y el cáncer de pulmón.

La lluvia ácida es ‘chirimiri’: las falacias científicas que te desayunas cada día

Imagen vía Capitán Swing.

 

Ya había numerosa literatura científica al respecto de lo dañino de este vicio desde los años 30. De hecho, como apuntan Oreskes y Conway, incluso el villano de los villanos, Adolf Hitler, emprendió una campaña antitabaco después de ciertos descubrimientos que hicieron científicos alemanes y prohibió fumar en su presencia. La industria tabacalera temió perder la gallina de los huevos de oro y tras esa reunión ficharon a gente como Seintz o Singer, físicos notables pero sin Nobel, para asegurarse de que “las dudas científicas deben persistir”, creando un Comité de Investigaciones de la Industria del Tabaco e introduciendo en los medios el tema del tabaquismo y sus consecuencias como si fuera un “debate” y no existieran más que “especulaciones”; asimismo se donaron millones de dólares a instituciones como la Universidad Rockefeller para que se investigase “a su favor”.

 

“Existe una evidencia científica de que los aumentos en el dióxido de carbono en la atmósfera producen muchos efectos beneficiosos sobre el entorno natural de las plantas y los animales de la Tierra”, petición firmada por 30.000 científicos. No, no es El Mundo Today.

 

El resultado son titulares como los que todavía hoy siguen apareciendo en prensa: “Fumar es bueno para ti” (The Guardian, 2003), “Estas son las maneras en las que fumar puede ser ‘bueno’ para ti” (Gizmodo, 2015), ‘Fumar es bueno para tu memoria y tu concentración” (Daily Mail, 2013). La mejor prueba de que Internet no solo sirve para desinformar, sino que a veces también nos saca los colores. Y aunque muchos periodistas fueron engañados por la presunta respetabilidad de los informes científicos y dieron cuenta de sus informes e investigaciones sin preguntarse quién los financiaba, los autores de ‘Mercaderes de la duda’ todavía van más lejos y señalan a instituciones como el Instituto Heartland, defensor a ultranza de la tabacalera Philip Morris, que patrocinó el Centro Nacional de Periodismo, “dedicado a adiestrar a periodistas en ciernes en los principios políticos y económicos del libre mercado” (Tobacco Strategy, 1994).

 

Libertad de expresión o de confusión

Amparados en argumentos democráticos, como que los ciudadanos tienen que conocer todas las partes implicadas en una situación para poder juzgar por sí mismos, llevaron la misma ‘estrategia de la duda’ a otras cuestiones ampliamente investigadas como el calentamiento global, llegando a aducir que el agujero de la capa de ozono no estaba provocado por nuestras emisiones –o no solo por eso-, sino que incidían otros factores. Vaya, que la culpa es de los volcanes. Incluso fueron un paso más allá incluso, cuando el Instituto George Marshall, creado con el fin de producir ‘informes’ que pareciesen científicos, consiguió ganarse la total credibilidad de la Casa Blanca sin pasar por una revisión de pares u otros procedimientos que emplea la ciencia para refutar o apoyar las conclusiones de un estudio.

 

“Puede que Roma no esté ardiendo, pero Groenlandia se deshiela y nosotros todavía seguimos tocando el violín” -Naomi Oreskes

 

Tachando de ‘catastrofistas’ y ‘luditas’ a todo aquel que se opusiera a sus informes y ante el silencio de la mayor parte de la comunidad científica –los pocos que han alzado la voz han sufrido represalias y son desacreditados–, Fred Seitz y los mercaderes de la duda impulsaron en su día una campaña a lo change.org entre la comunidad científica, que aún puede encontrarse activa en Internet, para “refutar” el calentamiento global y en contra del Protocolo de Kioto, el ‘Proyecto de Petición’, firmada por más de 30.000 científicos. No tiene desperdicio: “No hay evidencia científica de que la liberación humana de dióxido de carbono, metano u otros gases de efecto invernadero esté causando o que, en un futuro previsible, cause un calentamiento catastrófico de la atmósfera terrestre y la alteración del clima del planeta. Además, existe una evidencia científica sustancial de que los aumentos en el dióxido de carbono en la atmósfera producen muchos efectos beneficiosos sobre el entorno natural de las plantas y los animales de la Tierra”.

 

 

Ahora ya sabes de dónde Trump saca sus charadas sobre que el hielo polar “bate récords”, pero, sobre todo, que no es todo ciencia lo que reluce y que ante la duda como mercancía se impone otra mucho más necesaria, la sensatez ciudadana. Como bien nos recuerdan los historiadores Oreskes y Conwall: “Puede que Roma no esté ardiendo, pero Groenlandia se deshiela y nosotros todavía seguimos tocando el violín. Necesitamos entender mejor todos qué es en realidad la ciencia, cómo reconocer la ciencia real cuando la vemos y cómo separarla de la basura”.

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