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Los tabancos, ADN de Jerez

Foto: Inma Lesielle | Unsplash

Hay en Jerez de la Frontera un tipo de establecimientos propio. No les llames bares, porque no son esto exactamente. Tampoco bodegas, porque por este nombre en la ciudad del vino, donde te envían es donde se cría el jerez. Ni bodegas ni bares, a este lugar que anda entre dos aguas en Jerez se les llama tabancos.

Los tabancos aparecen registrados en documentos del s. XVII y su nombre se debe a la fusión de dos palabras: tabaco y estanco. Sobra cualquier explicación sobre el concepto tabaco, y para entender qué tiene que ver “estanco” en todo esto, cuentan los historiadores que, en aquel momento, el estanco era el lugar donde además de tabaco, se vendían otros productos que controlaba el Estado, como el aceite o el vino. En los primeros años Jerez, Sanlúcar y Trebujena contaban con tabancos, pero con el tiempo este establecimiento ha quedado ligado a la ciudad de Jerez.

A principios del año 2000 el futuro de los tabancos era la crónica de una muerte anunciada. El trabajo de las bodegas para que el vino de Jerez alcanzase el prestigio que tenía y las iniciativas de los tabanqueros, resucitaron estos establecimientos.

Aunque hoy hay varios tabancos en Jerez y podríamos decir que todos ellos gozan de buena fama, no todos los tiempos fueron época de bonanza para los tabancos. Cuando se liberalizó la venta de tabaco ya sufrieron un pequeño gran cambio, ya que pasaron a ser locales donde la gente sólo iba a beber. Por supuesto, en esos años las mujeres no entraban a los tabancos y pobre de la que se le ocurriera ir allí a tomarse una copita. También vendían, como ahora, vino a granel para llevarlo a casa, pero la que quisiera comprarlo lo solía adquirir por una puerta distinta. No eran lugares cómodos para ellas y muchas veces la clientela, demasiado venida arriba, las molestaba incluso cuando pasaban por la puerta.

En los tabancos se juntaban los hombres a beber y a charlar y, como muchos de ellos eran tan aficionados al vino como al cante o toque, los tabancos fueron los testigos de las juergas flamencas más auténticas. Artistas anónimos que nunca llegaron a más en la música alternaban coplas con otros que consiguieron hacerse un hueco bien importante en el flamenco internacional.

Llegó el s. XXI, la mujer ya estaba totalmente integrada en el ambiente del tabanco, pero estos negocios empezaron a decaer por el cambio de hábitos de la gente local más joven. Preferían los bares o clubs musicales, y el vino, sobre todo el jerez, que es el que se consume principalmente en los tabancos, dejó de gustar a los jóvenes. Además de esto, una serie de desavenencias económicas y políticas que se arrastraban desde 1970 hizo que a partir de los 80 el vino de Jerez empezase a despersonalizarse, a verse como una bebida barata, sin marca y de mala calidad.

Tan mala racha atravesaban los tabancos, que a principios del 2000 su desaparición parecía irremediable. Este pronóstico hizo un efecto llamada, así que, los románticos y aventureros que podían reunir algunos ahorros, comenzaron a liarse la manta a la cabeza y rescataron algunos tabancos que estaban cerrados o en plena decadencia. Esto unido al despertar de las bodegas, que empezaron a dejarse de lamentos; los buenos precios y la voluntad del público local tuvieron mucho que ver en la resurrección de los tabancos.

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Foto: Inma Garrido. | The Objective.

Tabanco El Pasaje, el más antiguo de Jerez

Antonio Ramírez, abogado de profesión, fue quien decidió invertir en El Pasaje para que no cerrase sus puertas. Éste es uno de los tabancos imprescindibles y más pintorescos de Jerez, también el más antiguo, de 1925. El local tiene puerta a dos calles, esto es lo que le dio el nombre, ya que mucha gente lo utilizaba como pasaje de una a otra. Todavía hoy, cuentan los camareros, que sobre todo personas mayores atraviesan el tabanco para acortar distancia.

El resto de gente, jóvenes, jerezanos de todas las edades y turistas que buscan establecimientos auténticos, vienen al Pasaje a lo que se viene a un tabanco: a beber vino a granel, aquí de Maestro Sierra sobre todo, y a tomarse un papelón de buena chacina, una cazuelita de menudo o los famosos chicharrones cortados al estilo Cádiz, es decir, en láminas y con sal y limón. Y para que nadie pierda la cuenta, te la van anotando con tiza en la misma barra.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Pero si hay algo que hace especialmente popular este tabanco que no cierra ningún día de la semana son las dos actuaciones de flamenco en directo diarias. La programación va rotando y van cambiando las compañías, pero las citas siempre son a las mismas horas: a las 14h. y a las 21h.

Cuando te acercas hasta aquí, el espectáculo no solo está en el escenario. También fuera de él, en la cara de asombro de los turistas, que intentan seguir entre oles y palmas fuera de compás el zapateao y el cante enérgico de los artistas. Tan encantados quedan que muchos se acercan a ellos a pedirles una foto, un autógrafo o, antes de irse, les dejan pagada una copa en la barra.

Tabanco El Pasaje. c/ Santa María, 8.

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Fotos: Roberto Deambrosis y Juan G Rodríguez, vía Airbnb / Google Maps.

Tabanco La Reja, al rico montadito

El tabanco La Reja también está regentado por un Antonio, Rodríguez en este caso. El abuelo de Antonio Rodríguez, Manuel Rodríguez, fundó este tabanco que después pasó a ser propiedad de su padre y desde 1997 lo lleva él. La Reja no estuvo siempre en la calle Mesones. Manuel Rodríguez lo abrió primero al lado de una tienda de perfumes, tienda a la que acudían muchas mujeres. Como el tabanco era territorio masculino, a veces, el cliente que llevaba más copas encima que educación, molestaba a las clientas de la droguería con alguna impertinencia. Las mujeres comenzaron a quejarse a Manuel, así que éste decidió trasladar el tabanco a su actual ubicación para alejar de las señoras a los piropeadores incontinentes.

Se llama La Reja porque fue uno de los primeros tabancos que puso una reja en la puerta como medida de seguridad, algo que entonces no se hacía. Y, aunque en sus inicios había botas de vino de una bodega, el padre de Antonio comenzó a eliminarlas hasta que Antonio las recuperó por unas más pequeñas, porque un tabanco sin vino a granel, no es un tabanco.

Fotos de las Damas y Reinas de la fiesta de la vendimia de los años 70, una pared de piedra de un convento de monjas, una escultura del artista Maro y mesas llenas de flamencos que toman algo después de la función en el Villamarta son el paisaje y ambiente de La Reja.

Vinos, cervezas, refrescos y, para comer, conservas, ahumados, chacinas y montaditos, muchos montaditos calientes o fríos.

Tabanco La Reja. c/ Mesones, 6.

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Foto vía El Guitarrón Facebook.

El Guitarrón de San Pedro, amor a Jerez y al jerez

Como dice la canción, “cuando el amor llega así de esta manera —que le llegó a Mireia Dot, la propietaria del tabanco El Guitarrón de San Pedro—, uno no tiene la culpa”. Dos flechazos fueron los que determinaron que Dot acabase de propietaria de un tabanco. El primero la trajo de Barcelona hasta Jerez cuando conoció a su pareja. El segundo, fue el que sintió cuando conoció el vino de Jerez.

Esta catalana está al pie del cañón del Guitarrón desde abril de 2012. Lo reformaron y le dan vidilla con una programación más allá del flamenco, que no falta. Torneo de ajedrez, presentación de libros, exposiciones de pintura… Y además de vinos de jerez, de los que Mireia es buena conocedora y catadora formada, una buena variedad de vinos de la tierra de Cádiz.

Tabanco El Guitarrón. c/ Bizcocheros, 16.

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Foto vía Tabanco Plateros Instagram.

Tabanco Plateros, un tabanco “modernizao”

Otra pareja mitad de aquí, mitad de allí, de Madrid en este caso, regenta el Tabanco Plateros. Luz Saldaña, jerezana, asesora laboral y contable y Jaime Jiménez, madrileño y profesor de educación física, se lanzaron a abrir un tabanco cuando estos negocios no pasaban por su mejor momento.

El planteamiento de este tabanco, un tabanco “modernizao”, como dicen algunos, es precisamente el de acercar este espacio a los jóvenes, que empezaban a ver estos lugares como “un bar de viejos”. Con pocas tapas, pero de calidad (ahumados, chacinas, latas de conserva, en fines de semana tortilla), abrieron en la plaza Plateros hasta que en 2016 tuvieron que trasladarlo a la calle Algarve, 35.

En el actual local antes estaba Confecciones Anguita, de ahí que el ambiente del espacio no tenga la solera de otros tabancos de Jerez. El cambio, más allá de los quebraderos de cabeza burocráticos, no les pasó factura en cuanto a la clientela, que le sigue siendo fiel. Al Plateros puedes acudir a tomar algo o para asistir a alguna de las actividades que se programan en la planta de arriba: desde eventos musicales y culturales a catas de vinos y productos de la provincia de Cádiz.

Tabanco Plateros. c/ Algarve, 35.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Tabanco La Pandilla, aquí todo el mundo es amigo

Los vinos y productos de la zona son la bandera los tabancos, también del tabanco La Pandilla, claro, donde las chacinas, quesos y montaditos calientes salen a diario para acompañar la bebida. Pero si algo popularizó hace muchos años este establecimiento fue, precisamente, que aquí comenzaron a vender vino de Valdepeñas. Vino fresquito que sacaban con un serpentín si lo tomabas en el local. Vino por garrafas si querías consumirlo en casa. La incorporación de esta D.O fue en la primera época de La Pandilla, cuando aún no vendían cerveza ni refrescos. Aquí sus clientes, todos hombres, podían degustar vino a granel de jerez, así que tener otra alternativa, era un rasgo distintivo.

Este tabanco, que en sus orígenes era un casco de bodega, como delatan sus techos altísimos y su amplitud, lleva abierto desde 1936, al menos así lo constata la marca de vino “La Pandilla”, patentada ese año. En el 48 lo compró Manuel Rodríguez, el padre del actual propietario del local, pero en el 93 cerró y así estuvo 20 años, hasta que en 2013 se recuperó el negocio que actualmente lleva Antonio.

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'La pandilla' | Foto: Inma Garrido | The Objective.

El nombre del tabanco ya da pistas de que aquí los parroquianos no eran clientes desconocidos. Eran una pandilla, y así lo reflejan las pinturas que cuelgan de sus paredes, donde están caricaturizados muchos de ellos. Los pintaba Luis Mateo, boticario de profesión y caricaturista de afición. También él hizo los dibujos que hay en la barra, e inmortalizó a la pandilla como dos cuadrillas taurinas. La diurna, que era la de los mayores que mantenían vivo el tabanco de día. Y la de los jóvenes, que mantenían despierto el tabanco de noche.

Y si al entrar en este tabanco tienes la sensación de haber estado allí antes, puede que sea porque uno de los rincones fue el escenario en el biopic de Lola Flores.

Tabanco La Pandilla. c/ Valientes, 14.

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Imagen vía Facebook.

Tabanco San Pablo, la suerte del tío Manuel

Un boleto de lotería premiado tuvo la culpa de que Manuel Muñoz Peña comprara este tabanco. Era 1934 y desde entonces el establecimiento no ha cambiado de familia. Primero fue Manuel quien servía jereces a granel. Después su sobrino Atanasio, conocido como “El Nene” y la mujer de éste, Mari Carmen Nieves “La Nena” tomaban el relevo. La tortilla de La Nena se hizo popular entre los jerezanos asiduos al San Pablo, y como los tabancos vivían horas bajas, la carta se tenía que ir animando para atraer al poquito público que iba quedando.

Jesús y Juan Manuel, los hijos de Atanasio y Mari Carmen, continuaron con el negocio familiar y son ellos los responsables ahora de que este tabanco, uno de los más auténticos de Jerez, siga en plena forma.

Este tabanco céntrico sigue congregando un buen número de público joven que vuelve a aficionarse a los vinos de Jerez, porque a los platillos calientes y fríos no creo que nadie se haya desaficionado nunca.

Tabanco San Pablo. c/ San Pablo, 12.

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