Mara Mahía: «No deberíamos cargar la culpa de nuestros antepasados y sin embargo, de alguna forma lo hacemos»
Foto: Editorial Dieciséis

Cultura

Mara Mahía: «No deberíamos cargar la culpa de nuestros antepasados y sin embargo, de alguna forma lo hacemos»

'La dueña del Plaza' es la segunda novela de Mara Mahía publicada por Editorial Dieciséis, en ella ahonda en la historia de la posguerra española a través de los ojos de Rosalinda, una anciana de la Galicia rural

por Bibiana Candia

Rosalinda es la protagonista de La dueña del Plaza, una mujer de 90 años que ha pasado parte su vida sometida a un marido violento y que ha sobrevivido a la Guerra Civil. La suya es una de esas existencias aparentemente intrascendentes de quien estuvo callada durante años hasta que un día decide hablar desde la perspectiva de la edad y la herida aún abierta. Una mujer que se mira a sí misma en un espejo y habla con sus propios fantasmas, que defiende que solo el miedo nos puede ayudar a preservarnos y cuya historia es el segundo episodio de la epopeya familiar Secretos, de Mara Mahía. La autora va desenterrando pequeñas historias pobladas de decenas de personajes que se cruzan en generaciones y memorias distintas, voces que nunca acaban de contarlo todo y que alimentan la búsqueda del alter ego de la autora. 

No es necesario haber leído Secretos, para disfrutar de La dueña del Plaza, ambas novelas están relacionadas pero no son correlativas. Mara Mahía y yo, ambas autoras coruñesas que vivimos en Berlín, nos sentamos hace unos días para hablar de escribir historias que buscan la raíz de quienes somos.

Una de los grandes mensajes que tiene esta historia es que las guerras, no se acaban cuando viene la paz. Hay una carga de la guerra que permanece en las personas que la han vivido. Lo cuentas en la introducción cuando hablas del estrés postraumático de los soldados de Vietnam. Tenemos, en general, una idea bastante cinematográfica de la guerra y nos parece que se acaba cuando se da el último tiro, pero en realidad lo más duro empieza justamente en ese punto. Cuando la sociedad supuestamente tiene que volver a la normalidad y alguien tiene que convivir con la idea de que su vecino mató a su hermano o que lo denunció, por ejemplo. Yo creo que eso es lo que cuenta muy bien La dueña del Plaza.

Exacto. Esta es una novela sobre el miedo, la violencia y el trauma. Quería conectar esa violencia de la guerra que, como muy bien dices, no se acaba cuando firmamos la paz y nos vamos a casa. Van a vivir con esos traumas generaciones enteras. Quería incorporar la violencia doméstica y el trauma que producen las palabras, la violencia verbal y física en el caso de Rosalinda. Pero también mostrar la otra cara de la moneda y lo hice a través de personajes de Margot, su amiga alemana que ha vivido la destrucción de Dresden. Durante esos bombardeos, por supuesto, los nazis eran los malos, ya lo sabemos, pero hubo una violencia excesiva. Un aplastamiento. Fue parecido a lo que más tarde hizo el franquismo en España durante la primera época, lo que le llamaban el «terror blanco»: aplastar, reprimir y traumatizar para que nadie proteste, para que nadie se mueva. 

Quería mostrar la otra cara de la moneda, es decir, que hay malos y buenos en todos los bandos. La violencia machista me parece que es una violencia fascista y el machismo es parte del mismo concepto, quería relacionarlo con la violencia de la guerra. 

Me gustó mucho la parte en la que habla Margot. Especialmente en lo que dices del ensañamiento, cuando una ciudad como Dresden que no tenía recursos estratégicos, solo era bella, y se empeñan en reducirla a cenizas.  No sé si te has enterado, pero aquí en Alemania ha habido un movimiento últimamente que se llama #meinnazihintergrund (mi origen nazi). Las generaciones más jóvenes se han puesto a preguntar a sus familias, que han guardado silencio todo este tiempo, acerca de la guerra y tratan de asumir lo que hicieron sus antepasados como algo que no es culpa suya, porque tú no puedes ser responsable de lo que hizo tu abuelo, aunque sea atroz. Muchas veces se nos dice no tenemos que ir al pasado a juzgarlo con los ojos del presente porque vamos a hacer injustos, y es cierto pero, yo creo que sí es muy sano mirar al pasado para preguntarnos por qué somos como somos. 

Sí, el personaje de Margot y Rosalinda tienen una conversación sobre ¿quién se merece qué? ¿quién se merece eso? Lo de merecer el castigo, porque en realidad es un castigo, es un asunto muy católico pero me fascina, porque no deberíamos cargar la culpa de nuestros antepasados y sin embargo, de alguna forma lo hacemos. 

La culpa Alemania es un asunto muy fuerte. Tengo varios amigos alemanes que dicen que no, que sus abuelos no estaban en ese momento por ahí, y tengo otra amiga que me dijo que sí, que su abuelo era un nazi, un oficial de las SS. No me lo dijo orgullosa, más bien en un tono de esto es lo que hay. Hace poco conocí a una chica que me dijo que su abuelo estuvo en la cárcel en 1933 por ser comunista y pensé: pues debe ser la única persona que conozco cuyo abuelo realmente trató de hacer algo contra el nazismo, aunque supongo que habrá habido más. 

La dueña del Plaza tiene una protagonista poco común. Estamos acostumbrados a leer novelas con protagonistas femeninas pero, en este caso, es una señora de noventa años que cuenta su propia historia. Rosalinda Mur Rodríguez es una mujer que nace sin voz y, en cierto modo, hablar es su batalla final, gran su venganza. 

Sí, creo que hay un momento en que dice que le dieron voz pero que nunca le dejaron hablar. La voz, cuando nace, se la da la menciñeira y claro, juego durante toda la novela con esa magia, esa fuerza interior que le da esa esta bruja de la montaña. Durante toda su vida ella continúa apuntando tomando notas, reflexionando realmente sobre lo que le pasó cuando murió su marido, cuando se intenta suicidar… y decide mandarme esos cuadernos o sea, a mi alter ego en la novela, esa persona que no tiene nombre todavía. Tal vez tendrá nombre la tercera parte, vamos a ver a si soy yo o no soy yo.

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Foto: Sergio Correa | Cedida por la autora.

La protagonista nace en 1930 así que la Guerra Civil le pilla de niña y luego toda su juventud transcurre durante la posguerra. Una cosa que me hizo pensar mucho fue que ella, de adolescente, va en el autobús leyendo Nada de Carmen Laforet, un libro que se publica en 1945. Rosalinda dice varias veces que le hubiera gustado ser otra persona, haber estudiado. En cierto modo, Andrea, la protagonista de Nada parece que es ese personaje que ella aspira a ser y al final también todo se le trunca. Hasta este momento no había pensado el impacto que tuvo que tener Nada en la gente de esa generación de posguerra.  

Sí, me aseguré de que ese libro fue publicado en un momento en el que Rosalinda sería una adolescente, tendría 16 o 17 años cuando conoce al novio, al malo del autobús, que luego será su marido. Pero quería que fuese también una obra, pues eso, con el nombre Nada, vacío absoluto, que fuese un poco como probablemente esa adolescente o esa niña se sintió en gran parte de su infancia, que iremos descubriendo a lo largo de la novela. Esa violencia, los asesinatos que vieron ella y sus hermanos, los soldados borrachos que hacían las mil y una, el vacío que también dice que sentía su padre, todas las mentiras que les contaban durante la guerra. Por todo eso quise que fuese un libro como Nada y ¿cómo sería leerlo? pues imagino que terrible. 

Aún así, a pesar de todo Rosalinda es un personaje muy resistente, muy fuerte, ella aguanta ahí como una piedra. Aguanta al marido, la pérdida de su hijo y a pesar de esa desolación que a veces siente que está ahí agarrada a un pasado, a la violencia conyugal que vivió, que no le deja avanzar. Quería que fuese también una mujer que, a pesar de todo, continúa con cierto optimismo y mirando la vida con esperanza. 

Yo diría que en La dueña del Plaza hay dos personajes principales que son Rosalinda, la narradora. Que, por cierto, su voz me recordó a Menchu, la de Cinco horas con Mario sobre todo porque tiene una rabia muy fresca, a pesar de su edad. 

Quería que estuviese enfadada.

Y se nota. Por un lado ella, decía, y por otro lado El Plaza, que es el cruce de caminos del pueblo. Todos pasan por ahí: los soldados, los legionarios, la menciñeira, los vecinos… esa taberna se transforma en un prisma a través del que se ve la propia guerra pasar.  

Sí, tomé de Delibes la referencia del personaje Menchú pero quería que fuese una mujer rural. El personaje de Cinco horas con Mario es una una mujer burguesa que ha vivido bien, o sea, dentro de lo que era vivir bien en aquella época, en un matrimonio más o menos infeliz. Pero quería que Rosalinda fuese una mujer de un pueblo donde se matan cerdos, donde la gente tiene un contacto con la naturaleza, que su perro no es un perro, es una loba de verdad. Tal vez es un cliché viniendo de Galicia, pero quería incorporar ciertos símbolos, como la menciñeira, el lobo, la matanza del cerdo, el bosque, la montaña, los fantasmas… Me gusta mucho un capítulo en que ella habla con el fantasma de su marido, Ramón, y le dice que le dé la sábana, que se la va a lavar.

Es una reacción muy de señora de los años 50. 

Claro, a pesar de todo ella lo sigue queriendo y se preocupa incluso cuando es un fantasma. Quería también transmitir esa cotidianidad con los espíritus ¿Por qué hay que tener miedo? Forman parte de nosotros.

Siempre me llama la atención cuando se habla de los autores gallegos que se nos asocie al realismo mágico y yo siempre pienso, ¿qué realismo mágico? Es simplemente la realidad, ahí todo convive sin diferenciarse. Ya que mencionas a los cerdos, yo recuerdo ver en la aldea de mis abuelos gente desfigurada porque cuando eran niños los cerdos les habían comido un trozo de cara o una oreja.

Sí, te lo decía así, con toda la naturalidad: le ha comido la cara burro o un cerdo. Recuerdo que el leí una entrevista, que sé que te gusta mucho Saramago, que él decía que sus abuelos eran tan pobres, tan pobres, que metían a los cerdos en la cama para que no se les muriese de frío. Esa imagen se me quedó grabada por eso en un momento el padre de Manuel, el matachín, dice que nunca durmió tan bien como cuando dormía con los cerdos.

Yo creo que si eres de Galicia vas a encontrar detalles muy comunes que con los que hemos crecido. Y para quien no es de Galicia quería mostrar que es un lugar casi mitológico pero no de fantasía sino de convivencia con la naturaleza. Mis amigos extranjeros que hablan español que lo han leído les ha gustado muchísimo porque habían encontrado también, de alguna forma, una una conexión con su propia mitología familiar. 

Mara Mahía: «No deberíamos cargar la culpa de nuestros antepasados y sin embargo, de alguna forma lo hacemos»

Foto: Bibiana Candia | The Objective.

La de Rosalinda es ese tipo de existencia de señoras que han sido, entre comillas, casi invisibles o que han sido despreciadas pero que, de repente una se da cuenta de que tienen mucho que decir. A veces somos muy ligeros juzgando, por ejemplo, a quienes se quedaron callados en cierto momento. Por eso me gustó lo que dices con respecto al miedo en la introducción de La dueña del Plaza. Dices que el miedo te preserva, creo que es una idea muy potente y muy interesante.

Sí, yo creo que un poco de miedo siempre hace falta. En el preámbulo hablo sobre los animales, sobre cómo la gacela tiene los ojos a los lados de la cabeza para poder mirar cuando están bebiendo y que no se la vaya a comer un león. Eso es fundamental.

Me dio mil quebraderos de cabeza esa introducción para conseguir unirlo bien a la novela. Lo pasé muy mal, de verdad escribiendo esto. Pero sí llegué a la conclusión de que tenía que conectar el miedo del personaje, que es un miedo que todos sentimos de alguna forma y que, de hecho, ahora está tan en boga con esto del coronavirus, con la enfermedad y el contagio. Esta tensión que parece que si se nos va de las manos nos vamos a volver un poco locos. Pero creo que es fundamental y necesario tener siempre un poquito de miedo y aprender a domarlo, que es lo que dice la protagonista y creo que es lo que hizo.

Por eso te decía también que es un personaje no habitual como protagonista. Es una señora mayor que de repente se pone a hablar y basta con su voz para sostener casi toda la novela. No hay apenas ningún recurso extra, la aparición de Margot y poco más. 

Siempre me han fascinado los ancianos y las ancianas que están callados y no sabes realmente qué está pasando por sus cabezas. Y es muy curioso que mis novelas hablan mujeres y quería que hablase una mujer pero hay un personaje en mi propia familia que era mi abuelo, el que estuvo en Cuba, todo esto está basado alguna forma en su vida. Él estaba siempre callado, pero callado que yo por años pensé que era mudo, solamente hablaba con monosílabos. Y fue hasta que murió mi padre en 2019 y mi madre me dio un diario de mi abuelo de 1919 escrito en La Habana, cuando se fue con quince años, y empecé a leerlo que dije: pero este tipo era la bomba ¿cómo estuvo tanto tiempo callado? ¿por qué no nos contó nada de esto? Y entonces empecé a pensar cómo sería mi abuela, que tampoco era una gran habladora y los dos se habían conocido en La Habana. 

Por eso, al final me gustaba escribir una novela que la contase una señora mayor pero, una señora mayor que no sea la típica pobrecita, no, que sea todavía una mujer fuerte, que esté con sus fantasmas y que no sea una mujer que juzgue, que cuente lo que ocurrió de la manera que ocurrió. Aunque realmente sabemos que Rosalinda es más de izquierdas que de otra cosa, quise que el personaje fuese cambiando poco a poco, transformándose a través de sus recuerdos y del deterioro mental del Alzheimer o de las fluctuaciones cognitivas que creo que padece. 

Me gusta porque yo creo que hay un rasgo bastante injusto de nuestra sociedad. Creo que acabamos infantilizando a los ancianos en el peor sentido, los acabamos tratando como a niños porque les quitamos la voluntad. Y a mí me gusta la voz de una señora mayor que incluso con sus achaques, es dueña de lo que dice. 

Sí, quería que fuera así. Es que estuve pensando y no recuerdo haber leído una novela en que la protagonista fuese una señora muy mayor, excepto en Cinco horas con Mario, pero es una mujer muy burguesa y no es tan mayor. 

Yo quería quería una mujer, aparte del mundo rural, que fuese dueña de su sexualidad, de sus decisiones, ¿sabes? y que incluso se alegrase cuando maten al marido, aunque luego tampoco se alegre tanto.  Esto aparece en el primer capítulo, no he revelado nada. 

Ahora que mencionas cuando matan al marido cuando hablábamos de que de la convivencia de los vivos y los muertos en Galicia. Es muy curioso porque, tanto Secretos como La dueña del Plaza, ambas empiezan hablando de una muerte. El punto de partida siempre es la muerte de alguien y la novela deshace la madeja alrededor de esa muerte. 

No lo había pensado, es verdad, pero fíjate, creo que tiene que ver con la muerte de mi padre porque empecé a escribir Secretos cuando mi padre estaba muy enfermo y tenía Alzheimer. Creo que me debió afectar ese tema. Pensar en cómo ese dolor tan grande que produce la pérdida de alguien y ese fantasma como el que estás. Yo estuve como un año hablando con mi padre mentalmente. Y luego se va diluyendo, lo dejas ir, está ahí contigo. Y quería que Rosalinda tuviese siempre presente, especialmente porque le hizo mucho daño. Hay un momento en que ella dice: los golpes se van pero las palabras siempre permanecen. 

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Imagen vía Editorial Dieciséis.

Con respecto a lo que dices de las palabras y que Rosalinda se fija mucho en ellas, me gustó mucho cuando menciona que el verbo «ahogarse» lleva dentro de si la palabra «hogar». En esta novela hay una historia de guerra fuera y hay otra historia de guerra dentro del hogar, es decir, la casa como un lugar que te ahoga. Las palabras son mucho más importantes de lo que nosotros pensamos. 

Las palabras son una arma terrible. Depende cómo las usamos, claro, pero pueden ser mortales y permanecen siempre. Eso me parece estremecedor, casi me da miedo. Lo pienso y digo: ten cuidado lo que dices a la gente, porque nos hacemos daño sin darnos cuenta. Me documento mucho para escribir estos libros y leí muchísimo sobre violencia doméstica cuando estaba escribiendo a Rosalinda. En uno de los libros que leí mencionaban que en Estados Unidos, por ejemplo, el lugar más peligroso en el que se puede encontrar una mujer es su propio hogar. O sea que el mayor número de asesinatos de violencia que se produce contra las mujeres son en sus propias casas. Se me quedó grabada como una imagen muy brutal, muy fuerte y, al mismo tiempo, una guerra civil me parece algo tan siniestro. No es que las otras guerras sea menos siniestras, pero es que hablamos el mismo idioma, tenemos la misma cultura y nos vamos a pegar tiros con el vecino, estás destruyendo tu propio hogar. 

Tú naciste en Coruña, estudiaste en Madrid, dices que «creciste» en el Nueva York de los 90 y ahora vives en Berlín. Pensándolo me acordé de un crítico literario que decía algo así como que los escritores se tienen que ir al fin del mundo para luego darse cuenta de que lo que tienen que hacer es escribir sobre su lugar de origen. Has dado media vuelta al planeta para escribir una saga de novelas gallegas. 

Sí, mira cuando presente Secretos en Santiago, mi hermano mayor que es periodista, estaba también en la presentación y él fue el que me hizo esa misma pregunta. Pensaba que en mi primera novela en solitario escribiría algo más pop, más funky, sobre yo que sé… sobre ser gay en el Nueva York en los 90, sobre Giuliani… y no, escribí sobre las raíces más profundas. 

Yo crecí con estas historias. Escuché a mi padre contar historias muy semejantes, esta épica de mezclar la magia y la realidad, los sucesos esperpénticos… pero de alguna forma también, y creo que lo voy a hacer en la tercera parte, quiero unir todo esto con mi vida en Nueva York. Porque también tiene esta emigración, estos emigrantes… Y también porque creo que en cada cultura, en cada civilización siempre, siempre, siempre vas a encontrar este tipo de mitos, de personajes, de sucesos. Vas tener amor, vas a tener odio, vas a tener venganza… Da igual, te puedes ir a la Conchinchina, va a ser exactamente lo mismo, con otras tradiciones, con otras costumbres, con otro lenguaje pero va a haber machismo, casi garantizado, va a haber violencia, porque siempre la hay, y va a haber amor. 

Al terminar de leer La dueña del Plaza me han dado ganas de volver atrás, a Secretos, para buscar a algunos personajes que en la primera parte eran secundarios y ver qué se había dicho de ellos, con quién se habían cruzado. De repente se me ocurrió que esta es una novela paleográfica, va cogiendo los documentos que son testigos de la historia y va destapando poco a poco los datos. 

Sí. Lo curioso es que cuando escribí Secretos, no tenía ni la menor idea de que vendría después una segunda parte. Cuando estaba escribiendo La dueña del Plaza y comenzaron a surgir de nuevo todos estos personajes de Secretos, porque claro, era el mismo pueblo, la misma aldea, una comunidad muy pequeñita donde todos conocen, del norte, probablemente de Galicia. En Secretos no estaba muy definido La dueña del Plaza queda un poco más claro, porque tienen la batalla Elviña y hay otras referencias de A Coruña, pero fue curioso porque yo también tuve que volver a Secretos y decir «pero a ver cómo era esto». Tuve que crearme un mapa de cada personaje, una pequeña biografía con su fecha de nacimiento, parentescos, datos históricos de la vida de cada persona que no aparece en la novela pero que yo necesitaba saber porque si no no podía centrarme. 

Puse un gran esfuerzo en que hubiese una consistencia, en que todo funcionase, pero estoy segura que hay por ahí algunos cabos que aún no encajan y al mismo tiempo pensé: esto es literatura, puede no encajar.

Es más, puede no encajar porque es literatura y porque en las familias, a veces, las cosas se cuentan de aquella manera. Tú puedes decir que esto sucedió así y tu primo cuenta el mismo suceso de una manera completamente opuesta. 

Esa es la maravilla. 

Bibiana Candia

Escritora y periodista. Premio Carmen de Burgos 2020 de divulgación feminista.