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Cal viva, rayos X y descargas eléctricas: el infierno de la depilación en los siglos XIX y XX (y XXI)

Foto: Imagen de anuncio de las cuchillas Billie | Billie

María Barba investiga en Depilación (definitiva). Un repaso por las técnicas depilatorias de finales del siglo XIX y principios del siglo XX y reflexiona sobre la actualidad: “No creo que al capitalismo le interese desarrollar una técnica que sea verdaderamente definitiva, indolora y totalmente segura”.

 

En junio de 2018, Billie, una marca de cuchillas, salió al mercado con una campaña publicitaria ovacionada en redes sociales por miles y miles de mujeres que se sintieron profundamente identificadas con ella. En el anuncio -que a día de hoy cuenta con más de un millón de visitas en YouTube- podemos ver a varias mujeres que muestran su vello corporal —en las axilas, piernas, entrecejo, bajo el ombligo, etcétera—. Las acompaña un mensaje: “Pelo. Todo el mundo tiene. Incluso las mujeres. El mundo finge que no existe. Pero existe. Lo hemos comprobado. Así que como sea, cuando sea, si alguna vez quieres depilarte, estaremos aquí”.

Los medios de comunicación se hicieron eco de la campaña como “la primera en mostrar el vello corporal de sus actrices”; las espectadoras, tras tragarse decenas de anuncios ‘dosmileros’ en los que las actrices se depilaban donde no había pelo, así lo creyeron. No habían leído el libro de María Barba, doctoranda en Arte y Educación por la Universidad de Granada: Depilación (definitiva). Un repaso por las técnicas depilatorias de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, fantásticamente ilustrado, por cierto, por Cristina Calvache.

“Y es que aunque recibas en tu casa una cuchilla y un bote de crema de diseño minimalista y color pasteloso, Billie no está vendiéndote cuchillas, sino la idea de que lo estás eligiendo tú. La idea de que eres una mujer deconstruida, que decide cuándo depilarse sin darle explicaciones a nadie. Eres bienvenida al feminismo mainstream de tu época, aquel que compra sus propias ideas y sigue participando de las mismas dinámicas del sistema capitalista, olvidando que el acto de depilarse en sí mismo tiene un componente histórico marcadamente sexista, clasista, racista e incluso especista”.

Este artículo empieza donde termina el ensayo de María Barba —fruto de una tesis aún en desarrollo titulada ‘El vello corporal como construcción de género: una etnografía visual en la era postfotográfica’—, que autoeditó primero como fanzine y que pocos meses después publicó la editorial Melusina.

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Portada vía Editorial Melusina.

“Una de las motivaciones para escribir este libro fue precisamente ver hacia dónde estaba derivando la estética publicitaria de cuchillas de afeitar y otros productos depilatorios”, explica. “A mí este movimiento body positive en el marketing publicitario me rechinaba, por lo que empecé a investigar los anuncios publicitarios de antes de los años 20. Lo que encontré es que en aquella época era totalmente normal que los anuncios mostraran a mujeres con barba, cosa que en la actualidad es prácticamente impensable”, concluye Barba, quien ha buceado en varias hemerotecas —el ensayo, como no puede ser de otra forma, está debidamente documentado— para hallar los peligrosos métodos de depilación que usaban las españolas de finales del siglo XIX y principios del XX, los anuncios en prensa y revistas que ayudaban a comercializarlos y cierta complicidad médica y farmacéutica en su uso, si bien directamente los doctores de la época se lavaban las manos y eludían cualquier responsabilidad tildando estos usos, de forma misógina, como puramente “estéticos” y, por lo tanto, no preocupantes en absoluto.

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«Un regalo que es nuevo, único, muy actual. Una hermosa adición a ‘Milady’s Toilet Table’, y uno que resuelve un vergonzoso problema personal». | En 1915, Gilette lanzó la primera afeitadora femenina. | Imagen vía bustle.com

Que Depilación (definitiva) arranque en el siglo XIX no quiere decir que antes de esa fecha las mujeres no se depilaran: “existen recetas depilatorias escritas que datan del siglo XV en Europa, pero si por depilación estética entendemos aquella por la que las mujeres se ven en la obligación social de no mostrar su vello corporal, se podría calcular que aproximadamente desde la Edad Media se viene construyendo este ideal de feminidad asociado a las teorías biologicistas que intentaban demostrar la superioridad biológica del hombre frente a la mujer y que más tarde establecerían finalmente el sistema binario de género que tenemos en nuestra sociedad occidental actual”, explica la autora.

A continuación describimos los métodos que analiza (y, asimismo, sus nocivas consecuencias).

Depilatorios (cremas y polvos)

Así es como las españolas de finales del siglo XIX denominaban a “las cremas o polvos elaborados con compuestos químicos que hacían caer el vello corporal, habitualmente quemándolo tal y como sucede con las cremas depilatorias de hoy día”. Una de las recetas más antiguas (su origen data del siglo XVI, al menos así está documentado) estuvo compuesta por lima y arsénico.

“Este último compuesto, a pesar de conocerse sus propiedades altamente tóxicas, siguió siendo uno de los ingredientes estrella en los depilatorios que se utilizaron también en España hasta bien entrado el siglo XX”, escribe María Barba. Según le consta, “los ingredientes de estos depilatorios no eran de dominio público, ni existía ningún control sanitario sobre ellos”; de hecho, “la mayor parte de estos depilatorios no eran más que fórmulas creadas por los mismos boticarios de la época”.

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Anuncio en Crónica (Madrid, 1929). | Imagen vía ‘Depilación’ | Editorial Melusina.

Alguno de los ingredientes habituales eran sustancias como la cal viva, el sulfhidrato de sosa o el acetato de talio. La cal viva, en contacto con el agua, reacciona “de manera exotérmica, generando hidróxido de calcio y calor”, concretamente “temperaturas por encima de los 100ºC” . Por su parte, el sulfhidrato de sosa “es irritante a la piel, ojos y mucosas”; se hidroliza “con la humedad del aire, desprendiendo ácido sulfhídrico, gas muy tóxico e inflamable”. Por último, el talio “aparecía en algunos productos, tipo matarratas (aunque ya está prohibida su venta)”. “En contacto con la piel, puede acarrear pérdida temporal del cabello (el objetivo del depilatorio), vomito y diarrea”, continúa.

El primer anuncio digitalizado de un depilatorio que guarda la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España data de 1821, ubicado concretamente en la sección de anuncios del Nuevo Diario de Madrid. A partir de entonces estos anuncios comenzaron a proliferar “tanto en los diarios de avisos, como en revistas farmacéuticas y revistas dirigidas al público femenino”. A partir de los años 40, marcas extranjeras como Taky y Veet monopolizarían el mercado y las recetas caseras de mujeres y boticarios acabarían para alegría de las grandes empresas.

Depilatorio por fricción

Comercializado en los años 40, el depilatorio por fricción Ésma “consistía en exfoliar la zona a tratar con unos guantes redondos fabricados con una lámina de carbón. Al ejercer fricción de la lámina sobre el vello, éste se recortaba, y si se presionaba lo suficiente podía llegarse a la raíz para así retardar el crecimiento del vello (o desollarte viva, según se mire)”.

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Anuncio de Depilatorio de fricción | Imagen vía ‘Depilación’ | Editorial Melusina.

“Esta técnica sigue vendiéndose como algo novedoso e indoloro cuando lleva casi un siglo inventada”, revela Barba. Volvió al mercado recientemente y se suele encontrar, según indica, “en mercados neohippies o páginas web de productos ecológicos, donde se anuncia como una técnica de depilación ‘novedosa’, ‘revolucionaria’, ‘natural’ y, como no podía ser de otra forma, ‘completamente indolora’”. Tan solo hay que googlear “depilación por fricción” para que aparezcan “guantes corporales y faciales” perfectamente disponibles.

Electrólisis

Se empezó a usar a finales del siglo XIX y declara Barba, convencida, que se trata de “uno de los tratamientos más tediosos inventados jamás en la eliminación de vello corporal”. “La técnica consistía en ir destruyendo con una descarga eléctrica a través de una aguja cada bulbo capilar, de manera que el vello no volviera a crecer (…) el técnico tenía que ir pelo por pelo y en muchas ocasiones un fallo en el uso de la aguja resultaba en un retorno del crecimiento capilar al poco tiempo”.

Para más inri, la electrólisis gozó de cierta aura de prestigio por estar ligada a la ciencia y la medicina, pese a que “la amplia mayoría de los médicos” estaba en contra de su “uso estético”. Sin embargo, “si bien estos pocos médicos españoles atendían las demandas femeninas sobre el control de sus propios cuerpos, sus artículos rebosan de comentarios misóginos, condescendencia médica y poca rigurosidad científica. Ninguno de ellos ofrecía ninguna reflexión sobre la tremenda obsesión de la mujer por encajar en su rol ideal de género, sino que ayudaban a seguir perpetuando el hábito de la depilación muy a expensas de la salud de las propias mujeres”. Como decía el Dr. E. Vilches: “el imperio de la natural coquetería de la mujer se impone avasallador ante la necesidad de remediar el mal [esto es, el pelo]”.

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Ilustración de Cristina Calvache en ‘Depilación (definitiva)’.

Tal y como advierte la autora, “mientras se alimentaba el mito de que la mujer ideal no tiene vello corporal como una verdad biológica, se hacía la vista gorda a un problema de salud pública que era totalmente alarmante: las mujeres seguirían autoinflingiéndose daños permanentes a través de cualquier técnica depilatoria, y lo harían con o sin ayuda de los médicos”. Y así llegamos a la técnica depilatoria más letal de todas.

Rayos X

La primera víctima mortal se la cobraron los rayos X —descubiertos por Wilhelm Conrad Röntgen a finales de 1895— en 1904. Fue el estadounidense Clarence Madison Dally, quien trabajaba en el laboratorio de Thomas Edison en Nueva Jersey. En 1900 perdió las cejas y las pestañas, así como todo el pelo en la parte frontal del cuero cabelludo, manos y dedos. Tras amputarse ambos brazos para intentar frenar un cáncer que se extendía sin parar, finalmente falleció cuatro años después. Tras él las muertes de investigadores de rayos X se siguieron sucediendo, confirmando los efectos nocivos de la radiación.

No obstante, uno de los primeros artículos sobre “el poder depilatorio” de los rayos X fue publicado ya en abril de 1896 en EEUU y también en España.  En 1898 “dos diarios españoles» -la Revista Balear de Ciencias Médicas y la Revista Ibero-americana de Ciencias Médicas– publicaban dos casos de “señoritas inglesas” a las que se aplicó un tratamiento de rayos X con el objetivo de «eliminar su vello facial», obteniendo a cambio una “dermatitis semejante al herpes gangrenoso”. Además, hubo casos de tumoraciones, carcinomas, amputaciones, por no hablar de los fallecimientos mencionados anteriormente. A pesar de eso, los rayos X fueron una práctica recurrente en la eliminación del vello corporal en la España de principios del siglo XX

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Anuncio de Depilatorio ‘Rapidor’ en Nuevo Mundo-(Madrid, 1932). | Imagen vía ‘Depilación’ | Editorial Melusina.

El Dr. Navarro Cánovas, quien fuera presidente de la Sociedad de Radiología y Electrología Médicas entre los años 1931 y 1933, “mencionaba en uno de sus artículos médicos los siguientes problemas resultado de ‘malas prácticas’: radiodermitis, telangiectasia, atrofia de la piel, infarto de los ganglios submaxilares, estomatitis simple o ulcerosa en la mucosa labial, necrosis en el tejido gingival, sequedad de la boca…”. No obstante, se mostraba convencido de que todos estas consecuencias eran “de carácter transitorio” y si se procedía adecuadamente podría “conseguirse que solamente se iniciasen algunos de ellas y no se presenten otras”.

Depiló, según declaró en un artículo posterior, a más de treinta personas con rayos X de forma “satisfactoria”. Sin embargo, lo que desconocía el doctor era que “el intervalo medio entre una exposición continua a los rayos X y un diagnóstico de cáncer de piel es de unos 21 años, lo que en la práctica significaría que hasta los años 40 no aparecerían los dramáticos efectos a largo plazo de esta terapia”. Resultado: miles de casos de cáncer y enfermedades de la piel derivados de la depilación.

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Imagen vía Billie.

Siglo XXI. Unas preguntas a María Barba

¿Cuál es la vigencia de estas técnicas hoy día?

La depilación por fricción sigue vendiéndose como algo novedoso e indoloro cuando lleva casi un siglo inventada. Las cremas depilatorias que se venden hoy día no son más que un desarrollo científico más «seguro» de las recetas que se manufacturaban antiguamente con químicos mucho más dañinos. La depilación láser es un desarrollo lógico de los rayos X. Y la electrólisis sigue utilizándose en muchos países porque es el tratamiento más efectivo para el vello corporal más fuerte, como sucede en tratamientos depilatorios para transicionar de género.

Las mujeres estamos revisando y superando situaciones y complejos gracias a esta nueva ola feminista. Estamos abrazando, poco a poco, nuestros cuerpos no canónicos o heteronormativos, pero da la impresión de que estamos algo «atascadas» en el debate de la belleza, que tanto daño nos ha hecho históricamente. Todo ha de ser bello: lo ‘curvy’, las estrías… más aún bajo el foco de las redes sociales. ¿Deberíamos intentar escapar de estas cuestiones tan ligadas a la estética y al físico?

Esto que voy a mencionar no es probablemente una opinión muy popular en general, pero creo que estamos atascadas precisamente por culpa del movimiento body positive. No pongo en duda que ha hecho muchísimo bien, en el sentido de hacer visibles corporalidades no normativas, pero a su vez creo que deja recaer la responsabilidad de la propia autoestima solamente en el individuo. Cuando eso ocurre, se ignora el resto de dinámicas que nos afectan en nuestro día a día: la ciudad en la que vivimos, nuestro barrio, nuestra familia, nuestra educación, nuestros amigos, nuestro gobierno, nuestro lenguaje.

Estoy cansada del movimiento body positive que solo te dice “antes de que te quieran tienes que quererte a ti misma”: RuPaul me perdone por esta blasfemia, pero no puedo quererme a mí misma cuando el resto del mundo no está esforzándose lo más mínimo en aceptar y amar mi diferencia. Nadie debería de sentirse culpable por querer encajar y sentirse querido. En este sentido, ir por la calle con mis pelos a veces es activismo voluntario y otras veces las miradas pueden convertirse en una agresión que no me apetece ni tengo por qué contestar. Y entonces puede que me apetezca depilarme, y ceder a esa presión estética, y no pasa nada, porque no es nuestra responsabilidad llevar esa carga.

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Adelantada a su tiempo. Julia Roberts en la premiere de ‘Notting Hill’ en 1999. | Foto vía web.de

Sí que hay ahora cierta tendencia o moda, que yo la relaciono con el feminismo, de dejar crecer y mostrar en redes el pelo de las axilas. ¿Es este un primer paso?

El vello corporal en las mujeres a través de las redes sociales lleva siendo una tendencia aproximadamente desde finales de los 2000. Cuando comencé a investigar sobre este tema pensaba que hacer más visible este vello corporal en las redes sociales era un activismo realmente potente y además con un poder de difusión brutal. Hoy día no soy tan positiva al respecto, porque cuando me encuentro con publicaciones de este tipo que se vuelven virales sigo viendo los mismos comentarios de odio hacia estas mujeres por mostrarse como son y ya estamos en el 2019, tenemos que avanzar a otra cosa. Es posible que como herramienta comunicativa en un inicio las redes hayan sido útiles, pero hasta que no se convierta en algo normal en tu ambiente de trabajo, cuando vayas a un restaurante o cuando veas a alguien hablar por la televisión las mujeres velludas seguirán siendo la excepción a la norma.

Quizás la depilación sea el obstáculo estético más difícil de superar. Estamos aprendiendo a vivir sin maquillaje, sin sujetadores… pero seguimos pensando que las que van sin depilar son unas valientes. ¿Por qué crees que ocurre?

El debate sobre por qué vemos el vello corporal en sí como algo desagradable puede que sea algo mucho más profundo, que tenga que ver con lo abyecto, los fluidos que nuestro propio cuerpo genera y de los cuales intentamos tener un control. Sin duda creo que el hecho de que las mujeres rechacen su vello corporal tiene mucho que ver con nuestra propia construcción de lo que es bello y femenino, y tiene una estrecha relación con nuestra propia sexualidad. Es bastante típico que tus amigas te comenten que se van a depilar solamente porque tienen una cita, porque tienen la perspectiva de estar desnudas delante de otra persona. Cuando llevas haciendo eso durante toda tu vida forma parte no solamente de un concepto estético de lo que es bello y lo que no, sino también de un ritual cultural que te hace sentir segura frente a un evento importante como puede ser una cita con una persona que te gusta. Y si te hace sentir bien, eso no tiene por qué tener nada de malo.

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Imagen del anuncio más reciente de Billie. | Foto: Billie.

Aunque de ninguna manera es comparable, desde hace unos años también hay hombres que se depilan. La técnica parece avanzar -cada vez es menos doloroso (supuestamente)-, ¿pero y nuestro raciocinio y sentido crítico? Y parece que va a más: ¿el futuro nos quiere sin pelo?

No es comparable porque los motivos por los que los hombres se depilan son totalmente diferentes a los de la mujer. Los hombres han comenzado a depilarse como un desarrolló lógico del sistema capitalista al que lo único que le interesa es seguir depilando y vendiendo cuchillas, sin importarle lo que tengas entre las piernas. Yo me imagino un futuro en el que en el momento en el que el bebé sale de la barriga de la madre es introducido en una máquina que hace que sus folículos pilosos de cuello para abajo nunca se desarrollen (risas). No creo que al capitalismo le interese desarrollar una técnica que sea verdaderamente definitiva, indolora y totalmente segura. Sería como la bombilla que nunca se funde, una contradicción en un sistema que lo que en realidad quiere es que te suscribas a su pack de cuchillas como quien se apunta a Netflix (Billie, por ejemplo, funciona con este sistema de suscripción).

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