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María Cabrera: "En nuestra sociedad están los que luchan y los que miran"

Foto: Laura Guisado

La memoria es un proceso de montaje, recordar es narrar con imágenes de archivo. Lo mismo que se construye la noticia, así se construye el discurso de una vida. Sin embargo, ¿cómo testimoniar la historia de las 925 personas – ni un millar ni 900, contémoslos a todos-, que perdieron su trabajo en Telemadrid hace apenas cinco años por el endeudamiento y la mala gestión de otros? Ellos la llamaban ‘La Casa’, trabajaban informando y acabaron convertidos en material informativo. Y mucho más, en un símbolo del obrero que se resiste a ser escupido de la misma empresa que ayudó a levantar.

 

La escritora y realizadora María Cabrera vivió el proceso de desmantelamiento de la televisión pública, conoció las historias de quienes se fueron y quienes se quedaron y también lo sintieron, y escribió ‘Televisión’ (ed. Caballo de Troya) para que no cayera en el olvido. Más aún, creó una novela que habla de afectos, de relaciones humanas, que reflexiona sobre lenguaje y la mirada hacia un mundo, dice, que nos resulta extraño y tratamos de comprender. La suya es una mirada serena y cinematográfica, la cámara salta de un personaje a otro, enfoca diferentes mundos, hace ‘zoom’ en la vida íntima de una tele y sus personajes, e invita al lector a ser espectador privilegiado, no un mero ‘mirón pasivo’, sino alguien que recordando, edita y descubres nuevas capas de una historia que, a tenor de los tiempos que vivimos, es la de todos.


Junto a María Cabrera, rebobinamos cintas, memorias, luchas y paseamos por los pasillos de una televisión fantasma. Así es ‘Televisión’.

 

María Cabrera:

‘Televisión’, editorial Caballo de Troya.

Tú viviste el ERE de Telemadrid en primera persona. ¿Tan mal lo pasa el que se va como el que se queda?

‘Televisión’ surge de preguntarme dónde está cada uno en el momento crucial, en el que el personaje de Henar es precisamente alguien que se queda atrapado en medio del conflicto sin tener claro qué piensa ni qué siente, con más dudas que certezas; un personaje común que —Henar mantiene su puesto, a mí se me acabó el contrato doce días antes del ERE; a los muchos meses volví, de modo intermitente— humaniza una historia más allá de buenos y malos. Me afectó más en lo personal que en lo laboral, al menos yo lo sentí así; aunque era evidente que a la larga perdíamos todos, que aquel era el último bastión de los derechos laborales de los trabajadores en nuestro país por el que había que luchar, lo cierto es que yo estaba de paso, con un contrato de tres años y a la calle, y mi vinculación con el conflicto no fue plena: no iba a perder mi puesto de trabajo porque nunca lo tuve. Lo viví desde ese lugar y fue difícil para mí estar allí, y lo fue volver después. Como sé que lo fue para los que se fueron y no han podido volver, y para los que se fueron y ahora están volviendo. Me sentía parte de todo aquello: había sido mi primera incursión profesional en un medio —¡en qué medio! — y en el tiempo que pasé allí había sentido gran apego por muchos de mis compañeros, los admiraba y estaba a gusto trabajando con ellos. Y de pronto comenzó la pesadilla. Al mismo tiempo que me escandalizada por lo grave e injusto de la situación y los apoyaba o quería apoyarlos —no sé en qué momento esto dejó de ser lo mismo—, comencé a distanciarme. Sencillamente porque podía hacerlo; ellos no podían.

 

El personaje de Henar es una documentalista que trabaja en el turno de noche de una televisión arruinada, casi un fantasma dedicado a revisionar viejas cintas. Si el recuerdo, como dices en el libro, está transformado por el pensamiento. ¿Es el pasado un ejercicio de montaje?

La construcción del pasado sí, y la novela está escrita de manera que sea evidente, a partir de los recuerdos, pero también de las grabaciones, que podría parecer un material más fiable pero no deja de ser una construcción del pasado desde otro presente. Y a partir de un narrador poco fiable, que duda, se expresa en palabras de otros, cambia de punto de vista, no sabemos desde dónde está narrando… ‘Televisión’ quiere reconstruir la historia de una televisión (su propia historia) a partir de las memorias de los personajes que trabajaron en ella y la habitaron (la llamaban la Casa, y ellos eran una gran familia). A este respecto, la novela plantea una reflexión cuando se trata de los recuerdos que los personajes tienen de lo que fue la mejor época de la tele, la de su juventud, cuando empezaron a trabajar allí, a hacerse amigos, a formarse parejas… Lo que no deja de ser curioso si se compara, como se hace, con el presente en esa otra televisión arruinada en la que otros pocos (muchísimos menos) son, a pesar de las pésimas condiciones laborales, jóvenes y felices, y ante esta incertidumbre laboral en la que los despidos están a flor de piel ellos llevan ahí cuatro años, se han casado y han tenido hijos. Y una se queda pensando en lo subjetivo y cambiante que es todo, lo que vemos, lo que creemos ver, lo que recordamos y lo que olvidamos.

 

Henar también es “la persona que se oculta”. ¿En qué medida es un personaje marcado por la culpa? ¿Y por la sensación de ‘no escapatoria’?

Se habla de la culpa, pero creo que tiene más que ver con la vergüenza. Cuando Henar se encuentra por la calle con un compañero al que han echado y tiene que reconocer que ella sigue trabajando dentro, al mirarlo a los ojos siente vergüenza. Muchos supervivientes la sienten por haber sobrevivido. Henar tiene que vivir con ello, y lo hace. En ese edificio vacío, monstruoso y gris lleno de fantasmas que es la televisión de noche, ahí están sus propios recuerdos, los viajes, los amores, el trabajo distorsionado y las cintas de vídeo que visiona una y otra vez en las que siempre encuentra algo nuevo a lo que aferrarse.

 

Escribes: “El trabajo condiciona la manera en que vivimos”. ¿Cuánto te ha condicionado a ti?

Es uno de los pilares de la mayoría de las personas, junto con la familia y las experiencias vitales. Hablo del trabajo como la actividad que desarrollamos a lo largo de un tercio de nuestra vida adulta, pero es que, además, el resto de nuestro tiempo libre lo determinan cuestiones salariales y otras derivadas que hacen que, por ejemplo, nos llevemos el trabajo a casa. Y a veces, incluso, este es vocacional y va más allá, o hay un padre de familia que considera que es su deber mantener a su mujer y sus hijos, o la sociedad dicta que hay que trabajar así o así para estar dentro. Creo que es bastante habitual construirse la propia identidad en torno al trabajo; yo me revuelvo contra la idea de que defina quién soy, quiero pensar que si no hubiera trabajado diez años en la tele sería la misma persona en esencia, pero lo cierto es que quien pierde su trabajo siente que se pierde un poco a sí mismo. Y lo preocupante es que esto ocurra al tiempo que las condiciones laborales merman y el trabajo se deshumaniza como lo está haciendo. Porque hace que vivamos peor.

 

 ¿Influye en tu obra esa otra faceta como realizadora de televisión? Te lo pregunto, porque algunas de las escenas de ‘Televisión’ parecen una narración filmada, hay algo muy audiovisual en ellas.

Supongo que sí, al final lo que haces define una parte de ti, y eso queda reflejado en la propia obra. No solo a la hora de describir esos oficios que se encuentran dentro de esa fábrica de trabajadores que es una televisión, sino que también a la hora de narrar aparece ese lenguaje a veces más audiovisual que escrito. Y más que cinematográfico, televisivo. Buena parte de esta historia la hemos visto a través de imágenes, especialmente esas de las manifestaciones y huelgas han salido en los medios, son parte del imaginario común de aquellos que siguieron un poco la historia. Fue muy visual. Yo misma incluso, a pesar de haberla vivido, después la he visto muchas veces grabada y, al cabo de cinco años, una no sabe muy bien qué momentos vivió y qué imágenes fueron construidas por otros y simplemente las recibió, pero se le han quedado grabadas igual que ciertos recuerdos. Se quedan unas y no otras. Ese es el montaje de la memoria.

 

En el libro hay tres narradores que dan tres puntos de vista diferentes sobre el desarrollo del ERE, pero me llama la atención ese “Nosotros”, que recoge el sentir y las historias de quienes fueron despedidos. Pusiste caras a un drama cuando a menudo los periodistas convertimos las historias personales en cifras de muertos y heridos. ¿Crees que la literatura es mejor medio para preservar el pasado que la imagen?

Son lenguajes complementarios. La lectura, en este caso, hace universal la historia, el argumento de un grupo de trabajadores que lucha para evitar ser despedidos. Cualquiera es capaz de reconocerse a sí mismo o a algún ser cercano que ha sufrido una situación similar.
Yo me apoyé mucho en las imágenes para construir algunas partes de lo que es la historia propiamente dicha. Necesitaba saber que esos archivos existían, aunque después no los mirase tanto ni necesitase describir como lo hace una foto, pero sí que miraba dentro de esas imágenes, me metía dentro de ellas. El libro resultante es algo distinto, no es solo esa historia, que ya la contaron ellos mismos a través de entrevistas, vídeos, acciones que emprendieron y retransmitieron periodística y humanamente, colocándose delante y detrás de las cámaras a un tiempo. El libro habla de las relaciones humanas, habla de la pérdida del trabajo y de cómo afrontamos cada uno un hecho así, habla de la cotidianidad, del lenguaje, de la lucha, de la mirada hacia un mundo que resulta extraño y tratamos de comprender como podemos. Por supuesto que una película o una obra de teatro pueden abordar desde la imagen una reflexión así más allá de contar una historia. Ojalá alguien se anime a hacer la peli, ¡me encantaría ver este libro en pantalla!

 

¿Hay alguna imagen de esos días de huelgas y luchas sociales que se te quedase grabada en la memoria más que ninguna otra?

Muchísimas. Fue una historia inmensa, que marcó a quienes la vivieron, miles de personas entre trabajadores, familiares, gente que se involucró en la lucha, en el contexto que se había generado un año antes con el 15-M y la población en las calles. Era una explosión de fuerza. Verlos a todos juntos levantarse, organizarse, comenzar a luchar, ser cada vez más, conocer a toda esa gente o sentir que los conocía me generó un gran orgullo y la esperanza de que se podían cambiar las cosas y hacer frente a las injusticias. Para mí fue una enseñanza. Y una sensación muy intensa y contradictoria, como de estar feliz y triste al mismo tiempo.

María Cabrera:

Trabajadores protestando por los despidos. Imagen: Salvemos Telemadrid.

 

Una frase del libro me atraviesa especialmente y la dice Henar: “Preferimos vivir con ciertos problemas a carecer de ellos”. Me recuerda mucho a lo que escribió Jelinek en ‘Las Amantes’: “Merecemos lo que somos capaces de soportar”. ¿Estás de acuerdo?

Creo que tiene que ver con el deseo de sentirnos vivos. Experimentar el abismo de lo real, la desesperación, el placer y el sufrimiento, todo eso forma parte de nuestra intimidad más cotidiana y más oculta también. En ese punto sí podrían compartir esa lectura. Leí Las amantes hace años, Jelinek es muy perturbadora y lúcida, lleva las fantasías, las relaciones y los deseos hacia lo más terrorífico y autodestructivo, traspasa el límite y eso le da una fuerza brutal. En ‘Televisión’, que transcurre de noche y en ambientes un tanto desoladores, la voz narradora aún tiene momentos luminosos, va y viene.

 

Si algo detesto de la vida de oficina es el corporativismo de los compañeros y tú lo describes muy bien en ‘Televisión’: gente que perdió sus puestos o los mantuvo en pésimas condiciones, pero seguía justificando a la empresa. ¿Cómo lo explicas? ¿Es síndrome de Estocolmo, miedo…?

Desde la reforma laboral, la inseguridad en el trabajo es mayor, y hay miedo a perder el empleo. Por eso la gente no se queja del salario o de las condiciones, porque al menos tiene trabajo. Y ese es el discurso que se pronuncia y que acalla todo. Desde la empresa se fomenta la competitividad mal entendida, que premia el comportamiento servicial, y revierte en poco compañerismo y en un aumento de poder del empresario con respecto a sus empleados. Pero también el deseo del empleado de ascender rápidamente sin importar cómo. Esta novela se sitúa en un contexto histórico próximo, hace apenas cinco años, pero me parece que la situación que retrata queda muy lejana. Hoy en día no tenemos tanta fuerza para defendernos, eso es lo que nos han quitado. Y por eso me parece que tiene una importancia mayor recordarla.

 

Cuando aprendes cómo se construyen las noticias entras en una crisis de realidad, te das cuenta de que la verdad es algo que no interesa. ¿Cómo seguir trabajando con dignidad en época de la posverdad?

Cuando trabajas en un medio como una televisión, aunque no sea como periodista —no lo soy—, te planteas qué realidad estamos construyendo desde ahí, te invade la responsabilidad, te das cuenta del inmenso poder de persuasión que tiene, de quién lo está utilizando y cómo. El libro reflexiona sobre eso, sobre la manera de presentar esa realidad cada día, en cada programa, cada minuto y cada segundo de información tratada con una intención determinada y muy clara. Detrás de cada decisión tomada se esconden intereses políticos y económicos que se nos escapan. Supongo que cada uno valora cómo seguir. También se hace un trabajo muy digno por parte de muchos periodistas, fundamental para denunciar, analizar, contar y cuestionar aquello que nos afecta o que debería afectarnos. El manejo de la información es una herramienta muy poderosa y tiene que estar de nuestro lado. Tirar la toalla o descreer de todo el periodismo que se hace es un error.

 

“Uno no entra a trabajar sino a defender su puesto”, dices. Quizás nuestro gran problema es que defendemos nuestra puesto ‘contra’ los demás y no ‘con’ los demás. ¿Falta en nuestro país el sentimiento de comunidad que se generó en la época de la crisis y entre los compañeros víctimas del ERE en Telemadrid?

Partiendo de la base de que los trabajadores deberían poder llegar a su lugar de trabajo y sencillamente entrar a trabajar y no a defender su puesto, también en esta novela y en esta historia el sentimiento de comunidad se creó cuando fue necesario. Es una novela más bélica que política, en un sentido metafórico. En nuestra sociedad las guerras se producen por el trabajo, el poder, la pobreza. Y están los que luchan y los que miran. En nuestro mundo desarrollado, las guerras suelen suceder por televisión y la mayor parte del tiempo somos espectadores de las mismas. Y si la lucha se produce a nuestro lado, nos comportamos igual. Cuesta mucho esfuerzo comprometer y concienciar a la gente. El individualismo lleva tiempo instalado entre nosotros. En cuanto a la lucha, las generaciones más jóvenes están viviendo un tiempo en el que nada dura lo suficiente como para tener que luchar por ello, porque enseguida es sustituido por otra cosa. Y se han acostumbrado a que sea así porque hay estímulos y soportes para ello. De momento nos venden eso y eso compramos.

 

“La noticia tiene que pasar por uno para ser real”. Explícame eso.

Hasta que no te toca a ti, no te afecta, no deja de ser una noticia más que contemplamos desde el sofá (como las guerras que suceden en otros lugares). El personaje principal, sin embargo, siente, al trabajar en una televisión, que está en el lugar donde pasan todas las cosas, y llega un momento en el que no quiere estar más en ese centro, quiere dejar de mirar las imágenes de los atentados y de escuchar debates sobre violaciones a niñas, desaparecidos, enfermedades y muerte. Porque al final le afecta, le produce aprensión, paranoia. Otro personaje dice que están acostumbrados a dar todo tipo de noticias, hasta que ellos mismos se convierten en una, y la cosa cambia.

¿Cómo reaccionaron tus compañeros protagonistas, ese ‘Nosotros’ que es voz comunal salpicada de pequeñas historias, cuando publicaste el libro?

No tengo una visión general de cómo ha sido recibido el libro dentro de la tele. Sí que me han llegado impresiones particulares, todas buenas. Me alegra especialmente que a las personas que se vieron afectadas por aquel ERE les guste el libro, porque no es complaciente y mete el dedo en la llaga, pero trata de ser justo. Y ahí queda, guardando la memoria.

 

Háblame de futuros proyectos. (Sí, es una pregunta manida de periodista, pero al menos he evitado la de “¿por qué empezaste a escribir?”… Alguien debería contestar: “Porque me dio la gana”).

He empezado una segunda novela que continuará algunas líneas que ya introduje en esta; la ambivalencia realidad-ficción, el lenguaje audiovisual, la memoria… Me gustaría explayarme más, hacer más investigación, y que no tenga nada que ver con la televisión.

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