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María Vera: "Los poetas somos los 'rockstars' del siglo XXI"

Foto: Jorge Raya Pons | The Objective

María Vera ha tenido la vida del nómada. La joven poetisa nació en Madrid y vivió allí sus primeros tres días, hasta que sus padres se mudaron a Granada. De la ciudad de Federico García Lorca conserva los recuerdos de una infancia más o menos feliz que se interrumpió con el traslado a Cuenca –de allí es el marido de su madre– en los primeros años de adolescencia. “En Cuenca llegué a un instituto donde imperaba la ley de la jungla”, arranca. “Yo venía de un colegio de monjas y me veía modosita, muy poco espabilada. En Cuenca me junté con gente turbia en una época en que estaba confusa. Tenía problemas con mi identidad. Lo pasé mal. No sabía si tenía que ser malota, si seguir siendo una mojigata. En los chicos no sé cómo es el inicio a la sexualidad, pero en las chicas es bastante tormentoso. Por todo me insultaban. Si era timidita, por timidita. Si tenía relación con los chicos —te hablo de amistades—, por tenerlas. Me daban por todos lados, hiciera lo que hiciera. Me hacían bullying y yo sufría en silencio”.

María Vera tiene 28 años y dos poemarios, Vida después de la huida y Escala en Nunca Jamás, ambos con la editorial Valparaíso. No lo imaginó posible en los peores tiempos. En 2º de la ESO –con 14 años– le quedó Matemáticas para septiembre. El año siguiente no fue solamente Matemáticas, suspendió siete más; fue una caída libre. A esa edad conoció a su primer amor, un poco mayor y del grupo de malotes. “¿Has visto A tres metros sobre el cielo?”, bromea. “Cuando vi la película pensé que era la historia de mi adolescencia y de mi primer novio. Sus amigos eran los típicos malotes que iban con la moto y se zurraban a la salida de la discoteca. Tenía el perfil de chico atormentado y agresivo al cual le perdonaba todo porque creía que estaba justificado por sus traumas. Con el tiempo entendí que me maltrató psicológicamente”.

María Vera:

Portada de ‘Escala en Nunca Jamás’, de María Vera. | Fuente: Valparaíso Ediciones

Le hicieron bullying hasta el punto de que no solo tuvo que cambiar de instituto, sino de ciudad. Se mudó a la casa de sus abuelos en Madrid —el tercer viaje— y allí recibió una noticia. “Al par de meses de estar viviendo aquí me enteré de que [su exnovio] tuvo un accidente en una carrera ilegal de motos. Los chicos que iban en la otra moto murieron. Eran mis amigos. Él quedo en coma un par de días. Pensé que menos mal que me fui; a lo mejor hubiera sido yo quien iba detrás”.

La vida de María Vera ha transcurrido entre las adversidades y la poesía, se recuerda toda la vida escribiendo. “Cuando era pequeña decía que escribía canciones sin música”, cuenta. El descubrimiento era tan reciente que todavía carecía de nombre; dice que aquellas cosas se parecían más a una canción de El canto del loco que a un poema de Gloria Fuertes. A ella la poesía, con nombre, le llegó algunos años más tarde con el auge de los recitales en YouTube y Fotolog. “La primera poesía que escuché recitada fue Corazones, de Escandar, y flipé. De ahí seguí con Irene X, Mónica Gae, Sara Búho…”.

A estos poetas se les suele llamar poetuiteros, o poetas instagrammers, o poetas teenagers, y para María Vera fueron un puente a la poesía. Un puente que ella también ha construido para otras generaciones y que ahora va abandonando tímidamente; no quiere traicionar su punto de origen, pero su ambición es otra. Ahora lee a Szymborska o Dickinson, admira a Angélica Liddell y Elisa Victoria. “Yo lo vivo como una evolución natural”, resume. “No lo fuerzo en ningún momento. Aunque me autocensuro a veces. Me sale mucho el ramalazo adolescente”. Así que hay cierta voluntad de divorcio, con matices. Dice que la principal diferencia entre el primer poemario, compuesto de poemas que ya tenía escritos, y el segundo, con vocación original de libro, es que ha leído más, que escribe con más pausa, que es menos visceral. Y que en el primero lo fundamental era la forma; ahora comprende la necesidad de imprimirle un fondo.

“Las temáticas van cambiando”, continúa. “Antes, mis grandes preocupaciones eran que un chico no me quería y yo no iba a poder vivir sin él, que no iba a querer a otra persona nunca más, etcétera. Escala en Nunca Jamás es mucho más introspectivo. Aquí hablo de mi relación con la infancia y de perdonarme cosas de mi pasado, de quererme a mí misma como mujer y como adulta. El feminismo ha sido un huracán en mi vida y al principio no estaba. El machismo impregnaba todo en mi vida”.

María Vera busca otra poesía y persigue llegar al público igual que lo ha hecho hasta ahora, a través de Instagram [donde, por cierto, tiene un 82% de seguidoras y un 18% de seguidores]. De hecho, si a ella le publican sus libros es porque Valparaíso fue a buscarla ante el éxito de sus versos en Internet. “Los libros son la consecuencia de que yo tuviera lectores en redes sociales”, concreta. “Mi Instagram me lo hice sin tener ni idea de lo que iba a ocurrir después, sin saber si me iba a seguir mucha gente, me lo hice como una cuenta normal. Hasta que comencé a publicar. Eso me costó mucho. Me daba vergüenza. Pero cuando vi que a todo el mundo le parecía normal y de que a algunos les molaba, seguí haciéndolo. Poco a poco fueron llegando los seguidores [sobre los 30.000 a estas alturas]… y ahora mido más lo que subo. He dejado de publicar cosas de mi ocio y vida privada para centrarme en la poesía. Todas mis publicaciones tienen un poema”.

En el mundo literario existe —cada vez con menor insistencia— un miedo a la exposición. Las redes sociales, la tendencia natural del tiempo, ha ido abriendo fracturas en esa vieja idea de la intimidad literaria, que solo encuentra poros en el libro publicado y en un puñado de entrevistas. “Hay muchos artistas que tienen un rechazo irracional a Instagram, un odio profundo a las redes sociales”, dice. “Creen que eso no es conectar de verdad con la gente. A mí me parece un instrumento como cualquier otro. De hecho, me parece un instrumento que facilita mucho la vida a los artistas”.

Eso no quita que dentro de la naturaleza de las redes sociales se encuentre, igualmente, su carácter masivo y de consumo rápido. María Vera lo sabe bien: Instagram no es distinto a las cápsulas de Nespresso; un aquí y ahora, o ya. “Efectivamente, los poemas que a mí me parecen más complejos, por una metáfora o por un mensaje más potente o por lo que sea, tienen menos likes”, asume, con cierta resignación. “Estoy evolucionando hacia algo y… a veces tengo lectores que se quedan en lo más superficial. Mi deseo es que todo el mundo evolucione a mi paso. Sé que es imposible, que una parte de mi público irá creciendo y que otra seguirá siendo adolescente. Sé que una frase muy fácil y muy simple que suene bonito siempre tendrá más likes y que las de amor y desamor lo petan”.

En diciembre viajó a México junto a su compañera Mónica Gae, de la mano de Valparaíso. Aquello le asombró; algunos amigos poetas le anticiparon lo que estaba por llegar. Los recitales se llenaron, las recepciones fueron multitudinarias, personas verdaderamente emocionadas por conocerla así, como es ella, sin alias y sin millas de distancia. “Es algo que a nivel emocional me cuesta gestionar y que en España ya me ha ocurrido”, reconoce. “Que alguien me diga que viene de muy lejos, que ha cogido un avión o un autobús de 12 horas para verme en el recital y que luego vuelve a darse la paliza para llegar a tiempo a trabajar. Me quedo congelada, no sé ni cómo reaccionar para compensar ese esfuerzo. No lo entiendo”.

https://www.instagram.com/p/Br-3NGdD9W0/

Le planteo que tal vez para esas personas sea una especie de amiga y ella responde que sí, que es posible. “Así es la unilateralidad de las redes sociales. Yo no los conozco de nada, pero ellos igual llevan siguiéndome dos años; conocen a mis amigos, han visto mi casa, saben cómo es mi habitación por dentro, cómo se llama mi perro. Y me gusta que me traten con esa cercanía. Supongo que es como los grupos de rock cuando hacen un concierto único en España, que la gente va de todas partes. Solo que no vemos la poesía como un fenómeno de masas. He visto amigos ir a México y ser una puta locura”. Después hace una pausa y bromea: “Los poetas somos los rockstars del siglo XXI”.

Lo que no hemos contado a estas alturas es que María Vera tiene dos textos breves en las aceras de Madrid. Uno es: “Escupo la flor, me trago la espina. En mi dolor mando yo”. El otro: “Ingenuidad la tuya por creer que la mía no es fingida”.

Tampoco hemos comentado que es psicóloga. “Recuerdo decir con 12 años que quería ser psicóloga”, concede. “Y más adelante supe que si no hacía Psicología no iba a hacer nada”. Se graduó en la Complutense de Madrid y desde entonces ha ido encadenando los empleos temporales como tal con su trabajo en un bar de noche llamado Reptilia. La poesía es su punto de fuga y afición; nunca pensó que fuera posible ganarse la vida con ello. “Escribo poesía porque me gusta y lo haría de todas formas, aunque no la publicaran”. Así que su aspiración a corto plazo es trabajar como psicóloga y dedicarle el tiempo restante a la poesía, que solo da dinero a unos pocos. “A veces me ven trabajando en el Reptilia y me dicen: ‘¿Tú eres @meer_versa? Pues qué haces trabajando, si eres poeta”. María ríe. “Ya sabes, me gusta juntarme con la plebe… y dejar mis millones de dólares a un lado”.

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