Marta Sanz: “Una de las cosas que más me preocupa últimamente es cómo nos roban el lenguaje”
Foto: | Cedida por la editorial

Cultura

Marta Sanz: “Una de las cosas que más me preocupa últimamente es cómo nos roban el lenguaje”

Marta Sanz vuelve a la novela con una obra en la que aborda desde la vulnerabilidad la memoria histórica y la violencia contra la mujer

por Carlos Madrid

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Sostiene Marta Sanz que pequeñas mujeres rojas (Anagrama) se originó porque siempre escribe “desde la incertidumbre, buscando el enfrentamiento entre mi propia sentimentalidad y las cosas que veo fuera”. Y, desde ese exterior, percibía con miedo el resurgimiento de una extrema derecha que empezaba a colonizar espacios, sobre todo, desde la ideología de género y la memoria histórica.

Así, para crear otro tipo de diálogos, otras sinergias, decidió abordar estas dos materias desde la vulnerabilidad con una novela que cierra su trilogía negra de Arturo Zarco (Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás). En ella, la llegada de Paula, la exmujer de Zarco, al pueblo de Azafrán con el fin de buscar y abrir las fosas comunes que existen en ese pueblo desde la Guerra Civil supondrá una lucha por desenmascarar los crímenes del pasado que quedaron acallados.

¿No habrá democracia hasta que no enterremos a nuestros muertos?

Yo creo que no habrá una democracia de calidad. Lo que no podemos tener es una consideración del pasado como lugar exótico, como ese espacio que se cierra detrás de una puerta metálica. Nuestro pasado pervive en quienes somos cada una de nosotras y retumba en el presente y se proyecta hacia el futuro.

Mientras no saldemos nuestras cuentas pendientes con este pasado traumático, deberíamos sentirnos bastante avergonzados. Esto no es un asunto de venganza, ni un despilfarro económico, sino como dicen en las asociaciones por la recuperación de la memoria histórica, es un asunto de justicia y reparación.

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Imagen vía Editorial Anagrama.

Este es uno de los ejes principales del libro. Es curioso cómo vas metiendo todas esas ideas en él, esas familias que viven en el pueblo y que tienen a muertos cercanos y que se niegan a remover la tierra por el miedo a remover el pasado.

Este es un asunto complejísimo que tiene que ver con el concepto que se instauró en España respecto a la conciliación en la época de la Transición. Creo que se trabajó con los conceptos de conciliación y equidistancia, que en realidad únicamente fueron un mecanismo del poder hegemónico para purgar sus culpas y que no pasara nada. Se metió a todo el mundo en el mismo saco con el pretexto de que era la única manera de sobrevivir y de sacar a un país adelante. Pero con el paso del tiempo se ha demostrado que esto es absolutamente falso y que esos óxidos franquistas nos siguen corroyendo. De hecho, creo que el renacimiento de la ultraderecha española tiene mucho que ver con esta lectura fallida de nuestra historia del s. XX.

Respecto al asunto literario y cómo se refleja en el libro tú lo has dicho muy bien. Es una metáfora que en realidad es una antítesis entre el silencio y la voz. En la novela es muy evidente que hay un coro, un orfeón de mujeres muertas y niños perdidos que desde la fosa hablan, se revuelven, hacen chistes, gritan, cantan… para que de alguna manera sus cuerpos, sus vidas, sean desenterrados y salgan a la luz frente a esas voces que se suman a la voz que reprocha a la narradora principal, tenemos el silencio y la ausencia. Lo tenemos a través de Zarco y también el silencio cómplice de toda una comunidad para la que es mucho más cómodo posicionarse alrededor del poder y no remover la tierra para no buscarse complicaciones.

En ese silencio y en esa voz, cobran fuerza palabras como complicidad, convivencia, valentía, riesgo y delator. No sólo en el eje de la memoria histórica, sino también en el otro tema importante de la novela: el maltrato hacia la mujer.

Como dices, en esa línea metafórica y antitética que va desde el silencio hasta la voz, nos podemos encontrar estas palabras. Pero sobre todo nos encontramos con una palabra clave que es delator. Yo quería expresar en el libro cómo, según cuáles sean las condiciones históricas, el mismo acto, que es el acto de denunciar a un vecino, se puede convertir en un ejercicio de delación o en un ejercicio cívico. Pienso en las personas que tienen la valentía de denunciar a un maltratador vecino. Dependiendo del contexto histórico en el que te muevas, el hecho de denunciar ciertas cosas te convierte en un delator o en un ciudadano ejemplar.

Lo que acabas de explicar en referencia al uso de la palabra delator lo haces con más palabras en el libro con el fin de que el lector se sienta incómodo y no pueda instalarse en una definición concreta.

Una de las cosas que más me preocupa últimamente es cómo nos roban el lenguaje. Por ejemplo pienso en la palabra libertad, que cuando la escucho en la boca de determinadas personas se me ponen los pelos de punta. Las palabras pueden significar cosas diferentes según quién las use. El poeta Juan Carlos Mestre llega a decir que una palabra no significa lo mismo si previamente la ha usado una persona. Es decir, que las palabras son permeables a los condicionantes, a las intenciones de las personas que las van usando. Los escritores y las escritoras jugamos con esa materia prima que va mutando, que hace buena la frase de Humpty-Dumpty de “no importa lo que las palabras signifiquen, lo importante es saber quién manda”.

En pequeñas mujeres rojas se habla mucho sobre cómo el poder a veces rellena los significados de las palabras con unas connotaciones que implican que los lectores tengamos que leer despacio, como dicen los niños perdidos y las mujeres muertas en el libro, para leer con sentido crítico y saber lo que hay por debajo de las cortezas de las palabras. Por eso yo creo que si este libro es político, además de serlo por hablar de fosas y del maltrato contra las mujeres, es sobre todo político porque está firmando un pacto de lectura diferente con su espacio de recepción. En la época de los bulos y las prisas, lo que yo propongo es que en la literatura se practique un tipo de lectura lenta que nos ayude a construir un sentido crítico. En este orden de cosas, la poesía es el gesto político en los tiempos que vivimos.

¿Si el significado de las palabras depende del emisor, no pierden toda su esencia?

Tampoco podemos ser tan escépticos y relativistas. Tenemos que ser conscientes de que el lenguaje es permeable y no es aséptico. Y que, si es así, los relatos tampoco lo son. Los relatos tienen por debajo un componente ideológico que nosotros tenemos que reconstruir y llevarlo al espacio de nuestra sentimentalidad para ver si ese texto es capaz de hacernos ver la realidad de otra manera. En ese juego, en esa interacción entre las escritoras y las lectoras, a partir del texto hay una conversación en que sabiendo que estás jugando con una materia incierta, que es el lenguaje, sin embargo escritor y lector están intentando alcanzar un horizonte de verdad como utopía. En ese sentido, mi visión de la literatura y de la lectura es optimista y de igual forma es trascendente, ya que trato a los lectores como sujetos de inteligencia que llevan a cabo un proceso de interpretación.

Marta Sanz: “Una de las cosas que más me preocupa últimamente es cómo nos roban el lenguaje”

“Una de las cosas que más me preocupa últimamente es cómo nos roban el lenguaje”. | Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Decías antes que en las fosas están las mujeres muertas y los niños perdidos que están cantando, gritando, etc. ¿Por qué presentarlos así y romper ese tabú?

Yo creo que hay un tabú a la hora de hablar de memoria histórica. También pienso que hay unos relatos de la memoria que son demasiado sentenciosos o demasiado solemnes o que caen en el sentimentalismo y que los receptores han dejado de oír porque están reutilizados. Yo decidí sacar el género de la memoria de ese espacio para llevarlo al territorio del humor corrosivo, goliardesco. Y en ese gesto humorístico creo que hay denuncia, pero también la necesidad de ser ser escuchado de otra manera.

¿A qué te refieres con ser escuchado de otra manera?

Esto tiene que ver con mi visión de la literatura. Los textos literarios reflejan la realidad, pero también la construyen. Por eso mismo pueden intervenir a medio o largo plazo. Creo que los textos que aporto pueden ser violentos por lo que cuentas, pero también por cómo están escritos. Yo decidí escribir de otra manera la memoria para que cuando este libro llegue a las manos de las lectoras, se sientan concernidas por cómo está escrito, por el estilo. Y a partir de esas preguntas sobre el estilo, vuelvan la vista hacia la realidad y puedan mirar críticamente lo que está sucediendo con esa violencia estructural sobre el cuerpo de las mujeres y sobre los derrotados en las guerras.

Como decías, es una novela negra, pero tiene mucho más recorrido en la forma.

El libro es la última parte de una trilogía. Yo creo que en el proceso de construir esta trilogía lo que se refleja es mi manera de entender la literatura. Y mi manera es reivindicando la literatura como un lugar de juego, de la subversión. Eso pasa por replantearte cuáles son los límites de los géneros y con jugar con la novela negra, con el cuento de hadas, darle unos toques de wéstern o trabajar con las claves del género del terror. En pequeñas mujeres rojas la protagonista llega a un pueblo que se llama Azafrán y que termina convertido en Azufrón, que es una entrada del infierno. Creo que hay un trabajo muy minucioso con todo lo que tiene que ver con la construcción del ambiente de la novela. Esa hipersensibilidad que convierte en extrañas las cosas familiares es una constante en el género del terror.

¿Nos cuentas por qué esta novela ahora si te damos un like?

(Risas) Esta novela ahora, y esto fue antes de la pandemia, es porque yo siempre escribo desde la incertidumbre, buscando el enfrentamiento entre mi propia sentimentalidad y las cosas que veo fuera. Fuera yo estaba un poco asustada por el resurgimiento de la extrema derecha en España.

Creo que tiene unas características bastante peculiares, porque sintoniza con ese rebrote pandémico de la ultraderecha a nivel global, pero en nuestro caso está todavía más asentada porque no hemos resuelto nuestra historia. Porque todavía hay gente que se escandaliza porque saquen a Francisco Franco de Cuelgamuros. Nosotros creo que tenemos todavía en nuestro ADN un modelo de entender por ejemplo la sexualidad femenina que es muy represivo. Esto viene por la moral nacional-católica que todavía no somos capaces de quitarnos de encima. Estaba un poco sobrecogida por esos dos grandes monstruos de la extrema derecha que son la ideología de género y la ideología de la memoria, como dicen ellos, y quería construir una novela en la que se hablara de las dos cosas sinérgicamente a través de la idea de la vulnerabilidad.

Carlos Madrid

Terminé periodismo allá por 2013, pero, no sintiéndome suficientemente formado, me matriculé en lector insaciable, perpetuo viajero, musicodependiente, aprendelenguas. Difundo lo que me agita por dentro en aquellos lugares donde me toleran. También lucho en mis ratos libres para que le devuelvan la tilde a ‘sólo'.