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Matt Kennard: “La izquierda debe adueñarse del lenguaje que emplean tipos como Trump”

Foto: Jonathan Ernst | Reuters

En 2010 el joven periodista de investigación Matt Kennard era la envidia de muchos colegas. Tras haber cursado estudios en la Universidad de Leeds y un máster en la que para muchos es la mejor escuela de periodismo del mundo, la de la Universidad de Columbia en Nueva York, había sido fichado por el Financial Times. Lejos de relegarle a la entrega de cafés en cualquier oficina de medio pelo, los editores del periódico económico más influyente del globo habían decidido situarle en primera línea: Washington, Londres y Nueva York. Su apuesta por el chaval era firme.

Kennard tenía, en fin, el mundo a sus pies.

Dos años después, sin embargo, semejante trayectoria se frenó en seco. El muchacho abandonó el Financial Times, publicó un libro sobre “el siniestro inframundo del ejército de Estados Unidos” –una investigación sobre la cantidad de neonazis, tarados y criminales de pelaje variado que se puede uno encontrar entre los militares norteamericanos– titulado Irregular Army y comenzó a ordenar las notas de lo que tres años más tarde se convertiría en su segundo libro: The Racket.

The Racket, ahora disponible en castellano como La extorsión gracias a la editorial Capitán Swing, es una denuncia de la política exterior estadounidense. Según Kennard –que recurre a las entrevistas, muchas de ellas off the record, realizadas a diplomáticos occidentales, agentes de la DEA y dirigentes del Banco Mundial durante su estancia en el Times– el mundo lleva décadas dominado por las élites de Estados Unidos y sufriendo las consecuencias de su narcisismo corporativo. Una sospecha que, según cuenta, ya traía de casa pero confirmó durante sus años pisando moqueta.

Todavía joven, pues nació en 1982, la antaño promesa del periodismo anglosajón hoy es ignorada por la prensa mainstream que no hace tanto tiempo se lo rifaba. Síntoma inequívoco de que Kennard ha pasado a ocupar un lugar destacado en la trinchera de los que claman contra el sistema.

Matt Kennard: “La izquierda debe adueñarse del lenguaje que emplean tipos como Trump”

Imagen vía Capitán Swing.

Has recorrido el camino que hacen muchos… pero a la inversa: has pasado de ser un periodista con el mundo a sus pies a ser un periodista tremendamente crítico con las élites. ¿Cuándo comenzó a asomar tu vertiente escéptica?

Mi padre era un artista de izquierdas, así que desde muy pequeño he estado expuesto a la versión crítica de los hechos. Sin embargo, creo que el punto de inflexión fue la antesala de la guerra de Irak. Todo lo sucedido a comienzos del 2003, vaya. Aquello inyectó a toda una generación de británicos, la mía, unas inquietudes políticas que antes no estaban. Fue una etapa muy formativa durante la cual descubrí el verdadero rol de los medios de comunicación. Caí en la cuenta de que son un accesorio del poder, un amplificador de sus intereses. Porque todos recordamos cómo acabó la historia, ¿verdad? Lo de las armas de destrucción masiva, lo de pintar a Sadam Husein como un Hitler contemporáneo, etcétera. A mí nunca se me ocurrió simpatizar con Husein, pero la campaña de demonización que sufrió fue todo un ejemplo de manipulación y de cinismo occidental. Pues bien: al entender que las cosas que yo había dado por ciertas hasta entonces –cosas como que los medios de comunicación vigilan a los poderosos– eran mentira comencé a cuestionar todo lo aprendido.

¿Dónde cuestionabas lo aprendido?

Como por aquel entonces yo era un estudiante universitario en Leeds comencé a escribir columnas de opinión para el periódico de los estudiantes. En esos artículos trataba de contrarrestar la propaganda mediática que leíamos todas las mañanas en la prensa tradicional. Comentaba, por ejemplo, que las potencias occidentales habían apoyado a Husein durante los años 80, cuando el tipo ya era un tirano brutal, simplemente porque nos era útil y no daba demasiados problemas. Y fue precisamente escribiendo esas columnas cuando decidí que quería ser periodista de investigación.

¿Qué hizo que abrazases esa aspiración?

El convencimiento de no estar consiguiendo nada. No me malinterpretes; creo que las columnas de opinión son importantes y necesarias en una sociedad democrática. Sin embargo, no son el formato más eficiente a la hora de intentar cambiar las cosas. En ese terreno el periodismo que influye es, sobre todo, el de investigación. A fin de cuentas las personas pueden discutir una opinión. En cambio discutir datos contrastados ya es más complicado. Por eso siento un gran respeto por todas aquellas personas que filtran, aun jugándose el puesto y normalmente también la libertad o incluso la vida, lo que hacen o dejan de hacer los servicios de inteligencia e instituciones similares. La información que nos suministran esos delatores es valiosísima.

¿Cuándo comenzaste a investigar?

Mi primera investigación fue publicada en el mismo periódico estudiantil que te comentaba. El objetivo fue Frank Ellis, un conferenciante contratado por la universidad que resultó ser un racista. El caso es que aquella revelación fue recogida por la prensa tradicional británica y la presión que se generó fue tal que Ellis terminó retirándose. Aquel episodio confirmó mis sospechas: el periodismo de investigación bien hecho es capaz de alterar las cosas. Además, cuando revelas determinadas verdades la sociedad puede pulir su criterio, formarse opiniones más cercanas a la realidad y actuar en consecuencia.

Si no estoy mal informado, después de aquello no tardaste en publicar una segunda investigación que también hizo bastante ruido…

Esa segunda investigación que mencionas ocurrió cuando todavía estaba en la carrera, sí. Lo que pasa es que en vez de suceder en Leeds sucedió en Los Ángeles, la ciudad que yo había escogido para pasar mi año de intercambio. Mi estancia allí coincidió con la publicación de un ensayo escrito por Norman Finkelstein sobre Palestina que, en última instancia, lo que hacía era criticar un libro infame firmado por el también académico Alan Dershowitz: The Case for Israel. El caso es que una fuente me comentó que Dershowitz estaba tratando de evitar a toda costa la publicación del libro de Finkelstein. ¿Cómo? Pues amenazando a la editorial, University of California Press, con una demanda si el ensayo veía finalmente la luz. Total, que yo publiqué un artículo en el periódico de la universidad de Los Ángeles, que no es exactamente lo que llamaríamos un periódico influyente, explicando la situación… y Dershowitz, que como sabrás es un académico bastante famoso, se volvió completamente loco. Tan es así que amenazó al diario estudiantil con empezar todo tipo de acciones legales. Una estrategia harto estúpida por su parte ya que inicialmente mi reportaje lo debieron de leer, como mucho, una quincena de personas. Pero claro, después de la que montó todo el mundo se enteró de sus presiones para evitar la publicación del libro de Finkelstein.

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“En el Financial Times fui testigo de cómo funciona por dentro un medio mainstream, un medio de reputación mundial, y qué mecanismos utiliza para poder limpiar la imagen de los extorsionistas de las altas esferas”. | Foto vía Capitán Swing.

Al terminar la carrera decides acudir a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Así es. Al terminar en Leeds conseguí una beca para ingresar en Columbia. Debo decir que mi paso por aquella universidad también fue extremadamente formativo. Porque hablamos de una escuela de periodismo que es la élite dentro de la élite, la mejor del mundo en opinión de muchos, el lugar donde se forma a los mejores periodistas de Estados Unidos y hasta del globo…  pero al llegar allí te das cuenta de que ni los profesores ni las dinámicas del centro buscan que los jóvenes aspirantes desarrollen una visión crítica de las cosas. En el libro cuento, por ejemplo, lo que sucedió en la conferencia que dio allí mismo Henry Kissinger; dado su historial y lo que ese hombre había hecho en lugares como Chile, Vietnam, Camboya o Laos decidí asistir para preguntarle que cómo podía dormir por las noches. Fue una pregunta que impactó al resto de estudiantes que estaban allí y que llevaban todo el turno de preguntas comentando las violaciones de los Derechos Humanos en China. Que me parece muy bien. Es una pregunta pertinente. Pero, hombre, cuando tienes ahí delante a un tipo que ha espoleado todo tipo de matanzas durante un montón de décadas yo creo que se le pueden preguntar otras cosas. Así que decidí salirme del tiesto y preguntar si dormía bien por las noches…

Y se armó un buen revuelo…

Sí. Kissinger se enfadó y al día siguiente uno de mis profesores me cogió por banda para espetar que cómo había podido avergonzarme de esa manera. Es una anécdota, en fin, que sirve para ilustrar cómo funcionan instituciones del calibre de la Universidad de Columbia. Mientras vas por el carril todo es paz y armonía, pero ay de ti como te atrevas a cuestionar a los poderosos…

En La extorsión mencionas que la reacción de aquel profesor tampoco te sorprendió demasiado. Si realmente sabías lo que había en Columbia, y teniendo en cuenta que ya habías desarrollado cierta visión crítica de las cosas… ¿por qué cursar aquel máster?

Pues sobre todo porque, al margen de mi reflexión sobre cómo anulan el pensamiento crítico, como escuela de periodismo es francamente buena; te enseñan a gestionar fuentes, te enseñan a estructurar bien los artículos y te enseñan, en fin y siempre desde el punto de vista técnico, a ser un buen periodista. Y yo es lo que quería: ser un buen periodista. Además, pude beneficiarme de su nombre y aprovechar la educación elitista que había recibido allí para intentar meter cabeza en un lugar realmente influyente desde el cual poder denunciar cosas. Porque denunciar cosas desde un periódico estudiantil o desde canales alternativos está muy bien, pero llegas a mucha menos gente.

Es entonces cuando decides entrar en el Financial Times.

Más o menos. Tras mi paso por Columbia primero entré de becario en Democracy Now! pero al no poder quedarme allí por falta de medios decidí regresar a Londres y echar la solicitud en el Financial Times.

Aquella solicitud llega a buen puerto: te cogen en el periódico.

Efectivamente. Y es ahí donde vivo otra experiencia de lo más formativa. Para empezar, fui testigo de cómo funciona por dentro un medio mainstream, un medio de reputación mundial, y qué mecanismos utiliza para poder limpiar la imagen de los extorsionistas de las altas esferas. También tuve acceso a gente e instituciones a las que no hubiese podido acceder de no ser un enviado del Financial Times. Buena parte de todo aquel material –material que no pude utilizar en su día– aparece en La extorsión. De hecho podría decirse que el libro es mi testimonio sobre cómo funciona el mundo. Un testimonio que desde luego no verás publicado en la prensa del sistema. Porque la prensa del sistema no quiere que se sepa la verdad con toda su crudeza. ¿Y cuál es esa verdad? Que nosotros, los occidentales, seguimos dominando a los países pobres a través de mecanismos que vapulean sus oportunidades de desarrollarse.

Dices que durante tu etapa en el Times no pudiste utilizar parte del material que recogiste durante tus investigaciones. ¿El periódico te censuró alguna vez?

No, el Financial Times –y la mayoría de los medios de su categoría– no censuran directamente. Es todo mucho más perverso que eso. Recuerdo, por ejemplo, que al principio mis propuestas de reportaje casi nunca eran aceptadas. ¿Qué sucede entonces? Pues que con el tiempo tu propia mente comienza a dirigirte hacia reportajes que sabes que se van a publicar. Por ejemplo, en Haití, tras el terremoto del año 2010, terminé enviando una crónica explicando cómo afectó el seísmo al ánimo de los inversores internacionales. Al final tú, como periodista, eres quien terminas proponiendo lo que ya sabes que sí te van a publicar. Funciona más como una autocensura que como una censura. En el Financial Times nadie te decía lo que sí podías o no podías proponer. No hay que pensar que los medios como ese funcionan como Corea del Norte porque no es verdad. Es todo mucho más sutil. Hombre, sí es cierto que a veces enviabas una crónica y luego, cuando la leías publicada, veías que los editores habían retocado alguna cosa…

¿Por ejemplo?

Por ejemplo cuando decías que tal o cual régimen dictatorial era un aliado de Estados Unidos; esa parte, la de “aliado de Estados Unidos”, no aparecía en el texto final. Pasaba mucho cuando hablabas de los saudíes. En cambio, cuando hablabas de, yo qué sé, Hezbolá y ponías que era una milicia apoyada por Irán no había ningún problema. Nadie tocaba nada.

¿Qué te hizo abandonar el Financial Times? ¿Hubo algún episodio concreto o…?

No, no hubo un episodio concreto como tal. Tienes que entender que yo entré en el periódico pensando cosas muy parecidas a las que pienso hoy en día. Nunca me consideré parte del sistema. Sí, me beneficié de sus recursos pero nunca llegué a creerme el cuento. Ya sé que suena cliché, pero es la pura verdad. Por tanto en cuanto me di cuenta de que en el Financial Times no iba a poder hacer el periodismo que quería hacer supe que no podría aguantar demasiado tiempo haciendo el paripé.

Hablemos ahora sobre La extorsión. ¿Cuándo decides agrupar todo el material conseguido durante tus años en el Financial Times y convertirlo en un libro de denuncia?

Pues mira, poco después de salir del periódico. Lo que pasa es que el libro como tal tardó un tiempo –tres años– en coger forma porque tenía un montón de material y, además, material procedente de lugares muy diferentes. Así que llevó cierto tiempo ordenarlo todo de tal manera que aquello terminase siendo un relato coherente.

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“Los occidentales seguimos dominando a los países pobres a través de mecanismos que vapulean sus oportunidades de desarrollarse”. | Foto: Jon Tyson | Unsplash

A lo largo de sus páginas nos encontramos con lugares como Haití, Bolivia, Honduras, el oriente de Turquía, Palestina… ¿cuál fue el más complicado de cubrir?

Si hablamos de peligrosidad, Honduras se lleva la palma. Cuando estuve allí era el país con más homicidios por cada 100.000 habitantes; no podías salir a la calle por tu cuenta y riesgo, tampoco moverte en vehículos que no tuviesen los cristales tintados… era, en fin, como estar en una zona de guerra. Y fíjate qué curioso: pese a todo es un lugar que nunca ha estado en el radar de la prensa internacional. Quizás tenga algo que ver su relación con Estados Unidos, ¿no te parece? De todas formas, en lugares así es donde también encuentras a gente realmente increíble. Hablo de activistas que se juegan el pellejo al enfrentarse a las injusticias generadas por la corrupción de las élites. Activistas que son eliminados sin complejos cuando molestan un poco más de la cuenta. Otra cobertura complicada fue la que realicé en determinadas zonas de Palestina, donde vi cómo soldados israelíes utilizaban fuego real para disolver manifestaciones.

Cuando hablas de Honduras hablas, también, de la llamada “guerra contra las drogas”. Pero en tu opinión esta “guerra” no es más que una cortina de humo.

La llamada “guerra contra las drogas” fue declarada por Richard Nixon en 1971 y para entenderla bien conviene atender a los dos frentes que tiene abiertos: el doméstico y el exterior. El doméstico ha servido, fundamentalmente, para criminalizar a la población negra de Estados Unidos mientras que el frente exterior, que está basado en operaciones de inteligencia y militares contra las redes del narcotráfico, tiene como objetivo mantener el control estadounidense en regiones como América Latina y el Sudeste Asiático. Es, en fin, un concepto que aunque nace durante la Guerra Fría cobra gran importancia cuando esta termina. ¿Por qué? Porque durante la Guerra Fría las autoridades estadounidenses no tenían que recurrir a las drogas para instalarse e inmiscuirse en tal o cual país. Frenar la expansión soviética era la excusa del momento. ¿Pero qué ocurre cuando cae la Unión Soviética? Pues que hay que buscar otra amenaza con la que justificar la presencia de Washington en medio mundo. Hay, en definitiva, que evitar el desmantelamiento de la influencia estadounidense en el exterior a toda costa. ¿Cómo? Con la “guerra contra las drogas”. ¿Por qué crees que un líder como Evo Morales decide sacar a la DEA de Bolivia? Pues porque sabe perfectamente cuál es el objetivo último de la DEA: controlarle. Además, ahí tienes los resultados de la “guerra contra las drogas”: no hay menos droga circulando, no hay menos violencia relacionada con las drogas, no hay menos consumo. En apariencia la “guerra contra las drogas” ha sido un fracaso. Pero ojo: sólo en apariencia. Cuando se tira de la manta y se entiende que combatir el negocio de las drogas nunca ha sido una prioridad uno se da cuenta de que la operación no ha sido ningún fracaso. Por ponerlo de otro modo: la “guerra contra las drogas” no terminará con la eliminación de las drogas; terminará cuando los poderosos en Washington encuentren un nuevo enemigo que ocupe su lugar.

En La extorsión dices –varias veces, además– que si la sociedad estadounidense supiera lo que hace su gobierno sería una sociedad mucho más crítica. Pero tu libro, sin ir más lejos, o los de Noam Chomsky, por citar otro ejemplo, se pueden comprar en cualquier librería importante de Estados Unidos. Quiero decir que la visión escéptica de los hechos ya está ahí fuera, al alcance de cualquiera. ¿No será que a la sociedad estadounidense le da un poco igual lo que haga su gobierno?

Déjame ponerlo de esta manera: si a la sociedad realmente le diese igual, ¿por qué las élites gastan tanta energía construyendo conceptos ideológicos –como el de “guerra contra las drogas”– para justificar su política exterior? ¿Por qué mentir de esa manera? ¿Por qué no reconocer que Estados Unidos o el Reino Unido se llevan estupendamente con los principales tiranos del mundo y que no paran de hacer caja vendiendo armas a líderes que pasan olímpicamente de los Derechos Humanos? ¿Por qué no decir abiertamente que la prioridad es gobernar el mundo para poder tener más dinero y más recursos que los demás? Porque cuando la gente entiende que vive en un sistema que se conduce con violencia tiende a protestar. Tienes el ejemplo de Vietnam o el más reciente de Irak. Millones de personas se echaron a la calle para intentar detener aquellas ofensivas. A la gente no le gusta saber que se cometen abusos en su nombre. Por eso, como digo, quienes mandan en las potencias occidentales se preocupan tanto de cubrir con un manto de respetabilidad –la defensa de los Derechos Humanos, la defensa de la democracia– sus acciones en lugares como América Latina o África. En este sentido Donald Trump, con todo lo que es, supone un soplo de aire fresco entre tanto aire viciado.

¿A qué te refieres?

A que por lo menos no miente. No en ese tema. Por eso los medios de comunicación le odian tanto.

Muchos le ven como un político antisistema cuando, si analizamos su trayectoria, es un tipo que se ha beneficiado a más no poder de ese mismo sistema que tanto criticó durante su campaña.

Trump es un animal político francamente interesante. Toda su campaña se basó en un ataque al sistema hasta el punto de acusar a Goldman Sachs de financiar a los demás candidatos. Eso sí: luego, cuando llegó al poder, le faltó tiempo para meter en su gabinete a gente de Goldman Sachs. En cualquier caso, sus asesores supieron ver perfectamente hacia dónde se dirige el mundo; hacia un lugar en donde la retórica populista antisistema es la que gana. Lo cual tiene su lógica si comprendemos que el sistema ya no funciona. En un escenario en el que los salarios llevan congelados ni se sabe cuanto tiempo la gente lo que busca es un tipo que le saque el dedo al sistema. Hemos llegado a un punto en el que a mucha gente le da igual si el tipo que saca el dedo es de izquierdas o de derechas; lo que quiere es que saque el dedo. Por eso creo que la izquierda debería explotar más la retórica populista. Debería dejar esos miedos que tiene de lado y señalar a los dueños de esas multinacionales que esquilman países, decir sus nombres públicamente y criticar el legado que están dejando. ¿Qué hay de malo en eso? Además, deberíamos empezar a comprender que una parte de la retórica populista antisistema en realidad no hace otra cosa que decir las cosas tal y como son.

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“La izquierda debe apostar por atacar al establishment desde postulados progresistas; apostar por gente, en definitiva, que se centre en la brecha entre ricos y pobres y no en las diferencias culturales entre blancos y negros”. | Foto: Reuters.

¿Qué políticos de izquierdas te parece que están haciendo las cosas bien?

Bernie Sanders y Jeremy Corbyn no lo están haciendo mal. Mira: la izquierda debe adueñarse del lenguaje que emplean los tipos como Trump. Es decir: no puede dejar que la extrema derecha lo convierta en su patrimonio. Porque si lo hace, si deja que los ultraderechistas se apropien de esa retórica, tendremos un problema. Nos encontramos ante un contexto político en el que el centro ya no existe, así que más nos vale que sean los Bernie Sanders y los Jeremy Corbyn del mundo quienes se hagan con la batuta. Porque la alternativa es regresar a 1930. ¿Sabes lo que pasó entonces? Que los liberales, como hacen siempre que están bajo una presión enorme y les dan a elegir entre la extrema izquierda y la extrema derecha, se alinean con los últimos. A fin de cuentas, es la extrema derecha la que garantiza que mantendrán sus propiedades. Sí, tendrán que asumir cierto racismo, el cual no les hace mucha gracia, pero bueno, como lo primero es lo primero y con los fascistas la economía no se toca… pues tragan. Por eso debemos pelear contra el centrismo extremo. Contra gente como la que compone la derecha del Partido Laborista británico.

Los herederos de Tony Blair.

Exacto. Odian a Corbyn y eso es muy peligroso porque si la crisis del sistema nos pilla sin una izquierda preparada tendremos un problema gravísimo. Sin una izquierda en condiciones la alternativa al centrismo –es decir: al sistema actual– será la extrema derecha con sus culpas colectivas y sus chivos expiatorios; que si los judíos, que si los homosexuales, que si los árabes…

¿Viste llegar a Trump?

No, la verdad es que no lo vi llegar. El Brexit, que sucedió unos meses antes, no me pilló tan de sorpresa pero debo reconocer que la victoria de Trump me dejó en shock. Recuerdo que me marché a dormir y a la mañana siguiente, al encender las noticias, no lo podía creer. No me malinterpretes: odio todo lo que Trump representa, pero… su campaña puso en jaque al sistema. Ningún gran medio de comunicación le brindó su apoyo. Nadie relevante del Partido Republicano le brindó apoyo. Ganó contra los pronósticos que yo y que muchos otros manejábamos.

¿Qué conclusión sacas de que la mitad del país le votase?

Que la extrema derecha puede ganar si enfrente tiene a los liberales centristas por una cuestión muy básica: hay un montón de gente enfadada que sólo atiende a discursos viscerales. También hay que decir lo impepinable: buena parte de sus críticas al sistema económico son ciertas. Otra cosa es que gente como Trump, que critica tanto ese sistema, quiera luego cambiar las cosas. Porque no quiere cambiar nada. Pero a la hora de señalar al establishment suele tener razón. Por eso insisto: la izquierda tiene que contestar a esta amenaza apartando a los candidatos flojitos, a la gente tibia que quiere modificar cuatro cosas pero que no piensa en tocar las estructuras de poder, para apostar, en cambio, por gente que presente programas realmente transformadores. Debe apostar por atacar al establishment desde postulados progresistas; apostar por gente, en definitiva, que se centre en la brecha entre ricos y pobres y no en las diferencias culturales entre blancos y negros. A fin de cuentas, es en el reparto de la riqueza donde está el verdadero problema.

Ya son varios los pensadores de izquierdas que han criticado las llamadas “políticas de identidad” argumentando que éstas dividen a la izquierda. ¿Estás de acuerdo?

En líneas generales sí. De todos modos, es un tema complejo. Para empezar, todas esas batallas culturales tienen una razón de ser y coexisten porque comparten el mismo denominador: las injusticias del sistema. Ahora bien, si atendemos a la situación en los Estados Unidos nos encontramos con un puñado de compañías enormes muy interesadas en que la gente se obsesione con los derechos de los transexuales. ¿Por qué? Porque ese asunto distrae de otros como, por ejemplo, la forma que tienen esas mismas corporaciones de funcionar y de explotar a la sociedad. Esto no quiere decir que los derechos de los transexuales o el derecho al aborto sean batallas sin importancia. Al contrario; son importantes. Pero hay una razón muy clara por la cual las identity politics son tan importantes en Estados Unidos y es la que te acabo de decir: hay unas cuantas compañías animando a que la gente se centre en esos temas para que se olvide de ellas. Y ahí reside la gran diferencia entre Bernie Sanders y Hillary Clinton. Ambos compartían la simpatía por todos estos asuntos culturales, pero Sanders iba mucho más allá y cuando terminaba de mostrar simpatía por esos temas se ponía a criticar la forma en la que está distribuida la riqueza mientras que Clinton… ¿qué hacía? Nada. Porque era la candidata del entramado financiero. Resumiendo: los derechos de los transexuales –por seguir con el mismo ejemplo– importan, pero importan en tanto en cuanto forman parte de un marco mucho más amplio llamado lucha de clases.

Vamos terminando. Te quería preguntar por las reacciones que ha cosechado el libro. A fin de cuentas, te metes con mucha gente importante.

Salió una reseña en The Guardian firmada por un tipo que creo que no entendió muy bien de qué iba el asunto, pero en líneas generales el libro fue convenientemente ignorado. Lo cual es inteligente; si quieres que algo se olvide, que no trascienda, no le das importancia. Es de cajón.

¿El Financial Times no sacó nada?

No. En su momento escuché rumores diciendo que en su redacción se había barajado la posibilidad de comentarlo, pero alguien importante –e inteligente– debió de optar por pasar del tema.

Hay gente que te acusa de simplificar mucho las cosas; de pensar que todos los males del mundo son culpa de Estados Unidos. ¿Qué le dirías a esa gente?

Que suponer que los países quieren expandir su control y su fortuna es una conclusión a la que se puede llegar fácilmente. Basta con analizar un poco nuestro contexto y entender mínimamente cómo funciona el mundo. El problema, como decía antes, es que hay mucha ideología metida de por medio que trata de opacar esa realidad lanzando discursos sobre las necesidades de invertir en tal país pobre para que salga adelante, etcétera. Esa es una ideología, en fin, construida ex profeso para pintar como algo complejo una cosa muy sencilla: que los imperios siguen existiendo y que el 1% sigue buscando cómo engordar sus fortunas. Sobre Estados Unidos y su culpabilidad: claro que no es así, claro que Estados Unidos no tiene la culpa de todos los males del mundo. No obstante, es el país más poderoso y, por tanto, el que tiene la mayor industria armamentística, el mayor ejército y los centros financieros más importantes del planeta. De lejos. Así que es muy natural que buena parte de los problemas que generan esos entramados partan de Estados Unidos. Por eso hablo tanto de ese país. Pero no, claro que no es el único malo de la película. Es más: no se está comportando de manera diferente a como se han comportado otros imperios en el pasado salvo, quizás, por una salvedad.

¿Cuál?

Que Estados Unidos se presenta a sí mismo como un imperio que rompe con los anteriores porque sus causas, a diferencia de las causas que esgrimían los anteriores a la hora de expandirse, es noble. Obviamente, eso es mentira: lo que busca Estados Unidos, que no es otra cosa que ampliar su influencia y controlar a cuantos más mejor, es lo que han buscado siempre los imperios.

En el libro afirmas que hay muchos países controlados por medio de las deudas. Es decir: cuando una superpotencia consigue que un país le deba dinero esa superpotencia pasa a controlar ese territorio. Estoy de acuerdo. Por eso quería preguntarte por China y su política exterior. ¿Estamos, por utilizar tu terminología, ante un nuevo extorsionista? En otras palabras: ¿debemos tener cuidado?

Por supuesto. Y todo lo que he dicho sobre Estados Unidos conviene tenerlo en mente cuando se observa a los chinos. De todos modos, y aunque pueda sonar paradójico, creo que la existencia de dos superpoderes hará del mundo un lugar mejor. Cuando existen dos polos de poder se suele tender al equilibrio. Además, es bueno para los demás países tener alternativas. Por eso los años 90 fueron tan desastrosos; tras la caída de la Unión Soviética el neoliberalismo anglosajón no tenía que guardarse las espaldas. De ahí que estuviese tan desatado. Y de ahí, también, las consecuencias que nos está tocando sufrir hoy.

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