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Max Porter: “Es posible hacer un arte complejo, sin renunciar al elemento emocional”

Foto: Lucy Dikens | Literatura Random House

En un pequeño pueblo inglés de apenas cincuentas casas, rodeado de bosques, la figura mítica de Papá Berromuerto escucha las voces de los vecinos, entre los que está Lanny, un niño de una gran imaginación, un niño especial, algo raro para algunos. Junto a su madre y a su padre, un hombre cuya vida está ocupada por el trabajo, y junto a Pete, un artista que se convertirá en uno de sus principales interlocutores vive Lanny hasta el día en el que desaparece. Entonces, la vida en ese pueblo en el que nunca pasa nada cambia y la gente comienza a revelarse, a mostrarse como nunca lo había hecho. Esta es la historia que nos cuenta Max Porter en Lanny (Literatura Random House), una novela con la que el escritor británico vuelve a sorprender por su originalidad, por ser una voz única que, ajeno a tendencias y modas, escribe con la libertad de alguien al que no le impone no encajar.

 

En Lanny hay elementos propios de la fábula y del cuento de hadas, encontramos caligramas y formas poéticas. ¿Concibe la literatura como un espacio en el que entra todo?

Sí, aunque no hablaría tanto de literatura en términos generales, pero sí de la novela que es el género en el que todo tiene cabida. Con mi primer libro encontré una forma que me permitía hacer lo que realmente quería, mientras que con Lanny yo tenía muy claro que lo que buscaba era inscribirme en el género de la novela y, consecuentemente, reivindicar este género en lo que ha sido desde su origen y, quizás, ha dejado de ser. Hay muchos autores increíbles, pero tengo la sensación de que un siglo después de los grandes modernistas, Joyce, Beckett… y tras el desafío del realismo año, la experimentación del postmodernismo se hizo a costa del goce intelectual de los lectores, a los que, en cierta medida, se castigó. Me da la impresión de que la novela postmoderna tenía como fin demostrar lo listo y lo inteligente que es el autor, olvidando elementos tan necesarios como la magia, el argumento, el suspense… Lanny, por tanto, es una tentativa de recuperar todos estos elementos perdidos.

Con respecto a su anterior novela, El duelo es esa cosa con alas, Lanny representa un salto dentro del mundo de la imaginación, ese mundo representado por el niño protagonista.

Sí, seguramente. Lo que he hecho en Lanny es ampliar el espectro de mis preocupaciones. Cuando escribía, mi reto era poder construir un argumento, quería sentirme capaz de crear una historia, desde la convicción de que la hoja en blanco no solo era el lugar desde el cual poder crear, sino también el espacio al que invitar al lector para que pudiera reflexionar. Asimismo, en Lanny quería convocar al lector, hacerle partícipe. De ahí la figura de Papá Berromuerto: dando la posibilidad al lector de escucha a través de este personaje la voz de los habitantes del pueblo, hago explícito el hecho de que esta es una novela en la que tú, lector, eres también partícipe.

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Imagen vía Literatura Random House.

En este sentido, podríamos decir que Lanny es un homenaje a la tradición oral.

Sin duda. Y, de hecho, me gusta hacer lecturas públicas de Lanny. Cuando las hago, además, siempre estoy acompañado de músicos, que dan a cada personaje una melodía. En más de una lectura, he prescindido del libro, simplemente he relatado la historia y, por tanto, en cada una de estas lecturas he creado nuevamente a los personajes, que siempre aparecen de forma distinta. Esto es precisamente la característica del relato oral: nunca es igual.

Si en su anterior novela el personaje de su madre nunca aparecía, aquí Lanny es el centro, pero él no tiene voz. Son los otros que hablan por él. 

Escribiendo, he descubierto que, en ausencia, el personaje cobra más fuerza. Y, en efecto, tras leer muchas novelas, me he dado cuenta de que, en ocasiones, termina no siendo del todo beneficioso desde un punto de vista narrativo dar demasiada información. Me gusta crear desde el vacío, manteniendo el vacío, sin tratar de rellenarlo. De esta manera, sobre todo en el caso de un personaje infantil, como es Lanny, puedo expresar con mayor fuerza el carácter ambivalente de Lanny y, sobre todo, puedo subrayar la extrañeza propia de la infancia. Me interesaba abordar la infancia sin caer en lo obvio, ofreciendo un conjunto de puntos de agarre a través de los cuales el lector pudiera escalar su propia experiencia.

La desaparición del niño se convierte en metáfora de la negación de la infancia y de la imaginación, elemento que define a Lanny.

Efectivamente, creo que la pérdida es el tema que une mis dos novelas. Y es que Lanny, como dices, habla de la ausencia y, por tanto, de la pérdida. Yo he intentado ser amable en Lanny, porque no quiero que la novela se convierta en un manifiesto, puesto que creo que cuando los escritores convierten sus obras en manifiesto de algo hacen un mal arte, una mala literatura. Dicho esto, sí es cierto que Lanny es una llamada a las armas, es un grito en favor de la creatividad como un valor esencial en nuestras sociedades. Es importante liberar la creatividad del contexto educativo y fomentarlo con total libertad. Me preocupa mucho cómo tratamos a los niños, cómo los evaluamos con notas y exámenes, se les diagnostica a partir de un patrón que se impone como norma. Y en la literatura, así como en la vida, la idea de norma es nociva porque es esencialmente tiránica. Creo que uno de los grandes logros de la civilización es haber inventado la infancia y las mejores personas son aquellas que se llevan parte de su infancia a la vida adulta.

En este sentido, no es casual que el mejor amigo de Lanny sea un artista. Ambos parecen compartir una misma mirada.

Efectivamente, lo que une a Lanny con Pete es la mirada, pero también ese deseo por regalar, por hacer cosas que escapan a la lógica de lo productivo. La relación entre Lanny y Pete está basada en mi relación con mi padrino y con mi tío Toni, que es un hombre que crea piezas artísticas y las regala. Nunca ha vendido ninguna de sus obras, pues su trabajo siempre ha sido otro. Sin embargo, mi tío, a lo largo de su vida, ha sabido encontrar unos minutos al día para crear con total liberad, sin pensar en un rédito económico. Este gesto siempre me pareció muy radical. ¿Te has leído The Gift de Lewis Hyde? Es un libro sobre el valor del regalo. Creo que es muy importante reivindicar el regalo y, consecuentemente, escapar de la lógica de la productividad. Es absolutamente importante reivindicar el no hacer nada, sobre todo en un momento como ahora en el que el tiempo está tan monetizado. 

En cierta manera, Pete es un anticapitalista o, por lo menos, alguien que huye del sistema de producción del arte.

Bueno, es un antisistema, porque había formado parte del sistema. Pete es un veterano del sistema y, seguramente, sufre alguna especie de trauma, debido a que ha sufrido lo que significa ser explotado, ser vendido y promocionado como producto…

Ahora que una conciencia ecológica parece despertarse entre los más jóvenes, su libro reivindica, a través de la figura de Lanny, una relación de afecto y respeto hacia el entorno natural.

Quería que Lanny fuera como todos los niños, que saben vivir en perfecta sintonía con la naturaleza. Podríamos decir que Lanny es un protoambientalista como lo son muchos niños. Y creo que los adultos tenemos que aprender de ellos, escapando de este mundo de tecnología y de necesidades impuestas en el que estamos inmersos. Los niños se relacionan de forma más instintiva con su entorno, sin tantas mediaciones. Lanny y el Papá Berromuerto se ven el uno en el otro con una especie de cercanía metalingüística, representando esa posible comprensión del hombre y la naturaleza. No me interesaba plantear la relación de poder que existe entre el hombre y la naturaleza, no quería mostrar cómo el hombre es aquel que abusa de la naturaleza, convirtiéndose en su voz. Quería revertir esta lógica de poder y dar voz a la naturaleza; quería que fuera la naturaleza quien transmitiera la voz de los vecinos del pueblo, que fuera ella la que observa y que el lector observara a través de ella.

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"Lo que he hecho en Lanny es ampliar el espectro de mis preocupaciones." 21-Max Porter | Foto vía Literatura Random House.

¿Podríamos hablar también de un deseo de retratar la sociedad inglesa actual?

Espero haber conseguido retratar la sociedad de inglesa, pero de haberlo hecho de pasada. Me explico: mi objetivo no era ahondar en lo que se ha dicho mil veces. Lo que yo espero es poder desencadenar una reacción y una reflexión en el lector tras haberle hecho escuchar todas las voces del pueblo. Soy consciente, sin embargo, que por lo que se refiere a determinadas cuestiones no he sido sutil. Por ejemplo, en el tema de la xenofobia y del miedo hacia el otro soy explícitamente crítico. Pero no puede ser de otra manera, puesto que creo que en el Reino Unido pecamos de xenofobia y, si bien no quiero trasladar al libro mis propias ideas políticas, no podía pasar por alto una cuestión como esta.

El miedo al otro, al extranjero, es un mal que recorre Europa.

El miedo al otro es el resultado trágico del supremacismo blanco, que es lo más peligroso que ha existido nunca. Si tú inventas, como hemos inventado desde Occidente, que hay una supremacía racial, rompes el mundo y, sobre todo, desatas las peores fuerzas que puedan existir entre las personas. Por tanto, lo que yo quería hacer en el libro es ver el efecto pernicioso de este asumido supremacismo blanco y observar de qué manera las ideas se utilizan como armas. Sin embargo, esta constatación no la hago de forma explícita, es decir, en ningún momento afirmo abiertamente lo errónea que es, desde un punto de vista moral, la política de migración inglesa.

Me da la impresión de que usted rehúye, como escritor y como lector, la literatura panfletaria.

Sin duda, pero esto no quita que me guste leer ensayos políticos. De hecho, diría que lo mejor que he leído recientemente es un libro sobre la hostilidad que reina entre nosotros, sobre todo, la hostilidad hacia el diferente y sobre cómo todos estos años de política conservadora inglesa ha demonizado a los inmigrantes. Este libro de no ficción me ha interesado mucho, pero porque no es una novela. Cuando quiero leer ficción, cuando cojo una novela, lo que busco es algo completamente distinto a lo que me puede ofrecer un ensayo. Busco un cuestionamiento de mi propia arquitectura moral y dicho cuestionamiento solo es posible a través de la ambigüedad y a través de una prosa no prescriptiva. Por ello, mis novelas siempre serán espacios oníricos. Como decíamos antes, me siento más en sintonía con la tradición oral y con la idea de que el significado de una obra no me pertenece a mí como autor, sino que pertenece a los lectores, que van a ser los intérpretes de la historia que yo les vaya a contar. Si esto que digo puede resultar afectado o pretencioso, me parece bien, no me importa. Puede que no esté de moda hablar del poder transformador de la cultura, pero yo estoy convencido de dicho poder. Recuerdo que, hace tiempo, un periódico conservador me hizo una crítica muy negativa en la que se alertaba a los lectores de mi “pensamiento místico”. Si este mundo necesita algo de manera urgente es seguramente ese pensamiento místico que me reprochaban, en cuanto estamos bloqueados en un pensamiento único, atrapados en un discurso pernicioso a través del cual se ha justificado el maltrato del planeta y de las personas, cuyas muertes no importan.

Reivindica, por tanto, ese valor transformador e, incluso, emocional de la ficción.

Es posible hacer un arte complejo, pero que, al mismo tiempo, llegue a la gente, sin renunciar al elemento emocional, a ese algo que hace que el arte y, en este caso, la literatura pueda emocionar al lector.

Su libro comienza con unos versos de Lorca. ¿Qué relación mantiene con la obra del poeta de Granada?

He leído mucho a Lorca, sobre todo conozco Bodas de sangre. Cuando era adolescente, me obsesioné con Ted Hughes, que fue el traductor de Bodas de sangre y para quien Lorca fue un poeta de referencia. Así que desde muy pronto comencé a leer la poesía de Lorca, pero la idea de poner sus versos al inicio de Lanny no fue mía. El libro lo compró para España Claudio López, a quien conocí en Londres y con el que hablé mucho de poesía. Desgraciadamente, falleció repentinamente. Fue entonces cuando Random House me escribió cuando me dijeron que, siguiendo el deseo de Claudio, les gustaría añadir unos versos de Lorca al inicio de Lanny. Al inicio dudé, pedí leer los versos y en seguida acepté la propuesta. Creo que el poema de Lorca cumple múltiples funciones: ante todo, como si fuera un diapasón, da la nota inicial para que pueda dar comienzo la novela. Al mismo tiempo, el poema es el memorial a un gran editor que ya no está y a su amor por la lengua y por la traducción. Para Claudio, Lanny no era simplemente un libro inglés que se traduce al castellano, sino un libro que con amor se traslada a otra lengua y se reposiciona en esa nueva lengua con una atención al detalle. Para mí esto resume la brillante carrera y el amor por el trabajo de editor de Claudio.

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