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Michael Frayn, el cómico y amargo secreto de los británicos

Foto: Joel Ryan | AP

Aquí es un hombre anónimo y sin rostro, pero en Reino Unido su nombre se considera para todas las condecoraciones. Michael Frayn (Londres, 1933) es dramaturgo, periodista vocacional, traductor de gigantes rusos y autor de novelas ejemplares. Tomó el humor de Chéjov, sus absurdos tropiezos familiares y el análisis intestinal de la sociedad, y creó un ser con una identidad propia, tal vez la obra más cómica de la literatura inglesa contemporánea.

Sus novelas no son tan conocidas como sus obras de teatro. Y, sin embargo, despiertan el mismo entusiasmo entre los críticos; en mis manos se encuentra Al final de la mañana, una novela que Frayn escribió con 34 años y que ahora edita Impedimenta con la traducción de Olalla García y un gusto fabuloso. La portada es bellísima, llena de color, con las luces de la ciudad en la noche –se trata de la ilustración The West-End is awakening, de Ernest Michael Dinkel–, y anticipa una narración histriónica, con personajes disparatados en circunstancias habituales, que se mueven entre frustraciones y desengaños.

Michael Frayn, el cómico y amargo secreto de los británicos

Portada de ‘Al final de la mañana’, de Michael Frayn. | Foto: Impedimenta

Frayn, como Evelyn Waugh en ¡Noticia bomba!, ambienta la acción en el corazón de Fleet Street, la calle paralela al Támesis que un día fue la casa de todos los periódicos. Los protagonistas son caricaturas que luchan torpemente y como pueden contra sus circunstancias, que avanzan como botes contra la corriente sin más esperanza que el fracaso. Las tragedias que los acompañan están cerradas a cal y canto en una atmósfera de sátira y carcajada, hasta el punto en que requiere un esfuerzo verdadero recordar sus miserias.

Los momentos de reflexión y resguardo se ven eclipsados por bromas sin importancia y situaciones extrañas. Frayn reivindica sin complejos que no hay nada que tomarse en serio, que vivimos en el absurdo, que todos los momentos son del mismo modo trascendentes e insignificantes. Y así conocemos a John Dyson, el protagonista de Al final de la mañana: un reportero de prensa resignado que marcha sin pena ni gloria, que desea obsesivamente aparecer en televisión y saltar al estrellato.

Dyson vive en un ejercicio desesperado por recibir la atención de los otros, de redimirse consigo mismo y convencerse de que hay un propósito. Con todo, se desprende de sus acciones que su interés va más allá de la fama y el reconocimiento, que persigue secretamente algo de aventura mientras se descompone en el vientre de un matrimonio muerto.

En uno de sus momentos más amargos, Frayn describe una discusión silenciosa entre Dyson y su esposa Jannie en la cocina, mientras él trata de hacerse comprender –con una dosis extrema de testosterona– y ella lo ignora con la lista de la compra:

¡Por Dios, qué banales eran todas esas cosas! Las continuas e insignificantes exigencias de la vida… Llovían sobre él como polvo negro escapado de un saco de carbón, llenando el aire de una ceniza asfixiante que se posaba lúgubremente sobre todas las cosas y hacía que el mundo entero oliese a gris.

–Es esa mancha de moho que hay en el techo de la habitación de los niños, ¿verdad? –dijo–. Eso es lo que molesta tanto, ¿no?

 «Cereales de arroz, hilo azul marino, atún…», escribió Jannie.

Hace menos de diez años, Michael Frayn publicó un libro de crónicas sobre lugares lejanos como Israel o Japón, Travels With a Typewriter: A Reporter at Large (sin traducción al castellano). Lo construyó desde la memoria. Se esforzó por relatar lo cotidiano por encima de lo extraordinario. En la nota para el editor, dijo: “Todos los autores de ficción deberían salir por ley y hacer un poco de reporteo de vez en cuando, simplemente para recordar cuán diferente es el mundo real respecto al mundo que han inventado”. Pero esas fronteras entre lo vivido y lo imaginado, en el caso de Frayn, siempre fueron estrechas. ¿Cuánto de Dyson hay en el Frayn de los sesenta?

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