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Misia y Kátia Guerreiro: "El fado es una aceptación del destino"

Foto: Jorge Raya Pons | The Objective

El fado está en cada esquina y tras cada puerta en Alfama. Allí las calles son estrechas, los recorridos son empinados, las escaleras son de piedra, los paredes son coloridas, los tendederos asoman en las fachadas. El fado tiene su cuna en este barrio lisboeta, a orillas del Atlántico, tan genuino.

La historia de los marineros portugueses está inevitablemente ligada a los orígenes del fado. Son canciones de melancolía y soledad, amores perdidos y abandono. El fado es misterioso, es espiritual, son cenizas. Las voces eufónicas se entrelazan con los punteos y acordes de la guitarra española y la guitarra portuguesa, de doce cuerdas. Su origen se remonta a la primera mitad del siglo XIX, al menos así está documentado, y guarda raíces comunes con el flamenco.

La ilustre Amália Rodrigues, máxima figura del género, dijo que los portugueses crearon el fado por su naturaleza: “Tenemos muchas razones para el lamento”. Es habitual encontrar casas de fado en ciudades como Lisboa u Oporto, y allí se come y se bebe y se fuma sin más luz que la que proporcionan las velas, siempre en las pausas entre canciones.

Misia y Kátia Guerreiro son dos artistas icónicas, maravillosas, que aúnan dos generaciones de fado. Son cercanas, amables, tienen la emoción a flor de piel, cantan con el tono muy bajo cuando el silencio entra en la sala. Misia y Kátia Guerreiro son, junto a Carminho, las estrellas invitadas en el Festival de Fado de Madrid y actúan el viernes 22 y el sábado 23, respectivamente, en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Ellas, como lo fue Amália, son el espíritu del fado.

 

¿Cómo llegasteis hasta él?

Misia: Yo soy hija y nieta de españolas, eran artistas. Lo más natural habría sido que yo fuera bailarina de danza clásica española, como mi madre. Pero no, yo nací en la ciudad de Oporto y mi música cotidiana era el fado. Allá a los 16 años comencé a ir a una casa de fados como amadora, no como profesional. Me cogió el virus del fado y no me soltó.

Kátia Guerreiro: Mi historia no tiene nada que ver. Yo soy una curiosa. Yo empecé a cantar solo para amigos, en privado, hasta que un señor me escuchó en una casa de fados. La dueña de la casa me había escuchado cantar e insistió en que yo cantase esa noche, que había mucha gente importante del fado. Yo no quería, me insistieron. Al final un señor se acercó a mí y me preguntó de dónde venía. Yo le dije que era estudiante de medicina: “Voy a quedarme como médica, no quiero nada relacionado con el fado o la música, cantaré siempre como amadora y solo para amigos”.

Me invitó a su casa para que comenzara a escuchar más fado. Para mi generación escucharlo era como un tabú. No se compartía con los amigos, lo que se escuchaba era el pop-rock. Cuando empecé a ir a casa de ese señor, me enseñó lo que no sabía sobre la historia del fado. No sabía nada. Me enamoré del fado. Mi nombre comenzó a sonar más sin que yo lo supiera hasta que un día, justo el que hice mi último examen de universidad, habló conmigo un señor mayor, un gran cantante de fado, para invitarme al gran concierto del coliseo de Lisboa en un homenaje sobre Amália.

Cuánta presión.

K.G.: Mucha presión. Pero estaba tan entusiasmada al haber terminado mis estudios de Medicina que acepté sin ningún sentido de responsabilidad. Pensé que alguna vez le contaría a mis nietos que estuve en ese concierto. Al día siguiente, la crítica de un periódico muy importante tituló: ‘Un fantasma estuvo en el Coliseo’. Hablaba de mí como el fantasma de Amália. Tres meses después comencé a grabar el primer disco. Pero yo seguía queriendo ser médica. Hice el primero pensando en mis nietos, y el segundo. [Ríe] Ahora tengo nueve y aquí estoy.

Vosotras tenéis una carrera muy consolidada, pero ¿cómo de difícil es vivir del fado?

M: En estos momentos no es difícil. Está de moda. El otro día hice una especie de encuesta y hay más de 100 cantantes de fado con menos de 40 años.

K.G.: Hay un fadista debajo de cada piedra.

M.: [Ríen] Todas las semanas hay una nueva voz. La nueva Amália. Los medios de comunicación están siempre con lo mismo. Este momento es fantástico. Cuando yo empecé, en 1990, era el peor. Hice como el cruce del desierto. Esta moda tiene su parte buena y su parte mala.

Cuéntame la mala.

M.: La banalización. El vaciamiento del contenido, del significado de los poemas. Yo he visto a personas cantar poemas de la muerte y hacer palmitas al mismo tiempo. Transformar el fado en algo como un tinto de verano. Pero no es una cosa exclusiva del fado, pasa con otras músicas del mundo.

¿Se está consiguiendo que las nuevas generaciones conecten con el fado?

M.: Ahora sí. Incluso hay una vertiente con batería: el fado-pop. Hay bromas de que muchas casas de fado van a cerrar porque no hay espacio para colocar la batería. Pero los conciertos están llenos de jóvenes y hay muchos jóvenes que cantan. Y guitarristas. Y músicos. Quizá hace diez años no conectaban, pero ahora sí.

¿Cuánto dice el fado de Portugal?

M.: Hay que pensar que la palabra fado viene del latín factum, destino. Cuando se decía “Ay, mi fado”, se quería decir algo así como “Ay, mi cruz”. Yo creo que la mayoría de los portugueses tiene un alma fadista. Incluso a quienes no les gusta.

¿Y cuál creéis que es la principal diferencia espiritual entre el fado y el flamenco?

M.: Para mí, el fado es una aceptación del destino, mientras que el flamenco es una protesta. Por eso da palmas, golpes en el suelo. Es una lucha. El fado acepta.

K.G.: Es más sumiso.

M.: Y más trágico. Escoge aceptar, y no porque no haya otra opción. Esta es una gran sabiduría.

¿Cómo recibís que el fado se entremezcle con ciertos géneros? Es un debate constante.

M: No conozco ninguna forma de arte que sea pura. No vivimos en un barrio típico de Lisboa. La música del mundo nos entra, y cuando vamos a otros países –esta es una cosa que me encanta de Kátia y que hizo hace poco en Argentina–, por reciprocidad, cantamos algo de allí. En mi trabajo siempre incluí violín, acordeón, en mi último espectáculo el fado se trata como música, no como fado. Y a lo largo de mi camino he cantado con Iggy Pop, con Maria Bethânia, con Martirio… You name it.

K.G.: Hay otra cuestión. Nos mezclamos con otros géneros. Yo he cantado una versión de Estranha forma de vida [no hay fado más tradicional] con una banda de metal. Yo cantaba con mi voz de fado. Pero el fado-pop es otra cosa. No tiene nada que ver con el fado, no tienen la densidad. Están vacíos.

M.: Y tienen esa tendencia a decir que son fados alegres y modernos. Lo que no saben es que todo lo que es moderno pasa de moda en cinco minutos. Hay que ser contemporáneos, no modernos. Este tipo de fado cree que cambiando la forma es suficiente, pero cuando se quiere hacer un cambio, se necesita cambiar el contenido.

K.G.: Los franceses, que saben mucho de fado, lo llaman varieté. Algo que es muy fácil de oír, que no exige nada de ti, que no te emociona, que solo te pone más alegre y ligera. Esa no es la función del fado. Lo más importante en el fado es sentir.

¿Qué desafío sentís cuando interpretáis?

M.: No me tomo las cosas como un desafío. Lo veo con mucha naturalidad. Es algo epidérmico. Hay que hacerlo a tu manera, genuino. Yo no soy Amália. Por eso yo digo que si quieren poner batería, tienen que sentirlo. El artista tiene que sentir. Que no sea porque se lleva o porque lo pide el mánager.

El fado tiene un poder especial, casi espiritual.

K.G.: Cuando uno está en el escenario, cuando los teatros se cierran y las luces bajan, la gente abre la mente y el corazón para recibir y compartir con nosotros. El poder del fado es que la gente pueda tener una experiencia única en su vida. Que, a partir de ese momento, pueda cambiar lo que yo soy todos los días.

M.: El fado no es llorar por las pequeñas cosas. Es como si la cantante estuviera transportando las mayores emociones del alma: la vida, la muerte, el amor, el deseo, los celos, la tristeza. Todo. El público lo siente con el corazón y con la cabeza. El fado habla de las cosas principales.

K.G.: La gente no tiene tiempo en su vida cotidiana para pensar y para sentir. Muchos se acercan a nosotros cuando terminamos y nos dicen: “Escucharte ha sido una experiencia de vida”. Y lloran como una limpieza de alma.

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