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Mozart, el de los bombones o el auge del turismo simulacro

Foto: Retrato de Mozart realizado por Barbara Krafft

“¿Mozart era pastelero?” le pregunta un niño a su padre, mientras recorren de la mano las calles de Viena, deteniéndose, ante la insistencia del pequeño, en cada una de las tiendas de souvenirs de la abarrotada Kärntner Str. La pregunta, aparentemente descabellada, en realidad, no lo es; todo lo contrario, responde a una perfecta lógica: en cada una de las tiendas para turistas, entre imanes, tazas y algún que otro traje nacional austríaco, se agolpan montones de chocolatinas y de bombones envueltos en relucientes papeles rojos y dorados con la cara de Mozart impresa. El rostro del compositor está en todas las cajas metálicas de bombones y en todos los envoltorios; incluso la emblemática chocolatería Lindt ha optado por destacar en sus preciados chocolates el rostro de Mozart, convertido en el emblema de una ciudad que dice ofrecer música a sus visitantes, pero que, en realidad, sobre todo vende lo que toda ciudad turística: merchandising.

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Monumento a Mozart en Burggarten | Foto vía wien.info

No se puede negar el protagonismo de la música en la capital austríaca, si bien el auténtico turismo musical se dirige principalmente a Salzburgo; sin embargo, este protagonismo pasa por su fetichización y, sobre todo, por la fetichización del famoso compositor, convertido en un concepto vacío, en un rostro sin referente, en una mera mercancía. Y es que Mozart vende, pero vende su nombre, su imagen, pero no aquello que representó a nivel musical.

Bien lo saben las empresas del merchandising para turistas y bien lo saben los operadores turísticos, que distribuyen por toda la ciudad a hombres vestidos con camisa de lino bordado, chaleco y ceñida casaca que resisten estoicamente las altas temperatura de un inusual verano sin desprenderse en ningún momento de la blanca peluca de bucles con la que ocultan sus cabellos. Ahí están, símbolo de la precariedad laboral, de pie junto a un pequeño mostrador con todas las papeletas informativas sobre los “packs” para vender a los turistas, cuya atención intentan despertar con su atuendo. Algunos turistas se detienen en busca de un pack, muchos aprovechan para la foto, que es lo que realmente importa; “me he hecho una foto con Mozart”, grita una joven entusiasta a su amiga, que sujeta una bolsa de la tienda de souvenirs más próxima. Dentro de la bolsa, se entrevé, una vez más, el rostro del compositor. La joven ha comprado un par de cajas de bombones, “los bombones de Mozart” dicta el anuncio, como si en algún momento de su vida el compositor hubiera degustado aquellos dulces de larga duración.

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¿Ya te hiciste tu foto con Mozart? | Imagen vía prosimetron.blogspot.com

“La calidad de la vida urbana se ha convertido en una mercancía, como la ciudad misma, en un mundo en el que el consumismo, el turismo, las industrias culturales y las basadas en el conocimiento se han convertido en aspectos esenciales de la economía política urbana”, escribía hace algunos años el teórico social David Harvey.

El turismo es, sin duda, uno de los motores económicos de Viena como lo es de tantas otras ciudades, un motor que hay que hacer funcionar hasta su máxima potencia y que no tarda en convertirse en una fuerza centrífuga que lo absorbe todo. Mozart es una de sus víctimas: vaciado de su historia y de su obra, se ha convertido en un producto del capitalismo más avanzado, capaz de convertir en mercancía a figuras tan dispares como el Che Guevara, Kafka, Pablo Escobar o el autor de La flauta mágica.

Poco importa la significación histórica, social, política y cultural de cada uno de estos nombres, lo único relevante es la posibilidad de crear una industria en torno a ellos. En otras palabras, lo esencial es convertirlos en un producto que el turista no solo quiera consumir, sino que incluso se sienta obligado a consumir. Porque, ¿cómo ir a Viena y regresar sin nada de Mozart? De ahí, que los imanes sean el objeto más codiciado, aunque pocos reparen en que el rostro ahí estampado, el mismo de los envoltorios y de las cajas de bombones, no sea propiamente el del compositor, sino solo una recreación realizada por Barbara Krafft en 1819 (portada de este artículo), es decir, 28 años después de la muerte del compositor. Kraft recurrió a algunos retratos que se le realizaron a Mozart a lo largo de su vida, en concreto, al retrato realizado por Joseph Lange entre 1783 y 1789, para posteriormente recrear el rostro del compositor. ¿Por qué optar por la imagen de Krafft y no por la de Lange? Porque la de Krafft es una idealización, porque responde a la misma lógica del merchandising: convertir un rostro en un objeto/mercancía que atraiga, que guste, que resulte “consumible”.

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Retrato de Joseph Lange.

Sin embargo, en la era del simulacro, tampoco hay que sorprenderse. El turismo, que todos, de una manera u otra, terminamos practicando, gira en torno al simulacro y al artificio: los lugares turísticos son espacios construidos en base a la demanda del mercado, desnaturalizando los espacios y reconvirtiéndolos en parques temáticos en torno a los cuales se crea la necesidad imperante de ir.

“Es necesario ir a ver…” es la frase más repetida por toda web de turismo que se precie y, de esta manera, se despierta en el consumidor la necesidad de consumir espacios, empezando por museos, edificios emblemáticos, lugares de ocio y terminando en objetos “memorables” de lo visitado/consumido previamente. El deseo debe satisfacerse y, por tanto, debe agotarse; el mercado no puede soportar a un posible comprador deseoso de algo, necesita un comprador que satisfaga su deseo y, por tanto, alguien que agote su deseo, que nunca puede ser frustrado. De ahí, que allá donde no haya, es necesario construir y, si con los bombones, las camisetas y los imanes de Mozart no bastan, entonces se convierte su casa en un museo, aunque en él no haya nada de auténtico, solo reproducciones.

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“Supuesto salón de juegos”, así titula la Mozarthaus Vienna esta foto en su web. | Foto: David Peters vía Mozarthaus Vienna.

Y así vamos todos a Domgasse Str. a visitar la casa de Mozart, donde no queda nada de Mozart, donde los muebles son como los que podrían haber estado en la casa del compositor, donde las partituras son copias y donde las fotos son reproducciones de unas originales, cuya procedencia no se especifica. El turista recorre la vivienda escuchando atentamente una audioguía que reconoce que en aquel apartamento todos son supuestos, pero poco le importa al turista ávido de fotos, que no duda en fotografiarse frente a la ventana del que hubiera podido ser tanto el comedor como el estudio de Mozart o en inmortalizar el atril que se podría parecer al que el compositor utilizaba para repasar sus partituras. Una gran puesta en escena para un solo objetivo: decir que se ha estado en la casa de Mozart.

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Bombones Mozart. | Foto vía Anna María Iglesia | The Objective.

¿Importa algo lo vacío del contenido? ¿Importa algo la artificiosidad del habitáculo? En absoluto, la gente no deja de entrar y la cola no parece agotarse. Al llegar al final del recorrido, la autoguía, en un gesto de empática comprensión, ofrece como último track una pieza musical de Mozart, lo único original de toda la visita. Sin embargo, la mayoría se desprende de los auriculares antes, la tienda de souvenirs es una atracción mucho más interesante que la pieza musical. En la tienda, los turistas hacen más cola para comprarse los enésimos bombones con la cara del compositor, para probarse las camisetas con el rostro o con alguna frase teóricamente de Mozart o para elegir el imán más idóneo para su nevera. Lo importante es decir que se ha estado aquí, aunque este aquí no sea más que un artificio, un lugar fetiche, una mercancía más dentro de la industria del souvenir.

“Papá, ¿Mozart era pastelero?” ¿Acaso importa?

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