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Ni vivos ni muertos: El viaje de las madres buscadoras de Sonora

Acompañamos a las Madres Buscadoras de Sonora (México) a tres sitios donde alguien, les indicó que se encontrarían restos humanos

Foto: Cedida por el autor

La desaparición de un ser amado y su búsqueda son experiencias que en Sonora (México) se atraviesan con ciencia, magia y fe.

Virginia quería seguir los pasos de su padre estudiando agronomía, pero, tras la desaparición de éste, hoy estudia criminología para tener los conocimientos que le permitan seguir su rastro. “Me prometí encontrarlo y son mis estudios los que me sostienen,” me dice, sacando de su billetera un recorte de prensa, ya medio amarillo, donde aparece el aviso de su desaparición. “Este recorte estará acá hasta que se desintegre, yo no dejaré de buscar”, agrega.

Virginia forma parte de las Madres Buscadoras de Sonora, uno de los 70 colectivos de buscadoras, rastreadoras y guerreras que existen en México, y que dedican su día a día a perseguir las trazas de sus seres queridos, desaparecidos en su propio país.

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Virginia sacando de su billetera el anuncio de desaparición de su padre. Basem Siria. Foto: Cedidas por el autor.

Una crisis con mas de 60.000 desaparecidos

Hoy en día, las desapariciones forzadas vuelven a reeditarse en América Latina en un contexto global de democracias neoliberales globalizadas y economías neoextractivistas. En el caso de México, la desaparición forzada se combina, de formas complejas, con las desapariciones por “particulares”. En 2017 México aprobó la Ley General de Desaparición de Personas y Desaparición Cometida por Particulares con el objeto de poner freno a estas desapariciones multiactor. Pero se trata de una ley que está lejos de poder ser implementada. Desde 2006, y hasta enero de 2019, la Comisión nacional de Búsqueda de Personas en México contabiliza 61.637 mexicanos desaparecidos.

Como en Chile, con la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), y en Argentina, con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, ahora son también principalmente las mujeres quienes han salido a buscar a sus seres queridos a lo largo y ancho del territorio mexicano.

A estos colectivos se añade la Caravana de Madres Centroamericanas, que atraviesa México cada año desde hace 15 buscando a sus desaparecidos en su viaje hacia los Estados Unidos. Recorren todo el país mostrando la foto de sus hijos e hijas en las ya míticas pancartas donde preguntan “¿Dónde están?”; pegan afiches en las calles, recorren hospitales, cárceles, campos y cementerios. Se entrevistan con oenegés, periodistas, autoridades y algunas veces reciben algún indicio, alguna llamada anónima, y en ocasiones han logrado ubicar, vivos o muertos, a sus seres queridos.

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Centro urbano, Sonora. Búsqueda de restos humanos, noviembre 2019. Foto: Cedida por el autor.

“Pitazos” en Sonora: ciencia, magia y fe

Acompañamos a las Madres Buscadoras de Sonora a tres sitios donde les habían dado un “pitazo”, es decir, donde alguien, de manera anónima, les indicó que se encontrarían restos humanos. Salimos en camionetas con palas y varas. Las varas son instrumentos de hierro en forma de T que entierran en el suelo para luego olerlas. Cuando la vara apesta, puede que haya restos humanos en proceso de descomposición. Si tienen suerte, estos son restos de alguna de las personas que buscan. Pero ellas saben que los huesos no “huelen a muerte” y que con este método solo encontraran restos recientes.

En el primer día de búsqueda, las madres se hacen acompañar por Don Manuel, quien dice tener un don especial: usa un péndulo para rastrear la energía de los muertos. Las madres le entregan las fotos de los rostros de sus desaparecidos y Don Manuel elige una, la pone delante de su péndulo y espera a ver si este instrumento “quiere trabajar” e indicar por dónde ir a enterrar la vara y cavar. El rostro delante del péndulo es el hijo de Carmen. Ella toma el péndulo y comienza a hablar con su hijo pidiéndole que la oriente para poder llorarlo en el lugar correcto, es decir, en una tumba, con sus restos.

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Don Manuel con el péndulo. Foto: Cedida por el autor.

“Quiero encontrarlo, pero no quiero encontrarlo”

Pero Carmen nos dice que ella no entiende por qué Don Manuel insiste en tomar la foto de su hijo y no las otras. “Quiero encontrarlo, pero no quiero encontrarlo”. Carmen quiere encontrar sus restos y tener la certeza de su muerte pero a la vez quiere que esté vivo. En esta ambigüedad constante y torturante viven todas estas mujeres.

Mujeres como Juana, que en una pequeña ciudad de Sonora, también busca a su hijo desaparecido hace 5 años, tres meses y algunos días. Nos cuenta cómo se lo llevaron una noche, a las 3 de la madrugada, y nunca volvió a saber de él. Ella explica entre llantos lo mucho que le duele la desaparición de su hijo: “Era mi hijo y mi hija. Después de su desaparición ya no vivo. Y si estoy viva es para buscarlo, nunca dejaré de buscarlo”.

Juana aún espera que la llame, que aparezca. Su relato es tan vívido y tan lleno de minúsculos detalles que es como si su hijo acabara de ser secuestrado ese mismo día. Y es que, para estas buscadoras, el tiempo se suspende en el momento de la desaparición. Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, es una pérdida ambigua, como la define la terapeuta Pauline Boss.

La imposibilidad de la despedida

Por eso “no podemos decir que estén muertos”, dice Virginia: “Yo no puedo despedirme de mi padre. Yo, en mi interior, puedo pensar que después de tantos años muy probablemente esté muerto, pero sólo yo me lo puedo decir y, aún así, seguiré buscando, porque no sé si está vivo o muerto”. Para Virginia es chocante cuando algunos conocidos de la familia, que creen en Dios, le dicen de su padre “que en paz descanse”.

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Una de buscadoras del Colectivo Madres Buscadoras de Sonora, noviembre 2019. Foto: Cedida por el autor.

Pero la fe en Dios es un consuelo para algunas de estas madres, hermanas y esposas. O, para ser más precisa, es un semiconsuelo. Muchas invocan a Dios, piden por sus seres queridos, ruegan y rezan todos los días, van a misa y le piden consejos al párroco. Pero, como les ha pasado con algunos psicólogos que les sugieren que se “despidan” de sus seres queridos, algunos sacerdotes les han pedido que los “entreguen a Dios”. Una joven, que estaba embarazada cuando desaparecieron a su esposo, nos dice: “Yo no tengo nada que entregar a Dios, no tengo su cuerpo, no tengo nada, no sé donde está, ¿qué le puedo entregar a Dios?”.

Hasta la fecha, el colectivo de Madres Buscadores de Sonora, que reúne familias de todo el estado y cuenta más de 200 adherentes desde que se creó en 2019, ha encontrado 79 restos. Son grupos pequeños los que cada fin de semana salen a buscar, con sus propios recursos, pagando la gasolina, la comida y todo lo que se requiera.

En nuestra segunda búsqueda con las Madres encontramos la parte delantera de un cráneo y una mandíbula en medio de un predio. En las otras tres búsquedas sólo encontramos pedazos de ropa y terrenos llenos de unas pequeñas piedras blancas como cristales con fuerte olor a químico. Podría tratarse de restos de sosa caústica, que es usada para disolver cuerpos.

Desaparecidos cruzando a EEUU

En este recorrido también encontramos a buscadores del otro lado de la frontera, del lado estadounidense. Desde Tijuana no me toma más de 15 minutos atravesar la frontera para llegar a San Diego a juntarme con Armadillos Binacional, que acuden a la cita en una cafetería de San Diego. El más joven de ellos, un chico de no más de 20 años, dice: “Mis padres atravesaron ese desierto (de Arizona). Como ellos, hay mucha gente que sufre allá, que quiere venir acá para tener lo que yo tengo, estudios, trabajo”. Muchos de los Armadillos llegaron con sus padres desde México sin papeles y se sienten identificados con las personas que intentan el cruce.

Los Armadillos comenzaron hace 2 años lo que llaman “labores de búsqueda” de sus “hermanos” en la frontera, de los cuales han encontrado 22 cuerpos o restos. Esta es una labor voluntaria que realizan fuera de sus horarios de trabajo, con sus propios medios y las donaciones que logran reunir en su comunidad. Si bien el colectivo está compuesto principalmente de hombres, ellos indican que las mujeres son muy importantes. “Mi esposa me apoya, ella tiene todo listo para la búsqueda: las aguas, la ropa, el lonche”.

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César, lider de Armadillos Binacional, San Diego, 2019. Foto: Cedida por el autor.

Los fines de semana conducen toda la noche de California a Arizona, ya que un 90% de los reportes de personas desaparecidas les llegan desde ese estado. En efecto, desde que en la década de los 90 se fueron cerrando los pasos fronterizos urbanos, se ha producido un “efecto embudo” que ha obligado a los migrantes a cruzar por zonas remotas altamente letales como es el desierto de Sonora y Arizona. Un desierto “inmenso, donde se camina 5 minutos y ya uno no sabe donde está”, indica César, uno de los miembros fundadores del colectivo.

Solidaridad con el sur de la frontera

En el último año, Armadillos ha logrado extender su labor al otro lado de la frontera para solidarizarse con grupos de búsqueda mexicanos. En este caso no se trata de personas que desaparecen cruzando la frontera sino de personas desaparecidas en territorio mexicano, claro que entre ellos podría haber migrantes. Armadillos insiste en que lo que ellos hacen es “buscar personas desaparecidas”. Cuando les llega un aviso, Armadillos no sabe, ni quiere saber, cómo ni quién hizo desaparecer a la persona.

Es así como las Madres Buscadoras de Sonora y Armadillos Binacional se han unido para realizar búsquedas conjuntas en este territorio de desapariciones. Porque si algo circula y recorre esta zona de América Latina, más allá y más acá de los inmensos muros fronterizos, además de todo el trafico legal e ilegal, son los desaparecidos y las desaparecidas.

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Frontera entre EEUU y México en Tijuana, al borde del océano Pacífico. Foto: Cedida por el autor.

Desde el desierto de Arizona a Chiapas y más al sur, donde Estados Unidos ha externalizado sus fronteras y sus guerras contra las drogas, se ha constituido un denso tejido de ausencias que atraviesa familias, generaciones y naciones. Así como estas guerras (y sus economías) se transnacionalizan, también lo hace este tejido de ausencias y de búsquedas. Una fisionomía de la desaparición que no deja cicatrices sino heridas abiertas que se soportan cada hora de cada día con fe, magia y ciencia, tejiendo solidaridades transnacionales.


Este artículo se realizó con la colaboración de Basem Siria, fotografo y ciberactivista de derechos humanos exiliado, y de la periodista Lorenza Sigala. Todos los nombres de los entrevistadxs son ficticios, excepcto el del líder de Armadillos Binacional, que nos solicitó mantener su nombre. El trabajo de terreno se realizó en el marco del Proyecto Salir de la Violence financiado por la Agencia Nacional de Investigación (ANR-Francia) The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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