Ninguno de nosotros estará aquí eternamente
Foto: Jeff Cottenden| Anagrama

Cultura

Ninguno de nosotros estará aquí eternamente

Hablamos del británico Kazuo Ishiguro y de 'Klara y el Sol', su primera novela desde que ganó el Premio Nobel en 2017

por Jorge Raya Pons

La vida de una máquina es extraña. Esta soldadura de piel, plásticos y algoritmos que es Klara, que imaginamos bella y no demasiado alta, espera –a días al sol y a días almacenada– a que una niña alivie su soledad con ella. Klara nació servicial y observadora, inteligente y avivada, con el mismo propósito que cualquier otra Amiga Artificial: nació con el propósito de acompañar y amenizar la estancia. De modo que Klara espera y espera, a días al sol y a días almacenada, a que una niña –una familia– la saque de la tienda. Un día aparece la pequeña Josie, que la sabemos enferma y listísima, y simplemente se gustan y conectan con un entusiasmo inaudito; pero Josie no puede llevarla con ella, no todavía, y le pide que espere. Así que Klara, con diligencia, espera y espera, espera hasta la duda.

–Esos niños, sin un AA, seguro que se sentirán solos –dice Klara al gerente.

–Sí, eso también. Solos, sí.

El mundo es un país lejano, a sus ojos, y está lleno de colores y matices. Josie no vuelve y el tiempo pasa, cada día más despacio. Klara espera y espera, porque Josie le dio su palabra. Y Josie, al cabo de semana y media, la cumple. Y lleva a Klara con su madre y con ella. Y la vida de Klara cobra un color más intenso y otros matices, y deja de ser tan extraña como solía serlo –comienza a serlo de otro modo–. Y Klara va observando y aprendiendo, con una lucidez nueva, ciertos rituales de todos los días, qué nos convierte en humanos: ¿qué tendría que hacer ella para adaptarse a estas soldaduras de piel, huesos y emociones que somos nosotros?

Aquí aparece Kazuo Ishiguro, el poeta de la pérdida, con Klara y el Sol (Anagrama), la primera novela desde el Nobel (2017). Con ella regresan unos cuantos temas de siempre: la melancolía, la soledad, el tiempo irreversible. Y alguna cuestión de fondo: ¿acaso existe eso a lo que llamamos alma? ¿Hay algo así, cartografiable, dentro de nosotros? ¿Somos únicos e irremplazables? Hace cuatro o cinco años que la idea de la novela anidó en su despacho: inicialmente como cuento para niños, finalmente como cuento para mayores: habría sido demasiado. «Me interesaba porque en estos cuentos infantiles, sobre todo en las ilustraciones, se dan pistas de la oscuridad y la tristeza que les prepara el mundo», cuenta Ishiguro desde el otro lado de Zoom. Pero el autor británico desechó la idea por consejo de su hija —«¡vas a traumatizarlos!»— y ambientó la historia en un escenario de ciencia-ficción, distópico, por así decirlo; no hay necesidad de suscribirla al género.

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Portada de ‘Klara y el Sol’, de Kazuo Ishiguro. Traducido por Mauricio Bach. | Fuente: Anagrama

Y sin embargo existe la tentación de hacerlo —¡a la cajonera!—, y la tentación de vincularla con la famosísima Nunca me abandones, y la tentación a menudo corrompe. «Creo que hay una relación, pero no fui consciente hasta casi al final», asume Ishiguro. «Me di cuenta de que era mi propia respuesta. Al menos, a nivel comercial. Recuerdo que, hace seis o siete años, leí Nunca me abandones de nuevo y pensé que era muy triste. Ahora soy más optimista respecto a la naturaleza humana. Quería escribir una historia que fuera hacia un territorio parecido, pero que hubiera esperanza. Y no solo esperanza, sino creencia en la bondad del mundo. Así que Klara y el Sol también responde de manera emocional a Nunca me abandones».

Curiosamente, Ishiguro creyó en su día que Nunca me abandones, y esto no lo dice ahora, respiraba cierto optimismo, que no era tan triste. Y ahora está en las mismas con Klara y el Sol, que está narrada desde la perspectiva muy cinematográfica de la AA y se escuda en su fría ingenuidad para no ser tan triste. Pero es tristísima. Cuando nos cuenta el mundo —la última revolución tecnológica y el reguero de parados a su paso; los grupos levantados y organizados en milicias; las distancias sociales casi insalvables; los niveles de polución siguen estando simplemente ahí; no existen los colegios como los conocemos, y los niños estudian aislados; la modificación genética es el pan de cada día—, nos deja esa cosa en la garganta. Y sí, bueno, hay esperanza y amor y un deseo inherente en sus humanos (y Klara) de conectar con el otro, de no acabar en uno mismo, tiene su dosis de optimismo; pero no es alegre, ni amable, y nadie pidió que lo fuera.

«Pretendo que cada libro refleje quién soy en el momento en que lo escribo y vivo», recupera Ishiguro. «Kubrick es un modelo para mí: se reinventaba a sí mismo película tras película, y eso es más difícil en el cine. Por el dinero que cuesta, por una parte, y porque no gusta que cambies, quieren que te parezcas a lo de antes. Kubrick hizo un montón de películas y eran tan perfectas como distintas entre sí. Bob Dylan es otra influencia para mí. Cambia constantemente. Lo recibían con hostilidad por ello. Yo quería ser eso. Lo veía como una heroicidad. Cuando Dylan pasó de músico folk a eléctrico, mucha gente le abucheó. Era mi ideal a seguir. A veces uno avanza y deja cosas atrás, a veces se pierde algún lector, que queda descolocado. Bueno. Pero debo decir que no es mi caso, que conmigo han sido pacientes. Son fieles. Eso me ha permitido pasar de una fase a la siguiente. Me parece que trabajar así es lo correcto».

Y si hay un camino a medio explorar —¿pueden los humanoides representar otro tipo de humanidad? Algo dentro de nosotros nos conduce a perseguir dioses, demandar respuestas, cuidar al prójimo; algo dentro de ellos, o cuando menos dentro de Klara, los conduce a lo mismo—, hay un camino explorado sin rodeos: el camino de vuelta a su madre. Es conmovedora la dedicatoria del libro, por sencilla: «En memoria de mi madre, Shizuko Ishiguro (1926-2019)». De ella habló con The New York Times: «Mi madre tiene la culpa de que yo escriba». A ella le dio la noticia del Nobel, sin que ella perdiera el gesto: «Ya sabía que ibas a ganarlo, más tarde o más temprano». A ella le debe esta novela y todas las demás: «Mi madre murió a los 92 años, en paz y en calma, y mucho de lo que ocurre en Klara tiene que ver con lo que observaba en ella. Mi madre reconoció que ya no era necesaria, era capaz de pensar en el pasado, tenía sus recuerdos y fue consciente de que lo hizo bien en la vida. Mi madre está en la forma de hablar y mirar de Klara: nunca perdió esa inocencia, algo infantil, hacia lo bueno que hay en el mundo».

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es responsable de Cultura en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva.