Núria Perpinyà: «Si los más jóvenes pueden evitar caer en el nihilismo, mucho mejor»
Foto: Manu Bausc

Cultura

Núria Perpinyà: «Si los más jóvenes pueden evitar caer en el nihilismo, mucho mejor»

por Anna María Iglesia

Profesora de Teoría literaria en la Universitat de Lleida, Núria Perpinyà ha ganado el XII Premio Málaga de Ensayo con Caos, virus, calma. La teoría del caos aplicada al desorden artístico, social y político (Páginas de espuma). A partir de la teoría del caos y de su aplicación a la física inorgánica, Perpinyà reflexiona sobre de qué manera el concepto de caos ha impregnado positiva y negativamente la sociedad y el arte, sobre todo a partir del siglo XX.

Perpinyà nos recuerda que el caos no es sino un orden que no reconocemos como tal y reflexiona sobre ese nuevo caos negativo que vivimos como sociedad desde que la mentira o, mejor dicho, la llamada posverdad se ha impuesto, borrando todas las certezas que no buscamos en el arte, pero sí en la política. 

Para empezar, creo conveniente preguntarle qué entendemos por caos y cómo ha ido cambiando su connotación a lo largo de la historia.

Diría, ante todo, que existen dos tipos de caos. Por un lado, está el caos negativo que hasta el siglo XVIII se asoció con la anarquía, el desenfreno y el demonio. Este es el caos tradicional y que podríamos tachar de desordenado. Por el otro lado, encontramos ese caos que podríamos definir como positivo y del que comienza a hablarse a partir del romanticismo, es decir, a partir del siglo XIX, y, sobre todo, a partir de las vanguardias. Este es el caos artístico y creativo. A estas dos formas de caos podemos añadir una tercera que aparece ya bien entrado el siglo XX y que se definiría por su carácter neutro. Es el llamado caos neutro, el de la materia orgánica e inorgánica y se ordena a partir de unas reglas a las que tampoco podemos atribuir ni un valor positivo ni un valor negativo. 

El caos neutro, el que estudia la física, nos revela que, paradójicamente, el caos es lo que define nuestro orden natural. 

Sin duda. Y, de hecho, en líneas generales el caos no es sino un orden que no nos gusta. Y lo que quiero decir con esto es que erróneamente hablamos de caos para referirnos a algo que, sin embargo, tiene un orden muy concreto e inalterable. Cuando aparece un orden que altera y se superpone al nuestro, lo tachamos de desorden o de caos, sin darnos cuenta de que, en realidad, no se trata de ningún desorden, sino de un nuevo orden, solo que distinto al que estábamos acostumbrados. Esto es lo que ha pasado con la pandemia, pero, si nos fijamos bien en los movimientos de acordeón a partir de los que se ha desarrollado -picos y bajadas, confinamiento y relajación-, nos daremos cuenta de que la pandemia ha seguido en su evolución un patrón muy concreto y más que reconocible. 

Por tanto, ¿el caos puede dejar de serlo cuando se convierte en un nuevo orden asumido? 

Exacto. El otro día vi la nueva película de Michel Franco, El nuevo orden, en la que vemos cómo, después de una revolución caótica, se instaura un nuevo orden, en este caso militar, que es finalmente asumido, aunque, evidentemente, a muchos no gustaba. Y esta es la cuestión: puede que el nuevo orden, el que estamos viviendo ahora, no nos guste, puesto que altera nuestras rutinas de siempre. Sin embargo, el hecho de que no nos guste no significa que no sea un orden, es decir, que se rija a partir de unas determinadas reglas. El virus, de hecho, y su forma de desarrollarse responde perfectamente a una lógica y sigue unas pautas muy determinadas y ordenadas. 

Pensando en el caos negativo, ¿podríamos también definirlo como un caos moral y/o religioso, es decir, asociado con el pecado o el vicio?

Efectivamente, el caos es moralmente negativo en cuanto se asocia al desenfreno que conduce al pecado. Y, ¿qué es lo que provoca el desenfreno? Desde un punto de vista religioso, el diablo y la mujer, a la que se culpa de invitar a pecar, a caer en la lujuria, por ejemplo, son los causantes del caos moral. Desde un punto de vista político, el caos residía en el pueblo llano, donde el desenfreno lo encontramos en ciertas manifestaciones de la cultura popular, tachadas de primitivas, pero también en sus posibles movilizaciones. Esto explica por qué dio tanto medio la Revolución Francesa, durante la cual el pueblo se alzaba en armas. 

Ya lo decía Goethe: «Prefiero la injusticia al desorden».

Efectivamente. A la clase alta le daban miedo estos alzamientos militares porque cuestionaban el orden social y político establecido.

¿Y no sigue pasando lo mismo? 

He hablado en pasado, pero, seguramente, no debería. He hablado de caos tradicional al referirme a ese supuesto caos producido por las protestas y movilizaciones del pueblo, pero el hecho de que lo tache de «tradicional» no significa que todavía hoy no siga vigente, por lo menos en determinados estratos sociales, esta idea del desenfreno asociada al pueblo y sus manifestaciones.

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Imagen vía Editorial Páginas de espuma.

Por lo que se refiere al caos positivo, este es resultado, en parte, del cuestionamiento de estamentos como Dios o el sujeto.

Cuando Fichte, los idealistas alemanes y, poco después, Nietzsche cuestionan la inexistencia de Dios, ese orden hasta entonces fijo e inamovible se viene abajo. Y es que hay que tener en cuenta de que la existencia de Dios representaba un orden total en el que todos se sentían parte. La ruptura de esta pirámide es una liberación y abre la posibilidad de replantearse el orden existencial. Sin embargo, como vemos en Baudelaire, aun aceptando la inexistencia de Dios, la ruptura de dicha estructura piramidal provoca angustia, precisamente por la ausencia de un Dios, de una referencia última y, por tanto, de un orden que de sentido a la existencia. La crisis del sujeto va de la mano de la muerte de Dios, puesto que Freud, planteando que nuestro yo no es coherente ni unitario y tampoco se sustenta sobre principios estables, sino que es contradictorio, lo que hace es resquebrajar el yo, creando nuevas incertezas en el individuo. Y esta falta de certezas, así como las provocadas por la ausencia de Dios, pueden dar pie, como efectivamente dieron, a la creatividad, pero al mismo tiempo provocan angustia.

Junto a Nietzsche y a Freud, deberíamos también mencionar a Karl Marx. 

Claro, con Marx encontramos el caos político en cuanto él plantea un nuevo orden que nada tiene que ver con el antiguo, puesto que propone una transformación radical de la jerarquía social, transformación que, teóricamente y sólo teóricamente, tuvo lugar a través de la revolución soviética y del maoísmo. 

El cuestionamiento llevado a cabo por la llamada Escuela de la Sospecha tuvo su reflejo directo en las vanguardias, cuyo estudio la llevó a prestar atención al caos desde el punto de vista físico. 

Sí, comencé a estudiar la literatura de vanguardia, pero, casi de inmediato, me di cuenta de que necesitaba adentrarme en el arte de vanguardia para poderla comprender. Ya metida en el estudio artístico, observé que la vanguardia se definía por ir a la contra de todo lo que se había hecho y, por tanto, se definía por hacerlo todo al revés. Este «hacerlo todo al revés» tiene mucho de carnavalesco, entendiendo el carnaval como aquel momento en que el orden se trastoca y se altera. Y me di cuenta, por tanto, de que la alteración del orden no es sino una expresión de caos, pero para entender esto en profundidad necesitaba, antes que nada, preguntarme sobre qué es el caos. De ahí que no me quedó más remedio que adentrarme en el mundo de la física.

Y esto lo que pone en evidencia es de qué manera la ciencia y las letras se dan la mano, si bien, a nivel académico, se hayan disociado.

La unión entre letras y ciencia se ha roto sobre todo en nuestro país, puesto que, en el resto de Europa, especialmente en países como Alemania u Holanda, se da mucha importancia a la filosofía de la ciencia y todas las carreras científicas tienen asignaturas vinculadas precisamente a la historia y a la filosofía. Aquí, sin embargo, no se da toda esta importancia a la filosofía, cada vez más arrinconada. Pero, volviendo a lo que comentabas, estudiando el caos artístico me di cuenta de que era inevitable acudir a la física, antes que nada, para comprender qué es el caos. Empecé a estudiar sin saber exactamente a dónde iba a llegar y me di cuenta de los grandes paralelismos que hay entre el caos físico y el caos artístico. 

Más allá de estos paralelismos, ¿el caos artístico y el caos político no se definen por un elemento subversivo que, sin embargo, el caos físico carece?

Sin duda. Para estudiar el caos artístico, social y político me ha sido muy útil conocer los patrones de la teoría del caos, sobre todo, aplicada a la física inorgánica, pero evidentemente he tenido que incorporar algunos factores que no se contemplan en el caos físico, pero sí en el artístico o en el político. Por ejemplo, como señalas, he tenido en cuenta la rebelión como causa del caos político, así como el nihilismo como expresión y consecuencia del caos artístico.  

A pesar del nihilismo al que acaba de aludir, ¿el ser humano necesita aferrarse algo? En otras palabras, ¿necesitamos el orden porque significa creer en algo?

Ya veremos lo que sucede en el siglo XXI, pero el siglo nihilista por definición ha sido el XX. El arte y la literatura del siglo XX han sido, efectivamente, muy nihilistas, muy descreídas, muy trágicas… Sin embargo, diría que, en el XXI, quizás como reacción o porque nos gustan los cambios, encontramos a nuevas generaciones mucho más comprometidas con distintas causas en las que creen. Lo que sucede es que, tras el desencanto del comunismo, ya no quedó nada en lo que creer. Ya no había ni Dios, ni Marx, ni Stalin… Sin embargo, en este siglo han aparecido nuevas causas en las que creer, como puede ser la causa ecologista o también la defensa de los derechos de los inmigrantes o un compromiso con el denominado Tercer Mundo. Si los más jóvenes puede evitar caer en el nihilismo, mucho mejor. 

El nihilismo tuvo su reflejo en el lenguaje…

Es que, en el siglo XX, de la mano, en concreto, de Derrida y la deconstrucción, observamos de qué manera estamos sometidos al logocentrismo, es decir, de qué manera el lenguaje lo determina todo, pero al mismo es insuficiente y engañoso, no consigue nombrarlo todo. Fuera del ámbito propiamente artístico-literario, esto lo vemos en ámbito periodístico y político: el lenguaje se vuelve una herramienta muy potente, pero del que uno no se puede fiar, porque se ha convertido en una forma de engaño. Y en estas estamos

Lo comentaba porque, al final de su ensayo, parece aludir a la reaparición de un nuevo caos negativo debido a que la mentira se ha instalado y ha sustituido a la verdad.

El caos artístico puede ser definido como positivo, pero el político y económico es completamente negativo, puesto que en cuestiones políticas y económicas queremos certezas. Y esas mismas certezas que exigimos a la política se las pedimos al periodismo. Aristóteles definía positivamente la retórica como el arte de dominar el lenguaje. Sin embargo, esta terminó en manos de los sofistas, que concebían la retórica como la elaboración de un discurso vacío para causas no muy nobles y, sobre todo, para engañar al auditorio. Y hoy la retórica política es la misma que la de los sofistas, pero con la gran diferencia de que, mientras antes a los retóricos se los tachaba de mentirosos, hoy a los charlatanes no se les condena. Quizás estemos viviendo un tiempo más amoral, pero lo cierto es que a la mentira y a quien la dice no se le condena. Y lo peor es que, bajo la excusa de que no hay una sola verdad y de que tampoco se conoce la verdad en su totalidad, se legitima la mentira, que nos sobrevuela y no es expulsada del discurso. Hace algunos años, se sabía perfectamente qué periódico era amarillista y cuál no, pero hoy en día cada vez es más difícil. Hemos aceptado el amarillismo y los rumores se han convertido en noticias de tal manera que para cualquier lector resulta difícil saber dónde está la verdad y dónde está la mentira. Es cierto que todavía tenemos puntos de referencia, periódicos como The New York Times o The Guardian que contrastan las noticias, pero son cada vez menos frecuentes. Además, las redes sociales están jugando un papel muy nocivo, puesto que es precisamente en ellas donde verdad y mentira se confunden completamente. Cabe esperar que, de aquí a algunos años, en parte por saturación, las redes dejen de tener la relevancia y el protagonismo que hoy tienen. Esperemos que así sea. 

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.