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Nuria Sánchez Madrid: "El neoliberalismo ha secuestrado nuestra felicidad"

Foto: Evan Vucci | AP

Diremos de Nuria Sánchez Madrid (1973) que es kantiana. Y a partir de ahí desgranaremos un currículum académico que no tiene fin: es experta en pensamiento griego, en pensamiento alemán, es doctora en Filosofía por la Complutense, ha sido investigadora invitada en universidades de Brasil, Chile, Alemania, Turquía, Francia, Portugal e Italia. Su nombre ha estado vinculado a Podemos desde el nacimiento de los primeros círculos y se siente cercana a Íñigo Errejón. La pensadora participa en el II Festival de Filosofía, donde presenta un debate entre el próximo candidato a la Comunidad de Madrid y Fernando Vallespín [catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid] que trata de encontrar respuestas a un problema elemental: el desafío nacionalista al que se enfrenta Europa.

Nuria Sánchez Madrid: "El neoliberalismo ha secuestrado nuestra felicidad"

Núria Sánchez Madrid. | Foto: UCM

¿Hay una crisis de la democracia?

Es evidente que el marco institucional de la democracia está sufriendo una crisis a nivel global. Actualmente te encuentras tanto con dinámicas populistas progresistas como con dinámicas populistas regresivas y conservadoras. Esto encuentra explicación en el escenario neoliberal en el que estamos. El modelo democrático que se nos ha vendido y en el que pensamos de alguna manera que seguimos viviendo es un modelo secuestrado por poderes económicos e intereses que no son los intereses de los pueblos. Es un caldo de cultivo que algunas fuerzas especialmente regresivas han sabido reconocer.

¿Cree que hay una relación directa entre la crisis de la democracia y el modelo económico?

Sí, creo que es una relación directa. Este sistema económico progresa acentuando las dinámicas de exclusión social. Es un modelo económico que elimina del pacto social a muchas capas de la población, por no hablar de los inmigrantes. Las sociedades, por naturaleza, son abiertas. No se pueden construir murallas que digan que hasta aquí los nuestros, los auténticos ciudadanos. Por muchos mitos nacionalistas que se enfaticen. El sistema neoliberal es un sistema que excluye.

Conviven dos revoluciones simultáneamente: una revolución feminista y una revolución de los patriarcas. ¿Hacia dónde vamos?

Yo tiendo a diagnosticarlo como las expresiones polarizadas de dos modelos de construcción de comunidad. Me preocupa mucho como fenómeno. La construcción de comunidad puede apelar a los instintos más básicos, al miedo de una sociedad, a las pasiones más bajas. Esa estrategia de distracción es claramente exitosa y nos lleva a los Trump, Bolsonaro o Salvini. Es una comunidad tremendamente identitaria, basada en mitos que celebra el hecho de encontrarse y de pensar que ellos son el verdadero nosotros. Son experimentos viejos y trágicos para la historia de Europa, y sabemos muy bien cómo terminan. Sin embargo, si atendemos a la transversalidad del movimiento feminista, nos encontramos con que hay otras maneras de articular pueblo, donde el miedo se sustituye por la alegría de tener las condiciones materiales para el desarrollo individual, de una búsqueda personal que será una búsqueda múltiple.

¿Teme que acabe imponiéndose la revolución patriarcal a la feminista?

Sí, por el miedo. Es un miedo tremendamente personal por saber que la gente te está señalando. Yo me siento señalada, siento esa violencia. También por la tremenda vulnerabilidad y exposición en el momento en que todas esas maneras de construir pueblo están ganado espacios públicos. Están logrando el poder. Eso lo vimos con el totalitarismo nazi. Ahí están los diagnósticos de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal: la normalidad con la que el mal se introduce en nuestras vidas. La normalidad con la que podemos perder los derechos básicos. Pero tampoco hay que permitir que el miedo nos haga caer en la nostalgia o la melancolía. El miedo nos tiene que hacer actuar.

¿Vivimos en una sociedad suficientemente concienciada?

Yo creo que por mucho que una comunidad se sienta protegida, sienta blindados sus derechos básicos ante este tipo de crecidas, hay algo en ellos que siempre te sorprende. Se suele cobrar conciencia cuando ya estás herido. Este tipo de movimientos difícilmente se pueden prever si no se pronuncian como Vox: con 9.000 personas en Vistalegre. De no ser así, la opinión general no tiene por qué enterarse de que esos estados de opinión existen. Creo que se está jugando al juego del espacio público. Me preocupa. Se juega a la exhibición, al decir: “Aquí estamos”.

¿Nos cambió el 15M como país?

Quiero pensar que sí, que mucho. Y no solo este país, sino el horizonte político de un continente entero como es Europa. Quiero pensar que el 15M no es algo que haya quedado atrás. No creo que la gente tenga que sentirse decepcionada o traicionada por la instalación de esa energía política en un cauce de partidos, de ajuste de la representación. Creo que el nivel de interacción con las instituciones en España es deseable y virtuoso. Por mucho que defendamos una política puramente representativa, en el mundo contemporáneo hay una demanda de representación política que no se puede satisfacer.

¿Deben los gobiernos preocuparse por la felicidad de los ciudadanos?

Yo vengo de una tradición republicana kantiana y, en esa tradición, se piensa que un estado que se preocupa por construir la felicidad de su pueblo es un estado paternalista. Estamos hablando del siglo XIX, con un contexto liberal clásico donde se entiende que en el mercado todos los sujetos están en condiciones de proponer sus talentos, exhibir sus facultades y, por tanto, recoger el éxito que les brinde su mérito. Pero ese horizonte ya no es el nuestro. Estamos inmersos en un tipo de sociedad neoliberal. El neoliberalismo ha secuestrado nuestra felicidad. Eso que llamamos felicidad o bienestar depende del neoliberalismo y el neoliberalismo amenaza nuestros estados. Lo hace en el momento en que estos quieren dotarnos de unos servicios públicos y de unos derechos básicos materiales, que son aquellos que la tradición republicana siempre ha defendido. Yo creo hoy en día hay que reivindicar el concepto de felicidad. Deberíamos perder la vergüenza a reivindicarlo en público. La felicidad no se construye solo en el ámbito privado. La felicidad de las parejas homosexuales se construye también con leyes de matrimonio igualitario, que no únicamente el modelo clásico o judeocristiano. Cuando hablamos de felicidad, hablamos también de diseño público.

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