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Oficios de la muerte: “La muerte es mi maestra y mi compañera”

Foto: Diana Rangel | The Objective

Me llamo Agustín Clua González, tengo 45 años y soy técnico especialista en salas de autopsias y citotecnólogo. Dirijo el laboratorio Screenlab. Me dediqué durante 20 años a realizar autopsias clínicas. En total, creo que habré hecho unas 500 autopsias a cadáveres. Los llamo cadáveres, sí, no personas. Porque llega un momento en que aprendes a ponerte una coraza y ni sientes ni padeces, simplemente lo ves como un cuerpo muerto sobre el que trabajar extrayendo los órganos y analizándolos para estudiar qué patología padecía y cuál fue la evolución de la enfermedad.

 

La diferencia entre una autopsia clínica y una judicial es sencilla, nosotros solo realizábamos la de los pacientes fallecidos en el hospital y a petición de las familias. Cuando empecé se realizaban unas 300 autopsias clínicas anuales, pero actualmente, con los modernos métodos de diagnóstico no habrá más de 80. Y no solo ha cambiado eso, también la actitud hacia la muerte es diferente. Antes muy pocas personas querían dedicarse a hacer autopsias, ahora muchos estudiantes, sobre todo chicas, quieren ir a ver una autopsia; las películas y las series tipo CSI han puesto muy de moda la profesión. Aunque, desde luego, no todo el mundo nace para este trabajo, es muy vocacional.

De niño quise ser policía y bombero, profesiones ambas que salvan vidas. Pero al volver de la mili, en 1993, comencé a estudiar un grado de técnico superior de laboratorio y asistí a mi primera autopsia. Todavía recuerdo el olor… Eso fue lo que más me impactó. Y la sensación del bisturí cortando y separando la piel de la grasa y el músculo, la rigidez de los brazos y la expresión de la cara. Entonces todavía percibía a los cadáveres como personas. Pensaba: “Esta persona hace dos días que se movía y tenía familia”. Pero cuando me ofrecieron una suplencia de verano en el Hospital Sant Pau de Barcelona moviendo los cuerpos –en aquel tiempo solo buscaban hombres, era bastante machista-, acepté y tras la formación práctica, a medida que pesaba los órganos y los manipulaba, fui rompiendo la barrera.

Hay quien nunca la rompe. En más de una ocasión, cuando impartía clases a estudiantes de Medicina veía a alguno pálido como el mármol mientras hacía la disección del cadáver. Y de repente, ¡pum!, siempre había un desmayo. Porque el olor es fuerte, hay órganos necrosados que huelen mucho, aunque la nariz se acaba acostumbrando.

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“Lo difícil no es trabajar con la muerte, sino con la vida”, Agustín Clua. Foto: Diana Rangel.

 

Para mí la muerte no es un oficio, es una maestra y una compañera de trabajo: aprendes, enseñas, compartes vivencias con ella. A mí, los años en que trabajé haciendo autopsias me ayudaron a prepararme como técnico de citopatología y durante mucho tiempo tenía cuatro empleos, en diferentes hospitales y en la Cruz Roja. Ahora se han girado las tornas y es mi mujer la que las hace. Le digo: “No pienses, míralo como lo que es”, pero sé que hay compañeras suyas que han caída en una depresión. Y sin embargo, hay algo primordial, algo que solo sabe quien trabaja directamente con la muerte a diario: Te enseña a vivir más intensamente la vida. Soy una persona mucho más feliz ahora, sonrío siempre que puedo, eso sí creo que te lo enseña la muerte.

“Trabajar con la muerte y levantarte cada día te da más ganas de vivir” -Agustín Clua, técnico especialista en salas de autopsia

 

Al principio hay amigos a los que no se lo cuentas porque les da reparo. Pero, hoy por hoy, cuando alguien viene a contarte un problema, siempre sale aquello de: “¿En serio que eso es todo lo que te pasa? Si yo te contase lo que he visto…”. Porque esto es lo que hay y un día, tarde o temprano, se acabará. Así que, ¿para qué pensar en ello? Hay que vivir. No tengo ningún miedo a la muerte y es algo que comparto con otros compañeros; lo que sí me asusta es lo que pueda sucederle a los que me rodean: mi familia. Alguna vez llegué a pensar qué pasaría si me hubiese encontrado en la sala de autopsias con un conocido y creo que no hubiera podido hacerlo; es decir, si no es de vida o muerte, no hay necesidad de pasar por ello.

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Las series de televisión tipo CSI han puesto de moda la profesión. Foto: Diana Rangel.

 

Tenemos dos niños: el mayor tiene 15 años y quiere ser arquitecto, la pequeña adora los animales. Nunca hemos tenido ningún tabú para explicarles a qué nos dedicamos. Mi hijo me preguntaba: “¿Pero es como en las películas?”. “Sí, bastante parecido”, le decía yo. Las autopsias duran como mínimo dos horas y las realizan equipos de tres profesionales: el patólogo, el residente y el técnico de autopsias. Vamos vestidos como en un quirófano, con mascarillas y todo, y el momento más delicado es la extracción del cráneo. Pero voy ahorrarme esos detalles, ¿vale? A lo que vamos: lo más difícil no es trabajar con la muerte, sino con la vida.

 

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“Ojalá existiera algo después de la muerte, pero creo que no hay nada”. Foto: Diana Rangel.

 

Mi mujer ha trabajado en planta con niños muy enfermos y es durísimo cuando se van y no puedes hacer nada por ellos. Ver a gente agonizar, ese tipo de cosas. El sufrimiento propio y ajeno es lo que da miedo. En una ocasión, hace muchos años, mientras hacía guardia en la sala de autopsias que también se empleaba como morgue, me llamaron de la funeraria para decirme que los familiares de un difunto querían verlo antes de llevárselo. Estaba prohibido, pero insistieron y al final accedí. Recuerdo cómo lloraba la madre, estaba desconsolada y casi me puse a llorar yo también, me conmovió muchísimo, tanto que todavía se me ponen los vellos de punta.

 

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“De niño quise ser policía y bombero, pero acabé siendo técnico de autopsias”. Foto: Diana Rangel.

 

Ojalá existiera algo después de la muerte, pero creo que no hay nada. Cuando hacía guardias en la facultad de Medicina pasaba muchas noches solo, estudiando, y nunca escuché nada raro… Pero he madurado tanto mucho persona, haya o no haya nada Más Allá. Sobre todo, he sido consciente de lo rápido que vamos, sin apenas valorar las situaciones de la vida. Sí, hay relativizarlo todo. Trabajar con la muerte y levantarte cada día, como digo, te da más ganas de vivir.

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