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Oficios de la muerte: "Hay vida después de la muerte, yo la transité"

Foto: Óscar Berlanga en su estudio | Laia Albert

Me llamo Óscar Berlanga, nací hace 42 años en el barrio de Bellvitge, en Barcelona, tengo una hija de 18 años y soy artista. Hace diez años viví lo que se conoce como una ECM (experiencias cercanas a la muerte) y cambió mi concepción de la vida y de la muerte para siempre.

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En 2009 me mudé a la isla del Hierro, en Canarias, porque estaba harto de trabajar como dibujante de animación y necesitaba un cambio. Mis tíos viven en la isla, así que me instalé con ellos. Pasaba mucho tiempo solo y en silencio, en un paisaje agreste y volcánico, un poco como un ermitaño, hasta que conocí a un dibujante belga bastante importante, Marc Legendre, que me propuso realizar un proyecto a medias. Alquilé mi propio apartamento y cada mañana cogía la bici y pedaleaba los pocos kilómetros que separaban nuestras casas por unas carreteras llenas de curvas frente al mar. Como apenas circulaban coches, no solía ponerme casco, pero recientemente me había comprado uno muy barato para evitar que me multasen y ese día, no sé si por intuición, me lo puse. De repente, cuando bajaba por una pendiente, me encontré con un un coche y, al intentar esquivarlo, no me dio tiempo de tomar la segunda curva, la rueda de la bicicleta quedó atrapada en una piedra y salí catapultado por un barranco de unos treinta metros. Me abrí la cabeza contra una roca, lo último que recuerdo fue volar. Ese fue el final y el principio…

“Vi una luz líquida que desprendía un amor inexplicable y unas esferas de colores, en una de ellas reconocí a mi abuelo” 

Entonces, me vi fuera de mi cuerpo, flotando. Tenía una especie de visión panorámica: veía al conductor del coche verde que me había sobrepasado llamando a emergencias -si no hubiese sido por él, me habrían comido los buitres- y mi cuerpo yacía ensangrentado entre una zona de cactus y una de roca volcánica puntiaguda. Era totalmente consciente de todo.

Arriba, atado de una especie de hilo invisible a mi cuerpo, como si fuera una cometa, hice el gesto de mirarme las manos y no las vi, pero las sentí. De hecho, sentía también las rocas, el mar y lo que había dentro, el aire… Todo. Y también un gran alivio y paz como nunca he experimentado. Era más real que ahora, no sé cómo explicarlo. Quizás la mejor metáfora que se me ocurre es imaginar que llevas años viviendo en el fondo del mar vestido de buzo, con una escafandra y un tubo, hasta que olvidas quién eres y dónde estabas antes; un día el traje empieza a estropearse y tienes que volver a la superficie, y de repente, respiras de otra forma y puedes ver y notar más cosas que cuando estabas embutido en ese traje. Pero, además, me ocurría algo curioso: no tenía miedo, era como si ya hubiera pasado por esa situación antes, de forma similar a cuando regresas de adulto a un lugar que visitaste de niño. Siempre me ha llamado la atención la etimología del verbo “recordar”, que en latín significa “volver a pasar por el corazón”, ya que antiguamente se creía que era allí donde residía nuestra memoria. Y así lo percibí, como una vivencia real más allá de los límites de nuestros sentidos y no un ejercicio de imaginación; por eso me resulta difícil encontrar las palabras para describirlo.

Me embargaba tanta alegría y curiosidad que quería mirar hacia el cielo, porque estaba bocabajo, observando mi cuerpo. Pensé que iba a girarme y automáticamente lo hice, sin ningún esfuerzo; pero el cordón seguía ahí, elástico, agarrándome, hasta que empecé a tirar y se rompió. Recuerdo que salí disparado a una velocidad absurda en dirección a ese famoso túnel con una luz al final que todo el mundo asegura haber visto, solo que yo lo identifico más como una espiral rodeada de relámpagos y nubes. Con los años y a fuerza de darle vueltas, creo que fue un viaje hacia el interior y no hacia el exterior, como habitualmente lo identificamos. Es decir, tengo la sensación de que esa espiral o túnel era el ADN y que de alguna manera atómica estaba entrando en lo más ínfimo, que es lo más grande a la vez. La cuestión es que veía esa típica luz al final, y era tan intensa que me sorprendía que no me cegara; estaba viva y latía, como una luz líquida que desprendía un amor inexplicable. En ese momento, sentí que volvía a casa.

Oficios de la muerte:

Óscar Berlanga trabajando en ‘El niño bisonte’. | Foto de Wolf Compte.

Recuerdo eso: la luz, la velocidad, el túnel, los relámpagos, y unas cuatro o seis esferas luminosas de diferentes colores que viajaban a mi alrededor y que reconocí. Una de ellas se acercó más y noté la fragancia de mi abuelo. Sabía que era él. De pronto, recibí un mensaje. Era más bien como una vibración muy grave que me hacía cosquillas, pero que interpretas con palabras. Decía que no había llegado mi hora, que tenía cosas pendientes. Pero yo, ni caso; ¡iba a volver su tía…! Estaba tan feliz… Y de nuevo, la vibración, en plan: “Eh, escúchame, ya sabes que ir allí (a la Tierra) no es nada fácil, pero hay cosas que tienes que hacer. Tú verás, luego no te quejes”. Y dije: “Es verdad”. Fue un acto de responsabilidad. Y acto seguido, me desperté en un hospital en Tenerife.

“Siempre he tenido una mente científica y creo que algún día la ciencia podrá explicar lo que me ocurrió” 

Por lo visto, cuando el conductor llamó a Emergencias, un helicóptero me recogió y estuve en coma algunas horas. Como iba en bermudas, no llevaba la documentación encima, así que nadie sabía quién era. Ni siquiera yo mismo. Sufría amnesia, pero no me sentía agobiado para nada; tenía ese tipo tranquilidad de estar totalmente presente. Observé los fluorescentes del techo y el instrumental médico, e inmediatamente pensé: “Vale, estás en un hospital”. Entonces sí que me asusté y empecé a palparme, y en cuanto me moví, grité de dolor. Llegó una enfermera muy amable y luego unos médicos que me hicieron preguntas hasta que comencé a recordar mi nombre y mi edad, información muy básica. Y poco a poco fui acordándome de más cosas. Pero los flashes de esa otra vivencia fueron apareciendo con el tiempo, y eran tan vívidos y claros que me rompí totalmente. Hasta entonces era agnóstico y, de hecho, no conté esta experiencia a nadie durante años, supongo que por prejuicios.

Siempre he tenido una mente científica y creo que algún día la ciencia podrá explicar este tipo de experiencias, solo que con nuestra mente dual es difícil comprenderlo. A raíz de lo que pasó, he leído mucho y he encontrado otras historias similares, incluso de gente que afirma haber atravesado la luz y haber llegado a ciudades; o de personas que vieron un prado o que tuvieron vivencias horribles, que estuvieron en el infierno y sintieron como les arrancaban la piel.

“Lo único que sé es que hay una continuidad después de la muerte, porque he transitado por ella y ha cambiado mi modo de vivir” Óscar Berlanga

 

No tengo respuestas para nada excepto lo que me ocurrió a mí, pero ha reflexionado e investigado mucho y creo que, tal vez, dependiendo del estado vibracional en que te encuentras al morir -si tienes una densidad importante de apegos o traumas-, lo proyectas en esa última vivencia. Un poco como en la película de Contact, cuando el extraterrestre adquiere el aspecto del padre de la protagonista para no asustarla… No sé, no intento convencer a nadie. Lo único que sé es que hay una continuidad después de la muerte, porque he transitado por ella y ha cambiado mi modo de vivir. La muerte es un imposible y tener conciencia de ello a veces no es fácil en la sociedad en que vivimos. Nos queda mucho camino para saber qué significa en su totalidad la palabra AMOR”.

 


 

Óscar Berlanga es artista plástico y trabaja en un conjunto de obras escultóricas de mezcolanza antropomórfica, sobre los símbolos y arquetipos ancestrales que comparten las diferentes mitologías del mundo, en donde se haya la memoria espiritual del ser humano. En la imagen, una figura inacabada que forma parte de una pieza mayor, El niño bisonte.

 

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