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Oficios de la muerte: “Los animales tienen la capacidad de solicitar una eutanasia”

Foto: Olga Porqueras | Foto cortesía de Olga Porqueras.

Me llamo Olga Porqueras, nací en Barcelona hace 59 años y tengo dos hijas, dos nietos y tres perros. Hace diez años que vivo en Portugal, donde he encontrado mi lugar en el mundo, y soy comunicadora de animales y doula del alma animal. Creo que los animales tienen derecho a una muerte digna. Mi trabajo es acompañar al animal en este tránsito y también a su responsable para que haga un duelo lo más consciente posible.

 

Antes de ser terapeuta de animales trabajaba con enfermos oncológicos, lo cual me dejó una gran impronta acerca del buen y el mal morir. Hace ocho años, cuando ya me dedicaba a la terapia con animales, mi perra Cleta entró en un fallo renal. El veterinario no daba buen pronóstico y le pedí que me dijera la verdad; si iba a marcharse, quería que fuera en casa con su familia y sus hermanos. Pero había un hándicap, Cleta era de mi hija y ella me lo suplicó: “Mami, no la dejes morir”. Tuvo una anemia terrible, se le hizo una transfusión de sangre y no se recuperaba; así al regresar a casa, le dije que podía marcharse cuando creyera que había llegado su momento, que no pensaba retenerla. Pero cometí el terrible error de llamar a mi pareja para que se despidiera de Cleta; él le colocó una mano encima y le pidió: “No nos dejes, no te vayas”. Y ahí empezó su agonía…

El día que murió yo estaba de viaje. Lo hizo sola, en el hospital. Entré muy enfadada en la consulta del veterinario y él empezó a llorar. “He hecho lo que he podido, Olga”, me dijo. Y le contesté: “Lars, tenemos que empezar a pensar que los animales también merecen una muerte digna”. Cuando enterramos a Cleta, me senté en una piedra y me vino a la cabeza esta idea: doula del alma animal. Sabía lo que era una doula del parto, pero… Entonces saqué todos los expedientes que guardaba del tiempo en que había trabajado con enfermos oncológicos, los cursos sobre duelo y preparación de la muerte, y me puse manos a la obra.

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“Los animales también tienen últimas voluntades: mi perro Bruce solo comió patatas fritas de bolsa antes de morir” -Olga Porqueras.

Los animales no perciben la muerte como algo distinto de la vida, pero hay una gran tendencia a alargar su agonía. De hecho, lo hacemos también con nuestros seres queridos, no les dejamos marchar. Es una cuestión energética, como la hija que no se separa del lecho de muerte de su madre durante semanas y justo el día en que decide irse a casa a darse una ducha, la telefonean del hospital para comunicarle que acaba de morir. Retenemos porque nos da miedo lo que va a significar para nosotros la ausencia de ese ser, cuando deberíamos vivir ese momento como un regalo y un aprendizaje brutal.

La gente suele ponerse en contacto conmigo cuando tiene un perrito muy viejo o que padece una enfermedad terminal -o bien otro tipo de mamíferos-, entonces les acompaño en todo el proceso, les ayudo a entender qué necesidades tiene su animal y qué caprichos. Sí, las mascotas también tienen últimas voluntades. Mi perro Bruce, por ejemplo, que murió de muy viejo, solo quiso comer patatas fritas de bolsa durante sus últimos meses, y no de las onduladas, sino de las lisas. Cuando ya ni podía moverse, llamé a una compañera comunicadora de animales, Clara Martín, para que nos acompañara en el proceso y ella me dijo: “No sé si me estoy volviendo loca, Olga, pero Bruce me transmite que le coloque una patata frita en la trufa (la nariz)”. Me eché a reír, hice lo que me pedía y empezó a mover la cola. Es importante comprender cómo funcionan los procesos de muerte en los mamíferos, el momento en que entran en un fallo renal, o cuando empiezan a debilitarse, como nosotros, y ya no tienen ganas ni de comer. El cuerpo es sabio, sabe cómo nacer y cómo morir… Una vez le preguntaron a un biólogo muy respetado, Mark Bekoff, qué debía comer un animal que se está muriendo, y él contestó: “Pizza y helado al gusto”.

“El estrés que provoca el fallecimiento de un animal es equiparable a la muerte de un hijo” –Olga Porqueras.

Cuando llevas a casa a tu animal después de que el veterinario haya dictaminado que está terminal no sabes qué hacer y te desesperas. A veces los perros quieren alejarse, o están inquietos; o los gatos se meten en cajones, o bajo la cama. Recuerdo a una pareja que tenía una perrita muy vieja, habían vivido ya la muerte de otros dos perros por causas no naturales, pero les superaba el dolor de una muerte natural. La perrita no quería que la tocasen; decía: “Que no se acerquen, que no me toquen”. Yo suelo marcarles pautas a los responsables, utilizo herramientas como sonidos de la naturaleza y esencias, y les doy tareas para hacer. Por ejemplo, que creen una cueva donde pueda cobijarse su animal; algo sencillo, dos sillas y una sábana son suficiente para tranquilizarlos. Si estuvieran en su hábitat natural se esconderían en algún lugar porque los depredadores huelen la muerte antes de que venga.

Defiendo que se den cuidados paliativos para evitar el dolor, pero no la excesiva medicalización. También creo que nuestras mascotas tienen la capacidad de solicitar su propia eutanasia, y quien haya visto como yo esa mirada, no la olvida. Es un “basta” muy claro. No entendía por qué, pero es así… Un día una bióloga me explicó que cuando los animales están en la naturaleza y sienten que su muerte está próxima o padecen mucho dolor, a veces provocan peleas con los machos o hembras más fuertes de la manada para anticipar su final. El gran error es que realizamos eutanasias porque no entendemos lo que ocurre y estamos confundiendo un proceso normal de muerte con sufrimiento. La muerte es como un parto y el estrés que provoca el fallecimiento de un animal es equiparable a la pérdida de un hijo.

“Es muy diferente vivir una muerte con consciencia a hacerlo sin ella” -Olga Porqueras.

Como budista, hace mucho que me preparé para mi muerte. Quiero estar muy consciente cuando ocurra, dirigir mis propios procesos y, si fuera necesario, elegiría sin problemas la eutanasia. A mi entender, cuando las personas adultas mueren, deben pasar por muchos estadios porque arrastran una larga vida kármica. Los animales, en cambio, no tienen ego y cuando cruzan el velo, al menos según lo veo, no atraviesan por lo mismo que nosotros: van a algún lugar donde pueden elegir reencarnarse en otros animales o personas.

Lo que he aprendido en todos estos años de trabajo con animales y sus responsables es que hay que agradecer los momentos compartidos y también dejarlos ir. Honrarlos, pero no retenerlos. Es muy diferente vivir una muerte con consciencia a hacerlo sin ella.

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