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Oficios de la muerte: “La muerte es la única que te toma en serio”

Foto: Imagen de 'Antígona', el grupo creado por Juan Camós

Me llamo Juan Camós, nací en Madrid hace 48 años -el tercero de cinco hermanos- y soy el fundador de Antígona, un grupo de investigación, trabajo y acción sobre la muerte, y presentador del programa de radio “A este lado de la tumba”. Creo que si algo tengo que hacer en este mundo está relacionado con ella, contribuir en cierta manera a aliviar el sufrimiento que nos genera, a conocerla e integrarla para vivir mejor.

 

Cuando era niño me provocaba mucha angustia la forma tan tonta en que la gente moría en las películas: caían del tejado cuando les pegaban un tiro y no se volvía a saber de ellos, y cosas así. ¡Qué muerte vacía! Una escena de una película sobre la Inquisición española se me quedó grabada en la memoria: había una fila gigantesca de herejes que eran ejecutados por una máquina, uno tras otro. La muerte burocratizada, anónima. Me hacía sentir mucha tristeza porque, a mi modo de ver, ese momento es lo que da sentido a toda la existencia, lo más valioso, “lo sublime al alcance de cualquiera”, como dice Cioran. Una muerte vivida, quiero decir, que te conmueva, que no deje de tener cierta belleza, incluso. Pero en nuestra sociedad se da una paradoja increíble: la muerte está en todas partes y en ninguna, vivimos de espaldas a ella. Nos asusta tanto que preferimos pensarnos inmortales o le damos un sentido diminuto y cerrado.

Fui a un colegio religioso y, en consecuencia, por entonces me hice ateo y existencialista. En casa tenía muchas mascotas pequeñas a la vez: hámsters, pájaros, peces, tortugas… Algún día, de repente, ya no estaban y mi madre inventaría una excusa absurda para explicar cada desaparición de esos seres que para mí eran importantes. Sí, puede que ese fuera mi vínculo más temprano con la muerte, y también unos extraños sueños que tuve a los seis o siete años en los que caminaba por pasillos llenos de tuberías. Mi madre es muy protectora, en mi familia había dos temas de los que nunca se hablaba: el sexo y la muerte. Justamente, las dos únicas cosas en esta vida que nos sacan de nosotros mismos, que nos mezclan con el mundo. Ya lo dice Leopardi: “Dos cosas bellas hay en el mundo más que las estrellas: amor y muerte”. Aunque también esas dos mismas cosas pueden llegar a destruirte. Conmigo casi lo consiguieron.

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“Intenté suicidarme un par de veces, una ordalía a Dios o una manera de explorar los límites. Luego dejé de verlo de forma romántica y me harté de la idea” –Juan Camós. Foto: G.B

Mi apodo, “Juan Nicho”, me lo puso mi primera novia. Le leí algo que había escrito y ella me preguntó: “¿De quién hablas? De los muertos, ¿no? Ay, Juanito, Juanillo, Juanicho”, y me hizo tanta gracia que me quedé con Juan Nicho.

A los 18 años me mudé a Barcelona para estudiar Psicología. Cuando sales de un mundo familiar tan protegido o envolvente, no sabes muy bien dónde están los límites ni cómo funcionan las cosas, y es fácil sentirte perdido. Lo descubres a trompicones según tu carácter, y eso me sucedió a mí. Me acuerdo de una antología sobre poetas suicidas que leí en el 89 y de los dos libros de Raymond Moody sobre las ECM que leí de niño, cuyas dos portadas tenían el color de los chicles Bang Bang. Había idealizado en exceso la locura, la muerte y el suicidio, y eso a la larga me hizo sentir un poco responsable por tanta negrura. Digamos que en el primer programa de radio que tuve daba una visión demasiado cruda de estos temas y temo que aquello quizá afectara a algunas personas de una manera contraria a lo que buscaba. O quizá no, quién sabe.

Llegué a intentar suicidarme en un par de ocasiones; una ordalía a Dios o algo parecido: más un lanzar una moneda al aire que buscar un resultado concreto. Luego, a medida que me iban sucediendo cosas en la vida fui cambiando y reflexionando, ordenando un poco mis ideas. Y sobre lo que hay tras la muerte, pasé de pensar que no existe nada a abrazar otras muchas posibilidades, a explorarlas y escuchar sin prejuicios. Me cuesta entender que no se haga así.

Tengo una teoría, la llamé “teoría de la doblez”: creo que las cosas ocurren dos veces por algún sentido, desde lo más tonto a lo más importante. Si estás atento puedes coger al vuelo las oportunidades o incluso evitar las desgracias. Es como un mantra en mi vida que aplico a muchas cosas. Me desmayé dos veces en la calle y en la segunda ocasión acabé en la UCI gravemente enfermo de gripe A. La habitación no tenía ventanas, había un reloj gigante en el cuarto y las horas de visita eran escasas. Me di cuenta de lo mal que morimos, de la soledad de los moribundos… Ya no podemos aspirar a vivir como en tiempos pretéritos, alrededor del muriente o del cadáver, asumiendo la muerte y aprendiendo de ella sin asustarnos; aunque sería deseable algo similar adaptado a nuestra realidad y no este sistema basado en la eficacia. Que podamos escoger el cómo y el cuándo morir, que tengamos acceso a las drogas para modular nuestro final… Eso me recuerda a Huxley, que pidió que le inyectasen LSD para salir propulsado hacia la muerte; o Stanislav Groff y sus experimentos administrando drogas psicodélicas a los enfermos terminales de cáncer, que demostró que con ellos eran mucho más felices y estaban más tranquilos y pletóricos. Y también a la doctora Kübler-Ross, que señaló el abandono que sufren quienes están a punto de fallecer y la tacharon de loca tantas veces.

Es lo que ocurre con la gente que investiga todo lo relativo al morir, que quedan aislados, cuando lo que deberíamos hacer es atacar al engaño generalizado del poder que utiliza la muerte como herramienta de dominio. Vivimos supuestamente en el mejor de los mundos posibles pero la gente muere en el mar mediterráneo, en las minas de coltán o en las fábricas textiles de Bangladesh; en Barcelona mismo, la esperanza de vida varía según el barrio. Es la llamada necropolítica o administración de muerte, un proceso mortuorio con la vida, y estoy seguro de que cambiando el modo en que morimos, cambiaría también nuestra forma de vivir. Es el mensaje que da la muerte.

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Estando ingresado en la UCI, un día le pregunté a la doctora: “Dígame la verdad, ¿voy a morir? Tengo que poner en orden mis asuntos”. Siempre quise decir esa frase… En realidad, sentía una especie de emoción extraña, como de antes de salir a un escenario. No me asustaba, ni tampoco ahora. Pero siento que he malgastado tanto el tiempo. Me angustian dos cosas: que me quede algo pendiente cuando muera y que no me tomen en serio. Por suerte, la muerte es la única que nos toma en serio, que hace que lo que vivas sea de verdad. Una ambigua maestra, sí. Y tan sencilla… como cualquiera que haya perdido la conciencia alguna vez ya sabe.

Creo que al otro lado debe de haber una especie de dinámica de los espíritus o de la conciencia, un juego o como quieras llamarlo. Que esta conciencia rodea nuestros cuerpos, flota a nuestro alrededor y sale y entra en nosotros, y cuando muramos nos fundiremos con ella hacia alguna cosa que no sabemos. Como dijo Peter Pan cuando el capitán Garfio lo ató a un poste para que cuando subiera la marea se ahogase: “A fin de cuentas, morir también será una aventura impresionante”.

“Hemos dejado que la muerte desaparezca a pesar de que siga teniendo una intensidad muy fuerte dentro de nosotros, nos come por dentro”

Entiéndeme, no digo que quiera morir, simplemente que es saludable pensar en ello, no eludirlo, pero hacerlo desde otro lugar. La gente se avergüenza de querer saber, le da un sentido muy pequeño a su final y se aparta de lo que podría cambiar sus vidas. El miedo determina la forma en que vivimos y nos relacionamos con los otros. Yo me cansé de pensar en el suicidio de una manera romántica y “nihilizante”, cambié de perspectiva, quise comprenderlo y buscar lo que había en ello de idea-fuerza transformadora.

Hace unos años publiqué una revista monográfica, Suicidio Autónomo, para reflexionar sobre la muerte voluntaria en base a mis propias experiencias y a los más de 30 años que llevo leyendo e investigando sobre el tema. Debo haber leído a cientos de artistas suicidas y todos tienen una sensibilidad en común, una manera de percibir la vida que siempre puede darnos pistas de algo; es como si, llegado un momento, no pudieran avanzar y toparan con un ámbito oscuro que me gustaría conocer. Así que quise también ofrecer otros planteamientos a las personas que pensaban suicidarse para que pudiesen abordar el tema desde otro lado.

Los sermones “positivos” no funcionan, las instituciones fracasan con sus mensajes paternalistas, el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España desde hace 15 años y todo lo que le acompaña más allá del criterio patológico se pierde. Si en vez de decirles “no pienses más en eso”, se les invita a que le den la vuelta a su deseo, lo miren desde diferentes ángulos, lo atraviesen, como hice yo mismo, tal vez las ganas se disuelvan y solo muera una parte de uno mismo. Una especie de “transuicidio”. En realidad, el suicidio es el mayor tabú de todos, una condena y una liberación que es posible desvelar más allá de lo literal.

“Quienes investigan lo relativo al morir están aislados, cuando deberíamos atacar al engaño generalizado del poder que utiliza la muerte como herramienta de dominio” –Juan Camós

Todas las tradiciones del mundo han tenido a la muerte como una representación de la que sacar una enseñanza: los libros de los muertos, la mitología clásica (¡Antígona!), el maranasati de los budistas, los cartujos cristianos haciéndose enterrar vivos, la carta de la muerte del tarot..… ¡la alquimia y su nigredo! Incluso en la biología se detalla nuestra constante y necesaria muerte celular. Sin embargo, en nuestra sociedad hemos dejado que la realidad de la muerte desaparezca a pesar de que siga teniendo una intensidad muy fuerte dentro de nosotros, nos come por dentro de un modo espectral. Por eso, fundamos Antígona hace cosa de un año, el germen de un “movimiento funertario” para poder investigar y explorar una nueva cultura de la muerte, huyendo del academicismo, los tratamientos parciales y el espiritualismo nueva era y, más allá de las luchas por cambios en las leyes, crear una red de investigadores que aporten otras visiones, para recuperar lo que ella pueda enseñarnos y aprender a convivir e integrarla en nuestras vidas. Reflexionamos sobre la muerte voluntaria (“Socorro Negro”), la ciencia de la muerte violenta, el abandono de los moribundos del que hablaba Kübler-Ross, las ‘ars moriendi’ y el ‘memento mori’, la necropolítica, lo que pueda haber al otro lado, el lenguaje y las creaciones artísticas, las igualitarias danzas macabras, las formas del duelo..… Todo lo que ayude a saber más, a aliviar el sufrimiento y desconcierto que nos provoca y nos prepare para uno de los eventos más importantes de nuestra vida, si no el mayor.
Me gustaría morir no demasiado pronto ni demasiado tarde y habiendo acabado lo que he venido a hacer. Acompañado de alguien que me quiera y tratando de que prime lo más posible la ética y la estética. Que sea una muerte melancólica y feliz, y que tenga un sentido, aunque ahora aún lo desconozca.

La biblioteca mortuoria de Juan Camós

Hemos pedido a Juan Camós que nos recomiende algunos libros de su biblioteca que tratan desde el ensayo o la ficción diferentes aspectos de la muerte:

“Historia de la muerte en Occidente”, Philippe Ariès.
“El mito de Sísifo”, Albert Camus.
“Bailando sobre la tumba”, Nigel Barley.
“El año del pensamiento mágico”, Joan Didion.
“La muerte lúcida”, Paloma Cabadas.
“Los tópicos de la muerte. La gran negación”, Carlos Cobo.
“Los muertos y las muertas”, Ramón Gómez de la Serna.
“Ese maldito yo”, Emil Cioran.
“Cuerpos. Las otras vidas del cadáver”, Érica Couto-Ferreira.
“Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”, Stig Dagerman.
“Devociones”, John Donne.
“El arte de morir”, Peter y Elizabeth Fenwick.
“El viaje definitivo: la consciencia y el misterio de la muerte”, Stanislav Groff.
“Sobre la muerte y los moribundos”, Elizabeth Kübler-Ross.
“La moda negra. Duelo, melancolía y depresión”, Darian Leader.
“El trip de la muerte”, Timothy Leary.
“Consciencia más allá de la vida”, Pim van Lommel.
“Enterrado vivo”; Jan Bondeson.
“Muerte a la americana. El negocio de las pompas fúnebres en EEUU”, Jessica Mitford.
“El enterrador”, Thomas Lynch.
“El hombre y la muerte”, Edgar Morin.
“Tumbas de poetas y pensadores”, Cees Nooteboom.
“La danza de la muerte”, Miguel Ángel Ortiz Albero.
“Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine”, Pilar Pedraza.
“La muerte como vocación”, Eugenio G. Pérez del Río.
“Historia del suicidio en Occidente”, Ramón Andrés.
“Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres”, Mary Roach.
“Libertad fatal. Ética y política del suicidio”, Thomas Szasz.
“La muerte sin dolor”, Maurice Verzele.
“La calavera”, Paul Westheim.
“La muerte”, Louis-Vincent Thomas.
“Manifiesto por una muerte digna”, Michel Thèvoz y Roland Jaccard.

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