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Oficios de la muerte: “Los fantasmas en los que creo viven en la memoria"

Foto: Manuel Cuesta

Me llamo Recaredo Veredas, nací en Madrid hace 48 años, estoy casado y tengo una hija de cinco años. Soy abogado, escritor y autor de No es para tanto. Instrucciones para morir sin miedo (Editorial Silex), que dediqué a mi abuela Basi, quien vivió con toda la dureza del mundo en el Chernóbil de la España vacía y murió con demasiado dolor. Mi próximo poemario, Esa franja de luz (Bartleby editores), es la vida rodeada de dos oscuridades.

 

A los doce años empecé a obsesionarme con mi muerte. Recuerdo que estaba escuchando un cuarteto de cuerda terrible de Shostakovich y, de repente, tuve conciencia de que iba a morir y no quedaría nada de mí. Esa fue la primera pequeña crisis. Y luego le siguieron otras: A los treinta y pocos, una edad ya de por sí crítica, estaba viendo una película malísima sobre un tipo muy “macarra” que muere y su espíritu posee a otro hombre y cuando terminó me conecté a Internet para buscar teorías sobre la existencia de Dios; incluso llegué a hacer una encuesta entre mis amigos —por supuesto, no me atreví a plantear el tema abiertamente en las comidas de trabajo, pero digamos que lo saqué con sutileza—. Me obcecaba en buscar la confirmación de que Dios existía, de que había algo Superior a nosotros que diera sentido a este viaje. Por fortuna, acabó pasando.

“Criogenizarme me parece bastante bobo porque nadie te garantiza el retorno de la inversión” —Recaredo Veredas

Ahora me encuentro en una edad en que la guadaña está bastante cerca y me doy cuenta de todos los “debería” que me quedan pendientes resolver: DEBERÍA centrarme en los esencial; DEBERÍA relacionarme con otro tipo de gente, no limitarme solo a parcelas determinadas; DEBERÍA ser más consciente de la brevedad de la vida y librarme de ese afán por todo, que es como el hambre de los obesos, y que en gran medida lo produce vivir en una ciudad tan dura como Madrid.

Puedes irte de vacaciones a las Seychelles rodeado de tortugas y que sea un infierno y, en cambio, escoger un pueblecito en las sierra y que los días sean fantásticos. La sencillez, en suma. Pero es una obviedad que se nos escapa. Esa simplicidad es lo que debería caracterizar la vida de quienes alcanzamos cierta edad. Hubo un tiempo en que la mía fue nihilismo; los escritores, al fin y al cabo, aquejamos de un ego y una avaricia que no nos lleva a ningún lugar. Luego entiendes que, además de tu sed de independencia y tu creación, hay necesidades emocionales que son inherentes a la vida.

Oficios de la muerte: “Los fantasmas en los que creo viven en la memoria

 

A mí si algo me asusta no es la muerte en sí, sino la enfermedad. Me asusta también envejecer mal, intentar hacerle pulsos a la juventud como tantas personas víctimas de un botox excesivo que caminan por las calles con la piel curtida y un moreno antinatural. O bien les ocurre como a los gurús de Silicon Valley, tan invulnerables que quieren vivir siempre ahí; de hecho, criogenizarme me parece bastante bobo porque nadie te garantiza el retorno de la inversión.

“Me gustaría morir viéndolo todo y no ciego de morfina” Recaredo Veredas.

Quienes se plantean la vida como una batalla contra la vejez o contra la muerte están condenados a perderla. Hay que ser asumir nuestra pequeñez, nuestro desconocimiento de lo más básico –la muerte es, tal vez, un fundido a blanco, un océano de paz y vacío no necesariamente malo-. Comprender de una vez que vivimos en una sociedad próspera en que la religión se ha convertido en la doctrina del consumo y la competitividad. Asumir todo eso y dedicarnos a vivir de la mejor manera. Por eso en mi epitafio quiero que pongan algo similar a lo que escribió Philip Roth: “Hizo lo que pudo con lo que le dieron”.

Como agnóstico, no tengo ni idea de lo que hay detrás de ese fundido a blanco, o a negro, o fundido americano… En lo que sí creo es en los fantasmas, pero los del pasado, los que están vivos en nuestra memoria, llenan las casas y se transmiten de generación en generación.

Me gustaría morir como en cuadro de Madrazo, tumbado en una cama con dosel y rodeado de mi familia. Viéndolo todo y no ciego de morfina.

 

Foto de portada: Recadero Veredas por Manuel Cuesta.

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