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Carrera al Óscar: ¿Con o sin presentador? ¿Qué es lo mejor?

Foto: Chris Rock en 2016 | Oscars

Ha habido fiascos inolvidables, hosts históricos, sorpresas… y este año habrá un escenario sin nadie. Ser presentador del Óscar no es fácil.

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Hace específicamente 30 años los Premios de la Academia decidieron prescindir de tener un presentador. El resultado pasó a la historia de la ceremonia de manera infame, lo haría más que todo su número musical de apertura en que Rob Lowe cantó junto a una imitadora de Blancanieves… no se necesita decir mucho más. Nunca lo volverían a hacer, por lo menos no voluntariamente.

2019 será el año en que esta traumática experiencia se repita. La Academia no ha logrado convencer a nadie de ser el presentador de la ceremonia tras la renuncia/despido de Kevin Hart por unos antiguos tweets homofóbicos. Y no es que no hubiese tiempo, pero la Academia no manejó bien la situación (algo que pasa cada vez con más frecuencia) y el tiempo comenzó a pasar y eliminar la posibilidad de que alguien estuviese dispuesto… ser presentador del Óscar es uno de los trabajos más difíciles de Hollywood y requiere preparación, lo que no garantiza que salga bien.

Es normal que haya resistencia a aceptar el trabajo. Es poco agradecido cuando se hace bien, y cuando sale mal sale en todos los medios… y se habla de ello durante meses. ¡Uf! y cuántos han salido mal. Hay unos pocos presentadores que han pasado a la historia y repetido) por saber manejar ese escenario como si fuese suyo: Billy Crystal, Steve Martin, Johnny Carson, Jon Stewart, Ellen Degeneres; y otros que aunque solo lo hicieron una vez aún son recordados como Whoopie Goldberg o Hugh Jackman. Y luego están los que preferirían nunca haber aceptado y haberse quedado esa noche en casa, metidos bajo la cama.

Al recuerdo llegan los que, en la última década, marcaron con el fuego de la vergüenza ajena la memoria de las menguantes audiencias que sintonizan la ceremonia cada año… sí, hablamos del fiasco llamado James Franco y la soledad personificada que fue la pobre Anne Hathaway.

El dúo, dos jóvenes actores atractivos y carismáticos, parecía tener todo el sentido del mundo. Y en el caso de Hathaway lo tuvo, pero Franco salió al escenario y permaneció en él como un fantasma que había fumado un kilo de marihuana. Su presencia era un hecho sólo por la forma inamovible y sosa en la que acompañaba a una desesperada Anne, que intentaba salvar aquel desastre.

Más de un miembro de la Academia tiene que haberse planteado no tener nunca más un host si iba a ser así.

Otro fracaso fue el del humorista Seth McFarlane. El creador de Padre de familia llegó a la ceremonia empeñado en provocar, lo que es su estilo, pero terminó por parecer plano y a la vez ofensivo (hizo algún chiste machista bastante desacertado). Aunque en realidad podría decirse que no es su culpa, la Academia debía haber previsto el tipo de humor que estaba invitando.

Chevy Chase, con una acertada fama de cascarrabias ególatra y de humor provocador, tampoco cuajó en exceso con la ceremonia. De hecho su número de apertura (la primera vez que estuvo en los Oscar, la segunda estuvo mejor) dejó mucho que desear.

Otro humorista que no funcionó fue David Letterman. El rey del late show recibió un silencio aburrido de la audiencia en vez de risas con su monólogo inicial. Y lo que vino no fue diferente.

Hasta Neil Patrick Harris, presentador estrella de los Tony, pasó desapercibido y fue anulado por la enormidad del evento y la corrección políticamente sosa que exige la producción del espectáculo.

Habrá que ver qué resulta de esta ceremonia sin presentador, ni bueno ni malo. Pero si los últimos percances de la Academia son un indicador… no promete.

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