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El Óscar quiere a los millennials y se está suicidando intentando ganárselos

Foto: Karen Zhao | Unsplash

La Academia ha sufrido percances en la última década, cada uno más patético que el otro. Los Oscar intentan atrapar a nuevas audiencias, pero su estrategia deja mucho que desear y este año ha llegado al límite. ¿Qué pasará en los premios de 2019?

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Probablemente al Óscar el #10yearschallenge no le traiga otra cosa que nostalgia. No se trata de, como pasa a los demás, verse más joven o en otro momento de su vida, se trata de que hace una década no era obsoleto y no estaba sumido en un caos bastante imposible de entender. En 10 años los Premios de la Academia han pasado por cambios y arrepentimientos, han modificado sus categorías y han intentado por todos los medios modernizarse de manera tan patética que recuerdan a un adulto sufriendo una crisis de mediana edad en una sitcom (¿recuerdan a Ross y su convertible?). El 2009 fue el último año en que el Óscar tuvo 5 nominadas a Mejor Película. El escándalo que supuso que El caballero oscuro no se incluyese entre las postuladas (un blockbuster ultra popular entre el público millennial y una reinvención del género de superhéroes que cambió el panorama del cine) hizo que a partir de 2010 la Academia ampliase la categoría a un máximo de 10 nominados.

Desde ese momento, durante una década, la Academia ha intentado por todos los medios, y sin ningún éxito, recuperar su vigencia y conquistar a un público millennial y post-millennial acostumbrado a consumir contenidos online y con poco respeto por la valoración de instituciones decimonónicas de las películas que les gustan o no.

El Óscar quiere a los millenials y se está suicidando intentando ganárselos

La Academia ha estado intentando seducir a nuevas audiencias para recuperar sus ratings antiguos (cada año cae por varios millones). Lo que parece no entender esta institución es que el mundo ha cambiado, los Premios de la Academia no son los únicos que han perdido audiencias, en general la televisión se ha convertido en un medio antiguo y el consumo de contenido vía servicios de streaming o la versión online de los canales de TV (que permite elegir el momento en que se ve lo que se quiere ver) se ha convertido en la creciente norma. Pero como si se tratase de un abuelo que no entiende las nuevas tecnologías, el Oscar sigue proponiendo una y otra vez soluciones que parecen sacadas de otro tiempo. Y sí, es una ceremonia que cada vez se hace más antigua en formato; y sí, los miembros de la Academia tienden a estar desconectados de la calle y los gustos de la gente; y sí, los miembros tienden además a lucir un poco ajenos a los avances sociales; y sí, la ceremonia es eterna (más de tres horas); y sí, su importancia es cada vez menor.

Los Óscar se han convertido, sin quererlo, en espacio de queja y en una representación de una vieja guardia negada a evolucionar. Incluso su alfombra roja es ejemplo de ello: desde hace unos años cada vez más actrices se niegan a responder preguntas que se centren solo en sus looks (a los hombres no se las hacen).

La Academia ha tratado de remediar su olor de anticuario con medidas necesarias (y que tardaron demasiado) como ampliar las invitaciones a sus miembros e incluir más diversidad en todos los ámbitos, pero solo lo hizo luego de sufrir una amplia crítica en los medios con el hashtag #OscarsSoWhite originada por la preponderancia de blancos entre los nominados. Y luego han llegado remedios peores que la enfermedad, como el anuncio de una categoría de Mejor Película Popular, que se anunció sin explicar claramente cómo funcionaría, que sufrió duras críticas desde todos lados (medios y gente del cine) y que como llegó fue retirada, dejando una sensación de caos que ya se había establecido cuando, por primera vez en la historia de los premios, se anunció por equivocación que La La Land había ganado como Mejor Película (realmente ganó Moonlight y fue un productor de La La Land quien rectificó el desastre… nadie de la producción de la ceremonia supo qué hacer).

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Y luego llegó la ceremonia de 2019, cuyos nominados se anuncian mañana, en la que por primera vez en décadas no habrá un presentador… porque la Academia ha sido incapaz de encontrar a alguien tras la renuncia de Kevin Hart, un humorista afroamericano que fue criticado por tweets homofóbicos que publicó hace unos años. Es tal el decaimiento que incluso los Premios SAG (del Sindicato de Actores) aprovecharon este año para hacer pública una queja que se habían guardado durante años: el bullying silencioso y discreto que ha ejercido la Academia para garantizar que las celebrities más importantes del año estén de manera exclusiva para su ceremonia, es decir, prohíbe a los famosos participar como presentadores en otras ceremonias de premios.

La Academia, mientras tanto, parece dar bandazos y navegar a la deriva. Su búsqueda de vigencia le ha dejado completamente sin rumbo y, por decirlo claramente, en ridículo. Queda esperar a ver qué pasa en la ceremonia de este año, queda esperar a ver qué nominan y qué dejan fuera, queda esperar por un momento en que la Academia vuelva a tener cabeza pensante y pies en la tierra… queda esperar.

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