La batalla por Albania: una crisis política que podría desestabilizar los Balcanes
Foto: Hektor Pustina

Política y conflictos

La batalla por Albania: una crisis política que podría desestabilizar los Balcanes

Albania lleva meses registrando manifestaciones multitudinarias contra el primer ministro del país, el socialista Edi Rama. ¿Por qué está protestando la gente?

por Borja Bauzá

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La noche del 26 de abril un vecino de Tirana, la capital de Albania, sorprendió a un grupo de personas retirando de malas maneras las letras de la fachada del Teatro Nacional. En cualquier otro lugar la performance habría pasado por gamberrada o, como mucho, por la acción protesta de activistas cabreados con el establishment artístico. Pero en Tirana las cosas son, de un tiempo a esta parte, algo diferentes. Tras entender lo que estaba sucediendo el vecino se situó a una distancia prudencial, enfocó la cámara de su teléfono, sacó una foto y la puso a circular. Pocas horas después se confirmó la sospecha: las personas que estaban cargándose la fachada del teatro eran empleados municipales.

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Imagen: Superminimaps para The Objective.

La noticia indignó a muchos pero tampoco sorprendió a nadie. A fin de cuentas, las autoridades albanesas, comandadas por el primer ministro Edi Rama, llevan más de un año intentando echar abajo el Teatro Nacional. Lo único que ha impedido al gobierno salirse con la suya es la fortísima oposición de varias organizaciones civiles que luchan por la conservación de un edificio que se remonta a 1939 y ocupa 5.500 metros cuadrados en pleno centro de la capital. Un pulso que en cualquier otro lugar parecería francamente desigual pero es que en Tirana las cosas son –insisto– algo diferentes.

 

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En marzo de 2018, cuando el gobierno anunció que quería demoler el Teatro Nacional, Rama las tenía todas consigo. Creía que era cuestión de tiempo –de poco tiempo– llevar adelante su plan: construir un nuevo teatro utilizando sólo 3.000 metros cuadrados y ceder los restantes a varias empresas privadas con la idea de levantar edificios comerciales. Sin embargo, para desesperación de las autoridades albanesas, la oposición ciudadana se mantuvo firme durante los meses que siguieron al anuncio. En diciembre de 2018 todavía seguían buscándole las vueltas cuando estalló una protesta estudiantil motivada por una subida de las tasas universitarias.

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El Teatro Nacional de Tirana. | Foto: T. Mali vía balcanicaucasso.org

En España o Estados Unidos, por citar dos ejemplos que vienen al caso, las protestas estudiantiles hace tiempo que se han quedado en anécdotas. No fue el caso de Albania. Los primeros en echarse a la calle fueron los alumnos de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Tirana. Pocos días después los manifestantes se contaban por miles y ocupaban las principales ciudades del país. Sus demandas se podían resumir en dos puntos: reducir el precio de la educación universitaria y mejorar unas instalaciones públicas –en especial los colegios mayores– que se encontraban en un estado lamentable.

Bastaron dos manifestaciones para que la ministra de Educación, Deportes y Juventud, Lindita Nikolla, anunciara que el gobierno había decidido anular la subida de tasas. No obstante, si esperaba que su concesión calmara los ánimos se equivocó de lleno. En las semanas siguientes los estudiantes albaneses, perfectamente organizados gracias a las redes sociales, enviaron a Rama varias demandas no negociables. A saber: incrementar el porcentaje del PIB destinado a la educación, recortar sustancialmente las tasas, derogar la Ley de Educación Superior, obtener la dimisión del consejo de rectores y mejorar las instalaciones públicas.

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Protesta estudiantil frente al Ministerio de Educación. | Foto vía reddit.

Viendo que la protesta estudiantil se le iba de las manos, el primer ministro decidió bajar al barro. Propuso una serie de encuentros con los estudiantes en las propias universidades para tratar de encontrar una salida a la crisis al tiempo que ofrecía alguna que otra concesión como, por ejemplo, oportunidades laborales en la administración pública o ayudas económicas para familias con pocos recursos. Sin embargo, la mayoría de los estudiantes rechazaron sentarse a dialogar con Rama y éste se vio obligado a reestructurar su propio gabinete y despedir a la mitad de sus ministros para intentar salir del paso.

Miguel Roán, politólogo y autor de Maratón balcánico (Caballo de Troya), una colección de crónicas que buscan explicar la psicología colectiva de la región, opina que ante las protestas estudiantiles Rama dio muestras de una debilidad que no se le conocía en el pasado.

 

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Hagamos un paréntesis para explicar quién es Edi Rama.

Nacido en 1964 en el seno de una familia acomodada vinculada al Partido Comunista de Albania –su padre fue el escultor de Enver Hoxha y su tío era miembro del Politburó albanés–, Rama desarrolló desde muy joven inquietudes artísticas y un amor por el baloncesto que le llevó a jugar en el Dinamo Tirana y en la selección nacional de Albania. Tampoco era manco pintando y en los años 90, antes de sumergirse seriamente en la política, protagonizó varias exhibiciones nada menos que en Francia.

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Edi Rama. | Foto: Florion Goga | Reuters.

En 1998, poco después de enterrar a su padre, el socialista Fatos Nano, entonces primer ministro del país, le ofreció un puesto en el gobierno. Rama aceptó y se convirtió en Ministro de Educación, Deporte y Juventud. Dos años después, en el 2000, fue elegido alcalde de Tirana con el 57% de los votos. Recordado como un alcalde preocupado por el urbanismo –asfaltó calles, plantó cientos de árboles, reformó edificios de la época soviética y destruyó asentamientos ilegales– hay quien sostiene que fue entonces cuando el ex baloncestista reconvertido en político socialista empezó a codearse con toda una serie de magnates inmobiliarios que son los que, andando el tiempo, han ido financiando sus campañas políticas. “Muchos en Albania se refieren a este grupo de magnates como la mafia de la construcción”, me cuenta el gestor de un think tank local que prefiere no dar su nombre.

Rama salió relegido en 2003 y en 2007, pero en las elecciones municipales de 2011 perdió ante el candidato conservador del Partido Democrático. No obstante, para cuando dejó la alcaldía de Tirana ya era el líder del Partido Socialista de Albania y no cabía esperar otra cosa que no fuera su salto a la política nacional. Dicho y hecho. En 2013 se presentó a las elecciones generales al frente de una coalición de izquierdas llamada “Renacimiento” que abogaba por la revitalización económica, la democratización de las instituciones tras una avalancha de casos de corrupción, la restitución de la ley y el orden en un país dominado por el crimen organizado… y la integración europea. Rama salió elegido primer ministro.

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Manifestantes encienden globos para Edi Rama frente al Parlamento de Tirana, los globos dicen: «Vete». | Foto: Hektor Pustina | AP Photo.

En los últimos años el actual primer ministro (fue reelegido en 2017) ha gozado de dos famas muy distintas. No pocos albaneses consideran que Rama ha perseguido –y persigue– la modernización del país. Sin embargo, hay quien le acusa de ser uno de los principales responsables del déficit democrático que atraviesa Albania después de una reforma de la Constitución firmada en 2008 entre el entonces líder de la oposición –nuestro protagonista– y el entonces líder de la formación gobernante –el Partido Democrático– que dio como resultado un sistema político fuertemente centralizado a la par que opaco. Estas acusaciones suelen venir acompañadas de críticas sobre la forma de gestionar el partido que lidera; sus detractores argumentan que Rama hace mucho tiempo que dejó de tolerar voces disidentes dentro del Partido Socialista.

 

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La oposición política, encabezada por el Partido Democrático, tomó buena nota de la debilidad mostrada por Rama durante las protestas estudiantiles y el pasado mes de febrero decidió echarse también a la calle para pedir la dimisión de su gobierno. ¿Las acusaciones? Corrupción, vínculos con el crimen organizado y abuso de poder. Aquella movilización arrastró a decenas de miles de personas y, visto lo visto, los conservadores decidieron quedarse en la calle y echarle desde ahí un pulso a Rama que todavía se mantiene; sin ir más lejos el pasado fin de semana hubo una manifestación, la enésima, que terminó con fuertes enfrentamientos entre los asistentes y la policía.

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Llamas de una molotov arrojada a la línea policial custodiando el Parlamento de Tirana en una protesta el 11 de mayo. | Foto: Hektor Pustina | AP Photo.

Pero el Partido Democrático no cuenta con el apoyo de los estudiantes, que en cuanto vieron llegar a los conservadores se quitaron de en medio. “La oposición quiso rentabilizar el ambiente de conflicto social intentando cooptar para su causa a los estudiantes, pero sin éxito”, explica Roán. Los universitarios no quieren ser utilizados como plataforma de nadie, y mucho menos quieren facilitar la llegada al poder de una oposición a la que consideran tan culpable como Rama del estado de las cosas. Esta división entre estudiantes y conservadores otorga cierta ventaja táctica a un gobierno al que todavía sonríen las encuestas. Sin embargo, la gravedad de la crisis política está perjudicando la imagen de Albania en unas semanas que se presuponen clave ya que este mes de junio podrían dar comienzo las negociaciones entre Tirana y Bruselas para convertir a Albania en un estado miembro de la Unión Europea. La pregunta surge sola: ¿pueden las protestas frenar las negociaciones o alterarlas de alguna manera?

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Lulzim Basha, líder opositor del Partido Democrático, durante una protesta antigubernamental en el Parlamento de Tirana en mayo 2019. | Foto: Florion Goga | Reuters.

“La apertura de las negociaciones no depende de la situación en el país durante los últimos seis meses”, dice Roán, quien además señala que la apuesta de los conservadores por ejercer la oposición al gobierno desde la calle no ha sido bien recibida en Bruselas ya que manda un mensaje de incertidumbre política. “Albania es un actor fundamental para la estabilidad y seguridad de la zona, algo que en la actualidad es fundamental para la Unión Europea y que está por encima de otras prioridades como la lucha contra la corrupción, la mejora de los estándares democráticos o la transparencia institucional”, añade el autor de Maratón balcánico. “Este es un criterio aplicable al resto de la región, especialmente desde la parálisis de la ampliación en 2014, y que tiene que ver con la problemática del nacionalismo albanés y su influencia en Kosovo, Macedonia del Norte, Montenegro, Serbia o Kosovo y los riesgos que se pueden derivar de su descontrol”, explica el politólogo antes de sentenciar que “Edi Rama en Albania, como Aleksandar Vučić en Serbia o Milo Đukanović en Montenegro, son vistos como garantes de la estabilidad regional en las cancillerías europeas”.

En otras palabras: pese a todo, Rama mantiene el favor de la comunidad internacional.

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Manifestante con una máscara de Rama. | Foto: Visar Kryeziu | AP Photo.

 

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“El caso del Teatro Nacional refleja perfectamente lo que está sucediendo en este país”, dice un miembro de una organización civil llamada Alianza por la Protección del Teatro Nacional que prefiere mantenerse en el anonimato. “Los amagos de este gobierno contra la institución han sido posibles gracias a la ausencia de un Tribunal Constitucional que establezca los controles básicos que todo sistema político debería tener”, añade esta persona no sin antes explicar que el Tribunal Constitucional albanés ha quedado desmantelado tras una reforma judicial llevada a cabo por Rama pensada para limpiar, teóricamente, un gremio lleno de manzanas podridas. “Incentivado por la libertad política de quien sabe que puede aprobar cualquier medida que se le antoje, el gobierno, controlado íntegramente por el primer ministro Edi Rama, se ha embarcado en acciones que han violado los derechos de propiedad en algunos de los lugares más cotizados de Albania”. Esta persona también sostiene que en los últimos tiempos “varios constructores bien conectados con el gobierno han obtenido terrenos que no eran suyos con la intención de recalificarlos”. Resumiendo, y según este testimonio: lo sucedido con el Teatro Nacional de Albania, que por cierto lleva cerrado desde que en marzo del año pasado las autoridades anunciasen su demolición, es un caso clarísimo de corrupción.

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Proyecciones para el futuro Teatro Nacional presentadas en 2018 por BIG, la oficina liderada por Bjarke Ingels. | Imágenes vía BIG.

Pese a todo, una parte de la sociedad civil insiste en mantener el pulso. Tan es así que el pasado 6 de mayo varios activistas convocaron un acto frente al edificio del Teatro para recolocar las letras de la fachada. En el lugar se presentaron muchos simpatizantes que entre aplauso y aplauso no dejaron de clamar contra el primer ministro.

Y mientras tanto el presidente de Albania, Ilir Meta, ya ha declarado que estaría más que dispuesto a renunciar –o incluso a suicidarse «como Salvador Allende»– si eso resolviese la crisis política que atraviesa el país. El conflicto, por lo tanto, va para largo.