Etiopía: algo grave pasa en el país del último Nobel de la Paz
Foto: Imagen de Adís Abeba, capital de Etiopía

Política y conflictos

Etiopía: algo grave pasa en el país del último Nobel de la Paz

Etiopía se juega mucho más que saber cuál será su próximo mandatario en las elecciones de este año. Se juega no terminar como la antigua Yugoslavia.

por Borja Bauzá

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Cuando el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, acudió el pasado 10 de diciembre a Oslo para recoger el Nobel de la Paz, las autoridades noruegas se mostraron muy sorprendidas  por la prisa que llevaba: Ahmed llegó, saludó, recogió el premio, dio el discurso de rigor y, tras rechazar dos ruedas de prensa, se montó en un avión de regreso a Adís Abeba. Un visto y no visto de manual.

Pero la celeridad con la que el líder más joven de África gestionó lo que para otros es el momento más importante de sus carreras tenía su porqué. Y es que a Ahmed, que llegó al poder en 2018 con la intención de impulsar una agenda basada en la apertura democrática y que recibió el Nobel de la Paz por resolver el conflicto con Eritrea, se le está resquebrajando el país por culpa de unas tensiones étnicas que no vaticinan nada bueno.

Tan mal pinta la cosa que el International Crisis Group, un think tank especializado en la prevención y resolución de conflictos, ha decidido incluir a Etiopía en la lista que elabora todos los años para la revista Foreign Policy sobre los lugares candidatos a ocupar recurrentemente las portadas de los periódicos durante los próximos doce meses.

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Foto: Alexander Mahmoud | © Nobel Media.

“Incluir a Etiopía en una lista en la que también figuran Yemen o Afganistán puede parecer un poco extremo”, explica durante una conversación telefónica Jon Abbink, uno de los investigadores más experimentados del Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Leiden, en Holanda. “Esos países llevan años sumidos en una guerra civil mientras que en Etiopía se van a celebrar unas elecciones que han sido avaladas hasta por los partidos que se encuentran en las antípodas de la agenda reformista de Abiy Ahmed”. Un corresponsal político local que prefiere mantener el anonimato coincide con Abbink: “Las víctimas mortales que se han registrado en Etiopía por culpa de las tensiones étnicas no son comparables a las decenas de miles de muertos que arrastran otros países de la lista”.

“No obstante –añade el periodista local– sí es cierto que hace un año hubo más de tres millones de desplazados internos debido a esas mismas tensiones”. Más de tres millones de desplazados internos. Se dice pronto. Es como si todas las personas que habitan en el País Vasco, Cantabria y Asturias tuviesen que hacer las maletas y marcharse de repente con la música a otra parte. Abbink se muestra de acuerdo; a pesar de que la inclusión de Etiopía en la lista del think tank es matizable, las cosas andan lo suficientemente revueltas como para activar más de una alarma. Y más de dos.

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Etiopía, capital Adís Abeba. Área 1.104.300 km2. Población estimada para 2018: 109.224.414 | Mapa vía superminimaps.com

Pero, ¿desde cuándo existen estos problemas? ¿Qué ha sucedido para que una de las economías más potentes de África, para que uno de los aliados más importantes de Estados Unidos en el continente, se encuentre al borde de un conflicto étnico de proporciones catastróficas?

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No es una norma, pero sí es habitual: detrás de las corrientes etnonacionalistas suelen encontrarse narrativas que, recurriendo a la retórica populista, tienden a exagerar o descontextualizar humillaciones y agravios históricos.

El caso etíope responde a esta lógica. Durante siglos el territorio que hoy ocupa Etiopía fue, como tantos otros territorios en tantos otros lugares del mundo, una zona convulsa. Luchas entre dinastías –la leyenda dice que el primer rey del lugar, Menelik I, era hijo de Salomón y la mítica reina de Saba–, revueltas, injerencias externas de todo tipo y campañas de expansión territorial más o menos exitosas fueron moldeando lo que siglos después pasaría a ser el estado centralizado que conocemos.

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Fotografía histórica del emperador Menelik II, gobernador de Shewa, tomada entre 1867 y 1935, vía Wikipedia.

El ‘problema’ es que ese estado centralizado que hoy conocemos está formado por más de 80 grupos étnicos. Y claro: cuando algunos de esos grupos miran atrás y examinan los acontecimientos del pasado empiezan a saborear la idea de que quizás hay otros grupos étnicos etíopes que se pasaron tres pueblos con ellos en tal o cual batalla, o en tal o cual expedición de conquista, o en tal o cual acuerdo comercial. Es entonces cuando los grupos étnicos que se consideran más víctimas que protagonistas en el proceso de construcción del estado etíope empiezan a mirar con recelo a los vecinos y a exigir reparaciones. Y de esos polvos beben los lodos que han llevado al país africano a figurar en la lista del International Crisis Group.

“Algunos académicos oromos señalan el reinado de Menelik II –el monarca que fundó, en 1886, Adís Abeba– como la época en la que su etnia fue colonizada por los amharas”, explica el corresponsal político que prefiere mantenerse en la sombra.

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Esta foto representa las variedades de vestimentas y adornos de la cultura oromo. El chico sentado enfrente viste ropas Gujo. Las cuatro chicas al fondo, de izquierda a derecha, lucen vestimentas de estilo Harar, Kamise, Borena y Showa. | Imagen de Mekonnen B.Gedefa vía Wikipedia.

Los oromos y los amharas son los dos grupos más numerosos de Etiopía. El primero representa al 34% de la población y el segundo representa al 27%. Es decir: entre ambos suponen el 60% de los 105 millones de etíopes. Los amharas son vistos por los oromos y por otras etnias menos numerosas como la clase históricamente dominante, con el consiguiente recelo que eso conlleva.

“Una de las cosas que más repiten estos académicos tiene que ver con la capital; dicen que Adís Abeba perteneció en su tiempo a los oromos y que, como fueron sacados de allí por la fuerza, debe ser devuelta a la etnia”, continúa diciendo el corresponsal político. “Pero claro –añade la fuente– este reclamo abre una veda muy problemática, porque por esa misma regla de tres los oromos tampoco deberían mantener todo el territorio que ocupan ya que una parte fue ganada por la fuerza a lo largo de los siglos”.

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Sacerdotes ortodoxos bailando frente a la iglesia de Santa María durante la celebración del Timkat en Adís Abeba en 2015. | Imagen de Jean Rebiffé vía Wikipedia bajo CC 4.0.

En cualquier caso, el discurso etnonacionalista –además del discurso de los oromos en relación a los amharas también hay un discurso etnonacionalista amhara, y otro somalí, y otro cocinado por la etnia tigray, y otro que ha echado raíces entre los sidama, etcétera– no empezó a calar hasta la década de 1960. Fue entonces cuando la idea de que Etiopía era, en realidad, “un país de naciones” empezó a cobrar fuerza entre estudiantes universitarios de pensamiento progresista. Algunos expertos marcan el punto de inflexión en un manifiesto titulado On the Question of Nationalities in Ethiopia y firmado por un chaval de veintipocos años llamado Wallelign Mekonnen. El manifiesto fue muy comentado porque en él Mekonnen, un amhara, cuestionaba los privilegios históricos de su propia etnia. En esa misma época también se publicó un poema titulado Who is Ethiopian? que formulaba las mismas preguntas que Mekonnen.

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Walelign Mekonnen y su hermano Getachew Mekonnen en 1967. | Imagne vía Walilegnfordemocracia.com

“Estos dos escritos suponen, en opinión de muchos analistas, el origen de la etnopolítica en Etiopía”, dice el corresponsal anónimo. “Hasta ese momento no había grupos políticos organizados en torno a la identidad étnica. Pero a partir de entonces, y poco a poco, el sentimiento etnonacionalista fue atrayendo a más y más personas”.

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Este caldo de cultivo fue lo que llevó al Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF) a implantar, en 1995, un sistema federal compuesto por nueve regiones semiautónomas basadas en la división étnica. Aunque alguna de esas regiones aglutinaba a decenas de etnias diferentes, la mayoría trataba de hacer justicia al territorio que históricamente habían ocupado las más importantes: los oromos, los amharas, los somalíes y demás.

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Mengistu Haile Mariam | Imagen vía Wikipedia bajo CC BY-SA 3.0.

El EPRDF implantó este sistema porque no podía no hacerlo. La coalición, formada por varios partidos nacionalistas, había conseguido derrocar por las armas al régimen comunista conocido como El Derg, que estaba dirigido por Mengistu Haile Mariam. Pero había conseguido derrocarlo gracias a los “movimientos de liberación nacional” puestos al servicio de la causa por las diferentes etnias del país. De modo que cuando el EPRDF llegó al poder no tenía alternativa: el sistema centralista implantado por El Derg –para quien “federalismo” y “etnodiversidad” eran conceptos extranjeros– tenía que pasar a la historia.

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Emblema del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope.  | Imagen vía Wikipedia.

Pero como jugar con identidades basadas en la etnia y el territorio es como jugar con fuego, el EPRDF no tardó en quemarse. Los primeros problemas de calado llegaron muy pronto y afectaron, sobre todo, a las tres etnias más numerosas del país: oromo, amhara y la etnia somalí. Por lo general las broncas tenían lugar en las regiones fronterizas que separaban sus respectivos territorios y el contencioso giraba en torno a los límites del terruño; esto me pertenece a mí y no a ti, etcétera. En ocasiones esas tensiones se trasladaban al interior de las regiones semiautónomas, donde la etnia mayoritaria la tomaba con los ‘forasteros’. Esto es: con los habitantes de otras minorías afincados en sus ciudades o pueblos.

La cuestión se agravó con el paso de los años, cuando la mayoría de los etíopes observó que aunque el EPRDF se presentaba ante el pueblo como una coalición multiétnica en realidad ésta estaba controlada por la etnia tigray. Una etnia que, además, solo supone un 6% de la población. En consecuencia, los tigray comenzaron a ser vistos como una etnia artera que velaba más por su propio beneficio que por otra cosa.

Con todo, el gobierno del EPRDF logró mantenerse al frente de Etiopía durante más de dos décadas. Y aunque la coalición se conducía con un deje autoritario nada halagüeño –lo cual ayudó a que las tensiones étnicas no se fuesen de madre– intentaba, al mismo tiempo, mantener las formas. Convocaba periódicamente elecciones y si bien perseguía a una parte de la oposición se cuidaba mucho de tolerar la presencia de otra parte. Lo dicho: intentaba mantener las formas.

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Mujeres etíopes deportadas de Arabia Saudita en 2013 esperan en la aduana en el Aeropuerto Internacional de Addis Ababa. Por lo menos 136.000 etíopes fueron deportados por Arabia Saudita entre los meses de noviembre y diciembre de ese año. | Foto: Elias Asmare | AP Photo.

Las cosas empezaron a torcerse para la coalición gobernante hacia el año 2010. Durante el lustro anterior la oposición había comenzado a mostrar síntomas de fortaleza en las urnas (pese a que el EPRDF no solía jugar limpio), y a esa preocupación se sumó una sequía tremenda, la peor de las últimas décadas en esa zona de África, que amenazó con llevarse por delante a millones de personas. Para cuando Etiopía se recuperó ya podía escucharse el eco de las protestas que pondrían el país patas arriba en 2016. La población perdió el miedo y empezó a salir a la calle. Demandaba menos autoritarismo, más derechos y el fin de los privilegios de la etnia tigray. El EPRDF respondió como suelen responder los gobiernos autoritarios en estos casos: dando leña.

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“Hoy muchos en Etiopía echan la vista atrás y sienten nostalgia por el nacionalismo pan-etíope promovido por Mengistu”, decía la revista The Economist en un artículo publicado meses después de las primeras protestas. La pieza explicaba que muchos paisanos del lugar, ante la ola de protestas, la represión posterior y toda la inestabilidad que aquello traía consigo, preferían lo malo conocido. Una junta militar de carácter marxista-leninista. El orden. El Derg. Sin embargo, los temores de la revista británica eran infundados. Y si no lo eran desde luego no dieron sus frutos. Porque quien terminó llegando al poder en la primavera del 2018 no fue un militar comunista sino el hijo de un matrimonio mixto –padre oromo y madre amhara– llamado Abiy Ahmed.

Ahmed, un antiguo agente de los servicios de inteligencia, es en realidad un hombre del aparato. Alguien que hizo carrera política dentro del EPRDF y que llegó a primer ministro no por la vía de las urnas sino por designación interna (aquí conviene aclarar que su antecesor dimitió en el ecuador de su mandato y por tanto en 2018 quedaban todavía dos años para las elecciones). Sin embargo, en su primer discurso como líder del país prometió democratizar el sistema, entablar un diálogo constructivo con la oposición –buena parte de la cual se hallaba en el exilio– y firmar la paz con Eritrea poniendo así el punto y final a veinte años de hostilidades. Tras el discurso las encuestas reventaron. De la noche a la mañana Ahmed se convirtió en el político más popular en la historia reciente del país.

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Casi dos años después de ofrecer aquel discurso el aplauso del respetable ha sido sustituido por atentados, cientos de muertes, millones de refugiados y una cita electoral que todo el mundo observa con muchas reservas.

Los dos mazazos más duros llegaron el pasado mes de junio, cuando en la región de los amhara un grupo armado terminó con la vida de un general próximo a Ahmed, y en octubre, cuando en la región de los oromo un líder etnonacionalista llamado Jawar Mohammed llamó a sus seguidores a manifestarse en las principales ciudades del lugar. Jawar hizo el llamamiento por Facebook tras alegar que Ahmed había enviado a la policía a detenerle. El primer ministro negó haber ordenado tal cosa pero dio igual; las palabras de Jawar causaron unos disturbios que dejaron 70 muertos. Sus seguidores se cebaron especialmente con las personas de otras etnias que habitan en territorio oromo.

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Jawar Mohammed. Imagen vía Change.org

Dicen los expertos que todo esto es, en parte, una consecuencia directa de las reformas impulsadas por el primer ministro. Jawar Mohammed, por ejemplo, se encontraba en el exilio y solo regresó a Etiopía cuando Ahmed prometió que no perseguiría a ningún líder de la oposición y que garantizaría la libertad de expresión.

Por otra parte, el hecho de que Ahmed sea fruto de un matrimonio mixto es un arma de doble filo. Y es que, al parecer, hay muchos oromos que se sienten decepcionados con un líder del que esperaban favores y concesiones tras tantos años de ‘tiranía’ tigray.  Tampoco los amharas parecen estar muy contentos con alguien que ha invitado a gente como Jawar a regresar al país.

Ahmed, por su parte, no está por la labor de seguir fomentando la división étnica. No está, en fin, por la labor de gobernar para su etnia. Al contrario: el pasado otoño publicó un libro titulado Medemer en el que básicamente reivindica un nacionalismo pan-etíope que, sin querer anular las diferencias étnico-culturales del país, ayude a superar el odio que estas causan. Que ayude, en definitiva, a pensar en clave etíope.

“Cada grupo étnico tiene razón hasta cierto punto, y por eso no hay que hacer oídos sordos; hay que sentarse, negociar y tratar de llegar a acuerdos”, señala el corresponsal político que –finalmente– confiesa su grupo étnico: amhara. “Las élites de cada lado deben buscar el consenso porque sólo así podremos avanzar”.

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Adís Abeba de noche. | Foto: Daggy J. Ali | Unsplash.

¿Le saldrá bien el experimento a Ahmed? La respuesta se encuentra en las elecciones que se celebrarán el próximo mes de agosto. Una victoria del último Nobel de la Paz no garantizará la misma, pero sí demostraría que la mayoría de los etíopes está por la labor de seguir la estela medemer. De abrazar la idea de un estado central y fuerte que respete, al mismo tiempo, su dimensión multicultural. Una victoria de los etnonacionalistas, en cambio, podría culminar la balcanización de un país que ya se ha comparado, y varias veces, con la antigua Yugoslavia.

“Las próximas elecciones van más allá de elegir un mandatario u otro”, explica el periodista local. “Hay muchísimo en juego, y precisamente porque hay muchísimo en juego hay gente dispuesta a morir por lo que considera justo”.

“¿Optimista? No puedo ser optimista, dadas las circunstancias. Tengo mis esperanzas puestas en el primer ministro Abiy Ahmed, pero tal y como está el panorama soy cauto”, explica el investigador Jon Abbink antes de añadir que esta semana va a dar una conferencia comparando los horizontes de varios países africanos. “Si te digo la verdad, ahora mismo tengo más confianza en el futuro de Sudán; allí el consenso en torno a una agenda reformista es mucho mayor”.

Borja Bauzá

Licenciado en Historia. Ha publicado en The Objective, Jot Down, Letras Libres, Panenka, El Confidencial, El Español y en la revista norteamericana Jacobin.