Ucrania: un país que continúa buscando su identidad nacional
Foto: Valentyn Ogirenko| Reuters

Política y conflictos

Ucrania: un país que continúa buscando su identidad nacional

En Ucrania han muerto entre 10.000 y 50.000 personas durante los últimos seis años. La culpa es de una guerra, la del Donbás, que sigue activa y matando pese al silencio de los telediarios.

por Borja Bauzá

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La tarde del 11 de diciembre del 2014 la policía ucraniana informó a los directivos del Saint Étienne, un equipo francés que se encontraba en Kiev para disputar un partido de la Europa League, de un hecho preocupante: sus aficionados habían sufrido una emboscada no muy lejos del estadio. El incidente –agregaron las autoridades– se había saldado con varios seguidores galos ingresados con pronóstico grave en un hospital cercano.

La noticia no tardó en llegar a los foros de Internet que los aficionados más fanáticos –los ultras– utilizan para intercambiar impresiones. Las primeras informaciones se limitaban a señalar que 60 radicales del Dnipro, el equipo que recibía al Saint Étienne, habían atacado a un centenar de stéphanois –como se conoce a los seguidores del equipo francés– en la puerta de un bar. Poco después comenzaron a filtrarse detalles. Se supo que los ucranianos no habían jugado limpio y habían acuchillado e incluso disparado con un rifle de aire comprimido a los visitantes; se supo que los heridos se contaban por decenas, que once de ellos habían tenido que ser ingresados en el hospital y que dos de ellos se encontraban graves; y se supo que los 60 asaltantes no eran todos seguidores del Dnipro, que en realidad el grupo atacante era una coalición formada por hinchas de varios equipos ucranianos. También se dijo que todo había empezado con la quema de una bandera de Ucrania por parte de los ultras stéphanois, un rumor que fue recogido por las agencias de noticias y reproducido por infinidad de periódicos pero que, según las versiones de quienes sí estuvieron allí, era infundado. Al parecer, nadie quemó nada.

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Hinchas del Dinamo. | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

Tras conocer lo sucedido afloró, en esos mismos foros, un cabreo mayúsculo. Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con esos ambientes sabe que muchos seguidores radicales rechazan el uso de armas blancas. También hubo algo de pasmo. Hasta ese momento Ucrania jamás había destacado como territorio comanche en el mapa que manejan los aficionados de fútbol. Mosqueos al margen, a nadie en esos foros le hubiese sorprendido una agresión semejante en Estambul, Belgrado o Cracovia; ciudades que hacen saltar las alarmas de cualquier ultra que se precie porque sus calles se han cobrado vidas. ¿Pero Kiev? Quién lo habría dicho.

Es más: hasta el día del ataque a los hinchas del Saint Étienne la capital ucraniana estaba considerada un lugar particularmente tranquilo. La Eurocopa del año 2012, celebrada en las principales ciudades de Ucrania y Polonia, lo demuestra. Mientras que en Polonia sí se registraron incidentes, en Ucrania no pasó absolutamente nada. Los aficionados que se desplazaron para animar a sus selecciones se lo pasaron en grande y, que se sepa, nadie reportó agresiones, asaltos o emboscadas. Esto no implica que antes del 2014 no existiesen radicales en Kiev; haberlos siempre los ha habido. Pero testimonios de hinchas que se toparon con ellos hace años señalan que no solían atacar salvo que les diesen un motivo concreto y que, cuando atacaban, no se ensañaban con los rivales. “Siendo honestos –escribió un hooligan belga tras conocer lo sucedido con los stéphanois– me sorprende mucho lo ocurrido. El año pasado jugamos en Kiev y viajamos quince. Nos podrían haber destrozado. Sin embargo, tras localizarnos se acercaron para decir que al ser nosotros tan pocos nos iban a dejar en paz”.

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El 04 de marzo de 2014 el entonces Secretario de Estado de EEUU, John Kelly, visita las barricadas que se encuentran junto al ‘Santuario de los caídos’ en la calle Institutska, Kiev. | Foto: Kevin Lamarque, Pool | AP Photo.

“La guerra ha cambiado las reglas del juego”, me explica un ultra del Dinamo de Kiev. Se refiere al conflicto bélico que estalló en la primavera del 2014, cuando las provincias orientales de Ucrania –una región conocida como Donbás– declararon su independencia con el apoyo de Rusia. “Ciudades como Kiev –dice– se han llenado de desplazados procedentes de las provincias orientales y entre toda esa gente hay mucho joven que ha perdido familiares o amigos”. El ultra del Dinamo cuenta que esos chavales, quizás por haber vivido la guerra en carne propia, se comportan de una forma mucho más brutal que sus mayores. “Además –añade– el control que las autoridades ejercen sobre los hooligans se ha reducido drásticamente; el Estado tiene ahora problemas más importantes”.

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El 24 de enero del 2014 –diez meses antes del ataque contra los ultras del Saint Étienne– el diario The Washington Post publicó un artículo dejando caer que las cosas en Ucrania podían ponerse muy feas.

Por aquel entonces todavía no había estallado ninguna guerra, pero las protestas contra el presidente Víktor Yanukóvich llevaban semanas copando la agenda internacional y cada vez eran más violentas. Éstas habían comenzado ocho semanas antes, después de que el mandatario rechazase firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea. Por este motivo la mayoría de observadores internacionales leyó las manifestaciones en clave europeísta. Y con razón. El problema es que en esas protestas convivía una paradoja que no muchos vieron. Uno de los que sí la vieron fue Max Fisher, analista del Post.

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La gente coloca flores en un memorial en la Plaza de la Independencia en Kiev conmemorando el primer aniversario del Euromaidan. 21 de noviembre de 2014 | Foto: Sergei Chuzavkov | AP

Su famoso artículo se basaba en un par de mapas.

El primer mapa superponía dos datos: los resultados de las últimas elecciones por regiones y en qué partes del país se estaban registrando las protestas contra Yanukóvich. La comparación arrojaba un resultado lapidario: las protestas contra el mandatario se concentraban en la mitad noroccidental del país. Es decir: en aquellas regiones que habían votado en masa al partido europeísta de Yulia Timoshenko, la rival de Yanukóvich.

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Manifestación en Kiev el día del Summit de Merkel, Macron, Zelenski y Putin en París para discutir la resolución del conflicto en el este de Ucrania. Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

El segundo mapa volvía a dividir Ucrania en regiones y superponía qué lengua se hablaba en cada una de ellas con las partes del país donde había protestas. Casualmente, allí donde se estaba protestando de forma masiva contra el líder del país –es decir: en las provincias noroccidentales que habían votado al partido europeísta– la lengua predominante era el ucraniano. En cambio, en la parte suroriental de Ucrania –las regiones que habían votado a Yanukóvich y que no participaban en las protestas– la lengua predominante era el ruso.

“Hay una gran línea divisoria en la política ucraniana –explicaba el artículo del Post–; una línea física que separa el norte y el oeste del sur y el este. Se puede ver en todos los mapas electorales que ha producido el país desde su independencia”. Unos párrafos después Fisher añadía lo siguiente: “Las regiones donde el ruso es el idioma predominante suelen simpatizar con (o ser menos hostiles hacia) las políticas que quieren acercar el país a Rusia, y eso es lo que Yanukóvich ha estado haciendo. Pero las regiones en donde se habla ucraniano han desarrollado a lo largo de su historia una identidad nacional que busca alejarse de Rusia y acercarse a Europa. De modo que el asunto tiene que ver con la política, sí, pero también con la identidad; tiene que ver con qué significa ser ucraniano”. Y finalmente: “El conflicto político actual, que a priori se puede ver como un conflicto entre quienes apuestan por Europa y quienes quieren mantenerse cerca de Rusia, no es más que otro episodio dentro de una crisis de identidad nacional que nunca se ha resuelto”.

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Petro Poroshenko en la manifestación en Kiev el Summit de Merkel, Macron, Zelenski y Putin en París para discutir la resolución del conflicto en el este de Ucrania. | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

He ahí la paradoja encerrada en las protestas: no sólo eran reivindicaciones europeístas; eran, al mismo tiempo, manifestaciones de índole nacionalista alimentadas por un enorme recelo hacia todo lo que tuviese que ver con Rusia. Empezando por el propio Yanukóvich.

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El seísmo contra Yanukóvich, que pronto pasó a conocerse como el Euromaidán y que recibió el aplauso de las potencias occidentales, no tardó en ofrecer a los corresponsales internacionales imágenes impactantes: barricadas, enfrentamientos a pecho descubierto con los antidisturbios, lanzamiento de cócteles molotov, etcétera. Cuando el presidente entendió que no iba a poder atajar la ofensiva de los manifestantes por las malas decidió sentarse con los líderes de la oposición y negociar una salida de la crisis. En febrero la oposición anunció que había alcanzado un acuerdo con Yanukóvich que implicaba formar un gobierno de transición y convocar elecciones anticipadas. Sin embargo, cuando tocó ratificar el acuerdo el presidente no apareció por ningún lado. Se había esfumado. Literalmente.

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El 21 de noviembre se congregaron para conmemorar el 6to aniversario del inicio de las protestas pro-UE. En las velas se lee: «Maidan». | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

Yanukóvich asomó la cabeza una semana después. Lo hizo en Rostov del Don, una ciudad rusa ubicada a 750 kilómetros de Kiev. Allí ofreció una rueda de prensa para denunciar que le habían dado un golpe de Estado. Nadie le hizo demasiado caso; en Kiev el nuevo gobierno llevaba días intentando coger las riendas del país para volver a ponerlo en marcha sin que nada se saliese demasiado de madre y en Moscú se estaban ultimando los preparativos de una intervención militar que trastocaría los planes de los europeístas ucranianos.

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Las tropas rusas movieron ficha a finales de aquel mes de febrero. Su objetivo: controlar una península de 26.000 kilómetros cuadrados situada en la costa septentrional del Mar Negro llamada Crimea.

Lógicamente, la elección de Crimea no fue casual. Para empezar, de los 2,3 millones de habitantes que tenía el lugar en 2014 un 68% –es decir: 1,5 millones– era de origen ruso y, por extensión, rusófilos. Es decir: con Yanukóvich huido y el poder en manos de los europeístas la mayoría de la población estaba del lado de Moscú. Pero es que, además, en Crimea se alojaba una parte de la Flota del Mar Negro de la Armada rusa. Puesto de otro modo: para el Kremlin la península encerraba un valor geoestratégico incalculable.

Cuando estuvo seguro de que Moscú le guardaba las espaldas el Parlamento de Crimea, cuya mayoría deseaba cortar vínculos con Kiev, declaró la independencia del territorio y, tras la celebración de un referéndum, firmó su adhesión a Rusia el 18 de marzo del 2014.

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Ucrania, subrayadas las provincias de Donetsk y Lugansk. | Mapa: Superminimaps.com para The Objective.

Los sucesos de Crimea se siguieron con mucha atención en dos provincias orientales llamadas Donetsk y Lugansk; provincias pro-rusas que habían rechazado el Euromaidán y que tras la huida de Yanukóvich se declararon en rebeldía. Estas provincias rebeldes no tardaron en celebrar sus propios referéndums de autodeterminación en los que la opción de independizarse arrasó y, así, la región –el Donbás– quedó bajo el control de milicias locales apoyadas por el ejército ruso y por batallones de voluntarios procedentes, sobre todo, de Rusia, Serbia, Bulgaria, Francia y Hungría.

Aunque el nuevo gobierno ucraniano no había podido hacer mucho para evitar la pérdida de Crimea, con Donetsk y Lugansk no se quedó de brazos cruzados. El consiguiente despliegue de divisiones ucranianas y de brigadas de voluntarios nacionalistas en los enclaves rebeldes derivó en una guerra que continúa sumando muertos en el momento de escribir estas líneas.

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El observatorio de conflictos dependiente del Consejo de Relaciones Exteriores, un think tank estadounidense, sostiene que, hasta la fecha, la guerra en Ucrania ha dejado unos 10.300 muertos. Otras fuentes, como por ejemplo los servicios de inteligencia alemanes, elevan esa cifra hasta las 50.000 víctimas mortales. Sea como fuere, en ambos casos habría que añadir centenares de desaparecidos y en torno al millón de desplazados.

En estos seis años las partes implicadas –el gobierno ucraniano junto a sus aliados occidentales, por un lado, y los rebeldes del Donbás junto a sus aliados rusos, por el otro– se han reunido en innumerables ocasiones para tratar de apaciguar el panorama. Sin éxito.

El primer intento serio tuvo lugar en septiembre del año 2014 en Minsk. Animados por la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, una institución supranacional con sede en Viena especializada en la gestión de conflictos, representantes de Ucrania, Rusia y las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk se encontraron en la capital bielorrusa. Pero el alto el fuego inmediato acordado durante la reunión se convirtió en papel mojado cuando 24 horas después la artillería ucraniana abrió fuego contra las posiciones de los milicianos pro-rusos en las inmediaciones de Donetsk.

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Imagen de la Conferencia de Prensa ofrecida por los líderes de Ucrania, Alemania, Francia y Rusia el 09 de diciembre de 2019 en París. | Foto: Charles Platiau | Reuters

Unos meses después tuvo lugar un segundo encuentro –un segundo intento– bautizado como Minsk II. Visto lo visto, la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa decidió subir el nivel de los asistentes. De modo que el 11 de febrero del 2015 llegaron a la capital bielorrusa el presidente ruso Vladimir Putin, la canciller alemana Angela Merkel, el presidente francés François Hollande y el líder ucraniano Petró Poroshenko. A ellos se sumaron los líderes de los separatistas pro-rusos Alexánder Zajárchenko e Ígor Plótnitski; el primero representando a Donetsk y el segundo a Lugansk.

Aquella cumbre –diría Hollande– suponía “la última oportunidad” para resolver el conflicto de una manera civilizada. Conscientes de ello, o quizás por guardar las apariencias, los participantes estuvieron discutiendo cómo reconducir la situación durante 16 horas seguidas. El acuerdo que finalmente alcanzaron comprendía un alto el fuego, la retirada de armamento pesado del frente de guerra, el intercambio de prisioneros, el compromiso de no intervenir ayuda humanitaria destinada al enemigo, la retirada de brigadistas extranjeros y la disposición por parte de los implicados directos –Ucrania y los territorios de Donetsk y Lugansk– de sentarse a negociar una salida del conflicto.

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La conferencia de París es seguida por un grupo de personas reunida frente al palacio presidencial de Kiev. Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

Si los mandatarios abandonaron esta segunda cumbre llenos de escepticismo es porque el recelo estaba más que justificado: ni los enfrentamientos cesaron (en esa ocasión fueron los rebeldes pro-rusos quienes hicieron oídos sordos en ciudades como Debáltsevo) ni los siguientes intentos por frenar las hostilidades llegaron a puerto alguno.

No obstante, Minsk II sí consiguió algunos resultados. El más palpable fue lograr reducir la intensidad de la guerra. Los combates pasaron a estar mucho más localizados y entre choque y choque florecieron periodos de calma tensa que en algunos casos se extendieron durante semanas. Desde mediados del 2015 el pitote ucraniano se percibe como un conflicto de baja intensidad más que como una guerra abierta.

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Los conflictos de baja intensidad suelen compartir una característica: sólo le importan a quien los sufre. Estoy exagerando; siempre hay alguien –observadores internacionales, periodistas, activistas– ojo avizor. Pero en líneas generales cuando un conflicto deja de aparecer en el telediario deja, también, de aparecer en el orden del día de los gerifaltes. El mundo pasa página.

En este caso la ecuación se ha cumplido sólo en parte.

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«Los conflictos de baja intensidad suelen compartir una característica: sólo le importan a quien los sufre». | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

Los mass media dejaron de prestar atención a Ucrania en torno al verano del 2014 –coincidiendo con la celebración del Mundial de Brasil– y, consecuentemente, las sociedades occidentales ajustaron sus intereses a los de la programación. Sin embargo, los líderes de la Unión Europea, Estados Unidos y Rusia nunca han olvidado el desaguisado que hay montado allí. El motivo tiene que ver con la implicación que tanto las potencias occidentales como Moscú han tenido y tienen en el enfrentamiento. ¿Y por qué se han implicado todos estos países en Ucrania? La respuesta a esta pregunta daría para escribir no pocos libros y varias tesis doctorales –seguro que las hay– pero, por resumir, y citando al académico Carlos Taibo –autor del ensayo Rusia frente a Ucrania (Catarata)–, el quid de la cuestión se resume en su ubicación geográfica y lo que eso simboliza. Puesto de otro modo: metiendo a Ucrania en su órbita, Occidente presiona todavía más a Vladimir Putin. Y viceversa: en la medida en que Rusia logre evitar la influencia europeísta en sus viejos satélites, Putin respirará más tranquilo.

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En las pancartas se lee: «No hay seguridad sin la OTAN. No hay UE sin Ucrania» y «Voluntad o muerte». | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

Con todo, Taibo también señala que la guerra en Ucrania nunca ha supuesto, como dicen algunos, un revival a pequeña escala de aquellas décadas gobernadas por la Guerra Fría. En primer lugar –explica– porque en este caso no se están enfrentando dos cosmovisiones distintas. Y en segundo lugar porque la diferencia entre el gasto militar de las potencias occidentales y el gasto militar de Rusia es abismal. Moscú ya no puede mirar a Occidente como lo miraba antes; como a un igual. Putin debe andarse con cuidado y, sin hacer tampoco demasiadas concesiones, no arriesgar más de la cuenta.

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Llegados a este punto la pregunta es evidente: ¿cuándo van a cambiar las cosas?

Quién sabe.

En cualquier caso, conviene tener en cuenta algo importante: ni la Unión Europea es la que era en 2014 ni Estados Unidos es el que era en 2014. En los últimos seis años han aparecido en el escenario elementos como el Brexit y presidentes como Donald Trump; elementos y presidentes que afectan de lleno al rol de Occidente en Ucrania. Quizás por eso el nuevo presidente del país, Volodímir Zelenski, ha decidido meter el turbo y tratar de zanjar la cuestión del Donbás lo antes posible. Es más: Zelenski se reunió hace dos semanas con Putin en París para iniciar una nueva ronda de negociaciones. El encuentro, al que también asistieron el líder francés Emmanuel Macron y la canciller alemana Angela Merkel, se zanjó con el acuerdo de volver a hablar dentro de cuatro meses sobre un plan que podría llegar a funcionar.

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Encuentro en París. Zelenski, Merkel, Macron y Putin. | Foto: Charles Platiau | Reuters

¿Y en qué consiste dicho plan? Básicamente, en lograr que las provincias rebeldes de Donetsk y Lugansk celebren elecciones locales y después volver a integrarlas en Ucrania con un estatus especial. Además, las últimas encuestas dicen que muchos habitantes del Donbás estarían por la labor de plegarse a esta hoja de ruta.

No obstante, hay expertos que dudan de la capacidad de Zelenski. El economista Timothy Ash, de un think tank llamado Consejo Atlántico, se cuenta entre los escépticos. Ash sostiene que el presidente ucraniano se va a topar con una enorme oposición en Kiev, sobre todo entre los sectores más nacionalistas de la población. “El principal problema reside en la clase de estatus especial que van a tener las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. Porque lo que Rusia busca es una Ucrania federal en la que esas provincias tengan poder de veto y por lo tanto sean capaces de definir la dirección estratégica del país”. En otras palabras, y parafraseando a Mark Fisher: la crisis de identidad nacional que arrastra Ucrania seguirá sin resolverse.

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Manifestantes observan en directo la conferencia de Merkel, Macron, Zelenski y Putin en París. | Foto: Valentyn Ogirenko | Reuters.

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El pasado 7 de noviembre el Saint Étienne se desplazó hasta la ciudad ucraniana de Lvov para jugar un partido de la Europa League contra el Oleksandria. El equipo galo contó, una vez más, con el apoyo de sus incondicionales. Sin embargo, en esta ocasión los stéphanois prepararon el viaje con cuidado y no bajaron la guardia en ningún momento. Por eso cuando al anochecer cayó sobre ellos un numeroso grupo de hooligans ucranianos no sucedió lo mismo de la otra vez. El pasado 7 de noviembre los asaltantes se toparon con una expedición preparada para lo que viniese. Era de esperar: de un tiempo a esta parte raro es el hincha que visita Ucrania sin tomar precauciones. Una juventud educada en la guerra y la falta de medios de las autoridades han convertido el lugar en territorio comanche.

Borja Bauzá

Licenciado en Historia. Ha publicado en The Objective, Jot Down, Letras Libres, Panenka, El Confidencial, El Español y en la revista norteamericana Jacobin.