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Pedro Sánchez, manual de resistencia

El PSOE gana unas elecciones 11 años después y tiene al alcance de la mano gobernar en España

Foto: JAVIER SORIANO | AFP

A media tarde, los socialistas de Ferraz soltaban el aire y relajaban los hombros. Primero por los sondeos internos, luego por las victorias pequeñas: Unidas Podemos no caía demasiado, Casado se desplomaba, las derechas no sumaban. Los gritos de entusiasmo, al principio tímidos, iban perdiendo la modestia. El pecho se les iba inflando. Finalmente, Pedro Sánchez, aquel hombre denostado por sus barones, por Andalucía, por España, ha terminado por lograr lo que nadie imaginó que lograría hace un año: vencer en unas elecciones generales y recuperar el liderazgo y la autoestima de una izquierda castigada por los años terribles de Zapatero.

Algunos datos: el PSOE —que llevaba 11 años de derrotas— consigue 123 escaños, 38 más que en 2016. Lo hace con casi 7,5 millones de votos, que son dos millones más que hace tres años. Para gobernar en España, Sánchez necesita otros 53 diputados. Ciudadanos, con 57, le dice que no. Si descartamos esa posibilidad, se abren otras opciones. Unidas Podemos, con 42, le dice que sí. Esquerra Republicana, con 15, le espera con un pergamino de peticiones. Por otra parte, está la victoria en el Senado, donde había mayoría absoluta del Partido Popular. El PSOE lo recupera y, si en 2016 ocupaba 43 sillones, en los próximos cuatro años ocupará 122 —el 58% de la Cámara alta—. El PP se conformará con 55, que son 75 menos.

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La calle de Ferraz, celebrando la victoria electoral. | Foto: AFP

Los socialistas festejan el resultado en la calle, con las matemáticas en la cabeza. Todos esperan a Sánchez, que no se decide a salir, como el árbitro que no sabe si fue o no gol y requiere del recurso del VAR. Durante la espera, aparece Vox en televisión. Hay abucheos. Aparece la sede vacía del PP. Hay burlas y abucheos. Aparece Iglesias. Hay aplausos y cánticos entusiastas: “¡Sí se puede!, ¡sí se puede!”. La izquierda —hermanada— sobrevive ante la atomización de la derecha, con tantas identidades como James McAvoy en Múltiple.

—Esto va a ser un impulso de cojones —celebra Rafael Simancas.

—Ya lo creo —le responde un compañero, que guiña un ojo a Ángel Gabilondo–. ¿Lo firmarías para Madrid?

Gabilondo, que tiene las autonómicas a menos de un mes de distancia, arquea las cejas: “Mañana mismo”.

Tras una hora de espera, sube Pedro Sánchez al pequeño escenario levantado junto a la sede. “No queremos la involución, no queremos la reacción, no queremos retroceso”, dice Sánchez, victorioso, ignorando que en la fachada de enfrente tiene banderas de Vox, banderas de España, una republicana entre medio. “Queremos un país que avance, que mire al futuro”. El público responde a su mensaje: “¡No pasarán!, ¡no pasarán!”. Sánchez aprovecha su momento, se cobra algunas venganzas: “Parecía que el PSOE se tenía que resignar a que gobernara el Partido Popular, a que el Partido Socialista lo único que tenía que hacer era ser muleta. Y aquí estamos, reivindicando que el presente y el futuro pasa por un partido con 140 años de historia”. La respuesta es entonces ensordecedora y vienen al recuerdo todas las ocasiones en que Sánchez pudo morir políticamente y no lo hizo.

Vienen al recuerdo el Peugeot, Susana Díaz, el máster, el Manual de Resistencia. Se rieron, nos reímos, igual que nos reímos de tantas cosas. Pero ha llegado el 28 de abril y a las derechas se les ha quebrado el pulso, a Rivera se le ha atragantado el resultado. “¡Con Rivera, no!”, gritan en Ferraz. “Creo que ha quedado claro”, corresponde Sánchez, con media sonrisa. También Rivera lo asume: “Nos vamos a la oposición”. Es la historia entre las historias: ahora que les dan los números, ahora no quieren. El amor y la política, tan cerca y tan lejos.

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