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Philip Roth, adiós al derrotado aspirante a jugador de béisbol

Foto: DOUGLAS HEALEY | AP

La literatura fue la historia de amor que Philip Roth abordó con mayor fortuna. Pero mucho antes de aquello, antes de los reconocimientos y los cheques grandes y las palmadas en la espalda, Philip Roth soñó con ser jugador de béisbol. Hay un viejo artículo que escribió en The New York Times donde cuenta esta aventura infructuosa entre la lágrima y la carcajada. El pequeño Roth, que creció en una ciudad mediana de Nueva Jersey, le dedicaba cuarenta horas semanales “en los meses sin nieve” y sin embargo era torpón e impreciso, un jugador más bien físico, y nunca logró introducir la duda en sus entrenadores, que le invitaron formalmente a ocupar su tiempo en otros asuntos.

“Mi actuación era uniformemente errática”, remarcó. “En general, aceptable para los partidos fáciles, pero siempre carecía de la calma y la pericia que los bien dotados exhibían en la dura competición”. Nunca llegó a entrar en el equipo de su instituto, y eso que sus esfuerzos se multiplicaron en tantas ocasiones que Roth perdió el significado de la palabra no, alejando toda oportunidad beisbolística para “el último de los soñadores”.

Así que, entre la resignación y el alivio, Roth centró el amor que el béisbol nunca le correspondió con la literatura. Hay cierta angustia entre sus lectores al comprender que Roth, caído a los 85 años, no recibirá el Nobel en vida; un galardón que, atendiendo a sus declaraciones, no le importaba en exceso. Su trayectoria literaria comenzó bien temprano, publicó su primer libro con 26 años, y rápidamente su nombre se coló en las conversaciones exclusivas de los círculos neoyorquinos.

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Philip Roth, premiado en 1960 por su primera obra: ‘Goodbye, Columbus’. | Foto: AP

Philip Roth escribió desde sí para todos, desde su infancia en Newark y sobre ser judío. Aunque esto sea reducirlo. Cuentan que lo hacía de pie, como Hemingway, haciendo de la hoja en blanco un campo de batalla. Tiene premios de todas las formas posibles, tal vez nadie de su generación pueda equiparar esa fortuna que incluye la Medalla Nacional de las Artes, el Premio Pulitzer de Ficción, el Premio Faulkner –hasta en tres ocasiones– y el Premio Príncipe de Asturias, y su firma estará para siempre junto a otros gigantes de su generación, como Thomas Pynchon o Don DeLillo.

Exploró las pulsiones sexuales, las descomposiciones familiares, la soledad, el miedo inevitable hacia la muerte, las formas infinitas que encontramos de renunciar a lo que nos hace humanos: el amor consciente y el respeto por nuestros iguales. Fueron una treintena de obras y entre ellas algunas inolvidables –léase Pastoral americana o El lamento de Portnoy–.

Philip Roth anunció en 2012, con un ánimo que imaginamos cansado, que se retiraba del oficio de escribir libros. Y, según sus últimas entrevistas, no mentía: Roth escribió Literatura durante años y sin descanso. Pero no era todo lo que hacía: escribía literatura, enseñaba literatura, estudiaba literatura. Aquello se convirtió en una relación que traspasaba la vida y que le dejó la determinación de abandonar la pasión cuando solo quedaban las brasas. Roth asegura que no volvió a escribir como antes. Con todo, nunca dejó de leer, sustituyó la Ficción por la Historia y la Filosofía, y el tiempo que tuvo para mirar atrás en el tiempo le dejó un pensamiento certero sobre qué significa escribir: “Salir disparado hacia delante y quedarte enredado por el camino”.

 

 

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