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Barbudas, histéricas y brujas: El estigma y poder de la mujer salvaje

Foto: Imagen de la película de 1932 "La parada de los monstruos", dirigida por Tod Browning

La escritora Pilar Pedraza construye en El salvaje interior y la mujer barbuda (Antipersona) una reflexión a través de la historia, el cine y la literatura sobre la imagen del “Otro” y su uso como mecanismo de control y sometimiento social. Malvadas, deformes, “desalmadas” o barbudas, ¿por qué no reivindicar hoy el orgullo de ser un monstruo y que “ellos” sean los normales?

 

La muchedumbre que se aglomeraba en el Gothic Hall de Nueva York una noche de 1854 contuvo el aliento cuando ella salió al escenario y empezó a cantar. Era baja, elegante, vestía como una dama enjoyada, hablaba tres idiomas y bailaba y cantaba de una forma muy seductora. ¡Brava! ¡Maravillosa! ¡Indescriptible! ¡Una delicada aberración de la naturaleza!

Julia Pastrana era indígena de Sierra Madre; Darwin la llamó “bailarina española extraordinariamente fina”, pero lo que más le interesaba de ella eran sus dientes. Tenía una mandíbulas prominentes y el cuerpo cubierto de pelo oscuro. Una hirsuta, mitad mujer y mitad orangután con tantos admiradores que su manager, Theodore Lent, se casó con ella para evitar que le robasen la gallina de los huevos de oro. Luego tuvieron un bebé peludo que murió y al tiempo también lo hizo Julia; Lent los mandó momificar y dijo aquello de “the show must go on”. Sus cadáveres siguieron de gira. Pastrana, la mujer pilosa, fue la estrella de los freak shows que hasta entrado el siglo XX divertían a las masas sirviéndose de personas con deformidades físicas o enfermedades: enanos, gigantes, siameses, mujeres barbudas, aborígenes… MONSTRUOS que en virtud de su rareza y su fealdad nos dejaban al resto la mar de conformes con nosotros mismos.

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Julia Pastrana, “La indescriptible”.

“La ausencia de barba es un rasgo que distingue a la mujer del hombre”, escribe Pilar Pedraza en El salvaje interior y la mujer barbuda (Editorial Antipersona), un breve ensayo donde reflexiona sobre la construcción del Otro, la mujer y el hombre salvaje, desde sus orígenes hasta la actualidad y cómo su condición de marginales ha servido para justificar saqueos y barbaries, como el genocidio de aborígenes, la condena de mujeres a la hoguera acusadas de brujería o medicadas y sometidas por “histéricas”, las mendigas urbanas… El arte, en suma, de deshumanizar, de volcar en los demás aquello que rechazamos de nosotros mismos como elemento de cohesión y control del grupo. Porque si el otro no es persona podemos maltratarlo a voluntad.

“Los europeos se sirvieron del salvaje o de su fantasma para subyugar a hombres y mujeres, seres sin reglas, sin humanidad”, escribe Pedraza, y añade: “Existe el peligro cada vez mayor de que la historia se repita en el complejo entramado de corrientes migratorias y tensiones entre partes del mundo con distintos niveles de vida: un mundo de ricos frente a un mundo de salvajes”. Tiremos pues de las raíces de una cultura misógina que crea chivos y cría verdugos.

De la mujer “desalmada” al Cristo Queer

En la Grecia clásica, donde la mujer no tenía estatus de “ciudadano”, las fieras amazonas simbolizaban la eterna pugna entre lo masculino y lo femenino, y además los griegos representaron a los persas como mujeres para rebajarlos. Las amazonas, al igual que las míticas Medea o Circe, eran eslabones entre dos polos, la civilización y el salvajismo.

Más tarde, en la Edad Media, los teólogos se preguntarían si tanto estas indomables “diosas y brujas” como sus pares sumisas carecían o no de alma. Y un autor tan querido como Michelet, que planteó en La bruja un exhaustivo tratado sobre supersticiones medievales, definió a las mujeres como “menores de edad perpetuas”.

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Lady Clementine Delait, una diva hirsuta. | Imagen: Archivo.

Ancianas desnudas cabalgan sus escobas en los caprichos de Goya: “Aunque en toda Europa hasta el siglo XVIII se persiguió por parte de las inquisiciones a brujas y brujos, la representación se limitó a brujas del género femenino y sus relaciones con el Gran Cabrón”, cuenta Pedraza, quien apunta que tanto la mujer pilosa –de quien se decía que tenía pelo porque se le habían descolgado los genitales-, como la ‘femme fatale’, la mujer pantera o las “histéricas” de Charcot eran arquetipos de esa fémina monstruosa que junto al hombre salvaje excitó la imaginación de todas las épocas. Ya sea porque provocaban miedo y extrañeza o porque se les consideró como hizo Rousseau, un ejemplo de pureza libre de trazas de vil civilización.

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“Legitimar la diferencia es también legitimar sus sufrimientos” -Jennifer Miller. | Foto de Nina Mouritzen.

Igualmente apartadxs, o sometidxs. Condenadxs o estudiadxs y, por tanto, clasificadxs. Hasta que llegó la Teoría Queer haciendo suyo aquello que dijo precisamente un griego, Heráclito: “Todo cambia excepto el cambio”. Y la noción de género y anomalía empezó a ser cuestionada. “Escasean actualmente las mujeres barbudas (…) en sus peludas mejillas se cruzan nociones referentes a la transexualidad y a lo que se viene configurando como una nueva visión del género sexual”, resume Pilar Pedraza.

“Existe el peligro cada vez mayor de que la historia se repita en el complejo entramado de corrientes migratorias y tensiones entre partes del mundo con distintos niveles de vida: un mundo de ricos frente a un mundo de salvajes” -Pilar Pedraza

 

Jennifer Miller no es una “mujer barbuda”, sino una “mujer con barba”. Heredó el hirsutismo de su madre y lo lleva con orgullo, y más que eso, como símbolo de que la construcción de lo masculino y femenino de la que habla Pedraza no tiene nada que ver con la naturaleza, sino con la civilización.

Desde su circo Amok, una mezcla de teatro callejero y circo popular feminista, critica esas otras barbas, las del poder y los prejuicios, afirmando que “legitimar la diferencia es también legitimar sus sufrimientos”. Una sentencia que va en paralelo a otra gran verdad: que en pleno siglo XXI, cuando el salvaje interior gruñe en nuestras entrañas y lo reconocemos a medias, los freak shows ya no están en las calles ni los teatros, ni son protagonizados por mujeres barbudas y hombres deformes. Los reality shows, con –concluye Pedraza en El salvaje interior y la mujer barbuda– son los nuevos gabinetes de los horrores. Una nueva forma de vouyerismo social y moral.

 

Quizás, como decía en su manifiesto la activista y performer argentina Susy Shock, no consista en tratar de acabar con los estigmas tan arraigados a la historia y la cultura de la misoginia, sino en “embrujarlos”, en hacerlos nuestros para que pierdan su poder.

Yo…
“Oblicua, Silvestre, bizca, artesanal,
Poeta de la barbarie con el humus de mi cantar con el arcoiris de mi cantar y con mi aleteo
Reivindico mi derecho a ser un monstruo y que otros sean lo normal”

 

Larga vida a la barba.

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